Capítulo 12
Aria
El club, The Onyx , estaba en el corazón de la zona más exclusiva. No era solo una discoteca; era un templo de neón, música atronadora y gente que pagaba fortunas solo por el privilegio de estar allí.
Al llegar a la puerta, la cola se extendía varios metros. Sin embargo, al mencionar mi nombre, el portero, un hombre con el cuello enorme, apenas necesitó un segundo para abrir la cuerda de terciopelo.
—Adelante, señorita Morgan —dijo, asintiendo con un respeto que me resultó casi irritante.
El impacto de entrar fue inmediato. El aire cambió: olía a perfume caro, a sudor y a una mezcla electrizante de alcohol y ambición.
Las luces estroboscópicas cortaban la oscuridad, convirtiendo a la multitud en una masa de sombras en movimiento.
Sienna avanzaba entre la gente como si fuera la dueña del local, arrastrándome tras ella hasta el área del reservado.
Allí estaban, en una burbuja de exclusividad separada por sofás de terciopelo y botellas de champán.
Elara destacaba incluso en la penumbra. Llevaba un vestido de satén color esmeralda que le sentaba como una segunda piel, con la espalda descubierta y el pelo recogido en un moño desenfadado que la hacía parecer sacada de una revista de moda.
—¡Aria! —gritó Elara, levantándose de un salto para rodearme en un abrazo eufórico. Sienna se unió al grupo, convirtiendo el saludo en una maraña de risas y alboroto.
—¡Estás increíble! —exclamó Sienna, señalando el vestido de Elara antes de desplomarse en el sofá.
Saludé a Eiden con un beso rápido en la mejilla; él me dedicó una sonrisa relajada, con un vaso en la mano, disfrutando del espectáculo que montábamos las tres. El ruido de la música era tan intenso que las palabras apenas se entendían, pero la conexión entre nosotras era instantánea.
—Me estoy asando —les dije, gritando un poco para hacerme oír—. Voy a pedir algo con mucho hielo. ¿Alguien quiere algo?
Sienna negó con la cabeza, ya enfrascada en una conversación animada con Elara mientras se reían de algo que Eiden acababa de decir.
—Tráeme lo mismo —dijo Elara, señalando su copa vacía.
Asentí y me abrí paso hacia la barra, agradecida por el movimiento.
Necesitaba alejarme un poco de la intensidad del reservado y concentrarme en algo simple: pedir una copa y dejar que el alcohol hiciera el resto.
El camino hacia la barra era un laberinto de gente, pero mis ojos, acostumbrados a la disciplina y la observación, empezaron a escanear el lugar.
Apreté el clutch contra el costado con una rigidez calculada y llegué a la barra, apoyando los codos sobre la madera pulida.
—Un pornstar martini , por favor —pedí, manteniendo el tono neutral, el de la Aria que nadie puede cuestionar.
El vaso llegó frío, elegante, con su absurda rodaja de fruta flotando en la superficie como si fuera un detalle importante. Tomé el primer sorbo con una sonrisa automática. Me giré, lista para volver a la zona VIP, a la seguridad de mis amigas, pero mi camino se interrumpió de golpe.
Choqué contra una pared sólida. No era una pared, claro. Era un cuerpo.
El líquido del vaso saltó, salpicando mi muñeca y mojando un poco la seda de mi vestido.
—Mierda —mascullé, alzando la vista, lista para soltar un comentario mordaz que pusiera en su sitio a cualquier desconocido torpe y… entonces, me congelé.
Nevan Grayson.
La sangre me rugió en los oídos, un sonido de alarma interna que me dejó sin aliento. Mis ojos se toparon con los suyos y el tiempo, ese concepto que mi madre siempre me obligaba a controlar con precisión de metrónomo, se detuvo en seco.
