Caminos Opuestos
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Prólogo
Nevan
Pasado
El pasillo era gigante, gris y súper aburrido.
Estaba harto de esperar a que los mayores terminaran de hablar de sus cosas serias, porque siempre tardaban mil horas.
Para no cansarme, iba caminando despacio y arrastrando los pies por el suelo.
Tenía mi libreta de dibujos bien agarrada contra el pecho y mi lápiz un poco mordido en la mano.
Cuando no sabía qué hacer, me ponía a dibujar monigotes.
De repente, oí un sonido. No era un ruido de la calle ni de los mayores. Era música. Sonaba como de juguete, muy bonita, y parecía que venía del fondo del pasillo.
Caminé despacio, sin hacer ruido con los zapatos, para ver qué era. Llegué hasta una puerta de madera que estaba un poco abierta, dejando un hueco pequeño. Me arrimé a la pared y me asomé por la puerta.
Allí dentro había una niña. Era un poco más pequeña que yo y tenía el pelo muy rubio y brillante. Llevaba un vestido rosa que parecía una nube y que tenía un montón de lazos de tela por todos lados: en los hombros, en la tripa y hasta arriba, en la cabeza.
Estaba intentando bailar; daba vueltas y vueltas, levantando los brazos como si fuera un pájaro, pero tropezaba y tenía que dar un paso rápido de lado para no acabar en el suelo. Pero no lloraba; se colocaba el vestido y volvía a empezar.
Me quedé mirándola atontado, con la boca un poco abierta. Era súper guapa. De repente, me entraron unos nervios muy raros en las manos y se me pusieron un poco sudadas. El corazón me empezó a hacer pum-pum muy rápido.
Entonces, la niña dio una vuelta muy grande y me vio por el agujero de la puerta. ¡Me había pillado!
Quise salir corriendo, pero mis piernas no se movieron. Ella caminó hacia mí dando saltitos, abrió la puerta del todo y se me quedó mirando con la cabeza de lado. Tenía los ojos verdes, unos ojos muy, muy bonitos.
—¿Qué haces ahí escondido? — preguntó.
Su voz era muy aguda y cantarina, como si fuera un dibujo animado. Cuando me habló, sentí una cosa muy extraña, como si me estuvieran haciendo cosquillas por dentro de la tripa.
Me puse muy colorado y me rasqué la cabeza con el lápiz porque me dio mucha vergüenza. Miré al suelo, luego a su vestido y apunté con el dedo a uno de los adornos de su hombro.
—Me... me gustan tus lazos —susurré.
La niña abrió mucho los ojos, se puso muy contenta y se agarró la falda rosa para dar otra vuelta y presumir.
—¡A mí también! —dijo dando un saltito—. Mi mamá dice que parezco una princesa. ¿Tú cómo te llamas?
—Nevan —respondí, dando un paso dentro de la sala porque ya no tenía tanto miedo.
—Yo soy Aria —contestó, y me enseñó su mano que era muy pequeña—. ¿Quieres ver cómo sé girar tres veces seguidas sin marearme?
Asentí con la cabeza y me senté en el suelo con mi libreta para verla bailar, pensando que el pasillo gris de fuera ya no importaba nada.
Aria se puso en medio de la sala, estiró los brazos hacia los lados y empezó a girar sobre sus pies. Uno, dos y tres. Se quedó quieta de golpe y, como por arte de magia, no se cayó ni un poquito. Me miró con una sonrisa gigante y me hizo un gesto con la mano para que me levantara del suelo.
—¡Ahora te toca a ti! —gritó, dando unos saltitos que hicieron que todos sus lazos se movieran—. Venga, Nevan, ¡es súper fácil!
A mí me dio muchísima vergüenza, pero no quería que pensara que era un cobarde.
Dejé mi libreta y el lápiz con cuidado en el suelo, me levanté y me puse a su lado.
Abrí los brazos como si fuera un avión y empecé a dar vueltas.
En la primera vuelta todo iba bien, pero en la segunda, el suelo y las paredes se volvieron locos.
Todo empezó a dar vueltas rapidísimo, como una peonza.
Y cuando quise dar la tercera vuelta, mis piernas se enredaron solas y caí de culo contra la madera. ¡Pum!
Aria se tapó la boca con sus manos pequeñas y soltó una carcajada, que sonó como una musiquita alegre.
Yo me quedé sentado en el suelo, un poco mareado y viendo todo doble, pero verla tan feliz me hizo mucha gracia y me puse a reír con ella.
Nos reímos tanto y tan fuerte que al final me terminó doliendo la barriga.
Cuando nos calmamos, Aria se sentó en el suelo justo a mi lado, estirando su vestido rosa para no mancharlo.
—Eres un poco torpe, Nevan —bromeó, mirándome con sus ojos verdes enormes —. Yo es que practico mucho todos los días en mi casa. Tengo siete años, así que ya soy muy mayor.
Inflé el pecho de aire, sintiéndome el chico más importante del mundo, y me sacudí el polvo de los pantalones.
—Pues yo tengo ocho —dije, sonriendo con mucho orgullo—. Así que soy más mayor que tú y gano.
Ella arrugó la nariz de una forma muy divertida y se rio. Nos quedamos allí sentados durante un buen rato, hablando de nuestros dibujos animados favoritos, de los helados de fresa y de las cosas del campamento, olvidándonos por completo de que los monitores nos estaban buscando.
Ese día, aunque todavía era un niño de ocho años que solo pensaba en jugar, fue el primero de muchos veranos que pasé corriendo de un lado a otro con esa pequeña niña de ojos verdes y pelo rubio.
Nos volvimos inseparables. Cada vez que salía el sol de junio, ya estaba buscando sus lazos rosas por todas partes.
No sabía cómo explicarlo, pero muy dentro de mi corazón de niño, sabía a ciencia cierta, que Aria iba a ser alguien muy importante en mi vida.
Fuimos muy felices compartiendo juegos, travesuras y secretos, ajenos al dolor del mundo exterior, hasta que la realidad nos golpeó de repente.
Llegó un verano gris y triste, justo el año en el que cumplí los doce años.
Ese fue, sin que ninguno de los dos pudiera hacer nada para evitarlo, el último verano que la vi, dejando mi libreta llena de garabatos y mi vida por completo a oscuras antes de que el destino decidiera volver a cruzar nuestros caminos.