Camino de Santiago - Relatos Eróticos (Aventuras en Locales Swinger) El madrileño y la francesa
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El madrileño y la francesa

Hugo, un joven madrileño, se había quedado sin planes para las vacaciones.

Semanas atrás, su novia le había sido infiel con su mejor amigo.

Así que, como cualquier otro joven de su edad, decidió hacer el Camino de Santiago solo.

El uno de julio, partió en autobús con destino a Astún.

Quería empezar el camino desde allí; sabía que sería una aventura sacrificada, pero no esperaba ninguna incidencia.

La primera etapa, de treinta y seis kilómetros, le llevaría a Castiello de Jaca. Sabía que sería difícil por ser la primera etapa y porque el cuerpo aún no está acostumbrado a caminar. Los preciosos parajes le ofrecían unas vistas que quedarían grabadas para siempre en su retina.

Tras visitar Jaca y pasar la noche allí, decidió contratar a una empresa para que le llevara las mochilas hasta la siguiente etapa, por lo que el trayecto resultaría menos duro.

La segunda etapa le adentró ya en el territorio de Navarra. Tras recorrer cincuenta kilómetros, llegó al alto de Loiti, donde se detuvo.

Como los albergues estaban completos, montó una tienda de campaña. La noche refrescaba, pero tenía un buen saco de dormir y la tienda también era buena. Esa noche descansó bastante bien; la caminata le había dejado muy cansado.

Al día siguiente, tras recorrer unos veintiséis kilómetros, llegó a Erro. En este bonito pueblo se detuvo a descansar, comer y dormir; en el Camino hay que madrugar mucho y acostarse pronto.

A la mañana siguiente, cuando llevaba apenas dos horas caminando, se detuvo en un bar que había en el camino con la intención de desayunar. Allí vio a una mujer muy atractiva.

La miró con atención, sin que se diera cuenta, tratando de determinar su edad. Era más joven que él y, la verdad, era una mujer bella, con un aire elegante que no parecía corresponderse con el de una peregrina a pie camino de Santiago.

—Buen Camino.

—Buen Camino. ¿Te importa que camine contigo? No me gusta andar sola.

—Por mí perfecto, no tengo problemas. ¿Puedo sentarme?

—Faltaría más, siéntate.

Los dos mantuvieron una gran conversación mientras tomaban café. Julie era una joven francesa de 24 años. Había empezado en Roncesvalles y llevaba tres días caminando.

Caminaron juntos hasta el siguiente pueblo. Esa noche, ella se fue a su albergue y él pasó la noche en su tienda de campaña.

A partir de ese momento, los dos protagonistas decidieron escribir sus anécdotas en un diario.

Etapa 1

Julie:

«Esa noche dormí nerviosa en el albergue, esperando que llegara el alba y poder caminar junto a ese hombre que, poco a poco, me iba encandilando.

Salimos hacia Villava. Este pueblo está muy cerca de Pamplona, así que decidimos alojarnos en un hotel allí.

La verdad es que necesitaba un buen baño y dormir en una cama decente.

Además, necesitaba un buen revolcón, pero sabía que debía ser cauta.

Él también parecía querer, así que tendríamos nuestras oportunidades».

Etapa 2

Hugo:

«Pedimos una habitación en un hotel céntrico y cada uno se acomodó en una cama. Después de ducharnos, salimos a dar una vuelta por el centro. Subimos por Estafeta hasta la plaza de toros y regresamos a la plaza Mayor. Nos sentamos en una terraza a tomar un vinito de la tierra.

Hablamos de nuestras cosas, aficiones y preocupaciones; cómo no, también del trabajo, aunque no muy profundamente, y de temas personales. El tiempo pasó volando y ya eran las nueve, así que decidimos ir a cenar. La verdad es que no tuvimos muchos problemas, pues cerca había de todo.

Cenamos en un restaurante, tomamos un café y luego nos fuimos al hotel.

Habíamos pensado pasar el día siguiente en Pamplona, así que no teníamos prisa. Después del baño y la cena, dormimos como angelitos hasta las nueve de la mañana.

Etapa 3

Hugo:

«Cuando nos despertamos, bajamos a desayunar. Julie estaba radiante: llevaba una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación y unos leggins que marcaban un culo perfecto y redondo. Al llegar a la mesa, me levanté y esperé a que se sentara.

—Realmente estás espectacular, me has levantado el ánimo.

—Eres muy bobo —sonrió tímidamente.

Ese día desayunamos con tranquilidad y, ya más envalentonado, le dije que me había puesto muy cachondo al verla con esos leggins, que le marcaban un culo perfecto.

Julie se rió y me dijo que trabajaba su cuerpo con yoga y una buena alimentación. Me dijo que yo tampoco estaba mal, pero sabía que era mentira; aun así, me gustó.

Recorrimos todo el centro de Pamplona y comimos cerca de la Plaza Mayor.

Pasamos la tarde en un par de terrazas tomando un café y unas cervezas.

Julie tenía una conversación amena y disfrutamos mucho hablando de todo un poco.

