Capítulo 7
Aria
Cerrar la puerta del apartamento fue, con diferencia, lo mejor que me pasó en todo el día.
Dejé caer la bolsa de danza en el recibidor, ignorando el sonido seco con el que golpeó el suelo.
Me arrastré por el pasillo, con los músculos de los gemelos protestando por la sesión de fotos de la mañana y los ensayos de la tarde.
Mi cuerpo entero era un mapa de dolor sordo y expectativas cumplidas.
Llegué al salón y me detuve en seco.
El contraste entre mi mundo y el de Sienna era tan violento que, por un segundo, me quedé bloqueada en el marco de la puerta.
Sienna estaba tirada en el sofá, despatarrada sobre el cojín con la elegancia de una estrella de rock, devorando una porción de pizza de pepperoni con un entusiasmo envidiable.
Tenía una mascarilla facial de color verde que le cubría casi toda la cara, excepto los ojos azul grisáceo, que estaban fijos en la pantalla donde Gossip Girl sonaba a un volumen ridículamente alto.
—Si no te quitas esos zapatos ahora mismo, los voy a usar de proyectiles contra la pared —dijo sin despegar la vista de la tele, con la voz pastosa por la mascarilla seca.
—Estoy demasiado muerta como para moverme, Sienna —respondí, dejándome caer en el sillón individual, hundiéndome en el terciopelo.
Sienna soltó una carcajada y se giró hacia mí, dejando la porción de pizza en la caja de cartón aceitoso. Se pasó una mano por su larga y densa melena negra, retirándola del rostro con un gesto descuidado pero sexy.
—Estás para el arrastre, cariño. Ven aquí, el lado oscuro de la fuerza te espera. Hay pizza, hay una serie de ricos odiosos y un lugar vacío en el sofá para que te desmayes.
Me señaló el hueco a su lado. Mi estómago emitió un gruñido traicionero al oler el pepperoni, pero mi cerebro se bloqueó al instante. La voz de mi madre resonó en mi cabeza con la claridad de una sentencia judicial: Aria, el peso es tu herramienta de trabajo .
—No debería —dije, aunque mis dedos se crisparon sin querer—. Tengo pesaje mañana.
Sienna resopló, rodando los ojos con una energía que me agotaba y me encantaba a partes iguales.
—A la mierda el pesaje, Aria. Un gramo de pepperoni no va a destruir tu carrera. Pero la falta de serotonina sí que puede destruirte a ti. Anda, estira esas piernas perfectas y al menos cuéntame por qué tienes esa cara de funeral.
Me quité la chaqueta de punto y me abracé a mí misma, sintiendo cómo el calor del apartamento empezaba a bajar mis defensas.
—Sesión de fotos para una revista de moda. Cinco horas posando con ropa que no me gusta, sonriendo como si no me importara que el fotógrafo me pidiera que «succionara las mejillas». Luego, ensayo intensivo. Mi madre ha estado allí.
Sienna hizo una mueca, arrugando la mascarilla verde.
—Tu madre es un caso de estudio para la psicología moderna, de verdad. ¿Te ha hecho algún comentario "constructivo" hoy?
—Lo de siempre —suspiré, mirando al techo—. Que si mi línea ha bajado un poco, que si parezco cansada. Lo dice como si el cansancio fuera un defecto de fabricación.
Sienna abrió la boca para decir algo, seguro que alguna barbaridad sobre mi madre, pero se contuvo. En su lugar, se levantó con un salto felino, caminó hacia la cocina y volvió con una botella de vino barato y dos copas.
—A la mierda con ella. Si quieres ver cómo es un desastre de verdad, escúchame a mí.
Tuve el turno de noche en el bar. Fue un infierno de sudor y gente borracha intentando ligar conmigo con frases de hace veinte años.
Pero lo mejor... —su mirada se volvió pícara— es que me acosté con el «chico del gimnasio».
Abrí los ojos sorprendida.
—¿El que tiene más bíceps que cerebro?
—Ese mismo. —Sienna se sirvió una copa y me la tendió—. Una decepción absoluta, Aria. Fue como un anuncio de quince segundos. Sin trailer, sin trama y con una resolución tan rápida que ni siquiera pude terminar de decidir si me gustaba el color de sus sábanas. Fue catastrófico.
Me reí. Fue una risa sincera, de esas que me obligaban a relajar los hombros. Sienna tenía ese don; podía convertir el desastre en una comedia.
—¿De verdad fue tan malo?
—Cariño, fue tan corto que tuve que volver a ponerme la ropa y pedirme una pizza para llenar el vacío existencial. Por eso estoy aquí, adorando el pepperoni.
Me miró sin contemplaciones, con esa intensidad que me atravesaba. Suspiró, dejando la copa en la mesita.
—Aria, te lo digo en serio. No puedes seguir viviendo así. Te veo y parece que estás a punto de romperte en mil pedazos. No te pido que dejes el ballet, pero por Dios, vive un poco. Un trozo de pizza no te hace menos bailarina, te hace humana.
—Sé que tienes razón —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta.
—Entonces, ¿por qué no coges un trozo?
La miré. La pizza olía a gloria. Sienna me sonreía, esperando, sin juzgarme, sin exigirme nada, solo ofreciéndome un pedazo de felicidad grasienta en medio de mi vida milimétricamente perfecta.
—Solo un poco —cedí al fin.
Sienna lanzó un grito de victoria, me acercó la caja y se acomodó a mi lado.
