Caminos Opuestos Capítulo 3
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Capítulo 3

Nevan

Si alguien me hubiera dicho esta mañana que iba a terminar la noche sentado en el sofá más escondido de la casa de Eiden, medio borracho y hablando con la chica que llevaba doce años viviendo en algún rincón persistente de mi memoria; seguro que me habría reído en su puta cara.

Pero ahí estaba, con una cerveza fría en la mano y con Aria Morgan sentada a menos de un palmo de mí.

Terminamos refugiándonos en uno de los sofás del fondo del salón, lejos del karaoke improvisado y de la horda de colgados que decidieron que gritar canciones de los noventa a pleno pulmón era una excelente idea a las dos de la mañana.

Aquí el jaleo llegaba amortiguado. Solo quedaba el murmullo lejano de la música de fondo y alguna carcajada suelta de vez en cuando.

Lo justo para poder hablar sin tener que desgañitarse.

Lo suficiente para que el tiempo empezara a hacer cosas raras.

Porque juraría que llevábamos horas allí metidos y, al mismo tiempo, parecía que acabábamos de sentarnos.

Le di otro sorbo al botellín y giré un poco la cabeza hacia Aria. Grave error. Cada vez que la miraba demasiado tiempo, mi cerebro hacía esa pausa incómoda en la que intentaba reconciliar dos versiones de la misma persona: la niña que recordaba y la mujer que tenía ahora mismo delante.

Aria llevaba un vestido rosa, de esos que parecen sencillos hasta que te fijas un poco más de la cuenta.

La tela caía suave sobre sus curvas, marcando una silueta esbelta que era imposible no notar por mucho que uno intentara comportarse como un tío decente.

Su pelo dorado le caía en ondas perfectas sobre los hombros, recogido a medias con un lazo que le daba un aire delicado.

Uno que no encajaba para nada con la Aria que recordaba saltando de cabeza desde el muelle del lago.

Y luego estaban sus ojos. Verdes. Siempre habían sido verdes, claro, pero no recordaba que tuvieran esa intensidad. Tal vez porque cuando tienes ocho años eres demasiado idiota como para detenerte a analizar el color de una mirada.

Ahora… bueno. Ahora era bastante difícil pensar en otra cosa.

Tenía la piel clara, suave a la vista, y cada vez que sonreía, algo que llevaba haciendo más desde que se había tomado la tercera cerveza, aparecía ese pequeño hoyuelo en su mejilla izquierda que debería estar prohibido por ley.

Y sus labios… Joder. Aparté la mirada rápido hacia la pared de enfrente antes de que mi cerebro decidiera completar ese pensamiento. No era una buena idea. Nada buena.

Aria estaba apoyada en el respaldo del sofá, con una pierna recogida debajo del cuerpo y la botella de cerveza colgando con total despreocupación de sus dedos finos. Tenía las mejillas algo encendidas por el alcohol y los ojos brillantes como si empezará a bajar la guardia y a relajarse de verdad.

—¿Por qué me estás mirando así? —preguntó de repente, entornando los ojos.

Parpadeé, recuperando la compostura.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras intentando resolver un misterio —dijo dándole un pequeño toque a mi rodilla con la suya.

Me encogí de hombros.

—Es posible que lo esté haciendo.

—¿Y qué misterio es, si se puede saber?

Me incliné un poco hacia atrás en el sofá, cruzando los brazos para ganar distancia y poder observarla con más calma.

—Estoy intentando decidir si eres la misma persona que empujó a un monitor al lago.

Sus cejas se elevaron de inmediato, ofendida.

—¡Eso fue un accidente! —protestó, enderezando la espalda.

Solté una carcajada limpia.

—Morgan, lo empujaste con las dos manos y con carrerilla.

—Porque me había quitado las zapatillas de baile —se defendió, apuntándome con el dedo.

—Porque estabas bailando en mitad del embarcadero a las tres de la tarde.

—Era un momento artístico.

—Estaba prohibido por las normas del campamento.

Aria me fulminó con la mirada durante medio segundo, sosteniéndome el pulso. Luego, la comisura de sus labios cedió y se echó a reír. Y ahí estaba otra vez. Ese sonido. Me acordaba muy bien de su risa. Mucho más de lo que un tío cuerdo debería admitir.

Se llevó la botella a la boca, dando un sorbo lento antes de volver a clavar sus ojos verdes en los míos.

—No me puedo creer que te acuerdes de eso, Grayson.

—Tengo muy buena memoria para las cosas importantes.

—¿Empujar gente al agua te parece importante?

