Caminos Opuestos Capítulo 17
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Capítulo 17

Nevan

Recuerdo

El autobús del campamento frenó con un chirrido de frenos tan fuerte que me taladró los oídos, levantando una nube de polvo gris que se coló por las ventanillas bajadas.

Nada más abrirse la puerta, el olor a pino recalentado por el sol, a protector solar barato y al lago me dio de lleno en la cara.

El conductor gritó que ya habíamos llegado, y de golpe, el pasillo se convirtió en una selva de mochilas gigantes, empujones y chavales gritando de emoción.

A mí los gritos me daban bastante igual. Yo solo quería bajarme.

Llevaba casi diez meses contando las semanas, los ríos de tinta de los exámenes del colegio y los días de lluvia en los que no tenía nada mejor que hacer que mirar el techo de mi habitación.

Todo para volver a este maldito campamento de verano.

Bueno, en realidad, el campamento me importaba una mierda; las cabañas tenían goteras, la comida sabía a plástico y los monitores eran unos pesados que se pasaban el día soplando silbatos.

Yo había vuelto por ella. Por la promesa que nos habíamos hecho en el muelle el año pasado, justo antes de subirnos a los autobuses de vuelta a nuestras casas.

«El año que viene, en cuanto bajes del autobús, te busco», me había dicho con esa sonrisa suya que hacía que todo lo demás pareciera menos aburrido. Y yo cumplía mis promesas. Siempre.

Ajusté las correas de mi mochila, que me pesaba un quintal en los hombros, y salté los tres escalones del autobús para pisar la tierra batida del camino.

El patio principal era un caos absoluto.

Había padres despidiéndose, niños de los grupos pequeños llorando porque extrañaban sus casas antes de empezar, y monitores con camisetas de color verde chillón aplaudiendo como si les pagaran por estar hiperactivos.

Me planté en mitad del barullo, entornando los ojos por la luz del sol de mediodía, y empecé a escanear las cabezas de todo el mundo.

Buscaba una melena rubia. Unos ojos que me miraran con el mismo descaro de siempre.

Caminé entre la multitud, esquivando un balón de fútbol que casi me vuela los dientes y pasando por el lado de las filas de inscripción de la cabaña principal.

Miré a las chicas que se estaban registrando, una por una.

Ninguna era ella. Fui hacia la zona de los comedores, donde la gente dejaba las maletas en montones gigantescos.

Tampoco. Un nudo pequeño, frío y molesto, empezó a formarse en el fondo de mi estómago, justo debajo del ombligo.

—Venga, Nevan, no seas idiota —me dije, apretando los puños dentro de los bolsillos del pantalón corto—. Seguro que ha llegado antes y ha pasado de este jaleo.

Tenía sentido. A Aria tampoco le gustaban las multitudes ni la gente gritando sin motivo. Ella era más lista que todo eso.

Me di la vuelta, pasando de largo de la charla de bienvenida que un monitor con megáfono estaba empezando a dar en la explanada, y eché a correr hacia el sendero que bajaba al lago.

Mis zapatillas levantaban polvo a cada zancada y las ramas de los arbustos me arañaban los brazos, pero me daba igual.

La idea de que estuviera allí, esperándome en nuestro sitio secreto, hacía que las piernas fueran solas.

Llegué al claro del bosque y frené en seco, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado.

El muelle de madera vieja seguía igual que el verano pasado, adentrándose unos metros en las aguas mansas y oscuras del lago.

El sol se reflejaba en la superficie como si fuera un espejo roto.

Pero no había nadie sentado en el borde.

No había unos pies descalzos balanceándose sobre el agua.

No había ninguna mochila tirada en las tablas de madera.

Solo estaba el silencio del bosque y el zumbido de un par de libélulas.

El muelle estaba vacío.

Me acerqué despacio, arrastrando los pies, esperando que Aria saliera de detrás de alguno de los árboles del camino para asustarme y reírse de mí, como hacía siempre.

Pero los segundos pasaron y nadie salió.

Me senté en el borde de la madera, allí donde nos habíamos despedido, y dejé caer la mochila a mi lado.

El nudo de mi estómago se volvió tan pesado que casi me costaba respirar.

Miré al agua y sentí una rabia caliente subiéndome por el cuello.

Me había fallado. Habíamos hecho un pacto de sangre —bueno, con un boli rojo que pintaba fatal, pero para nosotros era lo mismo— y ella no había venido.

Me levanté de golpe, limpiándome las manos sucias de tierra en el pantalón. No me iba a quedar allí parado pasando por tonto. Tenía que haber una explicación. Quizá su autobús se había retrasado, o quizá la habían cambiado de grupo y estaba en la otra punta del campamento.

