Capítulo 6
Nevan
El sonido del grifo goteando me despertó. Otra vez.
Esa maldita gota cayendo contra el metal del lavabo era como el peor DJ del planeta, pinchando una pista de tortura lenta a base de ploc…
ploc… ploc… . Algún día me armaría de valor y lo arreglaría.
O se rompería del todo y la caravana acabaría flotando río abajo, camino al olvido. Lo que ocurriera primero me servía.
Me removí en el colchón —que probablemente tenía más años que el Código Penal—, intentando convencer a mi cerebro de que cinco minutos más de sueño podrían arreglar mi vida.
Spoiler: no podían.
La luz del sol se colaba con descaro por las cortinas torcidas, pintando una línea dorada sobre el techo agrietado. Muy poético todo. El mensaje del universo era claro: Tu vida es un desastre, Nevan, pero mira qué bonito queda el desastre con luz natural .
—Hora de levantarse, supongo —murmuré contra la almohada, con la voz tan ronca que apenas la reconocí.
Con un gruñido poco digno, me arrastré fuera de la cama y puse los pies en el suelo frío.
La madera crujió bajo mi peso, quejándose como si también estuviera cansada de cargar conmigo.
Caminé hasta el lavabo mientras el grifo seguía goteando con esa persistencia pasivo-agresiva de alguien que quiere recordarte, cada segundo, que eres un desastre doméstico.
Abrí el agua fría y me pasé las manos por la cara.
El golpe helado me espabiló de un tortazo.
Al alzar la vista, el espejo me devolvió una versión de mí mismo que pedía a gritos una revisión.
Bueno, lo que quedaba de espejo. La esquina superior estaba hecha añicos y el cristal estaba salpicado de manchas nada lograría borrar.
Pasé al «espacio común», esa maravilla arquitectónica que servía de cocina, salón y dormitorio.
Abrí la nevera con el entusiasmo de quien abre un examen sorpresa que sabe que va a suspender.
Dentro: dos cervezas calientes, un bote de mostaza que lo más probable era que viera la caída del Muro de Berlín y algo que, hace meses, quizás fue queso. Cerré la puerta de un golpe seco.
—Agua será —sentencié, sacando una botella como si fuera el premio de consolación de una rifa.
Me apoyé en el marco de la puerta, botella en mano, y contemplé el paisaje.
El paraíso de las caravanas viejas: filas torcidas, antenas dobladas, cortinas hippies ocultando ventanas que daban más pena que intimidad.
A la derecha, mi vecino Gus ocupaba su silla plegable, sorbiendo café con ese aire de «he visto demasiado» que llevaba pegado a la piel como una segunda capa.
Gus era calvo, tenía una barriga prominente y una colección infinita de camisetas con frases sarcásticas.
Hoy llevaba una que decía: « No soy viejo, soy un clásico ».
—¡Nevan! —bramó, como si estuviéramos en extremos opuestos del condado.
Estábamos a cinco metros.
—Buenos días, Gus —respondí, levantando mi botella de agua en un brindis irónico.
—¿Buenos? ¡Ja! ¿Qué tienen de buenos?
Clásico de Gus. Sonreí, sin fuerzas pero con un cariño real.
—Estoy vivo y mi caravana no ha explotado. Lo llamo victoria.
Resoplé, sacudiendo la cabeza mientras tomaba otro sorbo.
Me gustaba Gus. No hacía preguntas incómodas, no buscaba respuestas que no querías dar. En este camping, la mayoría estábamos aquí porque huíamos de algo, y yo no era la excepción.
El zumbido de mi móvil sobre la mesa rompió el momento zen. No me hacía falta mirar la pantalla.
John .
Lo dejé sonar. Y sonar. Y seguir sonando hasta que se cansó. No es que odiara a John, bueno, a veces sí. Era buena gente, con pasta, con principios y con esa estúpida convicción de que yo podía ser «alguien» si me lo proponía. Qué tierno. Pero no, John. Tu mundo no es el mío.
Volví a mirar al frente. En el coche de Gus había una pegatina despegada que decía: “ La vida es una carretera” . Sí, claro. Una carretera llena de baches, curvas chungas y señales que nadie respeta.
Entré de nuevo en la caravana y me dejé caer en el sofá.
Chirrió como si estuviera a punto de rendirse.
Igual que yo. Encendí la tele: noticias deprimentes, gente gritando en realities, ricos decidiendo qué tipo de jacuzzi poner en su tercer vestidor.
Apagué el mando, rindiéndome ante la estupidez del mundo.
Apoyé la cabeza en el respaldo y miré el techo desconchado.
Respiré hondo. Este era mi mundo. Mi vida.
Y aunque hiciera bromas, aunque levantara la botella a Gus como si fuera el hombre más feliz del lugar, había días en los que me preguntaba si esto era vivir o solo era sobrevivir.
Porque había una parte de mí que nunca bajaba la guardia, que vivía alerta, esperando que en cualquier momento todo volviera a romperse.
Cuando el sol empezó a calentar lo suficiente para hacerme sudar sin mover un dedo, salí de la caravana. Me puse las botas y la camiseta más limpia que encontré que, siendo honestos, solo estaba menos sucia que el resto, pero daba el pego.
