Caminos Opuestos Capítulo 18
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Capítulo 18

Aria

Había días en los que mi vida se sentía como una función sin fin. Solo que yo no era la bailarina estrella, sino la muñeca de cuerda a la que daban vueltas para que siguiera girando aunque ya no se escuchara música.

Ese día el ensayo empezó temprano. Demasiado temprano. El estudio olía a madera, sudor y presión contenida. Mi madre ya estaba allí antes que yo, bien peinada con su moño impecable y una mirada que podía detectar un error en un plié aunque estuviera al otro lado del edificio.

—Más ligero ese jeté , Aria. Estás perdiendo altura —dijo, clavando sus ojos en mi reflejo.

—¿No se supone que estoy aterrizando, no despegando? —murmuré para mi, apretando los dientes y cuidando que mi voz no delatara la frustración que me quemaba la garganta.

Quedaba menos para el casting internacional.

Una audición privada para la compañía más prestigiosa del país.

Un lugar donde un puñado de jueces diseccionaría cada centímetro de mis movimientos como si sus opiniones pudieran decidir el valor de una vida entera dedicada a la danza. Una oportunidad de oro, sin duda.

Pero lo que ya no sabía, era si realmente esto era lo que seguía queriendo.

O más bien, si quería las consecuencias de todo ello.

Porque sí, amaba bailar. Me perdía en la música, me vaciaba en ella, me reconstruía entre compases.

Me encantaba cuando una niña pequeña se acercaba después de una función con los ojos brillando y me decía que quería ser como yo.

Eso valía la pena. Pero lo demás… El resto era un escaparate frío y asfixiante.

Las entrevistas eternas donde todo debía sonar como un cuento de hadas prefabricado para elevar mi valor de mercado.

Las sesiones de fotos en las que me llamaban « muñeca » y me pedían que posara como si el hambre fuera elegante.

Los eventos públicos donde tenía que aparecer sola, radiante, vendiendo la imagen de una perfección calculada que mi madre me obligaba a pulir cada día.

Era una vida construida para otros. Y poco a poco, me estaba dando cuenta de que, en todo ese despliegue de luces y aplausos, estaba fingiendo tantas cosas que ya no estaba segura de cuál era la Aria real.

La que sudaba en el estudio, o la que se vendía al público como un producto de lujo inalcanzable.

—Otra vez —ordenó, golpeando el suelo con su bastón de mando, resonando en el silencio del estudio—. Y no me mires como si fuera un castigo. La perfección no es un castigo, Aria. Es tu única obligación. Si fallas en este casting , no habrá segunda oportunidad.

Asentí sin decir palabra, limpiándome el sudor de la frente con el dorso de la mano. Volví a la posición inicial, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se apretaba un poco más ante la perspectiva del fracaso.

A veces, cuando estaba así, en el centro de la pista, con el silencio cargado de expectativas de mi madre pesando sobre mis hombros, me venía a la cabeza la imagen de Nevan.

Esa mezcla de diversión y desafío. Él, que vivía dibujando cosas en la piel de gente borracha y trabajando con chatarra.

Él, que no tenía que ser perfecto para nadie ni cumplir con ningún estándar.

Me obligué a sacar esa idea de mi cabeza antes de que el jeté volviera a salirme mal. No podía permitirme distracciones. No cuando ella me observaba como un halcón buscando un punto débil.

—Céntrate —sentenció, cruzándose de brazos mientras me escaneaba con frialdad—. Tienes que ser la mejor. No hay espacio para las dudas, y mucho menos para las distracciones.

Miré mi reflejo en el cristal del estudio, buscando a la chica que una vez bailó bajo la tormenta. Pero solo vi a una bailarina de porcelana, tensa, lista para una audición que cada vez sentía más como una jaula que como un sueño.

Cuando por fin terminé, sentía el cuerpo muy rígido, como si cada músculo estuviera al borde de una rotura fibrilar.

Así que, cuando Elara me mandó un mensaje diciendo que fuera para su piso, no lo dudé ni medio segundo.

Me quité el moño, me puse unas gafas de sol del tamaño de mi hartazgo y salí de casa como si huyera de una escena del crimen.

Sienna también iba a estar allí. « Perfecto » . Mis dos mejores amigas juntas.

El piso de Lydia —la madre de Elara— tenía ese encanto ecléctico de alguien que ha viajado mucho y ha decorado cada rincón como si fuera un souvenir emocional.

Cojines con estampados imposibles, velas aromáticas en cada esquina y libros apilados.

Elara ya estaba en el suelo del salón, en pijama, con una copa de vino en la mano y la cara iluminada por la luz tenue de la lámpara de pie.

Sienna, por supuesto, había traído helado y ya lo estaba devorando a cucharadas directamente del envase, como si la elegancia fuera un invento del capitalismo.

—Creí que ibas a venir con tutú —soltó Sienna nada más verme, señalándome con la cuchara—. En plan « no puedo sentarme, me arrugo » .

—Estoy a un comentario más de tirarte el helado por la cabeza —contesté, dejando caer mi cuerpo en el sofá con un suspiro teatral.

