Caminos Opuestos Capítulo 13
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Capítulo 13

Nevan

La observaba desde el reservado, con un vaso de whisky barato en la mano. Aria era una anomalía en este antro. Mientras el resto se movía de forma caótica, ella bailaba con una precisión que rozaba lo insultante, como si la música solo fuera una sugerencia que ella decidía cumplir a rajatabla.

Estaba preciosa. No era solo el vestido de seda o la forma en que el neón se reflejaba en su piel; era su manera de moverse. Sus caderas se balanceaban con una fluidez hipnótica, un vaivén que me obligaba a apretar los puños para no cruzar el local y reclamar ese espacio para mí.

Hace apenas una hora, me lanzaba esa mirada de hielo, levantando el muro más alto que pudo encontrar.

Pura fachada. Conocía esa mirada. La veía en el espejo cada mañana desde que era un crío.

La gente no se pone máscaras por diversión; se las pone para sobrevivir.

Aria Morgan no intentaba alejarme por arrogancia, trataba de proteger su mundo perfecto de alguien como yo: el caos personificado.

Pero, lo que ella no entendía, era que yo sabía muy bien cómo se agrietan las máscaras.

Vi cómo Sienna y Elara se reían y se marchaban hacia el baño, dejándola sola en el centro de la pista. Fue entonces cuando un tipo, un engreído con demasiado gel en el pelo y una sonrisa depredadora, se deslizó hasta ella. Se acercó demasiado. Puso una mano en su espalda.

Mi paciencia se esfumó. Dejé el vaso de un golpe seco sobre la madera y caminé hacia allí, ignorando a la gente que me apartaba al pasar.

El tipo intentaba seguirle el ritmo, buscando cualquier excusa para tocarla más de la cuenta. Aria lo esquivaba con elegancia, pero se notaba su incomodidad.

Me situé justo detrás del idiota y le puse una mano firme en el hombro, girándolo con brusquedad.

—Lárgate —le espeté con la voz baja, desprovista de cualquier amabilidad.

El tipo abrió la boca para protestar, pero al verme —o quizás al ver el hartazgo que debía de estar pintado en mi cara—, prefirió no buscarse problemas y se esfumó entre la gente.

Aria se quedó inmóvil, con los ojos verdes muy abiertos, sorprendida por mi aparición. Intentó recuperar su pose, enderezando la espalda, pero no le di tiempo.

—¿Qué hac…

—Rescatando a la damisela en apuros —repliqué con una sonrisa torcida—. O al menos, evitando que ese tipo te hiciera perder el tiempo.

Sin pedir permiso, puse mi mano en su cintura. La seda era suave, pero la tensión de Aria era palpable. Noté cómo se sobresaltó, cómo su respiración se cortó un segundo. El contacto fue eléctrico.

—No te he pedido que me rescates —siseó ella, aunque no se apartó. Al contrario, sus manos buscaron apoyo en mis hombros, una reacción involuntaria.

—No, no lo has hecho. Pero para que bailes con ese idiota mejor que bailes conmigo, ¿no crees?

La acerqué a mí. Estaba lo bastante cerca para notar el calor que desprendía, una calidez que chocaba con la frialdad que intentaba proyectar. Empezamos a movernos, un baile lento y peligroso en medio de la vorágine de la discoteca.

—¿Crees que puedes controlarme? —murmuró ella, alzando la barbilla. Sus ojos verdes brillaban con desafío, una chispa que me decía que, bajo esa capa de porcelana, había fuego real.

—Creo que te mueres por perder el control —susurré contra su oído, bajando la voz—. Estás a un paso de romper tu máscara, Morgan. Solo tienes que dejar de luchar contra lo que sientes.

Noté cómo su mano se apretaba en mi hombro, clavando un poco las uñas. El muro se estaba resquebrajando. Vi cómo su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos, un rastro de duda y deseo que me hizo sonreír.

—Eres un peligro, Grayson —dijo, pero su voz ya no sonaba cortante, si no rota.

—Soy lo que necesitas —le respondí, atrayéndola un poco más, hasta que nuestros cuerpos fueron un solo bloque—. Deja de fingir que te importa lo que piensen los demás. Esta noche sé solo tú.