—¿Cuando tienes nueve años? Sí—afirmé con total seriedad.

Sacudió la cabeza con un brillo en los ojos que no pudo ocultar.

—Sigues siendo un idiota.

—He evolucionado, ¿vale? —protesté, fingiendo indignación—. Ahora soy un idiota adulto. Es un estatus superior.

—Eso no es una mejora, créeme.

—Depende de a quién preguntes.

Un pequeño silencio se instaló entre nosotros. Pero no fue uno de esos con los que dan ganas de salir corriendo; fue cómodo. Aria apoyó la cabeza un momento en el respaldo del sofá, mirando hacia el techo mientras jugaba distraída a despegar la etiqueta de su bebida con la uña del pulgar.

—Es raro —murmuró en un susurro.

Giré la cabeza, recorriendo el perfil de su cuello.

—¿El qué?

—Esto —Hizo un gesto vago con la mano entre los dos—. Doce años sin saber nada el uno del otro y estamos aquí, hablando como si nos hubiéramos visto ayer.

La observé en silencio durante unos segundos, frotándome la nuca.

—Supongo que es porque siempre fuiste bastante difícil de olvidar, Morgan.

Ella giró la cabeza despacio hacia mí, clavando sus ojos verdes en los míos. El ambiente pareció cambiar de golpe, volviéndose más denso.

—Eso suena muy parecido a un cumplido, Grayson.

Sonreí de lado, intentando quitarle peso al asunto.

—No te acostumbres.

Pero lo cierto era que, mientras la miraba allí sentada, con las mejillas sonrojadas, el pelo dorado cayendo revuelto sobre sus hombros y esa sonrisa a medias en la boca, había una verdad bastante incómoda instalándose en mi cabeza.

Aria Morgan ya no era la niña flacucha del campamento.

Y si mi cerebro no empezaba a comportarse como el de una persona civilizada muy pronto, iba a meterme en un problema de los grandes.

Ella todavía me miraba. Ya no tenía esa expresión divertida de antes; esta vez me observaba con profundidad, y sin pestañear, desarmando un poco la coraza que intentaba mantener.

Durante un segundo que se me hizo eterno, ninguno de los dos dijo nada.

La música seguía tronando al fondo de la casa, alguien pegó cuatro gritos en la cocina y una carcajada estallaba en la terraza pero, en nuestro rincón del sofá, el maldito tiempo parecía haberse congelado.

Quizá era el alcohol de las cervezas, o quizá el hecho de que, después de doce años, de repente estábamos sentados demasiado cerca.

Aria apoyó el codo en el respaldo del sofá, inclinándose un poco más hacia mí.

Podía oler la vainilla en su pelo. Algo nuevo flotaba en el aire.

Algo eléctrico, muy distinto a la conversación relajada de antes.

Mi mirada bajó un segundo hacia su boca antes de que pudiera frenar el impulso.

Mala idea. Porque entonces me di cuenta de algo todavía peor: Ella también se había quedado callada y, sus ojos, no estaban fijos en los míos, sino que miraban mis labios.

—Morgan… —murmuré, con la voz ronca, sin saber muy bien qué coño pretendía decir.

Aria levantó un poco la barbilla, desafiándome en silencio.

Nuestros rostros estaban a una distancia ridícula.

Podía ver el brillo de sus ojos, las pequeñas pecas casi invisibles que salpicaban el puente de su nariz.

Mi cerebro se puso alerta: « No lo hagas, no lo hagas, no lo hagas » .

Pero mi cuerpo, como era de esperar, no escuchó.

Me incliné apenas un par de centímetros hacia ella, acortando lo poco que quedaba de espacio. Y entonces…

Bzzz. - Bzzz.

El maldito teléfono de Aria empezó a vibrar sobre su bolso, rompiendo el momento como si nos hubieran tirado encima un cubo de agua congelada.

Ella parpadeó. Una vez. Luego otra, sacudiendo la cabeza como si estuviera regresando a la realidad a la fuerza.

—Mierda… —murmuró entre dientes.

Se apartó de golpe, rompiendo la burbuja, y se inclinó deprisa para coger el bolso que estaba en el suelo. A mi cerebro le costó medio segundo volver a arrancar. Respiré hondo, intentando estabilizar el pulso. Seguro que el teléfono nos había salvado de una buena. Estaba claro.

Sacó el móvil y miró la pantalla. Al instante, vi cómo algo cambiaba en ella. No fue un movimiento brusco, pero lo vi. Su expresión se congeló. El brillo que tenía en los ojos hacía un momento se apagó de golpe, dando paso a una tensión gélida.