—Pues será un desperdicio —dijo, metiéndose otra cucharada de cookie dough en la boca—. Este sabor es casi mejor que el sexo.

—Llevas una semana sin acostarte con nadie, Sienna. El helado lleva ventaja —replicó Elara con una sonrisa tranquila, dando un sorbo a su vino.

—Primero: no es una semana. Es media —protestó Sienna—. Segundo: no necesito un hombre que me deje a mitad de camino cuando tengo este bote de felicidad azucarada. Además, ¿has visto cómo está el mercado? Está lleno de bebés que se creen hombres porque hacen pesas y saben abrir un Excel.

Solté una carcajada y dejé caer la cabeza hacia atrás, mirando al techo.

—¿Y tú, Elara? ¿Cómo va la vida con el señor « me como el mundo con una ceja levantada » ?

—Mucho mejor de lo que me habían prometido las películas románticas —contestó con una sonrisa soñadora mientras se servía más vino—. Y el sexo es una locura. Sigo preguntándome por qué nadie me avisó de todo lo que me estaba perdiendo.

—¿Así que ya no echas de menos tu soltería? —bromeé, alzando una ceja.

—Solo cuando tengo que compartir el baño. Pero por lo demás... —chasqueó la lengua—, estoy más que atendida.

Sienna levantó su helado a modo de brindis.

—Yo quiero un chico que me haga gritar, que me arranque las bragas sin preguntar y luego me mire como si hubiera encontrado oro.

—Necesitas terapia, Sienna —hablamos Elara y yo a la vez.

—Sois unas básicas reprimidas —dijo ella, metiéndose otra cucharada de helado—. En el fondo, queréis lo mismo. Pero os hacéis las elegantes mientras, en el caso de nuestra querida Aria, te estás casando con tu carrera.

Me atraganté un poco con el vino y dejé la copa sobre la mesa, sintiendo el golpe de la verdad.

—No me estoy casando con nada —defendí, intentando sonar casual.

Sienna me lanzó una mirada que decía « sí claro, cuéntaselo a otra » .

—¿Y bien? ¿Alguna vida social fuera del estudio? ¿Alguna conquista que merezca la pena? —insistió, lamiendo la cuchara.

—Estoy centrada en el casting —respondí, mordiendo una patata con desgana—. No tengo espacio mental para ligues.

Elara se acercó y se acurrucó junto a mí en el sofá.

—¿Estás bien? —preguntó, bajando el tono.

Asentí. No quería estropear el momento con mi mierda emocional. No esa noche. No cuando estar con ellas era la única cosa que me mantenía cuerda.

—Estoy con vosotras. Así que sí —forcé una sonrisa.

—Bueno —intervino Sienna—. Si alguna noche te despiertas con necesidad de lujuria y caos, te paso el número de uno que me dio un orgasmo solo con mirarlo.

—Estoy bien, gracias —reí, aunque mi risa sonó más nerviosa de lo que me habría gustado.

—O —añadió ella, inclinándose hacia mí con una ceja alzada—, siempre puedes tirarte a Nevan.

Elara escupió un poco del vino entre carcajadas, y yo me atraganté con mi propia saliva.

—¿Perdona? —logré decir entre toses, con la cara ardiendo.

—Ay, venga, Aria —Sienna se recostó en el sofá como si estuviera en una sesión de terapia—. ¿En serio vas a hacerte la inocente? Tenéis una tensión sexual que da envidia. Si las miradas pudieran desnudar, ya lo habrías dejado en pelotas hace tiempo.

—¡Sienna! —me tapé la cara con las manos, deseando desaparecer bajo el sofá—. ¡No sé de qué hablas!

—¡Oh, por favor! —exclamó ella, haciendo un gesto exagerado con las manos—. Solo digo la verdad. Ese hombre te mira como si fueras su postre favorito. Y tú le devuelves la mirada como si no supieras si matarlo o tirártelo en la cocina.

—Es que... no es tan sencillo —empecé, bajando la voz y sintiendo cómo mi corazón empezaba a retumbar con fuerza en el pecho.

Sienna me observó, perdiendo por un segundo esa faceta burlona para poner atención de verdad. Elara también dejó la copa sobre la mesa, intuyendo que había algo más.

—¿Por qué no es tan sencillo, Aria? —preguntó Sienna, suavizando el tono—. ¿Te gusta? Porque si no te gusta, vale, lo retiro. Pero si sí...

Me quedé callada. Miré el vino tinto en mi copa, dando vueltas al cristal. El problema no era que no me gustara si no que lo hacía demasiado. Y que la historia que arrastrábamos era mucho más profunda de lo que ellas imaginaban.

—Nos conocemos desde que éramos unos críos —solté de golpe, alzando la vista hacia ambas.

Elara y Sienna cruzaron miradas, descolocadas.

—¿Cómo que os conocéis? —preguntó Elara arqueando las cejas—. ¿De qué?

—De un campamento de verano —admití dejando escapar un suspiro pesado—.

Tenía siete años y él ocho la primera vez que coincidimos allí.

