Capítulo 4
Aria
Solo había pasado una semana desde la fiesta del veintitrés cumpleaños de Elara en Windale, pero mi vida ya había vuelto a encajar en su sitio con una rapidez insultante.
Ensayos. Clases. Correcciones. Y más ensayos.
Los recuerdos de aquella noche, las bombillas parpadeando en el jardín, las risas compartidas, el frío de la botella de cerveza contra mis palmas y, por alguna razón que me resultaba muy irritante, la media sonrisa canalla de Nevan Grayson, asomaban de vez en cuando en mi cabeza como una melodía pegajosa que se te instala en el cerebro sin pedir permiso.
Pero Los Ángeles tenía una maquinaria impecable, ruidosa y salvaje para borrar ese tipo de pensamientos de un plumazo.
El despertador tronó a las cinco en punto de la mañana.
Abrí los ojos de golpe, con la punzada en las sienes de haber dormido apenas cinco minutos, aunque sabía muy bien que habían sido más.
Me quedé estática en la cama, clavando la vista en el techo blanco unos segundos, intentando reunir la fuerza de voluntad necesaria para tensar un solo músculo de mi cuerpo. No hubo manera.
Solté un suspiro pesado por la boca y me incorporé con lentitud. El parqué helado me mordió las plantas de los pies cuando caminé hacia el baño, mientras la luz pálida y sucia del amanecer de la ciudad empezaba a filtrarse por las rendijas de las cortinas del apartamento.
Me recogí el pelo frente al espejo del baño con movimientos mecánicos, tan memorizados que ni pensaba.
El reflejo del cristal me devolvió la imagen de siempre: los ojos entornados por el sueño y esa máscara neutra, imperturbable, que había aprendido a dominar a la perfección con el paso de los años.
Era asombroso lo rápido que el cuerpo se resignaba a la rutina, incluso cuando ello implicaba ponerse en marcha antes de que el sol hubiera decidido que valía la pena aparecer.
Me lavé la cara con agua congelada para espabilarme, me embutí en el maillot negro y las medias tupidas con gestos automáticos, y agarré la bolsa de lona antes de abandonar el apartamento.
El coche ya me esperaba con el motor en marcha, en mitad de la acera. Por supuesto. Mi madre no toleraba los minutos perdidos.
Daniel, el chófer que llevaba trabajando para la familia Morgan desde que yo tenía quince años, se apresuró a abrirme la puerta trasera en cuanto me vio cruzar el portal.
—Buenos días, señorita Morgan —saludó con una inclinación cortés de cabeza, manteniendo su habitual tono profesional.
—Buenos días, Daniel —respondí yo, esbozando una sonrisa amable pero cansada antes de deslizarme al interior.
Me dejé caer en el asiento de cuero con un suspiro silencioso mientras el vehículo se incorporaba de inmediato al caótico tráfico de la mañana.
Los Ángeles ya rugía con toda su fuerza a nuestro alrededor.
Un desfile interminable de coches, frenazos, semáforos en rojo y personas que caminaban a paso rápido con cafés gigantescos en las manos, arrastradas por esa inercia constante que parecía empujar a todo el mundo a moverse más deprisa de lo que era saludable.
Apoyé la sien contra el cristal frío de la ventanilla, contemplando las palmeras y los carteles publicitarios.
Mi madre siempre repetía que esta ciudad estaba diseñada solo para los ganadores.
Mirando el asfalto, a veces me preguntaba si quedaría algún rincón para los que hacíamos todo lo posible por no quedarnos atrás.
Cuando el coche se detuvo frente a la academia, el edificio blanco y de líneas impecables se alzó ante mí como una mezcla extraña entre templo sagrado y sala de interrogatorios de alta seguridad.
La Academia Westbridge era una de las más prestigiosas del país, un mantra que mi madre se había encargado de grabar a fuego en mi cabeza desde que cumplí los doce años.
Crucé las puertas de cristal y el olor familiar a madera encerada, sudor limpio y resina me golpeó las fosas nasales, dándome la bienvenida como cada mañana.
Las bailarinas ya pululaban por todas partes.
Algunas estiraban las piernas en el suelo de los pasillos, ajenas a todo; otras practicaban giros perfectos frente a los espejos de los vestíbulos mientras esperaban el inicio de la clase.
