Caminos Opuestos Capítulo 11
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Capítulo 11

Aria

La música retumbaba en mi pecho como si quisiera sustituir mis latidos.

El suelo de madera vibraba bajo mis pies, y cada músculo de mi cuerpo gritaba «una más», aunque llevábamos hora y media de ensayo intensivo.

Sudor, agotamiento, concentración absoluta…

y en el centro de ese pequeño universo: mi madre.

—¡Aria! Esa pierna más alta, espalda recta. No eres una tortuga —espetó, ajustando la posición de mis hombros con una frialdad que no dejaba lugar a la duda.

—Sí, mamá —contesté, manteniendo la respiración controlada.

Años de entrenamiento me permitían disimular el agotamiento, pero no podía esconder la tensión en mi mandíbula.

Cada corrección era una aguja que se clavaba.

No solo dolía por el esfuerzo físico, sino porque conocía el origen de su insatisfacción.

Sabía que sus gritos no eran solo perfeccionismo; eran el eco de un escenario que ella perdió años atrás.

La historia de su lesión en el tendón de Aquiles, sumada al embarazo imprevisto que la obligó a retirarse justo cuando iba a alcanzar el rango de primera bailarina, era el fantasma que habitaba nuestra casa.

Mi madre no me veía cuando bailaba; contemplaba su propia carrera, su sueño truncado, el proyecto inacabado que yo estaba obligada a completar.

Cuando el piano se detuvo, nuestras respiraciones se entrelazaron en el silencio del estudio. Ella nos escaneó con la mirada, analizando cada línea, cada ángulo.

—Mejor —dijo al fin. En su lenguaje, eso era casi una ovación en pie.

Contuve un suspiro. Me incliné, agarrando la toalla con manos temblorosas; mi camiseta se pegaba a la espalda y mis piernas parecían de goma, pero no me atreví a quejarme. No en voz alta. Jamás.

En los vestuarios, me duché bajo el chorro de agua fría, intentando que el nudo en mi pecho se deshiciera.

Rostro pálido. Ojeras disimuladas a la perfección, cuerpo delgado, al milímetro; como a ella le gustaba.

Como debía ser. Me puse un vestido rosa empolvado, el equilibrio perfecto entre elegancia y juventud que mi madre consideraba «adecuado para una Morgan».

Entonces, el móvil vibró. Sienna.

—¿Sí? —contesté, intentando inyectar un poco de vida en mi tono.

—Dime que no estás muerta —soltó Sienna sin rodeos.

—Estoy viva. Por un milagro divino y medio litro de agua con electrolitos.

—Perfecto, porque esta noche hay plan. Eiden y Elara están en Los Ángeles. Vodka, luces, música, decisiones dudosas.

Guardé silencio, mirando mi reflejo. La idea de salir sonaba tentadora, pero también peligrosa. Estaba agotada.

—¿Estás ahí? —preguntó ella.

—Sí, lo estoy pensando.

—Aria, escúchame —su voz se volvió más seria—. Estás agotada. Se te nota hasta en los mensajes. Necesitas despejarte.

—¿Y si no encajo? ¿Y si no puedo divertirme?

—¿Tú? Decir que Aria Morgan no encaja es como decir que el sol no calienta. Hazlo por ti. Una noche donde no tengas que fingir que todo está bien.

Cerré los ojos, pensando en la mirada de mi madre, en el peso de sus expectativas no resueltas.

—Vale. Ahí estaré —dije, colgando antes de que mi sentido común pudiera arrepentirse.

Salí de la academia hacia una cafetería cercana, buscando un lugar donde refugiarme antes de la noche.

Me senté sola junto a la ventana, observando a la gente pasar.

Todos parecían tener una dirección, un propósito, un guión que ellos mismos escribían.

Yo, en cambio, sentía que estaba interpretando un papel que alguien más había diseñado para mí.

Pedí un café negro, aunque sabía que el exceso de cafeína no era lo que mi cuerpo pedía. Miré el reloj. Tenía tiempo de volver a casa, de repasar la coreografía una vez más, de acostarme temprano para rendir al máximo mañana. Eso era lo que una Morgan haría. Eso era lo que mi madre esperaba.

Pero, mientras el vapor del café subía, me di cuenta de algo: estaba harta.

Harta de ser el reflejo de una bailarina que pudo ser y no fue, de buscar la validación en ojos que siempre encontraban un defecto.