Subí el sendero a toda prisa, con la mandíbula apretada para obligar a mis ojos a no ponerse llorosos, porque mi padre decía que los chicos de doce años no lloraban por estas cosas.

Al llegar de nuevo a la explanada principal, el caos ya se estaba disolviendo; los niños se marchaban hacia sus cabañas arrastrando sus petates.

Vi a uno de los monitores principales, un tío alto con una gorra hacia atrás y una carpeta de pinza azul llena de folios, que estaba tachando nombres de una lista.

Me acerqué a él a grandes zancadas, intentando poner mi cara de que nada me importaba, aunque por dentro sentía que me iba a desarmar en cualquier momento.

—Disculpe —le dije, plantándome delante de su carpeta. Mi voz sonó un poco más aguda de lo que me habría gustado, así que carraspeé para endurecerla—. Una pregunta. ¿Ha visto a Aria Morgan? ¿Sabe en qué cabaña la han puesto este año?

El monitor bajó la vista, mirándome con esa sonrisa de condescendencia que usan los adultos cuando creen que estás perdido.

—A ver, déjame mirar, chaval —dijo, pasando el dedo índice por las hojas llenas de nombres mecanografiados—. ¿Morgan, has dicho? Con la M...

Me quedé flotando, mirando cómo su dedo bajaba por el papel blanco.

El tiempo pareció congelarse. Podía oír los pájaros en los árboles, las risas de los niños a lo lejos y el sonido del viento moviendo las sábanas de las cabañas.

«Encuéntrala, encuéntrala, encuéntrala», repetía mi cerebro como un disco rayado.

El monitor pasó la página, volvió a subir el dedo y luego se detuvo. Su sonrisa se borró un poco, sustituida por una mueca de lástima que me sentó como una patada en las costillas.

—Lo siento, amigo —dijo, cerrando la carpeta azul con un golpe seco—. Aria Morgan no está en las listas de este año. No se ha inscrito.

—¿Cómo que no se ha inscrito? —di un paso hacia delante, sintiendo un zumbido molesto en los oídos—. Tiene que estar. Mire bien, por favor. Quizá está en la lista de los de catorce, o…

—Oye, tranquilo —el monitor me puso una mano en el hombro, pero me aparté de un tirón—. He revisado todo el registro, chaval. Su familia anuló la reserva hace un par de meses. Este verano no va a venir. Anda, ve a la cabaña cuatro, que tu grupo ya está entrando.

El monitor se dio la vuelta para atender a otro chaval, dejándome allí plantado en mitad de la explanada de tierra.

El sol seguía brillando con la misma fuerza, pero a mí el mundo se me acababa de volver gris.

No iba a venir. No habría tardes en el muelle, ni carreras hacia el comedor, ni secretos compartidos por las noches bajo las mantas con la linterna encendida.

Estaba solo. Completamente solo en un lugar lleno de extraños.

Agarré la correa de mi mochila con tanta fuerza que los dedos se me quedaron blancos.

Sentí una punzada dolorosa en el pecho, algo frío y afilado que se me clavó bien hondo.

En ese preciso instante, rodeado de cientos de personas que reían y gritaban, me prometí a mí mismo que nunca más volvería a esperar a nadie.

Que las promesas eran mentiras que la gente contaba para sentirse bien antes de marchar, y que a partir de ese día, no necesitaría a nadie más que a mí mismo para sobrevivir.

Me calcé la mochila al hombro, agaché la cabeza para que nadie viera la tormenta que llevaba en los ojos y caminé hacia la cabaña cuatro, despidiéndome para siempre del niño que había sido hasta hace cinco minutos.

Aria

Tenía las zapatillas de lona del campamento en una mano y mi tutú de ensayo rosa colgado en el armario.

Ese era el trato que había imaginado en mi cabeza durante meses: dos meses de lago, mosquitos y carreras en libertad, y luego volvería a la disciplina, a las barras de madera y al olor a colofonia de la academia.

Estaba metiendo mi sudadera favorita en la maleta cuando la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.

Mi madre se quedó plantada en el umbral. No llevaba ropa de estar por casa; vestía uno de sus trajes de chaqueta impecables y se estaba terminando de ajustar el pelo en un moño tan tirante que parecía que le estiraba los ojos.

—Aria, deja de hacer la maleta —dijo, con esa voz suya que nunca temblaba, la misma que usaba para hablar con los directores de los teatros.

La miré, con la sudadera sujeta entre los dedos, sin entender nada.

—¿Por qué? El autobús sale en dos horas. Si no me doy prisa, voy a perderlo y no podré llegar a tiempo para el registro.

—No vas a ir al campamento, Aria. Ni este año, ni los siguientes. Ya he cancelado la inscripción.

