Caminos Opuestos Capítulo 10
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Capítulo 10

Nevan

El capó de mi coche estaba caliente por el sol, un calor que me quemaba la espalda a través de la camiseta, pero no me moví. Me gustaba sentirlo.  Desde el mirador, Windale se veía diminuta, casi de mentira. Ese tipo de pueblos donde todo parece fácil si lo miras a suficiente distancia.

Tenía la libreta apoyada sobre una pierna y el lápiz girando entre los dedos, nervioso. No dibujaba nada concreto. Solo dejaba salir lo que tuviera que ser. Manchas. Líneas agresivas. Fragmentos de algo que no tenía nombre.

—Nunca lo vas a vender, ¿verdad? —preguntó Eiden, apoyándose en el coche con el peso muerto de quien ha tenido esta conversación cien veces.

—¿El dibujo? —respondí, sin dejar de mirar el papel, manteniendo la voz lo más plana posible—. Depende. Si alguien me ofrece una fortuna indecente, igual me lo pienso.

—El coche, Nevan. Este cacharro prehistórico.

Dejé de mover el lápiz y solté un suspiro, encogiéndome de hombros.

—Es una reliquia, Eiden. No tiene sentido para nadie salvo para mí.

Era la verdad. Cada raspón, cada sonido raro del motor, era parte de algo que no podía explicar del todo.

—Tú lo has arreglado más veces que yo mi autoestima —le di un golpe seco al capó, provocando que el coche emitiera un gemido metálico—. Si se cae a trozos, es por tu culpa.

Eiden resopló, negando con la cabeza, pero no insistió.

Volví a mirar la libreta. Una especie de ave empezaba a tomar forma entre mis trazos.

Gus fue quien me dio un lápiz por primera vez.

Era un crío con más rabia que palabras. Me sentaba en su caravana, rodeado de humo y olor a tinta, y él me decía que dibujar servía para no explotar.

Que si no podías explicar el dolor, podías dibujarlo.

Garabateaba todo lo que escocía: los gritos, los silencios, la sensación de no encajar en ningún sitio.

—¿Qué haces? —preguntó Eiden después de un rato, observando mis manos.

—No sé. Algo con alas. Quizá acabe tatuado. O quemado.

—Te queda poco sitio —dijo, señalando mi brazo con la barbilla. Lo dijo sin reproche, como quien señala un hecho meteorológico.

—Por suerte, tengo piernas.

Eiden se estiró, mirándome de reojo. Sabía que venía algo más. Él nunca preguntaba por preguntar.

—La madre de Elara se va fuera un mes —dijo con tono tranquilo—. Nos deja su piso en Los Ángeles.

—Felicidades. ¿Vais a grabar un reality? —respondí con sorna.

—Queremos ir unos días. Desconectar. Podrías venir.

No lo dijo como un favor, si no como quien ofrece un salvavidas.

—Paso —corté de inmediato.

—No hay ninguna trampa. Solo aire, terraza, y café decente. Sin dramas.

—No, claro. Solo escucharía a la parejita feliz haciendo ruiditos por la noche mientras intento dormir en una cama prestada. Qué planazo.

Eiden me lanzó una mirada de «¿puedes no ser un imbécil por cinco segundos?» .

—Hay más habitaciones, y te prometo que si me da un calentón, cerramos la puerta con llave.

—Qué generoso por tu parte.

—Hay terraza. Cerveza. Café. Silencio —insistió él, bajando el tono—. Y ahí, hermano, es donde te tengo. Porque desde hace un tiempo el ruido dentro de tu cabeza es demasiado alto.

Me quedé helado. No porque no tuviera razón, sino porque dolía que se notara tanto. El ruido interno era inaguantable.

—¿Cuántos días? —murmuré, rindiéndome.

—Los que quieras. Lydia está fuera todo el mes.

—Vale —Bajé del capó del coche y estiré los brazos hasta que me crujió cada vértebra—. Pero si me hacéis posar para Instagram, me tiro por el balcón.

