Caminos Opuestos Capítulo 16
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Capítulo 16

Aria

En cuanto el coche se detuvo, me desabroché el cinturón como si el asiento me quemara la piel.

Tenía el cuerpo tenso, la cabeza hecha un caos y esa urgencia idiota por salir huyendo.

No porque Nevan hubiera dicho algo particularmente insoportable —bueno, en realidad sí—, sino porque estar cerca de él era como caminar con un mechero encendido por un campo de gasolina.

—Gracias por traerme —murmuré sin mirarlo, abriendo la puerta con rapidez. No le iba a dar ni medio segundo más de ventaja.

—Un placer, bombón —respondió él con esa maldita sonrisa suya, la que debería estar prohibida por ley en al menos cinco países.

Salí del coche con rapidez, intentando recuperar el aire y la dignidad a la vez. Me alisé la falda, aunque no servía de nada; me sentía muy consciente de cada centímetro de mi cuerpo, demasiado viva, demasiado expuesta.

Y, por supuesto, la vida decidió jugármela otra vez.

—Aria.

La voz de mi madre era un filo de hielo en pleno verano. Alta, erguida, impecable. Isabel Morgan irradiaba poder desde la raíz de su peinado hasta la punta de sus tacones de diseño. Y estaba enfadada. Lo supe antes incluso de que sus ojos se posaran en Nevan.

—Mamá —dije, fingiendo calma mientras me colocaba el bolso al hombro, aunque todo mi cuerpo gritaba alerta roja—. ¿Qué haces aquí?

Su mirada fue directa. Helada. Analítica. Se clavó en Nevan como si fuera una mancha de grasa en su vestido blanco impoluto.

—Y este es… —preguntó ella, con un tono neutro que me heló la sangre.

—Nevan Grayson —se adelantó él, bajando del coche y cerrando la puerta con calma, con una sonrisa tan encantadora como provocadora—. Mensajero oficial de chaquetas olvidadas.

Mi madre arqueó apenas una ceja, observándolo de arriba abajo con un desdén que no necesitaba palabras.

—Curioso uniforme el tuyo, señor Grayson —replicó ella con una frialdad gélida.

—Gracias. Nunca me gustó mucho la etiqueta —contestó él, encogiéndose de hombros, tan tranquilo como si hablaran del tiempo.

Mi madre lo ignoró, girándose hacia mí con elegancia medida.

—¿Es este el tipo de compañía que buscas ahora, Aria? ¿Dejas que cualquier hombre te recoja en la calle como si estuvieras esperando un taxi en la acera? —cuestionó, clavando sus ojos en los míos.

Tragué saliva, sintiendo el peso de su juicio caer sobre mis hombros.

—Estába cerca de la academia, ha sido un gesto amable —respondí con la voz más neutra que logré reunir.

—Un gesto —repitió con una sombra de burla en los labios—. Qué original.

Nevan rió por lo bajo, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Tranquila, señora Morgan. Prometo que el interior del coche estaba libre de drogas y malas intenciones. Al menos hoy.

Ella giró despacio la cabeza hacia él, como si acabara de encontrar una cucaracha hablando su idioma.

—Y usted, señor Grayson… ¿A qué te dedicas? —inquirió ella, dando un paso hacia adelante.

—Ahora mismo, a aguantar interrogatorios de alto nivel con bastante dignidad —respondió él, sin perder la calma.

—¿Profesión habitual? —repitió mi madre con esa media sonrisa afilada que usaba cuando estaba a punto de despellejar a alguien con palabras.

Nevan se encogió de hombros como si hablaran de qué helado elegir, no de su estatus en la sociedad.

—Depende del día. A veces recojo chatarra con mi vecino Gus, otras dibujo cosas que borrachos demasiado entusiasmados se tatúan sin pensarlo dos veces. Trabajo creativo, ya sabe.

Silencio. Mi madre parpadeó lento, como si hubiera escuchado algo ofensivo. Sus labios se curvaron apenas, una línea tan fina que parecía esculpida.