—¿Todo bien? —pregunté enderezándome en el sitio.

No respondió al momento. Se limitó a desbloquear la pantalla y a leer los mensajes que le entraban. Vi cómo su mandíbula se apretaba con tanta fuerza que se le marcó el hueso.

—Sí  —dijo por fin, guardando el aparato.

Pero sonó igual que suena alguien cuando está de todo menos bien. Dejó escapar un suspiro pesado.

—Tengo que marcharme.

Fruncí el ceño, asombrado.

—¿Ahora? —Miré alrededor del salón, donde la gente seguía de fiesta—. Morgan, son casi las dos de la mañana.

—Lo sé.

—Y has bebido un par de cervezas.

—También lo sé, Grayson.

Metió el teléfono en el bolso con un tirón bastante más brusco de lo necesario.

—Tengo ensayo mañana por la mañana —explicó con una voz contenida que no admitía réplica.

Aquello me hizo arquear una ceja.

—¿Un ensayo? ¿Mañana? Pero si estamos en Windale. ¿Cómo coño piensas llegar a tiempo?

—Llamaré a un taxi.

No pude evitar soltar una pequeña risa incrédula, pasando una mano por mi cara.

—¿Un taxi? ¿Pretendes meterte cinco horas en un taxi a estas horas?

—Nevan, por favor… —me cortó, mirándome con una súplica silenciosa en los ojos.

—Aria, eso es una locura.

Se encogió de hombros y la sonrisa que intentó esbozar resultó más triste que otra cosa.

—Mi madre ha cambiado la hora del ensayo general —confesó, bajando la vista hacia sus manos—. No tenía previsto irme hoy, de verdad… Pero ya sabes cómo funciona esto.

No. No tenía ni puta idea de cómo funcionaba su mundo, pero la forma en que nombró a su madre me dio una pista clara.

Sonaba a una cadena muy corta y muy pesada.

La Aria de once años habría mandado el teléfono a la mierda, se habría reído y se habría quedado a robar más chucherías con el resto.

La Aria que tenía delante parecía resignada. Agotada por un peso invisible.

—¿Te gusta? —solté a bocajarro sin filtrar la pregunta.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿El qué?

—Todo esto. —Señalé con la barbilla su bolso y la puerta de salida.— El ballet. Los ensayos sorpresa. El tener que pegarte cinco horas de madrugada en un coche porque alguien ha chasqueado los dedos.

Aria dudó. Solo fue un parpadeo, un segundo de vacilación, pero un gesto más que suficiente para darme la respuesta.

—Sí —concluyó endureciendo la voz.

Algo en su tono me gritó que esa afirmación no era tan sincera como quería aparentar.

Se levantó del sofá de un salto, alisando las arrugas del vestido rosa con un gesto mecánico, casi coreografiado.

Yo me puse en pie al momento, duplicando su altura.

A nuestro alrededor, la fiesta seguía rugiendo a lo suyo, ajena al jarro de agua fría que acababa de caernos encima.

—Ha sido raro verte otra vez, Grayson —dijo, dando la cara con esa postura perfecta de bailarina.

—¿Raro del bueno o raro del malo?

—Raro del bueno, supongo —admitió y juraría que los ojos le volvieron a brillar un instante.

Sonreí.

—Venga, me quedo con eso.

Se pasó un mechón de pelo dorado detrás de la oreja, sosteniendo la mirada un último segundo.

—Cuídate, Grayson.

Había algo en su voz que me escoció por dentro. Sonaba demasiado a despedida definitiva, como si pensara que esta noche había sido solo un espejismo, una casualidad que no se iba a repetir.

—Oye —la llamé antes de que pudiera darse la vuelta hacia el pasillo.

Ella se detuvo y levantó la mirada hacia mí.

—¿Sí?

Me metí las manos en los bolsillos de los vaqueros, encogiéndome de hombros con toda la soltura que pude fingir.

—Ha sido bueno volver a encontrarte, Morgan.

Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, esta vez de las de verdad.

Luego se dio la vuelta. La vi alejarse entre la multitud del salón, con el vestido rosa ondeando ligero entre los focos y las luces de colores de la casa.

Me quedé allí quieto unos segundos, estancado en mitad del pasillo.

Con la cerveza todavía en la mano y con una certeza absoluta instalándose en mi cabeza: doce años sin verla, y ahora que el universo había decidido volver a poner a Aria Morgan en mi camino, algo me decía que esta historia estaba muy lejos de haber terminado.