Caminos Opuestos Capítulo 2
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Capítulo 2

Aria

Durante un segundo pareció muy confundido, pero la vacilación le duró un suspiro. Luego, esa sonrisa suya tan característica se ensanchó de golpe. Ladeó un poco la cabeza, clavando sus ojos azules en los míos, y apoyó el peso del cuerpo en una sola pierna con una soltura que me resultó insufrible.

—Pues no lo sé, bombón… —soltó, guiñandome un ojo sin pizca de vergüenza—. ¿Te sueno de algo?

Lo fulminé con la mirada, apretando los dientes. Era igual. Doce años después y el muy idiota seguía teniendo ese talento natural para tocarme las narices en apenas cinco segundos.

Sin embargo, el impacto físico de tenerlo tan cerca hizo que mi cerebro terminara de encajar las últimas piezas del puzle: los ojos, la sonrisa canalla, el descaro… Todo encajaba.

—Eres tú… —murmuré sin aliento.

Él no respondió de inmediato. Se limitó a observarme desde su altura, recorriéndome la cara con la mirada como si quisiera asegurarse de que yo había llegado a la misma conclusión que él. Poco a poco, su expresión cambió. La mueca burlona se suavizó, volviéndose un poco más cálida.

—Vaya —dijo por fin, bajando el tono de voz—. Pensé que iba a tener que esforzarme más para que te acordaras de mí.

Negué con la cabeza despacio, asimilando la situación.

—No puede ser.

—Oye, eso no suena muy prometedor —reprochó, arqueando una ceja.

—Porque no puede ser —repetí, cruzándome de brazos para protegerme del frío de la noche y de la intensidad de su mirada—. Han pasado doce años, Nevan.

—Más o menos —coincidió, encogiéndose de hombros con una indiferencia total—. Pero quién lleva la cuenta.

Lo miré un segundo más, incapaz de apartar los ojos de él.

Y cuanto más lo observaba, más detalles del pasado salían a la superficie bajo su nueva fachada de hombre: su forma descarada de moverse, la manera en que levantaba una ceja cuando hablaba, como si guardara un secreto; incluso ese gesto tan suyo de rascarse la barbilla con el pulgar mientras esperaba una respuesta.

Era él. Más mayor. Pero, sin duda, era él.

Le dediqué un repaso de arriba abajo, esta vez sin disimular lo más mínimo, fijándome en la anchura de sus hombros bajo la camiseta.

—Has crecido —solté. En cuanto las palabras salieron de mi boca, me arrepentí. Sonó tan estúpido.

Nevan, en cambio, soltó una pequeña risa ronca que me vibró en el pecho.

—Gracias, Morgan. Intento alimentarme bien —vaciló, usando mi apellido.

Puse los ojos en blanco de forma automática, aunque sentí que las mejillas me ardían.

—Ja. Ja. Qué gracioso.

Él sonrió de lado, relamiéndose el labio inferior como si hubiera conseguido la reacción que buscaba.

—Gracias —añadió con falsa modestia, inclinando la cabeza—. Llevo doce años perfeccionando el repertorio para cuando volvieras a cruzarte en mi camino.

Negué con la cabeza divertida, a mi pesar. Una pequeña sonrisa se escapó de mis labios antes de que pudiera contenerla por completo.

—No me puedo creer que seas tú de verdad.

—Eso es porque todavía no me has visto escalar el tejado de un granero después de cascarme tres cervezas —respondió, dándole un trago a la botella que sostenía.

Lo miré, entrecerrando los ojos con incredulidad.

—¿Qué?

Él se limitó a encogerse de hombros, apoyando el pulgar en el bolsillo de los vaqueros, bastante tranquilo.

—Es una historia larga.

—Me temo lo peor, viniendo de ti.

—Haces bien —aseguró con un brillo divertido en los ojos.

Un pequeño silencio se instaló entre los dos, pero no resultó incómodo.

Era más bien una pausa cargada de curiosidad, de evaluación mutua; como si ambos estuviéramos intentando procesar y acostumbrarnos a esta versión adulta del niño que dejamos atrás en aquel campamento.

Doce años es una puta barbaridad de tiempo para una persona y, al mismo tiempo, mirándolo allí de pie frente a mí, sentía que nada había cambiado.