El mundo se detuvo de golpe. La prenda se me escurrió de las manos y cayó sobre la cama deshecha. Sentí como si el aire de la habitación volvía de piedra, aplastando mis pulmones.

—¿Qué? Pero... si todos los años vamos. He estado entrenando ballet todo el invierno para poder tener el verano libre, me lo prometiste...

—Eso era cuando eras una niña pequeña —me interrumpió, dando un paso hacia el interior del cuarto.

Sus ojos, fríos y analíticos, pasaron por encima de mi maleta a medio hacer—.

Ya tienes doce años, Aria. Estás entrando en la edad crítica para una bailarina.

Si de verdad quieres ser una estrella, si quieres llegar a la compañía nacional, tienes que empezar a tomarte esto en serio.

Al cien por cien. Se acabaron los campamentos de niñas pequeñas y los juegos en el barro.

Si quieres el éxito, hay que hacer sacrificios.

Las lágrimas me nublaron la vista antes de que pudiera contenerlas.

Una gota gorda y caliente me resbaló por la mejilla, y la limpié rápido con el dorso de la mano porque mi madre odiaba que llorase.

Decía que las lágrimas eran para los débiles y que en el escenario no se lloraba, se sangraba si hacía falta.

—¡No es justo! —sollocé, y esta vez no pude evitar que la voz se me rompiera—. ¡He estado esperando este verano durante todo el curso! ¡No puedes cancelarlo todo así!

En mi cabeza, el grito era muy diferente.

Lo que de verdad quería decirle era que él iba a estar allí.

Que Nevan iba a llegar, se bajaría del autobús y no me encontraría.

Que iba a pensar que me había olvidado de nuestro pacto.

Pero no podía decírselo; mi madre no sabía nada de Nevan, y si se enteraba de que mi desesperación por ir a ese campamento tenía el nombre de un chico de doce años de un pueblo cualquiera, sería capaz de quemar mi maleta allí mismo.

Mi madre soltó un suspiro de fastidio, cruzándose de brazos.

—Ese campamento es una distracción, Aria.

Perder dos meses corriendo por el bosque no te va a aportar nada en el futuro.

Mañana a primera hora empezamos el intensivo de verano en la escuela de la ciudad.

Serán ocho horas diarias, seis días a la semana.

Así que deshaz esa maleta y prepárate. Hay que madurar.

Se dio la vuelta y cerró la puerta tras de sí, dejándome a solas con el desastre de mi equipaje y el silencio de mi habitación.

Me dejé caer de rodillas contra el suelo, abrazándome las piernas mientras lloraba con ganas, escondiendo la cara en las rodillas para que mi madre no me oyera desde el pasillo.

Me dolía el pecho tanto que sentía que me iba a morir allí mismo.

A mí me gustaba el ballet. De verdad que sí.

Me gustaba la sensación de flotar cuando conseguía clavar un giro perfecto y la elegancia de los movimientos.

Pero lo odiaba cuando mi madre se ponía tan estricta que dejaba de ser arte para convertirse en una tortura.

Odiaba los días en los que no me dejaba descansar en jornadas enteras, repitiendo el mismo paso de puntas una y otra vez hasta que los dedos de los pies me sangraban, solo porque un movimiento no era «milimétricamente perfecto».

El campamento era mi único respiro. Mi única oportunidad de ser una niña normal.

Y ahora me lo habían quitado.

Pensé en Nevan bajándose del autobús en ese mismo instante.

Lo imaginé caminando entre la multitud de niños, buscando mi pelo rubio con esos ojos suyos tan serios que solo se ablandaban cuando se reía conmigo.

Lo imaginé corriendo hacia el muelle del lago, nuestro sitio, sentándose en las tablas de madera a esperar bajo el sol.

A esperar a una chica que nunca iba a llegar.

Me daba pánico pensar en cómo se sentiría. Nevan ya era un chico reservado, de los que ponían muros a su alrededor para que nadie supiera lo que pensaba, y yo era la única a la que dejaba pasar. Saber que iba a estar allí solo, sintiéndose traicionado por mí, me rompía el corazón en mil pedazos.

Me limpié las lágrimas con la manga de la sudadera y miré por la ventana hacia el cielo azul del verano.

El nudo de la garganta seguía ahí, pero una pequeña chispa de terquedad se encendió en mi interior.

Nos habíamos hecho una promesa en ese muelle.

Habíamos firmado con boli rojo que siempre estaríamos juntos, pasara lo que pasara.

«Búscame, Nevan», rogué para mis adentros, apretando los puños. «Por favor, no me odies. Ahora no puedo ir, pero cuando seamos más mayores, sé que me buscarás».

Porque Nevan era el chico más testarudo, serio y leal de todo el mundo. Y si había algo de lo que estaba del todo segura en mi vida, era de que Nevan jamás rompía una promesa.