Gus ya estaba delante del cobertizo, rebuscando entre un montón de hierros retorcidos como si fuera un buscador de tesoros.
—¿Listo para otro día glorioso entre mierda oxidada? —me preguntó sin apartar la vista de un viejo motor cubierto de mugre.
—Siempre, viejo —respondí, poniéndome los guantes con un movimiento mecánico.
Hace tres años, Gus me ofreció el curro sin pedir explicaciones.
Sabía que yo necesitaba un lugar donde esconderme y él necesitaba a alguien con espalda fuerte y pocas ganas de hablar.
Hicimos el trato con un apretón de manos y ni una palabra más de la cuenta.
Clasificábamos chatarra. Nada elegante, nada con futuro, pero me daba para comer y pagar la factura de la luz.
Me gustaba. No el olor a óxido, ni terminar el día cubierto de mugre, sino la rutina.
El peso de los metales, el calor, el dolor sordo en los músculos...
tenía algo tranquilizador. Era como trasladar el caos que tenía en la cabeza hacia los brazos y la espalda.
Dolía, sí, pero era un dolor que tenía sentido.
No como el otro. Ese que se instalaba tan adentro que no sabía ni cómo ponerle nombre.
—Hoy toca desmontar un par de lavadoras y clasificar los motores —dijo Gus, lanzándome una palanca oxidada—. Y cuidado con las putas cuchillas, Nevan. Ayer casi me quedo sin dedo por una de esas.
—Intentaré conservar todos los míos —respondí, aunque la cicatriz fina en la palma de mi mano contaba otra historia.
Trabajamos en silencio. Golpes metálicos, crujidos, el sonido áspero del metal cediendo bajo la fuerza bruta.
La banda sonora perfecta para una vida de repuesto.
Lo bueno de la chatarra era que no te exige sonreír, ni ser educado, ni cumplir con las expectativas de nadie.
Solo estás tú, tus manos y un montón de mierda rota que puedes convertir en algo útil si sabes mirar más allá.
—¿Tu madre ha vuelto a llamar? —preguntó Gus de repente, sin mirarme.
Tardé un segundo en responder. El aire se volvió denso.
—Sí. John también. Ni uno ni otro dejan de insistir.
Gus asintió, ya se lo esperaba.
—Podrías coger el dinero, Nevan. No sería trampa.
—Lo sé —me apoyé en un viejo calentador oxidado, sintiendo el metal frío bajo mis manos—. Pero no quiero deberles nada. Prefiero tirar yo solo.
Gus no insistió. Nunca lo hacía. Por eso lo respetaba. Porque me dejaba respirar sin intentar cambiarme.
Seguí desmontando la lavadora, usando la fuerza como si pudiera vaciar, con cada tornillo suelto, todo lo que no sabía poner en palabras.
La culpa, la rabia, el miedo. Todo se quedaba en las manos, en los nudillos raspados, en los hombros cargados.
Había aprendido que si no hablaba de ello, no dolía tanto.
A veces me preguntaba si esto era lo más cerca que iba a estar de la paz. Quizás sí. Quizás era suficiente.
***
El sol ya estaba empezando a desplomarse tras las colinas cuando me di cuenta de que, a pesar de haberme dejado el lomo todo el santo día desguazando lavadoras muertas y motores bañados en grasa, no sentía que hubiera hecho nada productivo.
Había días así. En los que te partes la espalda hasta que te tiemblan los huesos y, aun así, tienes la certeza absoluta de que no has avanzado ni medio centímetro.
Había almorzado las sobras que Martha, la mujer de Gus, me plantó al mediodía con esa mezcla de lástima y cariño que ya me resultaba jodidamente familiar.
—Come, muchacho, estás perdiendo peso a pasos agigantados —me había dicho mientras me plantaba delante un tupper sospechoso. Podía ser estofado, podía ser comida para el perro de Gus o, un experimento científico. No pregunté.
—Gracias, Martha. Si algún día te cansas de Gus, cásate conmigo —le lancé, intentando sonar divertido.
Ella me estampó una servilleta de papel en la cara sin dejar de sonreír.
—Eres un descarado, Nevan, pero uno adorable.
Al menos alguien lo pensaba.
Después de engullir el contenido del tupper —preferí no analizar los ingredientes por pura salud mental— me quedé clavado en medio de la caravana, mirando al suelo como si fuera a darme respuestas sobre mi futuro.
No lo hizo, claro. Así que, como casi siempre que mi cerebro se convertía en un nido de avispas y me hartaba de estar solo conmigo mismo, agarré la chaqueta y me largué de allí.
Puse rumbo a casa de Eiden. Bueno, de Eiden y Elara.
Me gustaba decir que iba a ver a mi mejor amigo, pero la verdad era mucho más simple: necesitaba estar en un sitio donde el desastre que era mi vida no se notara tanto. Donde no fuera el tipo de la caravana», sino solo Nevan.