Nevan levantó la cerveza, contempló el cuello de la botella un instante y luego volvió a clavar sus ojos en los míos.

—Vale —anunció, rompiendo el silencio—. Esto no está funcionando.

Fruncí el ceño, confundida.

—¿El qué?

Hizo un gesto amplio con la mano libre hacia el resto del jardín, señalando el jaleo de la música, las conversaciones cruzadas y a la gente que se movía emborrachándose entre las mesas.

—Intentar ponernos al día en medio de una fiesta. Hay demasiado ruido.

—Técnicamente no nos estamos poniendo al día —puntualicé, irguiendo la espalda.

—Exacto. Y tenemos doce años que cubrir —replicó dando un paso hacia delante e invadiendo mi espacio—. Hay que ponerle remedio.

Solté una risita sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago.

—No creo que una sola noche sea suficiente para tanto.

—Pues empezamos ahora mismo y vemos hasta dónde llegamos, bombón.

Se terminó la cerveza de un último trago largo, moviendo la manzana de Adán de una forma que me obligó a tragar saliva. Luego, dejó la botella vacía sobre una mesa de plástico cercana.

—Voy dentro a por más —añadió, señalando la casa con la cabeza.

Levanté una ceja, divertida por su actitud.

—¿Esa es tu solución para todo?

—Para las conversaciones importantes, desde luego que sí.

—Eso explica muchas cosas —comenté, cruzándome de brazos.

Él inclinó un poco la cabeza, estudiándome con una expresión cargada de picardía que me erizó la nuca.

—¿Vas a quedarte aquí fuera interrogándome con la mirada o vienes conmigo?

—No te estoy interrogando —protesté, dando un paso al frente.

—Todavía no—matizó.

Suspiré, fingiendo molestia, aunque mis pies ya se movían solos siguiendo sus pasos hacia el interior de la casa.

Dentro, el ambiente era mucho más cálido, denso y saturado de risas y conversaciones cruzadas.

La música retumbaba con fuerza contra las paredes y varias personas abarrotaban la cocina, improvisando lo que parecía una competición de cócteles bastante cuestionable y caótica.

Nevan avanzó entre los invitados con una soltura envidiable, saludando a un par de tíos con un toque en el hombro, como si conociera cada rincón y a cada persona de aquel lugar.

—¿Quieres una cerveza? —preguntó, agachándose para abrir la nevera.

—Si eso es lo único que sabes ofrecer para convencer a una dama… —provoqué, apoyándome en el marco de la puerta.

—Oye, no critiques la hospitalidad de Windale antes de probarla — advirtió mirándome de reojo mientras sacaba dos botellas frías.

Se enderezó y me tendió una de ellas. Al cogerla por el cuello de cristal, la yema de sus dedos rozó la palma de mi mano.

Fue solo un contacto fugaz, un milisegundo de calor, pero resultó suficiente para que, por algún motivo estúpido que me negaba a admitir, mi cerebro se concentrara por completo en la textura de su piel.

Me obligué a apartar la mirada y abrí la botella apoyando la chapa contra el borde de la encimera, dándole un golpe seco con la mano.

—Entonces… —comencé, dándole el primer sorbo al líquido amargo antes de clavar los ojos en los suyos—. ¿Siempre has vivido aquí?

Nevan se apoyó contra la encimera de madera que quedaba justo frente a mí. Cruzó los brazos sobre el pecho, haciendo que sus bíceps se marcaran bajo la tela, y pareció pensárselo un segundo antes de responder.

—La mayor parte del tiempo, sí —admitió.

—¿La mayor parte? —repetí captando el matiz.

—Hubo un par de intentos de escapar —soltó con total naturalidad, como si hablara del tiempo.

—¿En serio? —Me incliné un poco hacia delante, intrigada.

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Se encogió de hombros, desviando la mirada hacia la ventana un instante antes de volver a mí.

—Resulta que Windale tiene una habilidad especial para arrastrarte de vuelta a casa cuando intentas marcharte.

Lo observé en silencio durante un momento.

Había algo en la forma en la que había hablado.

Su tono sonaba ligero, casi despreocupado, pero su mirada se ensombreció un milisegundo.

