Caminos Opuestos Capítulo 8
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Capítulo 8

Nevan

El sonido entrecortado de su respiración llenaba el aire viciado de la caravana, mezclado con los crujidos agónicos del colchón que llevaba años suplicando que alguien lo incinerara de una vez.

Otro polvo. Otro cuerpo contra el mío. Otra excusa perfecta para no pensar en nada durante los siguientes cinco minutos.

Exhalé un suspiro lento, dejando que el sudor se enfriara sobre mi piel.

A mi lado, ella suspiró satisfecha, acomodándose contra mí como si este infierno con ruedas fuera una suite en Las Vegas.

«Mierda» . Sabía lo que venía. El manual del usuario de este tipo de encuentros no fallaba nunca: mirada tierna, una conversación pseudo-existencial, una caricia en el pecho buscando algo que yo no tenía para dar.

Me giré hacia ella, desplegando mi sonrisa más ensayada, la que nunca llegaba a los ojos.

—Ha estado bien —dije con un tono ligero, jugueteando con un mechón de su pelo castaño como si no fuera una maniobra de escape. El truco era ese: fingir naturalidad. Que pareciera que simplemente... fluía.

Ella murmuró un «hmmm» soñador mientras sus dedos empezaban a dibujar círculos en mi torso. Conexión, lo llamaban. Intimidad. Qué palabra más jodida.

Me estiré con exageración, bostezando como si el sueño fuera mi única preocupación en el mundo.

—Es tarde —solté, con tono amable, casi compasivo—. Y mañana tengo cosas que hacer...

Ella parpadeó, el desconcierto sustituyendo a la dulzura.

—¿Cosas que hacer? —repitió, entornando los ojos con suspicacia.

—Sí. Cosas importantes. Chatarra que clasificar, lavadoras que desmontar. La vida moderna, ya sabes.

Se sentó de golpe, cubriéndose con la sábana. La mirada herida. Todo muy dramático. Sentí cómo la incomodidad invadía el espacio, pesado y asfixiante.

—¿Me estás echando? —la incredulidad brillaba en sus ojos.

—No es eso... solo sugiero que la noche fue genial y que, bueno, podríamos dejarlo en la cima, ¿no?

—Eres un capullo, Nevan.

—Eso ya lo sabía —dije, frotándome el pelo con una media sonrisa sin gracia.

—Pensé que había conexión entre nosotros.

Esa palabra. Otra vez. Me pasé las manos por la cara, conteniendo el suspiro que me quemaba la garganta.

—Hemos tenido una buena noche. Ahora, cada uno por su lado, como adultos civilizados. No es personal.

—Increíble, ¿solo usas a la gente para anestesiarte?

—No es tan complicado. Lo pasamos bien. Tú, te vas. Yo, me quedo. Todos seguimos respirando. No es para tanto.

—¡Que te jodan, Nevan!

El portazo retumbó en toda la estructura de metal. Un clásico. Me quedé tumbado un rato, observando el techo desconchado como si de repente fuera a revelarme el sentido de la vida. No lo hizo. Siempre era el mismo guión: distinto nombre, mismo vacío.

Me puse los pantalones de chándal con la calma de quien ya ha vivido esto demasiadas veces, salí de la caravana y me dejé envolver por el aire fresco de la noche.

La brisa me golpeó en la cara, despejándome.

Los grillos sonaban a lo lejos y una radio vieja dejaba escapar un tema noventero desde alguna parte.

Me estiré, crujiendo el cuello, intentando deshacerme del peso acumulado en los hombros.

—¿Otra vez la misma historia, muchacho?

Giré la cabeza y ahí estaba Gus, sentado en su eterna silla plegable, con una cerveza en la mano y una sonrisa burlona. La luz tenue del farol resaltaba las arrugas profundas de su frente y la sombra de una barba descuidada.

—Por el amor de Dios, Gus, ¿no tienes una vida? —bufé, pasándome una mano por el pelo aún revuelto.

—Mi vida es ver la tuya arder —respondió, alzando la lata en un falso brindis.

Rodé los ojos y me dejé caer en la otra silla mugrienta. La estructura protestó, pero apenas me moví. Gus, sin decir nada, me tendió una cerveza.

—No quiero que te deshidrates después de semejante desgaste de energía —su tono estaba cargado de sarcasmo.

Se la arrebaté de las manos y le di un trago largo, dejando que el líquido frío aliviara la quemazón de mi garganta.

—No entiendo por qué se enfadan tanto —dije, apoyando el codo en el brazo de la silla.