Era curioso cómo un espacio abarrotado de chicas con mallas oscuras y moños tirantes podía sentirse tan silencioso y competitivo.
Aquí todo el mundo te sonreía, sí, pero nadie olvidaba por un segundo que la compañera de al lado era el enemigo a abatir.
—Morgan.
Reconocí el tono cantarín e irónico antes incluso de girarme sobre mis talones.
Lila estaba apoyada contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho, estirando el empeine contra el suelo con una elegancia ensayada y fría.
Alta, morena, con una técnica impecable.
Mi rival directa en la barra desde hacía tres años.
—Llegas tarde —añadió, dedicándome una sonrisa que habría parecido dulce a cualquiera que no la conociera. Había veneno en sus ojos.
Eché un vistazo rápido al reloj de pared que presidía la entrada. Faltaban solo dos minutos para empezar.
—Trágico —solté de espaldas a ella, sin frenar el paso ni un milímetro.
Pasé por su lado, de largo camino a los vestuarios, pero Lila no era de las que se rinden a la primera. Dio un paso al frente para seguirme el ritmo por el pasillo.
—Sabes que el director está obsesionado con la puntualidad, Aria —insistió con falsa preocupación—. No querrás empezar el día con mal pie.
Me giré un poco sobre el hombro mientras seguía avanzando hacia el estudio, sosteniéndole la mirada con una frialdad cortante.
—Entonces espero que no llegues tarde al casting.
La sonrisa perfecta de Lila se congeló apenas un instante. Solo un milisegundo de rigidez en su mandíbula, pero fue más que suficiente para saber que mi dardo había dado justo en la diana.
Entré en el estudio número tres y dejé caer mi bolsa de lona junto a la pared. El suelo de madera blanca inmaculada reflejaba la luz deslumbrante que se colaba por los enormes ventanales, y los espejos cubrían la totalidad de la pared frontal. Nuestro pequeño y despiadado mundo.
Varias compañeras ya estaban colocadas en la barra, estirando los gemelos, cuando me sumé a ellas y empecé a calentar las piernas.
El ambiente se sentía más denso y tirante de lo habitual, y no costaba mucho entender los motivos.
El gran casting final estaba a la vuelta de la esquina y solo había una plaza disponible.
La prestigiosa compañía del American Contemporary Ballet iba a seleccionar a una sola bailarina joven para encabezar su nueva producción.
Una oportunidad monumental. Una posibilidad que mi madre llevaba semanas describiendo como el siguiente paso natural e indiscutible en mi carrera.
Estaba terminando de estirar el empeine izquierdo, apretando los dientes por la presión del ejercicio, cuando escuché esa voz que siempre me erizaba los vellos de los brazos.
—Aria.
Levanté la cabeza de golpe. Mi madre estaba de pie en el umbral del estudio, tan impecable y severa como siempre.
Llevaba un traje de chaqueta de un tono claro inmaculado, una postura que rozaba la rigidez militar y esa mirada analítica y felina capaz de detectar un fallo milimétrico en una coreografía a veinte metros de distancia.
—Buenos días, mamá —dije, enderezando la espalda por puro instinto de supervivencia y bajando de la barra.
Entró en la sala con pasos lentos y amortiguados, paseando la vista por el resto de las bailarinas como si estuviera evaluando los defectos de una exposición de arte antes de decidir si valía la pena comprarla. Se detuvo justo frente a mí, obligándome a sostenerle la mirada.
—He hablado con el director esta misma mañana —anunció, cruzando las manos por delante del cuerpo con un gesto ensayado.
«Fantástico», pensé, sintiendo un nudo familiar cerrarse en mi garganta. Siempre empezaba las conversaciones de la misma maldita manera.
—¿Ah, sí? —indagué, manteniendo la voz modulada y neutral para no delatar mi cansancio.
—Está muy impresionado contigo —dijo ella, inclinando la cabeza hacia un lado mientras examinaba de arriba abajo la colocación de mis hombros.
Eso sonaba bien. Demasiado bien para ser verdad viniendo de ella.
—Dice que posees una presencia escénica excepcional.
Hubo una pausa deliberada. El silencio exacto antes del hachazo. Ahí venía.
