Caminos Opuestos Capítulo 15
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Capítulo 15

Nevan

Dormí como el culo.

Fue el tipo de noche en la que das vueltas, sudas sin sentido y sueñas con escenas que no sabes si son recuerdos o películas de terror.

Me desperté con la mandíbula apretada, el cuello tenso y la sensación de que me habían dado una paliza emocional.

Lo peor: ni siquiera había bebido lo suficiente como para justificar ese caos mental.

La luz de la mañana se colaba con crueldad por la ventana, en el piso de la madre de Elara.

Era un lugar impecable, lleno de plantas que sobrevivían a pesar de mis intentos por ignorarlas.

Me arrastré hasta la cocina con el pelo hecho un nido y el humor bajo mínimos.

Eiden ya estaba allí, en pantalón corto, café en mano, con esa cara de persona funcional que me irritaba tanto a esas horas.

—Qué cara traes —soltó, deslizando una taza por la encimera sin que se la pidiera. Por eso éramos amigos.

—He dormido como si me hubiera metido en una pelea con mi subconsciente. Y perdí —murmuré, agarrando el café como si fuera un salvavidas.

—Normal. Te pusiste existencial a las tres de la mañana en el sofá —añadió Elara, apareciendo desde el pasillo con una coleta alta y esa sonrisa que siempre ocultaba una trampa.

—No estaba existencial. Estaba reflexionando sobre la decadencia moral del mundo moderno.

—Claro, Nevan —dijo Eiden, dándole un trago a su café—. Reflexionando a gritos.

—Me dejasteis solo. Esto es culpa vuestra.

Elara se apoyó en la barra, mirándome con una intención que me puso en alerta. Lo vi venir; el aire en la cocina cambió, cargándose de esa electricidad que precede a las malas decisiones.

—Por cierto… —empezó, con un tono inocente que no me tragaba ni de broma.

—No. —La corté antes de que terminara.

—Ni siquiera sabes lo que voy a decir.

—Seguro que es una trampa.

—Aria se dejó la chaqueta anoche.

Mi ceja se arqueó sola.

—¿Y?

Elara sonrió, satisfecha, como si acabara de ganar una partida de ajedrez contra mí.

—Y deberías llevársela. Seguro que está en la academia ahora mismo. Ensayando.

—¿Perdona?

—No te hagas el tonto. Está cerca. Puedes pasar un momento.

—¿Y por qué no se la llevas tú? ¿O Eiden? —Miré a ambos con cara de “ni de coña”.

—Porque tú estabas más cerca cuando la dejó —replicó ella, encantada de sí misma.

—Ella no va a alegrarse de verme aparecer con su ropa como si esto fuera un drama adolescente. Va a pensar que la estoy siguiendo.

—¿Y lo estás? —preguntó Eiden, sin apartar la vista de su taza, solo por molestar.

Le lancé una mirada que habría matado a alguien menos paciente, pero Elara ya estaba en su mundo.

—No seas cobarde. Es una chaqueta, Nevan. No un anillo de compromiso.

Bufé, dejando la taza sobre la encimera con un golpe seco.

—Sois lo peor.

—Y tú el más fácil de manipular —respondió ella, girándose para revisar su móvil como si no hubiera pasado nada.

No estaba convencido de que esto no fuera una forma de acoso consentido, pero ya estaba cogiendo la maldita prenda del respaldo de la silla.

La sostenía como si quemara. Enfrentarme a Aria de nuevo no estaba en mis planes, sobre todo porque sabía que con solo verla, todo lo que me había jurado evitar la noche anterior se iba a desmoronar.

Poco después, estaba parado como un imbécil frente al edificio de la academia. Me pregunté en qué momento de mi vida había acabado siendo el mensajero oficial de chaquetas olvidadas.

El edificio era una estructura de cristal y hormigón que gritaba exclusividad. Perfecto. Un sitio en el que yo encajaba tanto como una hamburguesa en la dieta de una bailarina.

Encendí un cigarro, apoyándome contra la pared mientras intentaba mentalizarme. Podría haberle mandado un mensaje. « Baja a buscar tu chaqueta, bombón » . Habría sido fácil. Pero siempre elegía el camino complicado. Porque ver a Aria era como invitar al caos a tomar café en mi estómago.

Apuré la última calada, pisé la colilla y entré.

El aroma era distinto ahí dentro: limpio, dulce, como perfume caro y esfuerzo contenido. Pasé por un pasillo largo, impoluto, con paredes blancas que brillaban demasiado. Todo gritaba « este no es tu sitio » . Aun así, seguí andando hasta que la música de piano me guió a una de las salas.

Me asomé.

El tiempo se ralentizó. Ahí estaba ella.

Mallas, body , movimiento. Todo lo que no debía estar mirando, lo observaba con una intensidad que me quemaba.

Cada giro era quirúrgico, cada línea de su cuerpo parecía diseñada por un arquitecto, pero no había alegría.

Era perfecta, sí; pero vacía. Como una bailarina en su caja de música, atrapada repitiendo pasos hasta el desgaste.

Cuando se detuvo y miró su teléfono, su expresión se tensó con una amargura que no le correspondía. Ahí decidí dejar de acechar y hacer acto de presencia.

—Si frunces el ceño con más fuerza, te van a salir arrugas, bombón. Y sería una pena desperdiciar esa cara tan bonita.

Aria se giró tan rápido que casi se tropieza. Su expresión pasó del shock a la rabia en un segundo.

