Caminos Opuestos Capítulo 1
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Capítulo 1

Aria

Presente

Cinco horas metida en el coche para terminar en un pueblo que, hasta hace tres días, ni siquiera sabía que aparecía en el mapa.

Si mi madre descubría que había dejado los ensayos para esto, era problable que organizara un funeral anticipado para mi carrera como bailarina.

Me recordaría, con esa voz gélida suya, que una profesional no pierde el tiempo.

Pero, para ser sincera, en ese momento me daba bastante igual, porque Elara estaba delante de mí llorando de emoción.

—¡Sienna! ¡Aria!

No me dio tiempo ni a reaccionar. Elara se lanzó hacia nosotras con un impulso ciego, y de repente, estábamos las tres abrazadas en medio del salón como si el tiempo hubiera retrocedido años.

Saltando. Chillando. Riéndonos como auténticas idiotas mientras nos apretamos con fuerza.

Su larga melena castaña, que olía al champú de coco de siempre, se nos enredó a Sienna y a mí entre las manos y las caras durante el vaivén del abrazo.

Durante unos segundos, todo volvió a sentirse igual que antes. Antes de que su exnovio la aislara del mundo, de que dejara de contestar nuestros mensajes. Antes de que Sienna y yo pasáramos meses con el corazón en un puño, preguntándonos qué demonios había pasado con nuestra mejor amiga.

—¡No me puedo creer que estéis aquí! —exclamó Elara cuando por fin logramos separarnos lo suficiente para tomar aire. Se limpió una lágrima de la mejilla con el dorso de la mano, mirándonos con esos ojos marrones tan dulces y brillantes que tanto habíamos echado de menos.

—¿De verdad creías que íbamos a perdernos tu veintitrés cumpleaños? — pregunté. La agarré por los hombros y la zarandeé suave, obligándola a mirarme a los ojos para asegurarme de que estaba bien.

Sienna apareció por el otro lado del abrazo, asomando la cabeza rodeada por esa melena negra densa y oscura que siempre contrastaba con su piel. Lucía esa sonrisa traviesa y afilada que la caracterizaba.

—Tu novio buenorro nos invitó para que te diéramos la sorpresa —añadió guiñando un ojo de ese azul tan magnético que era capaz de convencer a cualquiera de cometer una locura—. ¿No es monísimo?

Elara soltó una carcajada que terminó convirtiéndose en un nuevo amago de lágrimas. Me quedé observándola un momento en silencio, sintiendo una mezcla punzante de alivio y nostalgia. La había echado muchísimo de menos. Más de lo que me había permitido admitir en mitad de mi rutina asfixiante.

Eiden apareció entonces por el pasillo. Avanzaba con esa zancada tranquila y segura suya, luciendo una sonrisa de esas que parecen capaces de arreglar cualquier desastre emocional con solo existir.

El pelo, negro como el carbón, le caía un poco rebelde sobre la frente, enmarcando unos ojos de un azul intenso y limpio.

—Me parece que no va a haber cena romántica —dijo con una mueca divertida, deteniéndose a nuestro lado—. Pero espero que te guste la sorpresa, princesa.

Elara se lanzó a su cuello sin pensarlo, colgándose de él. Sienna y yo intercambiamos una mirada de complicidad, dando un paso atrás para dejarles espacio.

—Dios, sois adorables —comentó Sienna, fingiendo una arcada dramática.

—Como una película romántica de Netflix —añadí yo, cruzándome de brazos mientras sonreía.

Pero antes de que la escena pudiera ponerse todavía más empalagosa, una sombra alta apareció por detrás de Elara. Unos brazos fuertes la rodearon por la cintura y la levantaron del suelo como si no pesara más de diez kilos.

—¡Felicidades, preciosa!

Elara soltó un grito ahogado entre risas, pataleando en el aire.

—¡Nevan! —chilló—. ¡Bájame ahora mismo o me vas a desmontar!

Él la dejó en el suelo después de darle una vuelta completa en vilo, soltando una carcajada limpia que contagió al resto.

Todo el mundo volvió a reír a su alrededor.

Yo también obligué a mis labios a curvarse en una sonrisa.

O eso creo. Porque en realidad, en ese preciso instante, mi cerebro se había quedado encallado en una sola palabra.

Nevan .

No reaccioné de inmediato. Ni siquiera me atreví a girar la cabeza hacia él. Me quedé inmóvil, rígida como una estatua, mientras algo pequeño, molesto y muy cálido empezaba a removerse en algún rincón prohibido de mi memoria.