—Fascinante. El arte... en todas sus formas —sentenció ella con un tono cargado de veneno.

Nevan sonrió, encantado, como si no entendiera el insulto.

—Y muy bien pagado si te pillan en plena borrachera con el pecho al aire y muchas ganas de demostrar valentía —añadió él, soltando una carcajada suave.

Quise meterme debajo del asfalto.

—Mamá —interrumpí, clavando los ojos en ella antes de que dijera algo más venenoso—, Nevan es amigo de Elara. No hay nada raro en que me haya traído. Solo coincidimos.

Ella giró la mirada hacia mí, tan calmada que me puso los pelos de punta.

—Oh, por supuesto. Estoy segura de que fue un gesto del todo desinteresado —dijo, clavando su mirada en la mía, suave como una caricia con cuchilla.

—Muy cierto —dijo Nevan, sin inmutarse—. Soy un romántico empedernido. Y tengo debilidad por las damiselas en apuros.

Los ojos de mi madre brillaron con malicia.

—Qué afortunada eres, querida. Tan… protegida de repente —dijo, girándose de nuevo hacia él—. Qué lástima, señor Grayson. Justo iba a invitarlo a tomar el té. Me encantaría saber más sobre su... trayectoria.

Nevan ladeó la cabeza, observándola con una intensidad divertida.

—El té me da acidez —dijo, serio—. Pero gracias. Igual otro día, cuando venga con esmoquin.

—Eso sería interesante de ver —respondió mi madre, manteniendo su máscara de hielo.

—¿Yo en esmoquin o tomando té? —preguntó Nevan, acercándose un paso más a ella.

—Ambas —sentenció ella sin dudar.

Antes de que esto se convirtiera en una versión barata de los Juegos del Hambre, levanté una mano, desesperada por acabar con el momento.

—Nos vemos, Nevan. Gracias otra vez —dije, clavando la mirada en él como si pudiera obligarlo a evaporarse.

Él me miró. Por un segundo, su sonrisa canalla desapareció. No se fue del todo, pero se volvió más suave. Más real. Como si debajo del sarcasmo todavía quedara algo… peligroso.

Y luego se giró hacia mi madre, haciendo una pequeña inclinación de cabeza.

—Un placer, señora Morgan. Su hospitalidad es legendaria. Casi tanto como su sutileza —dijo él, con una calma de quien sabe a ciencia cierta que está saliendo victorioso a pesar de las apariencias.

Nevan alzó una mano a modo de despedida mientras se daba la vuelta.

—Nos vemos, bombón —añadió, lanzándome una última mirada cargada de intención.

Se fue. Como una tormenta que te revienta la tarde, pero te deja extrañamente viva.

Yo me quedé ahí, con mi madre al lado, sintiendo cómo la temperatura bajaba veinte grados solo con su silencio.

—Vamos dentro —dijo al final, seca, dándose la vuelta sin esperar respuesta.

Y supe que, por más que Nevan se hubiera ido, el huracán no había hecho más que empezar.

El sonido de nuestros tacones —los suyos calculados, los míos apresurados— resonaba en el suelo como un eco incómodo de todo lo que no se decía. Entramos al salón y, antes siquiera de sentarse, mi madre se quitó los guantes de seda con un movimiento preciso.

—No me lo puedo creer, Aria —dijo, sin elevar el tono. Mi madre jamás gritaba; no lo necesitaba, porque cada palabra suya pesaba como una sentencia judicial. Me quedé de pie, sin moverme—. ¿Es que ya no tienes el más mínimo sentido común? ¿Aparecer en la calle con ese… personaje?

Su voz era puro veneno envuelto en terciopelo.

—¿Sabes lo que diría la prensa si alguien os hubiera visto? —añadió, girándose para clavarme unos ojos grises que se sentían como cuchillas—. ¿Qué pensarán los inversores de la academia? ¿Tu propio apellido, Aria?

Me crucé de brazos, intentando sostenerle la mirada sin temblar.

—Nadie nos ha visto —respondí, tratando de que mi voz sonara firme—. Y Nevan solo me hizo un favor. Estaba agotada, mamá. No iba a esperar a que una solución más «adecuada» apareciera de repente en la acera.