Si no salía esta noche, si no rompía el patrón aunque fuera por unas horas, terminaría marchitándome en este maillot de perfección.

Necesitaba recordar que había una versión de mí que no dependía de la aprobación de nadie, una que podía ensuciarse, equivocarse y vivir sin que eso fuera el fin del mundo.

Pagué el café y me levanté. Mi decisión estaba tomada. No saldría por rebeldía, sino por pura supervivencia. Necesitaba recuperar el control de mis propios pies, de mis deseos, aunque solo fuera por una noche.

Entrar en nuestro apartamento fue como cruzar un portal dimensional. De la frialdad aséptica de la academia, al caos organizado de Sienna. En cuanto cerré la puerta, el aire vibraba con otra energía.

Girls just want to have fun sonaba a todo volumen desde el altavoz del salón.

Sienna ya estaba en modo fiesta. Había convertido la alfombra en un cementerio de ropa: tacones, tops de lentejuelas, faldas de cuero y accesorios que, en manos de cualquier otra persona, parecerían un disfraz, pero que en ella eran arte.

—¡Llegas tarde, Cenicienta! —gritó Sienna, con una copa de vino en una mano y un labial rojo chillón en la otra—. Esto no se va a beber solo y la noche es joven.

Se acercó a mí, me quitó el bolso y me dejó una copa en la mano. Su mirada azul grisáceo recorrió mi ropa, arrugando la nariz.

—Fuera eso. Necesitas un cambio radical.

Sienna era un huracán. Iba vestida con un conjunto que yo jamás me atrevería a usar: un top negro con tiras que se cruzaban de forma estratégica sobre sus curvas, una falda de cuero extremadamente corta y unas botas de tacón que le daban una altura imponente.

Era sexy, arriesgada, era una declaración de intenciones.

Yo, por el contrario, me incliné por algo que me hiciera sentir segura pero no invisible. Saqué del armario un vestido de seda, en un tono champán que caía sobre mi cuerpo como agua. Era elegante, femenino, un clásico atemporal.

—Estás demasiado seria —comentó ella, acercándose para ayudarme con la cremallera de la espalda—. Parece que vayas a bailar para la alta sociedad. Esta noche vamos a bailar para nosotras.

Puso una mano en mi cintura y me obligó a dar una vuelta. La seda se movió con gracia.

—Me gusta este —dije, sintiéndome cómoda con el tacto de la tela.

—Es precioso, Aria. Muy... de bailarina estrella. Pero falta algo. —Sienna desapareció en su habitación y volvió un segundo después con el labial rojo—. Si vas a ser elegante, hazlo con una boca que diga «besame». «»

Se acercó y, con una precisión quirúrgica, pintó mis labios. Fue un gesto íntimo, cargado de esa complicidad que solo existía entre nosotras.

Sienna me obligó a dar un trago largo al vino.

—¡Baila, maldita sea! —se rió, tirando de mi mano.

Empezamos a movernos por el salón. Sienna era pura energía: se contorsionaba, se reía a carcajadas, tirando el pelo hacia atrás sin preocuparse por si se le despeinaba la melena densa y oscura.

Yo me dejé llevar. Al principio, mis movimientos eran demasiado técnicos, muy medidos, pero el vino y la risa contagiosa de Sienna empezaron a aflojar mis articulaciones.

Bailamos frente al espejo. Ella, con su aire de chica peligrosa, y yo, con mi estilo más pulido. Pero en ese reflejo, por primera vez en semanas, no vi a la bailarina bajo el mando de su madre. Vi a dos amigas que se adoraban.

—¿Sabes qué? —dijo Sienna, apoyándose contra la encimera de la cocina, con el pelo alborotado y una sonrisa pícara—.

Esta noche no vamos a ser «Aria la prodigio» y «Sienna la desastre».

Esta noche solo vamos a ser dos mujeres que van a beber más de la cuenta y a bailar hasta que nos duelan los pies.

Choqué mi copa con la suya. El cristal tintineó, un sonido nítido que cortó el murmullo de la ciudad que empezaba a rugir fuera.

—Por eso brindo —respondí.

Sentí una chispa en el estómago. No era nerviosismo si no anticipación. Por primera vez, el mañana no existía. Solo importaban el brillo de labios, el calor del vino y la seguridad de que, mientras estuviera con ella, el suelo no se abriría bajo mis pies.