Caminos Opuestos Capítulo 9
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Capítulo 9

Nevan

Recuerdo

El sol de finales de agosto se escondía detrás de las montañas, pintando el agua del lago de un color dorado oscuro que parecía fuego.

A lo lejos, se escuchaba el jaleo del resto de los chicos del campamento terminando de cerrar sus mochilas y los gritos de los monitores, pero allí abajo, sentados en el césped que ya empezaba a quedarse frío, el silencio era casi total.

Aria estaba sentada a mi lado, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas.

Tenía once años y ya no llevaba tantos lazos rosas como cuando la conocí; hoy vestía unos vaqueros cortos y una camiseta blanca un poco grande.

Su melena dorada estaba recogida en una coleta despeinada por culpa del viento, y sus ojos verdes miraban el agua con una tristeza que me contagiaba solo con mirarla.

Yo clavaba un palo pequeño en la tierra, haciendo agujeros sin sentido, intentando camuflar el nudo que tenía en la garganta.

Se suponía que tener doce años te hacía sentir más mayor, pero justo en ese momento me sentía muy pequeño.

—Es una mierda —solté de golpe, tirando el palo al agua y viendo cómo rompía el reflejo del sol—. Es una auténtica mierda que el verano se haya acabado tan rápido.

Aria suspiró, apoyando la barbilla en sus rodillas, y me miró de reojo.

—No quiero volver a la ciudad, Nevan —dijo bajito—.

Allí todo es aburrido, mi madre siempre está encima de mí con las posturas de ballet y, además, tú no estás.

Tener que esperar diez meses enteros para volver a este lago es un montón de tiempo.

¿Y si cuando volvamos el año que viene te has olvidado de mí?

—¿Eres tonta? No me voy a olvidar de ti, Aria. Jamás —le aseguré de inmediato, girándome del todo hacia ella. Lo dije con una seguridad tan rabiosa que hasta a mí me sorprendió.

Al mirarla tan cerca, volví a sentir ese vuelco extraño en el estómago, el mismo que me venía dando durante todo el verano cada vez que Aria se reía de mis chistes o me cogía del brazo para enseñarme alguna cosa en el bosque.

A mis doce años, no sabía nada de lo que era el amor, ni de novias, ni de esas cosas de las películas.

Solo sabía que Aria era mi persona favorita en el mundo, que verla triste me dolía en el pecho y que me gustaba todo de ella.

Aria me sostuvo la mirada y vi cómo sus mejillas se teñían de un color rosa muy suave.

Se mordió el labio inferior y, despacio, estiró una de sus manos por el césped hasta que sus dedos rozaron los míos.

Tampoco ella sabía lo que nos estaba pasando, pero la forma en que apretó mi mano, buscando mi calor, me demostró que sentía justo lo mismo.

—El próximo junio, en cuanto se acabe el colegio, le diré a mi padre que me traiga el primer día —me prometió con una sonrisa pequeña, apretando mis dedos—. Tienes que esperarme aquí, en este mismo árbol. Y me tienes que enseñar todos los dibujos que hagas este invierno.

—Hecho. Voy a llenar la libreta entera solo con dibujos tuyos, ya lo verás —juré, sonriendo también, sintiendo que la espera no sería tan mala si ya teníamos un plan para el año que viene.

Nos quedamos así, cogidos de la mano en el césped mientras el sol terminaba de ocultarse, haciendo planes para el próximo campamento, convencidos de que solo era un "hasta luego".

El monitor sopló el silbato desde el camino principal, indicando que los autobuses ya estaban listos para salir. Nos levantamos despacio, sacudiéndonos la ropa, y nos dimos un último abrazo rápido antes de correr hacia allí.

El Nevan de doce años caminó hacia su mochila con el corazón contento, pensando ya en las bromas que le gastaría el próximo junio y en cómo la vería bailar otra vez.

Ninguno de los dos, mientras nos despedíamos con la mano desde las ventanillas de coches diferentes, tenía la más remota idea de que el próximo verano nunca llegaría para nosotros, y de que esa promesa de niños quedaría congelada durante doce largos años de silencio.