Se nos echó la noche rápidamente y, tras cenar algo ligero, fuimos al hotel, nos duchamos y, con ropa ligera, nos tumbamos a dormir; al día siguiente había que madrugar.

Julie:

«Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Notaba cómo me miraba, cómo me devoraba con la mirada y cómo se le ponía dura.

La verdad es que ese hombre, a pesar de que esa noche no se me insinuó, me tenía bien caliente.

Al levantarme al día siguiente, le vi comiéndose mi culo y cómo se le ponía dura en el pantalón.

Ese azote al salir del ascensor me hizo mojarme entera.

Desayunamos tranquilamente y pasamos un día precioso recorriendo Pamplona.

Comimos fenomenal, tuvimos conversaciones eternas y hubo acercamientos leves que me fueron calentando cada vez más.

El día pasó rápido y, tras cenar, volvimos al hotel para dormir; al día siguiente había que madrugar, así que aproveché para ducharme, a ver si así se me pasaba la calentura.

Hugo:

«Cuando Julie salió de la ducha, la camiseta básica que llevaba marcaba sus pezones. La miré y le sonreí. Ella me miró y se sonrojó al ver la tienda de campaña que se había formado en mi pantalón deportivo.

—Parece que te gusta lo que ves.

—Me encanta, ya puedes verlo.

—¿Me tratarías con cariño?

—Te daría mucho cariño y calorcito.

Nos mirábamos y juntamos nuestras bocas. Fue un beso largo y húmedo, en el que aproveché para bajar mis manos hasta su terso culo y apretarlo con fuerza mientras la unía a mí. Mi polla estaba en todo su esplendor, como hacía tiempo que no la veía.

Lentamente, fuimos cayendo sobre la cama sin separar nuestras bocas.

Metí las manos bajo su camiseta, la fui subiendo hasta dejar su cuerpo desnudo.

Sabía que su punto débil eran los hombros, así que le di la vuelta, los besé y apreté sus pezones.

Mi polla, entre sus nalgas, se apretaba cada vez más y mis manos apretaban sus pezones mientras mordisqueaba sus hombros.

Le bajé las braguitas hasta medio muslo, le subí un poco las piernas, me bajé el pantalón de deporte y mi erecta polla entró suavemente en ella.

Entré muy despacio, saboreando cada centímetro, disfrutando de su húmedo coño, que me acogía con ganas y estaba lleno de líquido para facilitar la penetración.

Entraba y salía de ella mientras besaba y mordisqueaba sus hombros y apretaba con fuerza su tripa.

Era mía, solo mía, en ese momento. Tras varios minutos en los que no dejó de gemir, la di la vuelta, puse una almohada bajo su cuerpo, me metí en ella en posición misionero y me fui metiendo muy despacio mientras la miraba con deseo.

Poco a poco me fui irguiendo, sujeté sus piernas, las levanté y le di fuerte, muy fuerte, mientras su cara de puta me demostraba cuán satisfecha estaba.

Ahora sí que era solo mía y se entregaba por completo a mí.

—Más fuerte, más fuerte... Sí, rómpeme, destrózame, sí, más, más. Gritaba mientras sus ojos perdían el color.

Tras terminar dentro de ella, besé su cuello y sus hombros y, sujetando sus pechos, me dormí a su lado.

Julie:

Al salir de la ducha, me encontré a Hugo con los ojos como platos.

Llevaba puesta una camiseta blanca básica y, al mirarme en el espejo, pude ver cómo se marcaban mis areolas marrones y cómo mis pezones elevaban la tela.

El pantalón de Hugo también mantenía una cierta elevación: ¡estaba empalmado!

Eso me excitó; aún podía excitar a un hombre.

Pude observar cómo se levantaba de la cama y cómo se acercaba a mí.

Me rodeó la cintura con un brazo y me atrajo hacia él.

Me besó en la boca mientras notaba su polla dura pegada a mi vientre.

Tenía la polla dura y grande, y me llenó las bragas de flujo.

Me recostó lentamente en la cama mientras mordisqueaba mis hombros y pellizcaba suavemente mis pezones.

Me puso las piernas en forma de cucharita, bajó un poco mis empapadas bragas y colocó su polla entre mis labios vaginales.

Entró en mí muy despacio, llenándome poco a poco.

Esa lentitud, que no aumentó en ningún momento, me tenía subyugada.

Se movía muy lentamente dentro de mí, llenándome de placer, un placer que recorría todo mi cuerpo, hasta que, de repente, aceleró y me llenó entera de él.

El placer me invadió y yo también me corrí con él, mientras unas calientes descargas llenaban mi sexo. Nos quedamos dormidos.

Etapa 4

Hugo:

«La alarma sonó a las cinco y cuarto. Teníamos justo el tiempo necesario para ducharnos, vestirnos y comenzar la nueva etapa que nos llevaría hasta Puente la Reina.

En la cafetería nos habían dejado una cafetera eléctrica con café y unos bollos para el desayuno. Tras unas duchas rápidas, bajamos a desayunar. En el ascensor, sujeté con fuerza el duro y redondo culo de Julie, la atraje hacia mí y la besé.

—Si no tuviéramos que partir ya, te habría tenido toda la mañana en horizontal.