Caminos Opuestos Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Pues eso, no —reiteró ella, dándose la vuelta.

—Aria… —intenté, dando un paso hacia ella.

—Nevan… —me cortó ella con un tono que advertía peligro.

Vale, eso fue gracioso. Me llevé una mano al pecho, fingiendo emoción exagerada.

—Esto empieza a parecerse a una comedia romántica, de esas malas que ponen en navidad —comenté divertido.

—No seas idiota —replicó ella, fulminándome con la mirada.

—Es mi encanto principal.

Me acerqué lo justo para provocarle ese fruncido de cejas que me encantaba.

—Vamos, no seas cabezota. Sabes que te conviene —dije, mirándola sin parpadear.

Me miró como si en cualquier momento fuera a sacar un cuchillo. O una flor. Y no estaba segura de cuál le daba más miedo.

—Puedo pedir un Uber —sentenció ella, sacando el teléfono de nuevo.

—Sí, claro, y esperar en la acera durante media hora tostándote al sol. O puedes aceptar mi heroico ofrecimiento y llegar a casa en tiempo récord, con una vista privilegiada —me señalé a mí mismo con ironía.

—Eres insoportable —masculló ella, guardando el teléfono.

—Y muy guapo, pero no estamos aquí para debatir mis virtudes —contesté con tono ligero.

Rodó los ojos y apretó los puños a los lados de su cuerpo, como si estuviera librando una batalla interna.

—Solo hasta mi casa y luego te vas —cedió ella al final, rindiéndose.

Levanté una mano como si jurara ante un juez.

—Lo juro, hoy no vendo personas al mercado negro. Es mi día libre —dije con una mueca burlona.

Me fulminó con la mirada una vez más.

—No me sorprendería que ya tuvieras un plan para eso —dijo ella, caminando hacia el coche.

—Lo tengo, pero Elon Musk aún no me contesta los correos —respondí mientras abría la puerta.

Con otro suspiro, esta vez de resignación, se subió al coche sin decir nada más.

Me puse al volante, encendí el motor y sentí cómo el viejo trasto vibraba bajo mis pies como si protestara por tener que moverse otra vez.

Ella se sentó con la espalda tan recta que parecía más una estatua que una persona.

Yoga de alto nivel. Y, joder, estaba preciosa. Cabreada. Tensa. Pero preciosa.

Rodé los ojos y subí un poco el volumen. Pumped Up Kicks empezó a sonar, ese ritmo despreocupado que siempre me pareció una ironía. Sobretodo ahora.

—Relájate, bombón —dije con una sonrisa torcida, lanzándole una mirada de reojo mientras giraba el volante con una sola mano—. No pienso comerte.

—No tengo ninguna duda de que lo harías si te diera la oportunidad —respondió ella sin parpadear. Como si no estuviera al borde de prender fuego desde que subió al coche.

Sonreí. Me encantaba. Esa lengua afilada, esa forma de defenderse como si todo fuera una amenaza.

—Bueno, no voy a mentir, tienes razón —admití relajado—, pero no quiero arriesgarme a que me arranques los ojos en el proceso.

Bufó y giró la cara hacia la ventana, evitando encontrar mis ojos. Pero yo sabía que me escuchaba. Que estaba pendiente. Siempre lo estaba.

—¿Siempre tienes que decir cosas tan inapropiadas? —preguntó ella, todavía mirando hacia afuera.

—Es una condición médica —dije encogiéndome de hombros—. Si me contengo, se me mueren las neuronas.

—Quizá deberías intentarlo. A ver si todavía quedan algunas vivas —replicó ella con un deje de burla.

—Esa compasión tuya me desarma —solté una risilla, disfrutando más de lo que debería.

El tráfico fluía. Las luces parpadeaban en los cristales. Y, por un momento, el coche se sintió como un refugio. Casi como si estuviéramos en una burbuja que nadie más podía tocar. Casi.

—Así que… cuéntame —dije de pronto, bajando un poco el tono—. ¿Cómo es la vida de la gran Aria Morgan cuando nadie le dice cómo debe mover los pies?

Me lanzó una mirada de lado, desconfiada. Como si yo fuera un problema. No iba mal encaminada.

—¿A qué viene eso? —preguntó ella, a la defensiva.

—¿Tan raro es que quiera hablar contigo?

—Tú no haces preguntas sin motivo, Grayson —sentenció ella tajante.

—Y tú no contestas sin levantar un muro, Morgan —le devolví la pelota con la misma intensidad.

Me miró, tensa. Pero no dijo nada. Así que solté el anzuelo.

—Venga, va. ¿Qué haces cuando no estás bailando o bajo el mando de tu madre? —pregunté, curioseando.

—¿Eso te preocupa tanto? —inquirió ella, arqueando una ceja.

—Me intriga el misterio —afirmé encogiéndome de hombros.

Giró los ojos y respiró hondo, dejándose llevar por la conversación.

—Duermo —dijo al final.

—Guau. Vida loca —respondí con sarcasmo.

—La tuya parece más de comedia barata. No te quejes —dijo ella devolviéndome el golpe.

— Touché —admití.

Me apoyé en el respaldo, sin quitar la vista del frente, pero sintiendo cada mínima reacción suya como si me tocara la piel. Era agotador. Y adictivo.

—Vamos, dime algo más. ¿No tienes hobbies? ¿Pasatiempos secretos? —insistí yo, buscando algo más profundo.

Tardó en contestar. Como si eso ya fuera dar demasiado de sí misma.

—Me gusta leer —dijo al fin, manteniendo la mirada fija en el tráfico.

—¿En serio? No te hacía ese perfil —dije, sorprendido.

—¿Por qué? ¿Porque llevo vestidos bonitos y me maquillo? —preguntó, desafiante.

—Nah. Porque pensé que ocupabas tu tiempo planificando la dominación mundial —bromeé yo.

Vi un atisbo de sonrisa que no pudo contener.

—Y lo hago. Pero también leo —afirmó ella.

—Te juro que ese combo es... jodidamente sexy —solté sin pensar, y al ver su reacción, supe que había marcado un punto.

—Eres imbécil —dijo, aunque esta vez sin rastro de malicia real.

—Y tú encantadora, cuando no estás intentando matarme —le aseguré con una sonrisa.

Esta vez, el gesto fue real. Pequeña. Fugaz. Pero real. Y, joder, eso valía más que todo lo que había visto esta semana.

—Vale, venga —dijo de repente, mirándome—. ¿Y tú? ¿Qué haces cuando no estás robando coches o coleccionando tatuajes?

—¿Yo? Pues dibujo. Mal. Pero lo hago. Y arreglo cosas. Y bebo café como si fuera un estilo de vida —enumeré con naturalidad.

—Impresionante currículum —contestó con ironía.

—Gracias. Estoy disponible para entrevistas. Incluso tengo referencias falsas —añadí guiñándole un ojo.

Ella soltó una risa leve, y ahí estaba de nuevo. Ese parpadeo de lo que podríamos ser. De lo que una vez fuimos. De lo que, quizás, todavía estaba ahí. Apreté el volante. No la miré. Porque si la miraba, me iba a olvidar de todos los motivos por los que debía mantenerme al margen.

Y lo peor era que, en ese momento, no estaba seguro de querer recordar ninguno.