Aria soltó un suspiro, un sonido de rendición que me golpeó en el centro del pecho. Se dejó llevar por mi ritmo, un tira y afloja que nos consumía. No estábamos bailando; estábamos retándonos. Y ambos sabíamos que, en este juego, el primero que bajara la guardía, perdería.

La música no era solo sonido si no un pulso que compartíamos.

Cada movimiento de Aria era una coreografía de deseo contenido, un tira y afloja donde ella me provocaba y yo, por supuesto, no tenía intención de dejar el juego.

Mis manos en su cintura no eran solo un apoyo; eran una declaración.

Sentía su calor a través de la seda, un contraste casi insoportable con la frialdad que ella intentaba proyectar con sus palabras.

La acerqué más, obligándola a encajar sus caderas contra las mías. Su respiración se volvió errática, un pequeño fallo en su sistema perfecto. Me encantaba. Estábamos en una burbuja de tensión sexual tan densa que juraría que el resto de la discoteca apenas existía.

La canción se desvaneció y Aria se separó de mí con una rapidez pasmosa, como si el contacto la quemara.

Vi cómo se alisaba el vestido, enderezaba los hombros y cómo, en cuestión de segundos, la mujer apasionada con la que acababa de bailar desaparecía.

La máscara volvió a colocarse en su sitio con una precisión aterradora.

—Se acabó, Nevan —dijo. Su voz plana, desprovista de la electricidad de hace un momento—. No puedo seguir con este juego. A partir de ahora, cada uno por su lado.

Dio media vuelta y se alejó entre la multitud. La vi caminar, erguida, impecable, intentando recuperar el control que yo acababa de desbaratar. Pero no iba a dejar que se marchara así. No después de sentir cómo su pulso se disparaba contra el mío.

La seguí entre la masa de gente, esquivando cuerpos y luces, hasta que la alcancé en el pasillo lateral, un rincón con luz tenue donde el ruido de la discoteca llegaba amortiguado. La arrinconé con mi cuerpo antes de que pudiera cruzar la puerta que llevaba a los baños.

—¿De verdad vas a actuar como si no me conocieras? —solté, cortando su huida.

Ella se tensó, una respuesta física inmediata. Se giró hacia mí, clavándome una mirada gélida.

—Han pasado doce años, Nevan.

—Y te aseguro que no he olvidado ni un maldito día —repliqué, acortando la distancia un paso—. ¿Tú sí?

La forma en que bajó la mirada durante una fracción de segundo fue mi respuesta. Esa fisura en su armadura me dio todo lo que necesitaba, pero no se rindió. Se recompuso al  instante, subiendo sus defensas. Esa perfección inalcanzable que había aprendido a llevar como si fuera su propia piel.

—No soy esa cría del campamento, por si no te has dado cuenta —dijo, con un tono más frío—. Y tú tampoco eres el mismo.

—Tienes razón. Ahora dibujo mejor y rompo menos cosas.

—Felicidades. Todo un logro personal.

Sonreí. Porque a pesar de la acidez, de ese muro de sarcasmo bien estructurado, la conocía. Sabía que si en verdad no le importara, ya estaría de vuelta con sus amigas, sin perder ni un segundo conmigo.

—¿Sabes qué es lo jodido, Aria? —pregunté, bajando la voz.

—Ilumíname.

—Que puedes engañar a todos. A tu madre. A tus amigas. Pero a mí no. Porque te conocí antes de que aprendieras a fingir.

Sus labios se apretaron. Sus ojos brillaban con rabia contenida que no supe si era por lo que dije o por lo que despertaba en ella. Daba igual. La verdad salió a la luz.

—No te metas en mi vida, Nevan. No eres parte de ella.

Me incliné, acercándome lo suficiente para que el olor a vainilla de su champú me golpeara con fuerza, un recuerdo estúpido de veranos que ya no existían.

—Pues entonces deja de mirarme como si quisieras que lo fuera.

