Capítulo 14
Nevan
Recuerdo
—¡Nevan! ¡Nevan, mírame! —gritó Aria desde lo alto de la plataforma de madera, agarrada con las dos manos al manillar de la tirolina.
Estaba muerta de miedo, se notaba en su cara, pero también tenía esa sonrisa gamberra que le salía cada vez que hacíamos un reto. Tenía el pelo recogido en dos trenzas deshechas que ya estaban mojadas.
—¡No te vas a atrever, Morgan! —le piqué desde abajo, cruzando los brazos.
—¿Que no? ¡Mira esto!
Soltó un grito que resonó por todo el bosque y se lanzó al vacío.
El cable de acero sonó con fuerza mientras Aria bajaba a toda velocidad, con las piernas encogidas y el viento soplándole en la cara.
Justo cuando llegó al final del recorrido, encima de la parte más profunda del lago, soltó las manos.
Salió volando por el aire, agitando los brazos, antes de caer de golpe contra el agua.
¡Plaff!
El impacto levantó una ola gigante de espuma que me salpicó de pies a cabeza.
Me partí de risa, apoyándome en las rodillas mientras esperaba a que saliera. Un segundo después, su cabeza rubia asomó a la superficie. Escupió un chorro de agua, se apartó las trenzas empapadas de los ojos y soltó una carcajada limpia y ruidosa que me contagió al instante.
—¡Ha sido alucinante! —gritó, nadando hacia el muelle estilo perrito.
Le tendí la mano y tiré de ella con fuerza para ayudarla a subir.
Pesaba un montón con la ropa empapada y los dos acabamos resbalando de vuelta al agua.
Nos arrastramos como pudimos hasta la orilla y nos dejamos caer de espaldas sobre el césped, justo donde el sol de la tarde daba de lleno y calentaba la tierra.
Estábamos exhaustos. El pecho me subía y bajaba de golpe, y el agua helada del lago me chorreaba por la cara, mezclándose con el sudor.
Miré hacia el cielo, viendo las nubes pasar, mientras la risa floja seguía brotando de nosotros, como pequeños hipidos.
Aria se giró de lado, apoyando la cabeza sobre su brazo empapado, y me miró con esos ojos verdes brillantes, todavía jadeando por el esfuerzo y con la cara roja de tanta diversión.
—¡No me lo puedo creer! —me miró con los ojos como platos, todavía buscando aire—. De verdad que nunca jamás pensé que me atrevería a hacer eso. Tenía la tripa llena de mariposas antes de saltar.
—Te lo he dicho mil veces, Morgan —respondí, apoyando la cabeza sobre mis manos entrelazadas mientras la miraba de reojo—. Tú eres capaz de hacer todo lo que te propongas en esta vida. Aunque sigo pensando que estás como una cabra.
Aria soltó una carcajada ante mi comentario.
Fue una risa tan pura, tan libre y tan natural que sentí cómo el sonido me recorría todo el pecho, dejándo una sensación de calor de lo más extraña.
Estaba guapísima. Tenía las dos trenzas deshechas y pegadas al cuello, la punta de la nariz roja por el sol y la camiseta blanca chorreando, pegada al cuerpo, pero a ella no parecía importarle nada.
De repente, su cara cambió y puso esa expresión de pillina que ponía siempre que tramaba alguna de sus locuras. Se arrastró un poco por el césped para acercarse más a mí, bajando la voz como si los árboles del bosque pudieran oírnos.
—Oye, tengo un plan secreto para luego —susurró, con los ojos brillando de la emoción—.
He descubierto cómo entrar en el almacén del pabellón principal, donde los monitores guardan todas las cajas de chucherías y los refrescos para las fiestas.
El pestillo de la ventana de atrás está roto.
Nos podemos colar esta noche, cuando todos se duerman. ¿Te apetece?
La verdad es que era una idea malísima. Si el director del campamento nos pillaba metiendo la mano en las cajas de gominolas, nos mandaría directos a casa en el primer autobús y nuestros padres nos matarían.
Pero la miré a los ojos y supe que daría igual lo que me pidiera; si Aria Morgan me decía de saltar de un puente, yo solo le preguntaría si quería que cayéramos de cabeza o de pie.
—Venga, hecho —seguí el juego sonriente, sintiéndome el cómplice más afortunado del mundo—. Pero si nos pillan, dices que ha sido idea tuya, ¿vale?
Aria se rió otra vez, dándome un empujón suave en el hombro, de pronto su risa se fue apagando despacio. Se quedó mirando al frente, fija en el agua del lago que empezaba a oscurecerse, y arrancó un trozo de hierba con los dedos, se puso seria de una forma que no era normal en ella.
—Nevan... a veces me da un poco de miedo —admitió con la voz muy bajita, sin mirarme.
—¿El qué? ¿Que nos pille el monitor? Que va, ese duerme como un tronco...
—No, eso no —interrumpió, suspirando—. Me da miedo crecer.
Me da miedo que cuando seamos mayores de verdad, toda esta diversión se termine.
Mi madre siempre me está diciendo que tengo que ser una niña seria, que el ballet es una disciplina y que tengo que madurar.
Me da miedo que un día no me deje volver a hacer cosas así, que me prohíba venir al lago; y que todo se vuelva gris y aburrido.
Se me encogió el estómago al escucharla. Verla dudar de esa manera me revolvió algo por dentro. Me incorporé, sentándome con las piernas cruzadas a su lado, y estiré la mano para darle un tirón suave a una de sus trenzas mojadas, obligándola a mirarme.
—Eso no va a pasar, Aria —dije con toda la firmeza que fui capaz de reunir—.
No pasará si tú no dejas que pase. Y da igual lo que diga tu madre.
Yo voy a estar ahí contigo, siempre. No voy a dejar que esa vida aburrida de los mayores te engulla, te lo prometo.
Si intentan volverte gris, yo te llenaré de colores, te traeré aquí a la fuerza si hace falta y te obligaré a meterte en el lago otra vez. Inventaremos lo que sea.
Aria me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron larguísimos. Sus ojazos verdes se ablandaron por completo y la comisura de sus labios volvió a curvarse hacia arriba. Dejó caer su cabeza sobre mi hombro, apoyándose en mí mientras el sol terminaba de esconderse por las montañas.
Nos quedamos allí quietos, sintiendo el viento frío de la tarde pero protegidos por el calor del otro.
Éramos solo dos niños sentados junto a un lago, soñando cosas demasiado grandes y haciendo promesas eternas, sin tener la más mínima idea de que la vida, ahí fuera, era muchísimo más complicada de lo que parecía.