Capítulo 19
Nevan
El zumbido de la máquina resonaba como música celestial mientras me recostaba en la camilla de cuero con la vista clavada en el techo.
Eiden, el cabrón, estaba sentado en una silla al lado, comiéndose unas patatas de bolsa como si estuviera viendo una película de acción y no cómo me perforaban la piel con agujas.
—¿Estás cómodo ahí, o quieres que te pase una copa de vino también? —solté sin mirarle, sintiendo el leve ardor de la aguja.
—Tío, no te quejes. Es tu regalo de cumpleaños adelantado —replicó, señalándome con una patata antes de metérsela en la boca—. Te estoy regalando arte para toda la vida. Al menos finge que estás emocionado.
—¿A qué edad te enseñaron a comer como un ser humano? —pregunté, arqueando una ceja.
—A los ocho —respondió encogiéndose de hombros—. Lo olvidé a los nueve.
Me reí por lo bajo. El estudio era una pasada: todo pintado en tonos oscuros, con luces tenues y neones discretos que iluminaban vitrinas llenas de diseños.
Era bonito, con ese aire industrial elegante que gritaba « aquí se cobra caro, pero vale la pena » .
No era un sitio pijo, gracias a Dios, pero sí lo bastante exclusivo como para saber que cada tatuaje aquí costaba lo mismo que mi coche.
Y eso que el coche fue un regalo de un cliente agradecido, bueno, técnicamente era de su hija… pero eso eran detalles.
Y ahí estaba yo, tumbado como si no me importara, aunque sí lo hacía.
Porque el dibujo que me estaban tatuando era mío.
Otro de esos garabatos que nacieron en una de esas noches largas, con un cigarro en la boca y demasiadas cosas en la cabeza.
Empecé a dibujar desde crío. Era eso o romper cosas, y lo primero salía más barato.
Gus siempre decía que tenía talento. También decía que el 5G controla la mente, así que uno elige qué creer de sus movidas.
Pero fue él quien me enseñó a sostener un lápiz antes que un cigarro, así que algo sabrá.
El tatuador, un tío alto con el pelo negro recogido en una coleta y una voz más suave de lo que puedes esperar de alguien con tantos tatuajes en la cara, se llamaba Leo. Y sabía lo que hacía. Sus manos eran precisas, ágiles. Llevaba trabajando en mi cuerpo unos veinte minutos.
—¿Dices que esto lo has dibujado tú? —preguntó Leo, sin levantar la vista.
—Ajá —respondí, asintiendo.
—Tienes talento —murmuró, y por un momento sonó tan serio que dejé de respirar—. No me refiero solo a saber dibujar. Tiene alma. Intención. Eso no se enseña.
Tragué saliva, disimulando. Porque no quería que se me notara lo mucho que esas palabras me habían sacudido por dentro.
—Nah, solo son cosas que hago para no volverme loco —resté importancia mientras me encogía de hombros.
Leo me miró de reojo.
—Los mejores tatuadores que conozco empezaron así —dijo, volviendo a concentrarse en su trabajo—. Dibujando para sobrevivir.
Me revolví un poco en la camilla, incómodo. No por el dolor —eso lo llevaba bien—, sino porque joder, no me gustaba que me leyeran tan fácil.
—Ya, bueno —respondí, buscando una salida rápida—. Yo dibujo porque es más barato que ir al psicólogo.
—Y menos invasivo —añadió Eiden con una carcajada, metiéndose otra patata en la boca.
—Si sigues comiendo así —solté, lanzándole una mirada asesina—. Vas a acabar en urgencias por atragantamiento de snack .
Leo se rió bajito, pero no dijo nada más.
Siguió tatuando con esa concentración casi zen.
Y yo me quedé en silencio, mirando cómo poco a poco mi dibujo empezaba a cobrar vida en mi piel.
Me gustaba ese mundo. El ruido de la máquina, el olor a tinta y desinfectante, el ambiente relajado pero meticuloso.
Era como si todo girara en torno a crear algo, a dejar una marca.
Y aunque no lo dijera en voz alta, parte de mí se sentía bien aquí.
Como si no estuviera del todo fuera de lugar.