Había un trasfondo amargo ahí debajo. Sin embargo, antes de que pudiera rascar un poco o hacer alguna pregunta, señaló el cuello de mi botella con la barbilla, cambiando de tema.

—Tu turno.

—¿Mi turno? —pregunté imitando su postura y apoyándome en la encimera contraria, cruzando una pierna sobre la otra.

—Sí, han pasado doce años, Morgan. Tendrás algo interesante que contarme, digo yo.

Me acomodé, sosteniendo el frío del cristal contra mis dedos.

—No sé si interesante es la palabra exacta.

—¿Qué pasa? ¿Es aburrido? —se burló con un brillo desafiante.

—Oye, tampoco te pases —advertí apuntándole con la botella.

Él levantó las manos con las palmas al frente, simulando rendición.

—Solo pregunto.

—Bailo —solté de golpe. Dejé que la palabra flotara entre los dos, el peso de mi carrera, de mi madre y de mis horas de dolor concentradas en esa única palabra—. Me dedico al ballet profesional.

Las cejas de Nevan se elevaron de golpe, y toda la burla desapareció de su rostro por un instante.

—Eso sí que lo recuerdo —dijo con una voz más suave.

Una pequeña sonrisa apareció en mis labios antes de que pudiera frenarla.

—¿Ah, sí?

—Claro. —Tomó un sorbo de su cerveza, manteniendo los ojos fijos en los míos sobre el borde del cristal—. La niña que bailaba en aquella sala como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Mi estómago dio un vuelco inesperado, un golpe seco que me subió por la garganta. Me quedé sin saber qué decir durante un segundo. No me esperaba para nada que se acordara de aquello. Que se acordara de mí de esa manera.

—Era una cría —aclaré, negando con la cabeza intentando restarle importancia.

—Y ya eras la hostia de buena —insistió, sin darme tregua.

—Eso tú no lo sabes. No entiendes de ballet.

—Claro que lo sé —afirmó.

Lo dijo con una seguridad tan aplastante, con una naturalidad tan sincera, que por un momento me quedé algo descolocada.

Para tapar la tensión, me llevé la botella a la boca y bebí un trago largo.

Nevan me observó en silencio, analizando la forma en que me tragaba los nervios.

Luego, ladeó un poco la cabeza y sus labios se curvaron apenas.

—Tengo una pregunta importante que hacerte.

—Miedo me das. Temo lo peor.

—¿Sigues robando chucherías?

Lo miré sin parpadear, estupefacta. Nevan sostuvo mi mirada con una seriedad cómica durante dos largos segundos, aguantando la risa. No pude más y solté una carcajada limpia, de las que hacía tiempo que no salían de mi pecho.

—¡Eras tú el que las robaba! —acusé riendo.

—Eran operaciones conjuntas, no te quites mérito —se defendió, señalándose con la botella.

—Mentira cochina. Yo solo miraba.

—Morgan… —me llamó arrastrando las sílabas con esa voz grave suya que me hizo mirarlo de golpe.

—Grayson.

—Vale, vale. Pero admítelo —se inclinó un poco más sobre la encimera, acortando la distancia que nos separaba y bajando la voz en un tono confidencial y conspirativo—. Sin mí, ese campamento de verano habría sido muchísimo más aburrido. No habrías sobrevivido.

Me lo quedé mirando, atrapada por la cercanía y por el olor a limpio y a cerveza que desprendía. Le di un último sorbo a mi bebida para ganar tiempo.

—Puede —admití en un susurro.

Su sonrisa se volvió enorme, triunfal.

—Lo sabía.

En ese momento, la música subió de volumen en el salón contiguo y un grupo de gente empezó a jalear y a gritar algo sobre abrir el karaoke. Nevan desvió la mirada hacia el alboroto, negó con la cabeza con una mueca de fastidio divertido y volvió a mirarme a mí.

—Creo que vamos a necesitar mucha más cerveza si queremos sobrevivir a doce años de conversación con este panorama —comentó, enderezándose.

Levanté mi cerveza en el aire, chocándola con suavidad contra la suya con un tintineo limpio.

—Estoy de acuerdo —coincidí.

Y, por primera vez desde que había puesto un pie en aquel pueblo, sentí que la velada acababa de empezar de verdad.