Ahí estaba. Un metro noventa de peligro envuelto en una camisa negra que apenas contenía sus tatuajes, con esos ojazos que parecían estudiar cada uno de mis defectos. Se veía tan fuera de lugar en este club exclusivo, y a la vez, tan jodidamente magnético, que me dejó sin aire.
—¿Nevan? —musité, incapaz de ocultar la sorpresa. Por un segundo, la Aria controlada, la que siempre sabe qué decir, dejó de existir. Solo quedó la chica desconcertada que no esperaba ver al que iba a ser, sin duda, un caos en la vida perfecta y planificada que llevaba.
Nevan sonrió, una curva lenta y pícara. Parecía disfrutar de mi estupefacción.
—Hola, Morgan. Vaya, el mundo es un pañuelo, ¿no? —Su voz, profunda y tranquila, me devolvió a la realidad como un jarro de agua fría.
Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi vestido de seda, mi piel, mi postura perfecta.
Era una mirada que no pedía permiso, que me hacía sentir observada de una forma que mi madre nunca habría aprobado.
El recuerdo de sus advertencias, de su exigencia de excelencia, me golpeó como un rayo de hielo.
« No te distraigas, me dije internamente. Él no es parte del plan. Él es el incendio que destruirá el escenario »
Mi postura cambió. Dejé caer los hombros, tensé la espalda, y mi mirada, que hasta hacía un segundo estaba llena de sorpresa, se tornó fría, impasible. El muro subió, ladrillo a ladrillo, tan rápido que apenas pude procesarlo.
—Qué coincidencia —dije, tratando de sonar distante, aunque mi corazón seguía acelerado—. No sabía que te gustaran sitios como este.
—No suelen gustarme —admitió él, dando un paso más hacia mí, acortando la distancia—. Pero el ambiente es... interesante.
Intenté ignorar el olor a tabaco y madera que desprendía, una esencia tan alejada del perfume caro y laca que definían mi mundo.
Si me dejaba llevar, si permitía que este chico de ojos azules y brazos tatuados entrara en mi vida, todo lo que había construido —la disciplina, la aprobación de mi madre, el futuro brillante— se desmoronaría.
Él era el caos, y yo vivía del orden.
—Es interesante para quien no tiene un mañana que cuidar —añadí, con un tono más cortante, más firme.
Nevan parpadeó. La chispa burlona de sus ojos flaqueó por un instante, sustituida por una extrañeza genuina. Se dio cuenta de que la chica que acababa de saludarlo hace diez segundos ya no estaba ahí. Ahora solo quedaba la « Aria Morgan » , la bailarina impenetrable.
—Vaya —dijo él, ladeando la cabeza mientras analizaba mi nueva frialdad—. Has puesto el escudo muy rápido. ¿Tanto miedo te doy?
—No es miedo, Nevan. Es sentido común —mentí, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba—. No tenemos nada de qué hablar. Tú vives en tu mundo y yo en el mío.
Él se quedó en silencio, mirándome con una mezcla de diversión y algo más profundo que no quise identificar. Pude ver cómo su mandíbula se tensaba. Se dio cuenta de que lo estaba rechazando, no por maldad, sino por pura supervivencia.
Me alejé hacia el reservado con la cabeza alta, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
Me dolió hacerlo, me hizo daño negar esa química imposible de ignorar, pero era necesario hacerlo.
Mi vida estaba planificada al minuto, y un hombre como Nevan Grayson era la grieta por la que empezaría a perder el control.
Llegué al reservado con el corazón martillando contra mis costillas, y me dejé caer junto a Sienna.
—¿Estás bien? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Estás pálida…
—Estoy bien —dije, agarrando mi bebida con una mano que por fin dejaba de temblar—. Solo... ha sido un momento de agobio. Vamos a bailar, ¿no?
Tenía que zanjar esto. Tenía que volver a ser la Aria que no sentía nada más que la música. Porque si me permitía mirar atrás, si dejaba que él volviera a acercarse... no volvería a ser la misma.