Nevan .

«Es un nombre bastante normal», me dije, intentando calmar el vuelco que me había dado el estómago.

Bueno… quizá no tan normal. Pero tampoco era como si fuera el único habitante del planeta que se llamaba así.

Además, habían pasado doce años, la probabilidad de que el tío que acababa de levantar a Elara fuera «ese» Nevan era ridículamente pequeña. Estúpida, incluso.

Aun así, mis ojos terminaron buscándolo de reojo, desobedeciendo mis propias órdenes.

Estaba de espaldas a mí en ese momento, hablando con Eiden y otro chico moreno al que no conocía. Gesticulaba al hablar, moviéndose con esa soltura despreocupada de quien parece sentirse el puto amo de la barraca en cualquier sitio donde pise.

Rubio. Muy rubio.

Tragué saliva despacio, sintiendo la garganta seca. No podía ser.

Sacudí un poco la cabeza, parpadeando con fuerza para concentrarme en la fiesta.

El ambiente había explotado por completo a nuestro alrededor.

La música sonaba más fuerte, las luces de verbena que habían colgado por todo el jardín iluminaban la noche con un tono cálido y la gente se movía entre el salón y la terraza con las copas en la mano.

Elara seguía riendo con Eiden mientras Sienna comentaba algo a mi lado en un tono entusiasta, pero yo apenas la escuchaba.

Tenía un pitido en los oídos. Y, entonces, como si el universo tuviera un sentido del humor particular y cruel, el chico rubio giró un poco la cabeza mientras hablaba con su amigo.

Solo fue un segundo. Un maldito segundo. Pero fue suficiente.

Ojos azules. Azules de verdad, de los que te clavan al sitio. No ese grisáceo y apagado que depende de la luz del día. Azules como el cielo de pleno verano. Como el lago del campamento.

Mi corazón dio un salto traicionero dentro del pecho, golpeándome las costillas.

«No. Imposible.»

Aparté la mirada de golpe, clavándola en el suelo antes de que pudiera pillarme mirándolo.

Porque si giraba la cabeza del todo… Si esos ojos se clavaban en los míos…

Entonces iba a tener que enfrentarme a la posibilidad de que el universo acabara de jugarme la broma más pesada de mi vida.

Y sinceramente, con la que ya tenía encima con el ballet, no tenía el cuerpo para abrir semejante melón emocional en mitad de un cumpleaños.

Le di un trago largo a mi bebida, intentando adoptar una postura relajada y natural. Fracasé de manera estrepitosa. Mis hombros seguían rígidos y, cada pocos segundos, mis ojos volvían a desviarse hacia él de forma magnética. Como si mi cerebro necesitara comprobarlo otra vez. Y otra. Y otra.

Hasta que al final solté el aire despacio por la boca y me incliné un poco hacia las chicas, rompiendo la distancia.

—Vale… —murmuré, bajando la voz para intentar sonar casual mientras señalaba con disimulo el jardín—.

Ese rubio que está hablando con Eiden… —Hice una pausa deliberada, fingiendo que miraba el hielo de mi vaso como si no me importara demasiado.

Pero por dentro, mi corazón se había detenido, esperando una respuesta con tanta urgencia que me asustó—. ...¿Quién es? —terminé mi pregunta.

Sienna no tardó ni medio segundo en seguir mi línea de visión. Sus ojos se entrecerraron con picardía.

—Ya ves. ¿Cómo es que no nos habías hablado de él antes, Elara? —preguntó con una sonrisa divertida, dándole un codazo flojo a la cumpleañera—. ¿Está soltero? ¿Tiene dueño?

Ivelle, amiga de Elara,  soltó una pequeña risa, tapándose la boca con una mano salpicada de pecas antes de dar un sorbo a su copa. El brillo de las bombillas del jardín hacía resaltar el tono encendido de su melena pelirroja.

—Nevan —respondió, mirándome con unos ojos verdes llenos de curiosidad al notar mi interés—. El rubio en cuestión se llama Nevan.

Mi estómago se encogió de una forma extraña, pero me obligué a mantener la expresión neutral, como si me hubieran esculpido en mármol. No. No podía ser él. Los cuentos de hadas y las casualidades estúpidas no me pasaban a mí.

Ivelle continuó hablando, ajena al pequeño terremoto que acababa de desatar dentro de mi cabeza.