Pero claro, era yo. Y nunca admitía esas cosas.
Así que me limité a cerrar los ojos y apoyar la cabeza contra el respaldo.
Me dejé llevar por el zumbido de la aguja, por el ritmo pausado de Leo, por el peso agradable del dibujo en mi piel.
Por un rato, no pensé en nada. Ni en Windale, ni en mi madre, ni en los problemas que me perseguían cada vez que doblaba la esquina.
Ni siquiera en ella. Bueno, casi. Siempre hay una parte de mí pensando en Aria.
Aunque sea para intentar dejar de hacerlo.
—Listo —dijo Leo, apartándose despacio y limpiando los últimos restos de tinta con una gasa—. Mira esto.
Me incorporé un poco en la camilla y eché un vistazo al espejo de cuerpo entero que había frente a mí. Me quedé mirando un rato sin decir nada, procesando la imagen.
—¿Qué opinas? —preguntó Leo, con un tono que denotaba seguridad.
—Opino que si me lo haces gratis la próxima vez, me planteo pedirte matrimonio —bromeé.
—Eso suena demasiado barato —intervino Eiden desde su silla, riendo—. Aunque conociéndote, le pedirías que se tatuara los anillos en los dedos.
—Lo haría —admití, todavía mirando el tatuaje con fascinación.
Leo sonrió, desenrollando cinta plástica para cubrir el tatuaje con cuidado.
—Te queda de puta madre, tío —dijo, mirándome con más atención—. De verdad, deberías plantearte hacer esto más en serio. Lo tuyo no son solo garabatos, ¿sabes?
—Ya me lo dice Gus, mi vecino, a veces —comenté, recordando las locuras del viejo—. Pero también dice que el brócoli es un invento del gobierno, así que su criterio a veces flaquea.
Leo soltó una carcajada mientras limpiaba la zona con cuidado.
—Bueno, Gus tiene razón con lo del brócoli —respondió, siguiéndome la broma—. Pero lo del tatuaje también.
—No sabría por dónde empezar —admití, sintiendo una punzada de duda—. Nunca he cogido una máquina.
Leo alzó una ceja y me señaló con la cabeza hacia el fondo del estudio.
—Tengo un par de pieles sintéticas ahí detrás —dijo, retándome—. Si quieres probar, te enseño.
Me lo quedé mirando, ladeando un poco la cabeza.
—¿Así, sin más? ¿No se supone que esto es como sagrado? ¿Un gremio secreto o algo? —pregunté, escéptico.
—¿Crees que esto es Hogwarts, colega? —rió él, negando con la cabeza—. Es tinta. Es técnica. Y tú ya tienes lo más difícil: el dibujo y el ojo. Lo demás se aprende.
Eiden me dio un codazo suave en las costillas.
—Vamos, tío. No seas cagado —dijo, pinchandome para que aceptara.
—No estoy cagado —le espeté—. Solo soy perfeccionista, ¿vale?
Leo se encogió de hombros, restándole importancia.
—Pues qué mejor forma de perfeccionar que cagándola en algo que no tiene consecuencias.
Me lo pensé. No mucho. ¿La verdad?, me picaba la curiosidad. Siempre me había fascinado ver a Gus en su pequeña caravana-taller cuando era crío, cuando la tinta y las agujas me parecían magia negra. Ver cómo transformaba la piel en algo tan real.
—Vale —dije al fin, incorporándome del todo—. Pero si estropeo algo, juro que desaparezco y cambio de nombre.
—Te llamaremos Javier y diremos que vienes de España —respondió Eiden con toda la seriedad del mundo.
Leo ya se estaba riendo mientras se acercaba a una estantería del fondo y sacaba un par de pieles sintéticas enrolladas.
—Vamos, Javi. Te toca hacer historia —habló, tendiendome el equipo.
Y así, sin esperarlo, acabé con una máquina en la mano, guantes puestos y un trozo de piel falsa delante de mí, mientras Leo me explicaba lo básico: voltaje, ángulo, profundidad.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí un puto desastre. Me sentí curioso. Con ganas. Vivo. Y eso… eso ya era decir mucho.