Durante un rato, la presión del mañana desapareció.
Gossip Girl seguía sonando de fondo, Sienna seguía hablando de sus citas desastrosas y yo, por primera vez en semanas, dejé que el aire entrara en mis pulmones sin sentir que estaba cometiendo un pecado.
Era un pequeño refugio. Una tregua. Y aunque sabía que mañana volvería a la jaula, tener a Sienna a mi lado hacía que los barrotes no se sintieran tan apretados.
***
A la mañana siguiente mientras caminaba por el pasillo de la Academia Westbridge, sentía que cada gramo de esa masa de pizza se instalaba en mis caderas, desafiandome a cada paso.
Era absurdo; lo sabía. Sienna tenía razón: un trozo de pizza no arruina una carrera.
Pero Sienna no tenía una madre esperándo en los pasillos de esta academia como si fuera una jueza de instrucción.
Me coloqué la bolsa sobre el hombro, estirando la espalda hasta que mis vértebras crujieron. El olor a resina y madera vieja me golpeó, devolviéndome a mi realidad.
Lila ya estaba allí. Siempre estaba allí de las primeras.
La vi frente a uno de los espejos del pasillo, repitiendo una secuencia de grand jetés con una intensidad que rozaba la desesperación.
Lila era brillante, no podía negarlo. Tenía una técnica quirúrgica, una flexibilidad que me obligaba a esforzarme el doble para igualar, y esa disciplina férrea de quien sabe que no tiene un plan B.
A diferencia de mí, cuyo apellido —Morgan— era como un salvoconducto dorado en el mundo del ballet, Lila se había hecho a sí misma a base de sudor y sacrificios que, sospechaba, mi cuenta bancaria me ahorraba.
Ella no bailaba por legado; bailaba porque era su única salida. Y eso la hacía peligrosa.
Me vio en el reflejo del espejo. Sus ojos, afilados como cuchillos, se clavaron en los míos un segundo antes de que ella continuara con su coreografía, ignorándome con una elegancia estudiada.
No nos odiábamos, no era tan simple. Era una rivalidad fría, calculada.
Yo era el obstáculo que ella debía saltar para llegar a donde la prensa decía que yo ya estaba instalada por derecho de nacimiento.
—Buenos días, Aria —dijo sin dejar de moverse, con esa voz dulce que escondía un filo metálico—. ¿Has dormido bien? Te noto menos tensa de lo habitual.
—Buenos días, Lila —respondí, pasando de largo hacia mi taquilla—. Solo es el café.
—Claro. El café siempre ayuda con el metabolismo, ¿verdad? —soltó, y supe que no era una pregunta inocente.
No tuve tiempo de responderle, porque el aire en el pasillo cambió de temperatura.
Esa sensación de vacío en el estómago que siempre me provocaba la presencia de mi madre me indicó que ya estaba allí.
Isabel Morgan caminaba hacia nosotras con paso firme, sus tacones resonando contra el parqué como disparos.
No necesitaba hablar para imponer; su sola presencia silenciaba el murmullo de las otras bailarinas.
Lila se detuvo al instante, adoptando una postura perfecta, casi reverencial. Yo, en cambio, me tensé.
—Aria —dijo mi madre, deteniéndose frente a mí. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una rapidez clínica, un escáner que buscaba cualquier imperfección, cualquier atisbo de debilidad.
—Buenos días, mamá.
Me escaneó una vez más. Se detuvo en mi cintura, luego en mis piernas, y después subió a mi rostro. El silencio se alargó, cargado de una expectativa insoportable.
—Has estado ensayando mucho —inquirió, aunque no sonó como un cumplido, sino como una observación analítica—. Sin embargo, hoy te noto algo más pesada. Más lenta.
Sentí un pinchazo frío en el pecho. La pizza. El pepperoni. Las risas de anoche con Sienna se convirtieron de golpe en un recuerdo prohibido, una mancha de la que debía avergonzarme.
—Estoy cansada, mamá. Ayer fue una sesión de fotos larga.
—El cansancio no es excusa para el descuido —respondió ella, ajustándome la cinta del maillot con un movimiento frío, casi mecánico—.
Si quieres destacar en el casting de la compañía, no puedes permitirte ni un milímetro de margen de error.
Y eso incluye tu cuerpo. Vigílalo hoy. No me obligues a hablar con el director sobre tu rendimiento esta semana.
Asentí, sintiendo cómo el nudo en mi garganta se apretaba.
—Entendido.
Ella me dedicó una última mirada, una que no era de afecto, sino de propiedad, y se alejó hacia el despacho del director con la misma elegancia gélida de siempre.
Me quedé allí, inmóvil, con la mirada perdida en el suelo. Detrás de mí, escuché el roce de la ropa de Lila cuando retomaba sus ejercicios. Podía sentir su mirada sobre mí, analizando mi derrota, saboreando el hecho de que, por mucho dinero que tuviera mi familia, yo también estaba rota por dentro.
Cerré los ojos un segundo, imaginando la cara de Sienna riéndose de todo esto. « A la mierda el pesaje », me había dicho. Pero aquí, en el mundo real, en el mundo de los Morgan, las palabras de mi madre pesaban mucho más que cualquier trozo de pizza.
Respiré hondo, forcé una sonrisa que no llegó a mis ojos y me dirigí al estudio. Tenía que ser perfecta. Tenía que ser lo que ella quería, aunque me costara el alma.