Nos volvimos inseparables. Cada puñetero verano, durante cinco años seguidos, mi único refugio fue ese campamento...

y Nevan. Éramos nosotros dos contra el mundo.

Hasta los doce años, mi verano no empezaba hasta que no allí con él.

—Espera, espera... —interrumpió Sienna, parpadeando despacio—. ¿Me estás diciendo que el « testosterona con patas » era tu amiguito de la infancia?

—Sí. Pero cuando cumplí los doce años, mi madre decidió que ya era mayor para « perder el tiempo en el campo » .

Me prohibió volver a ir para que me centrara al cien por cien en el ballet.

No me dejó ni despedirme. Ni una nota, ni un teléfono, nada.

Tan solo desapareció de mi vida de la noche a la mañana.

Hice una pausa, sintiendo cómo se me apretaba el nudo en la garganta al recordarlo.

—Hasta la fiesta de tu cumpleaños, Elara —añadí mirando a mi amiga—.

Cuando apareció por la puerta sentí que el suelo se me hundía.

No lo veía desde hacía doce años. Y, de pronto, ya no ese niño con el que me manchaba de barro.

Es… Nevan. Con un par de metros de altura, esos ojos y esa actitud de canalla.

Elara se llevó una mano al pecho, procesando mis palabras mientras la sorpresa se transformaba en empatía. Estiró el brazo y me tomó de la mano, apretándola con ternura.

—Joder, Aria… —susurró Elara con esa voz suave que siempre lograba calmarme—. No teníamos ni idea. No me imagino lo que tuvo que ser para ti volver a verlo de golpe en la fiesta, sin anestesia previa.

—Nadie lo sabía. Y entre que él está resentido porque cree que lo abandoné sin más, y que yo no sé cómo gestionar todo lo que me hace sentir cuando me mira... nos dedicamos a hacer saltar chispas cada vez que estamos en la misma habitación.

—A ver si lo he entendido bien —intervino Sienna, que estaba procesando la información con los ojos muy abiertos—.

Os conocéis de niños, tenéis un trauma de separación trágico, os habéis reencontrado de adultos convertidos en dos pivones y hay una tormenta de tensión no resuelta a punto de explotar.

—Sienna, no lo hagas sonar como una novela... —supliqué tapándome la cara otra vez—. Además, es un idiota.

—¡Es que lo es! —exclamó ella—. Pero fuera bromas, Aria... La vida es demasiado corta para quedarse con la duda. Si hay fuego, quémate. Los idiotas con historia compartida son los que te hacen ver las estrellas.

—Sienna, no es tan fácil lanzarse a un pozo sin saber si hay agua —rebatió Elara, mirándola de reojo antes de volverse hacia mí con expresión dulce—.

Escúchame, Aria. Sienna lo dice a su manera, pero tiene parte de razón en algo: no podéis seguir viviendo en esa guerra fría para siempre.

Si no le explicas lo que pasó con tu madre, si no habláis del pasado, esa espina va a seguir ahí infectando cada mirada.

Elara rozó mis nudillos con el pulgar, dándome una sonrisa cálida y protectora.

—Teneis heridas los dos, pero también teneis recuerdos bonitos que solo vosotros entendéis.

Si no estás lista para un enredo romántico, lo entiendo a la perfección pero no dejes que el miedo a lo que ocurrió a los doce años te impida saber quién es Nevan ahora.

Te mereces cerrar esa herida, o al menos intentarlo.

Y si resulta que debajo de tanta armadura sigue estando tu chico del campamento, quizás no sea tan malo dejarte llevar.

Me quedé mirándola y sentí cómo sus palabras me llegaban directas al pecho. Elara siempre sabía cómo poner en orden el caos que llevaba dentro.

—Veis porque la quiero a ella y a ti solo te tolero, ¿no? —murmuré mirando a Sienna, intentando aligerar el nudo en la garganta.

—¡Oye! —protestó Sienna indignada, aunque reprimió una sonrisa—. Mi consejo también era sabio. Solo que el mío incluía desnudez y el de Elara incluye sentimientos. Un equilibrio perfecto.

—Sienna —me hundí en el sofá, agotada pero con una sonrisa sincera en los labios—, necesito otro vino para soportaros a las dos.

—Perfecto, yo también —dijo Sienna levantándose con ligereza—. Y si por casualidad sueñas con Nevan y con vuestro campamento de verano esta noche, no me lo cuentes a mí, cuéntaselo a Elara que te hará un análisis psicológico. A menos que haya detalles guarros, ahí, me llamas.

Elara y yo estallamos en carcajadas, mientras Sienna se alejaba danzando hacia la cocina.

—Te juro que me da miedo cuando habla tan en serio —susurré recuperando el aliento y apoyando la cabeza en el hombro de Elara.

—Deberías tener más miedo cuando no lo hace —dijo Elara con una sonrisa cómplice, dándole un último sorbo a su copa—. Pero piénsalo, no huyas.

Y por un segundo, todo fue eso: risas, vino y amistad. Pero en el fondo, los consejos de mis amigas y la revelación del pasado se habían quedado ahí: plantados. Como una semilla con muy, muy malas intenciones.