—Porque eres un idiota, Nevan.

—Gracias, Gus. —Le dediqué una sonrisa seca.

Él se rió con un gruñido ronco y apoyó los pies en una caja de herramientas vieja.

—Escúchame, chaval. Te lo he dicho mil veces. Algún día una de estas chicas te va a dar la vuelta y te va a hacer probar tu propia medicina.

—No creo en el amor. —Me encogí de hombros, manteniendo la vista fija en las estrellas.

Gus negó con la cabeza, divertido, inclinándose hacia delante con los codos sobre las rodillas.

—No es que no creas. Es que no te lo permites. Porque si te lo permitieras, correrías el riesgo de que te jodan otra vez.

No respondí. Jugueteé con la anilla de la lata. Gus siguió, pero su tono cambió, se volvió más grave.

—Me recuerdas a mí cuando era joven.

Bufé con escepticismo, girando la cabeza hacia él.

—¿Guapo, irresistible y con un sentido del humor impecable?

—No —sonrió con malicia—. Un imbécil que cree que puede pasarse la vida huyendo de la gente sin mirar nunca atrás. ¿Sabes qué me jode de ti? Que piensas que fingiendo que nada te afecta ya estás a salvo. Que si nadie te conoce, nadie puede romperte.

Mi atención regresó a él. Su mirada, por lo normal burlona, ahora tenía un peso que me incomodaba.

—Funciona, ¿no?

—No. Solo te deja solo. Y lo sabes.

Me tensé. Podía notar cómo su mirada intentaba atravesar mi fachada, pero yo era experto en evitarlo.

—Todo esto es temporal —murmuré—. Es mejor así. Sin vínculos, sin expectativas. Sin fallarle a nadie,  ni que me fallen.

Gus soltó un bufido.

—El universo no te debe la herida que arrastras, chaval. Y tú no tienes que seguir sangrando para recordar que existe.

Ese comentario me golpeó. Me levanté de golpe, la silla chirrió.

—Mira, si vas a darme la charla de "te estás cerrando al amor", ahórratela.

Gus giró la cabeza hacia la oscuridad.

—Ya me dirás cuánto tiempo más piensas quedarte aquí, en esta caravana de mierda, fingiendo que te gusta vivir como un mendigo cuando podrías estar en una jodida mansión.

—¿Y qué se supone que significa eso? —pregunté, sintiendo la ira treparme por la garganta, densa y caliente.

—Significa que la vida que llevas no es porque no tengas opciones. Es porque sigues con la cabeza atascada en un pasado que ya no existe.

—¡Nadie me debe una mierda! —espeté, sintiendo cómo mi voz se quebraba.

—¿No? —Gus me miró con una firmeza que me heló la sangre.

No respondí. Mi pecho subía y bajaba rápido, y la lata en mi mano tembló.

—Mi madre dejó que mi padre hiciera lo que le dio la gana durante años, Gus. ¿Eso es algo que puedo olvidar? ¿Que después eligiera su nueva vida de lujos sobre el hijo que tenía en casa?

Por primera vez, su expresión se suavizó. Soltó un suspiro, cansado.

—No te estoy diciendo que lo olvides, Nevan. Pero tampoco puedes vivir toda tu vida arrastrando eso. Sigues aquí, respirando. Y en algún momento, vas a tener que decidir si quieres seguir sobreviviendo o empezar a vivir de verdad.

No respondí. Mi mente era un torbellino. Gus tenía razón, y eso era lo que más me molestaba.

—Bueno, Gus, ha sido una charla maravillosa, pero voy a dormir.

—Sí, sí. Corre a esconderte en tu caravana. Como siempre.

Le lancé una mirada afilada, pero no le importó. Solo tomó otro trago.

—Nevan —me llamó antes de que entrara—. Nadie te va a hacer daño si no lo permites. Pero tampoco te van a querer si no los dejas acercarse.

No dije nada. Entré y cerré la puerta de golpe. Me dejé caer en la cama sin encender la luz. Mi pecho estaba más apretado de lo que quería admitir.

El problema era que una vez, hace doce años, dejé que alguien entrara. Alguien que vio más allá de los sarcasmos y la fachada. Y luego, sin un jodido adiós, se fue.

Desde entonces, aprendí la lección. No importaba lo bien que alguien te hiciera sentir, si te daban un respiro de toda la mierda que llevabas encima... Al final, siempre se iban. Así que me prometí que nunca volvería a mostrarme vulnerable ante nadie. Nunca más.

Porque nadie podía romper lo que nunca les dejabas tocar.