No tardé en llegar. La moto de Eiden estaba aparcada en la entrada, pegada al coche de Elara. Perfecto, estaban en casa. Ni me molesté en llamar; a estas alturas, entrar sin avisar era casi un ritual sagrado.
El olor a pintura fresca, a café recién hecho y a vida hogareña me golpeó en cuanto crucé el umbral.
Era un aroma familiar. Cálido. Tan diferente al óxido y la desesperanza de mi rutina que, por un segundo, me sentí fuera de lugar.
Desde la terraza llegaba el ritmo suave y rítmico de un pincel deslizándose sobre un lienzo.
Asomé la cabeza y ahí estaban. Eiden estaba estirado en una tumbona con una cerveza en la mano, observando a Elara con una calma que rayaba lo insultante.
Ella, por su parte, estaba de pie frente al caballete, con el ceño fruncido en esa expresión de concentración absoluta que la hacía parecer peligrosa.
Tenía salpicaduras de pintura en los brazos y en el pelo, pero parecía no darse cuenta.
A sus pies, Kiara, la perra rescatada de Elara, libraba una batalla épica e inútil contra su propia sombra.
—¿Alguna vez os han dicho que sois el cliché más empalagoso que he visto en mi puta vida? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
Eiden ni se inmutó. Alzó la botella de cerveza hacia mí, bebió un trago largo y me miró con una tranquilidad exasperante.
—¿Perdón? —preguntó, sin drama.
—Tú. Ahí tirado, mirándola como si fuera la última cerveza del planeta. Es de mala educación, tío.
—Es adorable, ¿verdad? —intervino Elara, sin apartar la mirada de su obra, pero una sonrisa se le escapó por la comisura de los labios.
—Es empalagoso. Me da diabetes solo de miraros.
Eiden me lanzó una de esas miradas suyas: una que no decía nada pero que lo decía todo.
—¿Y tú qué haces aquí, Nevan? —preguntó, volviendo a su papel de guardaespaldas del buen rollo.
—¿No puedo visitar a mis amigos sin que me interroguen como a un sospechoso? —Me serví un café sin pedir permiso, con la soltura que da la costumbre.
Me dejé caer en un sillón, di un sorbo al café, estaba fuerte, justo como me gustaba, y solté un suspiro que me vació los pulmones.
—Tenía ganas de recordar cómo huele una casa que no está hecha de metal oxidado y errores acumulados.
Eiden rodó los ojos y se estiró aún más en la tumbona, disfrutando del momento.
—Si buscas normalidad, este no es el lugar, Nevan.
—Y sin embargo, sigo viniendo —dije, con esa media sonrisa torcida que siempre reservaba para ellos.
—Tal vez eres un poco masoca.
—Tal vez solo me gusta el café gratis.
Elara se giró por fin, apoyando el pincel sobre la mesa. Tenía la mirada limpia, despojada de esa presión constante que yo sentía en el pecho.
—Yo prefiero pensar que vienes porque nos quieres, aunque no tengas el valor de admitirlo —dijo con picardía.
—Venga ya, Elara. Todos aquí sabemos que soy emocionalmente inaccesible. No me arruines la marca personal que me ha costado años construir.
Eiden se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y mirándome con una complicidad que quemaba.
—Tu imagen está arruinada desde hace años, hermano. Nadie cree que seas ese tío duro.
Sonreí, levantando la taza en un brindis silencioso.
—Eso es lo más bonito que me has dicho en semanas.
Kiara eligió ese momento para saltar y tumbarse encima de mi pierna, aplastandome como si fuera parte del mobiliario.
Acaricié su pelaje con cariño, agradeciendo tener una excusa física para no hacer contacto visual.
A veces, el peso de un animal es lo único que evita que te sientas flotando en medio de la nada.
—Bueno, ya que estoy aquí, ¿dónde está la baraja? —pregunté, intentando cambiar el rumbo de la conversación.
Eiden soltó un bufido de advertencia.
—Ni lo pienses. No voy a perder más dinero contigo, Nevan.
—¿Eso es una acusación indirecta?
—No. Es directa. Haces trampas. Siempre.
Me llevé una mano al pecho con una indignación tan teatral que hasta Kiara levantó la cabeza.
—Me duele en el alma que pienses eso de mí.
—Y a nosotros nos duele el bolsillo cuando juegas —dijo Elara, riéndose mientras se limpiaba las manchas de pintura con una toalla vieja.
—Vale, vale. Nada de dinero. Apostamos… castigos ridículos.
Ella arqueó una ceja, intrigada.
—Define “ridículos”.
—Algo que no atente contra la dignidad humana. O bueno… no demasiado.
Eiden suspiró, derrotado.
—Vamos a acabar con alguien corriendo en calzoncillos por todo el pueblo, ¿a que sí?
—Es una posibilidad —admití, encogiéndome de hombros—. Pero, ¿quién dijo que la dignidad fuera tan importante?
Y así, entre trampas descaradas, amenazas de retos absurdos y el sonido de la risa de Elara llenando el salón, la tarde se convirtió en una de esas treguas necesarias. Un pequeño paréntesis donde, por fin, pude dejar de ser el Nevan que huía y ser tan solo uno más.