—Lo anoto —rio él, con esa calma de quien sabe que ha ganado la partida.

Miré hacia el horizonte. El sol caía lento, tiñendo de naranja los tejados de Windale. El tipo de luz que te hace creer, por dos segundos, que el mundo puede ser bonito.

—¿Puedo llevar mi coche? —pregunté, solo por molestar.

—Solo si firmas ante notario que no es culpa mía si explota en mitad de la autopista.

—Trato hecho.

Eiden sonrió, satisfecho. Y, por primera vez en semanas, sentí que quizás, solo quizás, irme unos días no era una huida. Era una forma de respirar.

***

« Toc, toc » .

Apoyé la mano en el marco de la puerta, rozando la madera barnizada con un gesto automático, de esos que haces cuando una parte de ti quiere entrar, pero la otra se está preparando para salir corriendo.

La casa frente a mí parecía sacada de un catálogo de «vida perfecta»: piedra clara, macetas alineadas como soldados, un porche de madera tan pulida que daba miedo pisarlo.

Todo era tan... correcto. Tan limpio. Tan ajeno.

Era la casa que John compró para su «nueva vida» con mi madre. Su redención. Y, por algún motivo que aún no entendía, yo estaba ahí, parado como un intruso.

Suspiré, tratando de calmar el pulso. Más tarde iba a estar de camino a Los Ángeles, pero necesitaba recoger unas cosas antes. Solo logística. Nada emocional.

La puerta se abrió tras un par de pasos suaves. Ahí estaba ella. Mi madre. Tan parecida a mí en los rasgos, pero tan diferente en la mirada. Mismo cabello rubio, mismos ojos gélidos. Todo en ella estaba medido, controlado.

—Nevan —dijo. Su tono era suave, ese que había adoptado desde que decidió, por su cuenta y riesgo, que quería recuperar la maternidad que había dejado caducar años atrás.

—Solo vengo a por unas cosas —gruñí, cruzando el umbral sin esperar invitación. Sabía que no me lo iba a negar. No ahora, que intentaba actuar como si no hubiera dejado que se me cayera la infancia a pedazos mientras se perdía en una botella.

El olor a flores caras y limpieza obsesiva me golpeó al entrar. Era un decorado. Bonito, sí, pero falso hasta la médula. Nada de esto era mío. Ni siquiera ella.

Me giré hacia la escalera, dispuesto a ir directo a la habitación.

—¿Quieres quedarte a cenar? —preguntó mientras subía el primer escalón.

Me detuve un segundo. Había prisa en su voz. O tal vez esperanza. O ambas cosas, mezcladas de una forma que me provocaba náuseas.

—No. Me voy a Los Ángeles —respondí sin girarme.

Vi de reojo cómo se tensaba. Un pequeño gesto, apenas un espasmo en los hombros, pero lo suficiente para notarlo. Como si todavía esperara que compartiera mis planes con ella. Como si pensara que podíamos volver al vínculo que nunca existió.

—¿Los Ángeles? ¿Con quién? —insistió.

—Eiden. Elara. Unos días —dije, sin detenerme. ¿Para qué explicarle más? Nunca supo leer entre líneas. O peor, nunca quiso.

—Podrías habérmelo contado.

Su voz sonó baja, dolida. Y eso me molestó más de lo que podía admitir. Me giré, clavándole la mirada.

—¿Por qué? —pregunté, irónico—. ¿Qué ibas a hacer con esa información? ¿Acompañarme al coche con un táper y una sonrisa de «madre del año»?

Apretó las manos, como siempre que estaba a punto de llorar y se obligaba a no hacerlo.

Subí a mi antigua habitación —si es que aquello alguna vez lo fue— y recogí lo justo: ropa, cigarrillos, mi cuaderno de dibujo.

Lo esencial para mantenerme entero un par de días más.

El resto podía quedarse pudriéndose entre esas sábanas bien planchadas.

Al bajar, John estaba en la cocina, apoyado en el marco de la puerta con ese aire de «tipo tranquilo» que siempre me estresaba más de la cuenta.