La frase quedó suspendida entre los dos, una bomba sin detonar. Su respiración era suave, medida, pero sus ojos… sus ojos me gritaban cosas que su boca jamás admitiría.

—No me mires así, joder —dijo por fin. No era una orden; era un ruego disfrazado de advertencia.

—¿Así cómo? —Di un paso más cerca, invadiendo su espacio—. ¿Como si me importaras?

Ella bajó la mirada un segundo. El pestañeo lento. El trago seco de su garganta. La muralla tambaleándose.

—Como si pudieras quedarte —susurró.

Ahí estaba: la herida abierta. Y dolía. Porque yo también sabía que irse era fácil. Quedarse… eso era lo que daba miedo.

—No voy a prometerte eso —admití, con la voz ronca, sin adornos—. No sé hacerlo. No sé si puedo.

—Entonces, ¿qué quieres, Nevan?

No fue un susurro lastimero. Fue directo, como una flecha al pecho. Me quedé callado. La respuesta no era fácil. No la había. El nudo en mi garganta me impedía hablar.

—No lo sé —confesé al fin—. Pero cuando te vi de nuevo, con esos ojos cansados, apagados, con esa sonrisa elegante pero irreal... joder, quise romper algo. Romperlo todo.

Su gesto cambió, apenas un pestañeo más largo.

—No te veo, Aria —seguí—. Te miro y no estás ahí. Estás... apagada. Contenida. Como si estuvieras metida en una jaula que tú misma has cerrado con llave.

Observé cómo sus dedos, de forma involuntaria, buscaban el pendiente que llevaba en la oreja. Se lo tocaba una y otra vez.

Ella no me interrumpió. Me dejó seguir, exponiéndola, exponiéndonos.

—Tú no eres así, Aria. Tú eres fuego. Eres fuerza, joder, esa chica que subía a la tirolina más alta del campamento aunque le temblaran las piernas, la que reía con la boca llena de chocolate, la que bailaba descalza en medio de una tormenta porque decía que la lluvia te quitaba los miedos. La niña que no pedía permiso.

Sus ojos se abrieron apenas. Y, durante un segundo, vi a esa chica. La que tenía polvo en las rodillas y el alma intacta. Y dolió más que cualquier golpe. Entonces, levantó la mirada y me fulminó con esos ojos verdes, cargados de una furia gélida.

—Esa niña ya no existe, Nevan —afirmó, con la voz envuelta en rabia y dolor—. Murió hace doce años. Y tú... tú no estuviste para verla morir.

Sus palabras me golpearon con fuerza.

—¿Sabes qué no es justo? —siguió, con el mentón en alto, negándose a llorar—. Que aparezcas ahora, después de tantos años, de no buscarme nunca. Ni una llamada. Ni un puto mensaje. Y ahora vengas a decirme lo que soy o no soy. Lo que debería o no debería ser.

Mi garganta ardía. No había defensa. Tenía razón.

—Te juro que quise hacerlo —dije en voz baja.

—¿Y qué te detuvo? —preguntó, con los ojos brillando, con la voz rota.

El silencio se apoderó del pasillo. La música llegaba lejos, como si estuviéramos en otro mundo. Aria dio un paso atrás. Y fue como si se llevara todo el aire con ella.

—No vuelvas a acercarte si no sabes lo que quieres, Nevan. Porque no estoy para que me desarmes otra vez.

Se giró y me dejó allí, con el pecho abierto en canal y las manos vacías. Porque joder, sí. Nunca fui a buscarla. Y ahora que estaba de vuelta, no sabía si tenía derecho a que me perdonara por haber huido de lo único que alguna vez me hizo sentir en casa.

« No vuelvas a acercarte si no sabes lo que quieres »

Qué jodida ironía. Porque si algo tenía claro en ese momento, era justo eso: la quería a ella. Pero no tenía ni idea de qué hacer con todo lo que eso implicaba.

Me quedé allí, solo en el pasillo, viendo cómo volvía hacia el reservado con sus amigas. Tenía por delante un mes entero en Los Ángeles. Un mes que, de repente, se me antojaba una condena insoportable si Aria no quería tener nada que ver conmigo.