Caminos Opuestos Capítulo 5
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Capítulo 5

Aria

Recuerdo

El sol del mediodía iluminaba con fuerza sobre el campamento, pero bajo las ramas del enorme roble del parque, el aire se sentía fresco y limpio.

La hierba estaba húmeda, recién regada por los aspersores, y la sensación de la tierra mojada entre mis dedos descalzos era lo único que me mantenía un poco fresca.

A unos metros de mí, apoyado contra el tronco rugoso del árbol, estaba Nevan.

Tenía once años recién cumplidos y parecía haber crecido varios centímetros de golpe en las últimas semanas.

Sostenía su libreta desgastada sobre las rodillas, concentrado en hacer trazos rápidos con un lápiz carboncillo.

A veces fruncía el ceño o se soplaba el flequillo rubio que siempre le caía sobre los ojos, muy metido en su propio mundo.

Yo estaba de pie frente a él, intentando con todas mis fuerzas encadenar una secuencia de ballet que mi profesora de la academia me había mandado practicar.

Preparación, relevé , y arriba. Intenté girar, pero mi tobillo falló sobre el césped resbaladizo y terminé perdiendo el equilibrio por cuarta vez consecutiva, teniendo que apoyar el pie de golpe para no caerme de morros.

—¡Joder! —exclamé, usando una de las palabras prohibidas que le había oído decir a los chicos mayores mientras cruzaba los brazos y daba una patada al aire, frustrada.

—Oye, que te va a oír el monitor y te va a lavar la boca con jabón —bromeó Nevan sin levantar la vista del papel, aunque una sonrisa pequeña asomó en la comisura de sus labios.

—Es que no me sale, Nevan. El giro tiene que ser limpio y siempre me tuerzo hacia la izquierda. El examen es el mes que viene y voy a parecer un pato mareado.

Me crucé de brazos, resoplando, dispuesta a enfurruñarme con el mundo entero.

Fue entonces cuando Nevan dejó el lápiz sobre la libreta y me miró de frente.

Sus ojos eran de un azul tan claro que me recordaban al cielo del verano cuando no había ni una sola nube.

Sentí un vuelco extraño en el estómago, una especie de aleteo nervioso que me daba cada vez que se me quedaba mirando durante mucho tiempo.

A mis diez años, no sabía muy bien qué significaba esa sensación, solo que me gustaba que me prestara atención y que quería que me viera bailar bien.

—Lo estás haciendo genial, Aria —dijo con esa voz tranquila que siempre lograba que me bajaran los humos—. Además, estás descalza y el césped está mojado. Seguro que en el suelo de madera de tu academia te sale perfecto. No te machaques tanto.

—¿Tú crees? —pregunté, rebajando un poco el tono enfadado.

—Claro que sí. Anda, ven aquí y descansa un rato. Si no sale hoy, ya lo probarás mañana.

Dio unas palmadas en el hueco de hierba que quedaba justo a su lado, bajo la protección de la sombra. Caminé hacia él, arrastrando los pies y sintiendo el frescor de la tierra. Me dejé caer a su lado, pegando mi hombro al suyo. Nevan desprendía un olor que me gustaba y me hacía sentir en casa.

—¿Qué estás dibujando? —pregunté, asomando la cabeza por encima de su brazo para cotillear su libreta.

Nevan sonrió de lado, un poco tímido, y giró el cuaderno hacia mí para que pudiera verlo bien.

Me quedé sin palabras. En mitad de la hoja de papel texturizado, no había coches, ni monstruos, ni los paisajes que solía hacer.

Había una niña de pelo largo y ondulado, suspendida en el aire en mitad de un salto, con los brazos estirados y el vestido ondeando a su alrededor.

Aunque las líneas eran rápidas, se notaba que era yo.

Había capturado mi postura, mi rostro y la luz del sol se colaba entre las hojas del árbol para iluminarme.

—Es... ¿soy yo? —susurré, tocando el borde del papel con cuidado de no emborronar nada.

—Sí —asintió, volviendo a guardarse el lápiz en el bolsillo de los vaqueros—. Eras tú hace un rato, antes de que te enfadaras con el suelo. Quería dibujarte así, porque cuando bailas parece que flotas y que nada malo te puede alcanzar.

Miré el dibujo y luego a él. Nevan me dedicó una de esas miradas suaves y sentí que las mejillas se me ponían muy coloradas. Me mordí el labio inferior, escondiendo una sonrisa de pura felicidad, y me apoyé un poco más contra su costado, disfrutando de su calor.

En ese momento, la vida era muy fácil. No había juicios, ni pasados oscuros, ni distancias que nos separaran.

Solo éramos Aria y Nevan, protegidos por la sombra de un viejo árbol, compartiendo un cuaderno de dibujo y la certeza absoluta de que, mientras estuviéramos juntos, el resto del mundo podía esperar.