—¿Qué coño haces aquí? —preguntó, cruzándose de brazos, intentando crear un muro invisible entre nosotros.

—Aportándole un poco de atractivo masculino a esta institución elitista —dije, levantando la chaqueta y sonriendo de lado—. Y traigo esto.

Ella ni siquiera miró la prenda. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos, analizando, evaluando, decidiendo si le convenía mandarme a la mierda o ignorarme hasta que me esfumara.

—Déjala en la mesa.

—¿Ni siquiera un « oh, Nevan, qué amable de tu parte, muchas gracias por tomarte la molestia » ?

—No.

Sonreí, divertido, y di un par de pasos hacia ella, acortando la distancia.

—Eres más borde de lo que recordaba.

—Y tú eres más insoportable.

—Lo sé, es mi mejor cualidad.

Ella puso los ojos en blanco y se acercó para tomar la chaqueta, pero en el último segundo la alejé, haciéndola suspirar con una exasperación que me encantó.

—Dámela.

—Pídelo por favor.

—Nevan…

—Vamos, bombón. Un poquito de cortesía.

Aria me miró como si estuviera considerando lanzarme una patada en la espinilla. Me encantaba verla así: con las mejillas sonrojadas y los labios tensos. Significaba que la sacaba de su burbuja perfecta.

—Por favor —murmuró entre dientes, como si las palabras le quemaran la lengua.

—¿Ves? No era tan difícil.

Le tendí la chaqueta. Cuando la agarró, nuestros dedos se rozaron por un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente para que una descarga recorriera mi piel. Aria apartó la mano como si hubiera tocado fuego, bajando la mirada antes de volver a clavar sus ojos en los míos con frialdad renovada.

—Ya puedes irte.

Me llevé una mano al pecho, fingiendo estar herido.

—¿Tan rápido me echas? ¿Y si quiero ver un poco más de tu espectáculo?

Su mandíbula se tensó hasta el dolor.

—Nevan.

—Vale, vale. —Levanté las manos—. Solo quería enterrar el hacha de guerra, pero veo que todavía prefieres usarla de almohada.

Ella no respondió. Me sostuvo la mirada con la barbilla alta, impenetrable, inaccesible. Sí, claro. Como si esa actitud pudiera hacerme olvidar la forma en que me miró anoche. Como si pudiera borrar el hecho de que, por mucho que lo negara, mi presencia la descolocó tanto como la suya a mí.

Sonreí de lado y le di la espalda, caminando hacia la puerta.

—Nos vemos, bombón.

Crucé el umbral y supe, con absoluta certeza, que sus ojos estaban clavados en mi espalda. Ella quería poner distancia. Pero esto estaba lejos de terminar.

***

No sabía muy bien por qué demonios seguía ahí fuera, plantado al lado de mi coche como si esperara algo. Quizá intuición. Quizá mi vena masoquista haga horas extra.

Apoyado en el capó, me encendí otro cigarro y dejé que la brisa cálida del día me despeinara aún más. Estaba casi seguro de que el sudor ya me soldaba la camiseta al pecho, pero aun así no me moví. Porque algo me decía que la escena estaba a punto de ponerse interesante.

Y no tardó. Aria salió del edificio como una maldita reina cabreada, con el ceño fruncido y el móvil apretado en una mano como si estuviera a punto de lanzarlo a la estratosfera.

Llevaba un vestido rosa de tirantes, ligero, con un vuelo que le rozaba las rodillas como si la tela misma supiera lo que tenía entre manos.

Femenina, elegante, perfecta. Y con esa expresión de fastidio grabada en su cara, parecía lista para estrangular a alguien con sus propias manos.

No me vio al principio. Estaba demasiado ocupada bufando al teléfono.

—Ya he dicho que no, mamá. No voy a quedarme a repasar la coreografía otras tres horas. Tengo límites —espetó ella con ese tono cortante que haría que hasta Siri le pidiera perdón.

Me llevé el cigarro a los labios sin apartar la vista. Joder, su madre. El motor de su ansiedad. La mujer que había convertido su vida en un ensayo permanente.

—No, no me vengas con eso del prestigio. Estoy agotada —continuó ella, deteniéndose en seco mientras se pasaba una mano por la frente—. Ya me las arreglaré para volver. No necesito que nadie me controle cada paso.

Colgó con un suspiro que parecía sacado de un drama de telenovela.

—¿Problemas con el mando a distancia de tu vida? —pregunté yo, soltando el humo con parsimonia.

Mi voz la hizo girarse tan rápido que casi se le cae el móvil. Sus ojos verdes se clavaron en mí con ese brillo que no sabía si quería pegarme o encerrarme en un armario con ella. Ambos escenarios eran bienvenidos.

—¿Por qué sigues aquí, Grayson? —espetó ella sin molestarse en disimular la irritación.

—Digamos que el destino quería que presenciara cómo tu madre intentaba teledirigir tu vida incluso a esta hora —dije sonriendo con suficiencia.

Sus labios se apretaron en una fina línea. Estaba decidiendo si ignorarme o matarme. Lo veía claro.

—No necesito testigos —dijo por fin, cruzándose de brazos.

—Ya, pero qué suerte la tuya, bombón. Porque resulta que el caballero de brillante… chándal descolorido —me señalé con solemnidad—, se ofrece a llevarte a casa —añadí con un guiño.

—No —respondió ella de inmediato.

Mi sonrisa se ensanchó mientras tiraba el cigarro al suelo.

—¿No? —pregunté con sorna.