—Está más loco que una cabra, la verdad; pero sí, está soltero. No sé ni cómo, porque atrae miradas por donde pasa. Aunque es buen chico, un trozo de pan.

Volví a mirar hacia Nevan, casi de forma inconsciente.

Y, en ese maldito momento, el chico levantó la cabeza.

Nuestras miradas se cruzaron. Mi corazón dio un vuelco absurdo, un golpe seco que me dejó sin aire.

Doce años cambian el cuerpo de una persona, la hacen más robusta, más adulta, pero hay detalles que el tiempo no puede borrar: Como esa forma tan suya de inclinar la cabeza hacia un lado cuando presta atención, o la media sonrisa canalla que le aparece en la comisura de los labios medio segundo antes de soltar una tremenda estupidez… Era él. Joder, era mi Nevan.

Aparté los ojos de golpe, sintiendo que las mejillas me quemaban bajo el maquillaje. Si me seguía mirando un segundo más, notaría cómo me temblaban las manos. No quería hacer frente a aquello, no allí, no rodeada de gente.

Respiré hondo, llenando los pulmones de aire frío, y me volví hacia las chicas con toda la dignidad que pude reunir.

—Parece interesante —murmuré, forzando una voz modulada.

Sienna arqueó una ceja de inmediato, y supe que la había cagado. Su sonrisa se volvió peligrosa, de las que tramaban algo.

—Interesante, ¿eh? —repitió con tono burlón. Dio un paso hacia mí—. ¿Quieres conocerlo?

Me encogí de hombros, intentando mantener la fachada de frialdad y desinterés.

—Quizá más tarde —dije, restándole importancia con un gesto de la mano.

Intenté integrarme en la conversación, de verdad que lo hice.

Escuché a Sienna hablar de no sé qué ropa y a Elara reír, pero mi mente ya no estaba allí.

Estaba a unos metros, fija en la espalda del chico rubio.

Así que, tras un par de minutos de tortura, suspiré de forma inaudible y me alisé la falda del vestido con las palmas de las manos para calmar el cosquilleo.

—Creo que voy a ir a averiguar más sobre ese chico —anuncié, enderezando la espalda.

Sienna ensanchó su sonrisa de par en par, dándome un empujoncito en el brazo.

—Ve a por todas, tigresa.

Ignoré su comentario y caminé, intentando parecer segura, en su dirección. Con cada paso que daba sobre el césped, mis tacones se hundían un poco y mi corazón latía con fuerza, retumbando en mis oídos.

Cuando me planté justo delante de él, Nevan se calló a mitad de una frase. Las palabras le murieron en la boca. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, fijándose en mí, y por el leve parpadeo de sus pestañas supe que tampoco estaba preparado para encontrarme allí.

Me obligué a respirar hondo para que no se me cortara la voz, y fui directa al grano.

—¿Podemos hablar?

Parpadeó una vez más, sus ojos fijos en mi rostro, como si su cerebro necesitara procesar  que la niña del campamento estaba subida a unos tacones frente a él. Acto seguido, se pasó una mano por la nuca, revolviéndose el pelo rubio y despeinándolo todavía más de lo que ya estaba.

—Eh… sí, claro —respondió.

Su voz sonó grave, arrastrada y parecía relajada, pero la rigidez de su mandíbula me decía que no estaba tan tranquilo como quería aparentar.

Nos alejamos unos pasos del grupo sin decir nada, internándonos en una zona más apartada del jardín. Allí, el retumbar de la música llegaba amortiguado y las bombillas colgadas de los árboles proyectaban sombras suaves y alargadas sobre nosotros.

Durante un largo momento, el silencio se instaló entre los dos. Y eso era muy raro, porque el Nevan que guardaba en mis recuerdos no se quedaba callado ni aunque lo mataran; era incapaz de pasar más de diez segundos sin soltar una tontería.

Aproveché la penumbra para mirarlo con más atención.

Estaba más alto, sin duda alguna. Mucho más.

Tenía los hombros más anchos, la mandíbula firme y marcada por una barba de pocos días, y varios tatuajes de tinta negra le ascendían por los brazos, perdiéndose bajo las mangas de la camiseta.

Detalles que, como era normal, no estaban en el campamento.

Pero entonces, una sonrisa torcida, algo pícara, asomó en la comisura de su boca. Una sonrisa idéntica a la de hace doce años.

Volví a tomar aire, armándome de valor. «Venga, rápido y sin rodeos».

—¿Te conozco de algo?