—Hombre, el hijo pródigo aparece —bromeó, alzando el vaso que tenía en la mano.

Rodé los ojos, pasando de largo.

—Solo vengo a por unas cosas, John.

—Tu madre pensaba que te quedarías a cenar —señaló él, sin perder la calma.

—Pues se equivocó.

John no era el problema. Nunca lo fue. Y, a veces, eso lo hacía aún más insoportable. Era difícil odiar a alguien que, a todas luces, solo quería lo mejor para ti, aunque eso implicara vivir en un mundo donde la verdad no tenía cabida.

Mi madre se acercó, y por un segundo, creí que iba a dejarlo estar. Pero se superó.

—Nevan… podrías volver a vivir aquí.

Me giré tan despacio que casi perdí el equilibrio. La mochila me pesaba en el hombro, una carga física contra la que quería estrellar todo aquello.

—¿Perdón? —Mi voz salió baja, afilada como una cuchilla deslizándose por la piel.

Ella miró a John, buscando un ancla, pero luego volvió a mí con esa mezcla de pena y esperanza que me revolvía las tripas.

—Aquí hay espacio. Estarías más cómodo. No tendrías que vivir en esa caravana…

—¿Y eso qué significa? —solté, con un amargo deje de risa—. ¿Que por fin soy lo bastante digno como para dormir en tus sábanas de hilo?

—No me refería a eso —dijo ella, negando con la cabeza.

—No. Vamos, dilo. La caravana te parece una mierda. Lo que representa te da asco. Igual que te dio asco cuando no hiciste nada mientras mi padre…

—No te atrevas a seguir por ahí, muchacho —me cortó John, con un tono que no admitía réplicas.

Mi madre palideció. Su labio inferior tembló.

—No es justo —susurró ella.

—¿Justo? —Reí, un sonido seco que no tenía nada de gracia—. ¿Sabes qué no fue justo? Que me dejaras solo con un cabrón que me gritaba, me empujaba, que me hacía sentir como si no valiera nada. ¿Dónde estabas tú, mamá?

John dio un paso al frente, conciliador.

—Nevan, para.

—¡No! —rugí, y mi voz sonó más rota de lo que quería—.

Ya no tengo cinco años. No tengo que callarme para que todo se vea bien por fuera.

No tengo que tragarme lo que siento para no arruinar tu nueva vida.

Porque eso es lo que haces, ¿no? Pones capas de pintura fresca encima de las grietas.

Estás creando una madre nueva para un hijo por el que nunca te preocupaste.

Ella no respondió. Ni un susurro. Ni una lágrima. Solo se quedó ahí, con esos ojos hundidos, como si acabara de descubrir que la redención no se compra con una casa grande y sábanas limpias.

—Disfrutad de la cena —dije, ajustándome la mochila.

Salí con prisa, porque quedarme un minuto más me rompía en partes que no sabía cómo volver a juntar.

El aire de fuera era frío, una bofetada necesaria. Encendí un cigarro con las manos aún temblorosas. El mechero falló dos veces, pero no me importó; me concentré en esa primera calada como si fuera el último gramo de oxígeno del mundo.

La caravana era pequeña, vieja y ruinosa. Pero era mía. Era real. Y, aunque a veces se colaba el frío por las rendijas, nunca me había hecho sentir menos de lo que era. Al contrario que esta casa, esta mujer y esta versión de familia que solo existía para que otros la admiraran.

Conduje sin mirar atrás, porque ya había pasado demasiada vida mirando por el retrovisor.

Sabía que ella me quería, a su manera rota.

Sabía que intentaba arreglarlo. Pero hay cosas que se fracturan de tal forma que no se pueden pegar sin dejar cicatrices.

Y no quería que me volvieran a arreglar.

Quería entender mis grietas. Aceptarlas.

Y que, por una maldita vez, me dejaran vivir con ellas sin intentar taparlas con terciopelo.

No sabía adónde iba. Pero, por mucho que pisara el acelerador, sabía la verdad: nunca se puede correr lo suficiente como para escapar de uno mismo.