Mi madre lanzó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor, mientras se acercaba a una de las mesas de cristal.

—Hay taxis. Choferes. Soluciones dignas de tu estatus —sentenció ella, con un desdén que me encogió el estómago—. No hombres tatuados con chándal que huelen a gasolina y sarcasmo barato.

—Nevan no huele a gasolina —solté antes de pensarlo.

Y mierda. Fue justo eso lo que hizo que ella entornara los ojos, como si hubiera detectado una grieta en mi armadura.

—¿Ah, no? —preguntó ella con una media sonrisa afilada—. Qué alivio. Seguro que solo huele a mediocridad entonces.

Mi mandíbula se apretó, y sentí cómo los dedos se me crispaban a los costados del vestido.

—Él no es mediocre —espeté, sintiendo un calor furioso en el pecho—. Solo porque no lleve un maldito reloj de veinte mil dólares no significa que no tenga valor.

Se echó hacia atrás en el sillón, cruzando las piernas con una lentitud exasperante.

—Oh, Aria. Siempre tan… idealista —dijo con un tono de falsa piedad—. Qué peligroso es ese rasgo cuando una no sabe dónde está el límite.

Me obligué a respirar. Despacio.

—No tiene nada que ver con idealismos —dije, tratando de mantener la compostura—. Nevan es amigo de Elara y Eiden. No es un desconocido. Solo fue un favor. Fin.

Ella hizo un gesto con la mano, como si apartara una mota de polvo invisible del aire.

—¿Y así es como te agradece el favor? Haciendo chistes delante de mí como si esto fuera un programa de televisión. Como si tú fueras… una cualquiera.

La palabra flotó en el aire, pesada y sucia. Me golpeó como un puñetazo invisible.

—¿Y qué querías que hiciera? —pregunté, dando un paso hacia ella, sin poder evitar que el desafío se filtrara en mi voz—. ¿Que me quedara en la calle por miedo a lo que pensaras tú? ¿A lo que pensarán todos los demás?

—Sí —respondió ella de inmediato, sin pestañear—. Justo eso. Porque es lo que hacen las Morgan. Aguantan. No improvisan. No se rodean de basura.

—Nevan no es basura.

El silencio fue inmediato. Denso. Casi sólido.

Ella me miró como si hubiera confesado que pensaba tirar mi carrera por la borda.

—Qué interesante nivel de defensa, Aria —murmuró, acercándose a mí con pasos lentos—. ¿Hay algo más que quieras contarme?

—No —mentí, y la respuesta salió demasiado rápido, incluso para mí.

Se detuvo frente a mí, invadiendo mi espacio con esa elegancia meticulosa. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz suave, casi maternal. La clase de voz que confundía. Que dolía.

—Yo solo quiero lo mejor para ti. Siempre. Pero a veces,  no sé si lo recuerdas.

Bajé la mirada, sintiendo su voz instalada en mi cabeza como un metrónomo constante, marcando el ritmo de cada decisión que tomaba.

—Lo recuerdo —susurré, derrotada.

—Bien —dijo ella, tomándome la barbilla con una delicadeza que no sentía afectuosa, obligándome a alzar los ojos—. Porque si vas a echarlo todo a perder por un hombre como ese, entonces no solo decepcionarás a todos los que creen en ti. Me decepcionarás a mí.

Ahí estaba. La daga envenenada. No la furia, no el grito. El amor condicional, disfrazado de preocupación.

—Lo sé —susurré.

Me soltó como si fuera una pieza de cerámica que ya no le interesaba y se giró, retomando su frialdad habitual.

—Ve a cambiarte. Tienes una reunión con los patrocinadores esta noche. Y quiero que lleves el vestido azul. Te hace parecer más delgada —ordenó, sin mirarme.

Asentí en automático, con el pecho lleno de plomo. Subí las escaleras sin mirar atrás, con el nombre de Nevan repitiéndose en mi cabeza como una canción prohibida que no podía dejar de tararear.