—Pero cree que puedes pulir bastante el último pas de deux . Te falta limpieza y precisión en el remate del giro.
—Lo trabajaré —respondí de inmediato, tragándome el orgullo y asumiendo la crítica como un robot.
Sus ojos recorrieron mi anatomía con una rapidez clínica y desapasionada que siempre me hacía sentir desnuda bajo su juicio.
—Tu línea ha mejorado, desde luego —apuntó, suavizando un poco la mirada.
Aquello me pilló por sorpresa, provocando que se aflojara un poco la tensión acumulada en el pecho.
—Gracias.
Pero la tregua duró nada más que tres segundos. El tiempo justo que tardó en dar el golpe de gracia con total parsimonia.
—Aunque deberías vigilar el peso, Aria.
Sentí un pinchazo agudo en el estómago, una contracción violenta que me dejó sin aire por un instante. Mi madre no empleaba un tono cruel o despectivo al decirlo; nunca lo hacía, y eso era lo peor. Lo soltaba con la absoluta naturalidad de quien señala una mancha obvia en una pared blanca.
—No quiero que pierdas oportunidades tan grandes por pura desidia o por descuidarte —añadió. Se acercó un paso y me acomodó un mechón rebelde que se había escapado de mi moño que pretendía imitar el afecto materno.
Asentí, forzando los músculos de la mandíbula para no saltar. Discutir o replicar solo serviría para alargar una tortura que no me aportaba nada.
—Claro.
Entonces me dedicó una sonrisa perfecta. Y esa era justo lo que volvía todo mil veces más doloroso y complejo, porque parecía sincera. Mi madre creía en sus propias palabras.
—Ya sabes que solo busco lo mejor para ti, cielo.
Sí. Lo sabía de sobra. O, al menos, eso era lo que llevaba repitiéndome a mí misma frente al espejo desde que tenía uso de razón para no volverme loca bajo su yugo.
El profesor entró de golpe en el estudio, dando una fuerte palmada que retumbó con eco en las paredes de espejo.
—¡Chicas, a la barra! ¡Ya!
Las conversaciones residuales se apagaron de golpe, como si hubieran cortado el sonido.
Mi madre dio un par de pasos hacia atrás, retirándose hacia la esquina del fondo de la sala, desde donde gozaba de una perspectiva perfecta para vigilar cada movimiento de mis piernas.
Siempre vigilando. Siempre juzgando en silencio.
Las primeras notas del piano inundaron el estudio. Mi cuerpo, adiestrado para la sumisión y la perfección obligatoria, reaccionó antes incluso de que mi mente pudiera procesar la orden musical.
Plié. Tendu. Relevé.
Los movimientos se sucedían unos a otros con una precisión milimétrica y automática.
Años de disciplina salvaje, de caídas y de dolor grabados a fuego en cada fibra de mis músculos.
Mientras ejecutaba una serie de giros frente al gran espejo frontal, el reflejo me devolvió la estampa exacta de la bailarina que todos esperaban ver: elegante, imperturbable, concentrada al máximo y con el control absoluto de la situación. La Aria Morgan perfecta.
Y entonces, por alguna jodida razón que escapaba por completo a mi control, en mitad de una pirueta en el aire, mi mente voló de regreso a Windale.
Me asaltó el eco de la música improvisada resonando en el jardín de la fiesta, el frío reconfortante de una cerveza entre las manos y el recuerdo punzante de unos ojos azules que me miraban no para evaluar mi técnica o mi peso, sino como si intentaran descifrar a la niña que una vez bailaba descalza sobre el muelle de madera de un campamento de verano.
La imagen me golpeó con la fuerza de un impacto físico y se desvaneció en menos de un segundo, pero fue más que suficiente para que algo dentro de mi pecho diera un vuelco violento, molesto y cálido, dejándome descolocada en el aterrizaje.
Sacudí la cabeza con brusquedad, desterrando el pensamiento de inmediato, y me obligué a clavar los ojos en mi propio reflejo para clavar la siguiente posición en la barra. En la Academia Westbridge de Los Ángeles no había espacio para los fantasmas del pasado ni para las distracciones emocionales.
Aquí solo importaba la perfección absoluta.