El madrileño y la francesa #2
Julie rió y, cuando se abrieron las puertas, echó a correr.
Desayunamos en la cafetería y dejamos las tazas y los platos recogidos.
Sobre las seis y cuarto salimos de Pamplona.
Ese día, que empezaba a despuntar, se presentaba soleado: la mañana ya superaba los quince grados y no había ni una sola nube en el cielo; era un día perfecto para caminar hasta las doce, como mucho.
Tras un precioso paseo de unas cinco horas atravesando el valle de Valdizarbe, tampoco íbamos muy rápido, ya que estábamos empezando.
Llegamos a Puente la Reina, un bonito pueblo de cerca de tres mil habitantes.
Aquí el sol ya calentaba y seguro que habíamos superado los treinta grados.
Para conocer el pueblo, recorrimos sus calles en busca de un albergue.
En este pueblo confluyen los dos caminos que vienen desde Francia.
Por las fechas en las que estábamos, no quedaban plazas libres en ningún albergue, así que primero buscamos un sitio para comer algo, un buen plato del día que nos diera fuerzas para el día siguiente.
En el restaurante preguntamos dónde podíamos acampar y un hombre muy amable nos dijo que tenía una finca al lado del camino.
Nos comentó que, aunque estaba un poco alejada del pueblo, estaba muy bien; tenía un arroyo que pasaba por ella y nacía pocos kilómetros más arriba.
Le di las gracias y le pedí la ubicación.
Después de comer en Puente la Reina, nos dirigimos a la finca.
Estaba muy bien cuidada, con buena hierba y bastante llana, perfecta para plantar la tienda de campaña.
Mi tienda de campaña estaba bien, pero era para una persona, así que dos estaríamos un poco más justos.
Como la temperatura ya no era como en el Alto Pirineo, tampoco hacía falta abrigarse mucho.
Pedí a los porteadores la mochila con la tienda, el saco de dormir y unas esterillas tipo colchoneta.
Monté la tienda y, una vez montada, coloqué las esterillas y abrí el saco de dormir, que al ser de libro nos serviría de manta.
Esa tarde estuvimos cerca de la tienda; habíamos comprado una botella de vino y nos tomamos unas copas sentados al borde del camino.
Cuando cayó el sol, nos metimos en la tienda; ya era tarde y el sol nos despertaría al día siguiente.
Al entrar en la tienda, le dije a Julie:
—Desnúdate y métete dentro del saco.
Ella me miró sorprendida, pero se desnudó.
—Sin ropa sudarás menos y guardarás mejor el calor.
La verdad es que el poco espacio de la tienda nos mantenía bien pegados y mi propio calor hacía de estufa.
Julie se dio la vuelta, pegando su culo a mi polla, buscando el pleno contacto.
Yo, por mi parte, acariciaba con dulzura sus pechos.
Me encantaba notar la redondez de sus pechos y la dureza de sus pezones, y me gustaba acariciarlos y notar cómo se ponían cada vez más duros.
Besaba su cuello mientras los acariciaba, y ella movía el culo buscando el roce de mi polla.
Mis manos subían y bajaban por su cuerpo, redondeando sus pechos.
Mi mano izquierda se detuvo entre sus piernas y noté su humedad, al mismo tiempo que notaba cómo mi polla crecía entre sus nalgas.
De su boca partió un gemido cuando mis dedos rozaron sus labios, ya húmedos por su flujo.
La humedad que había entre ellos me facilitaba las caricias que le propinaba lentamente sobre ese canal que se abría cada vez más a mí.
Julie llevó su mano hasta mi miembro mientras gemía con más intensidad. Subí la mano hasta su pezón, lo apreté y Julie meneó el cuerpo quejándose. Lo solté y lo acaricié dulcemente, notando cómo gemía y cómo apretaba su culito contra mi polla. Subí los dedos hasta su boca.
—Chúpalos y llénalos de saliva.
Julie se los chupó despacio y con gula, y los llenó de saliva.
Bajé la mano hasta su sexo y, junto con su flujo, conseguí el mejor de los lubricantes para dedicarme ahora en exclusiva a su clítoris.
Lo acaricié sin pausa mientras notaba cómo mi mano se mojaba cada vez más, cómo Julie respiraba cada vez más rápido y cómo ya había conseguido llevar mi polla hasta la entrada de su coño.
Mi polla, en la entrada de esa cueva caliente y húmeda, notó cómo era regada por los flujos que ahora brotaban entre las piernas de esa mujer divina.
—No pares, cabrón, no pares, sigue, sigue, me estás matando, joder, qué rico.
Julie se volvió y besó mi boca en un beso lascivo y sucio que pedía guerra.
—Fóllame, cabrón, fóllame, ponte encima de mí.
Retiré el saco, me puse sobre ella, le abrí las piernas y pasé mi polla por el mismo canal por donde antes habían pasado mis dedos. Poco a poco había más humedad y mi polla se deslizaba mejor.
—Joder, cabrón, métela ya, métemela.
La miré con una sonrisa en la cara: era mía y ahora iba a disfrutar como nunca.
Apreté su vientre hacia abajo con una mano y con la otra sujeté mi polla con fuerza, pasándola entre sus labios a toda velocidad y recreándome más en su clítoris.
En pocos segundos, Julie era una fuente que bañaba ambos cuerpos y gritaba que quería más, que la quería dentro.
Mirándola fijamente a los ojos, dejé mi glande en la entrada de su vagina y la penetré muy lentamente.
La humedad de su sexo me permitió penetrarla hasta el fondo sin parar.
Entré en ella despacio y volví a salir despacio; así estuve unos minutos.
Mientras sujetaba sus muñecas por encima de su cabeza, levanté mi culo y la penetré de un golpe.
Una, dos, tres... veinte. Julie gritaba de placer y trataba de liberarse de mis manos, pero no lo conseguía.
Me había dicho que solo tenía un orgasmo, pero yo no paré.
Seguí meneándome dentro de ella mientras ella no paraba de gritar.
—Para, por favor, para, no puedo más, para.
Pero no le hice caso y seguí hasta que empezó a respirar más fuerte y a mover su pelvis contra la mía: estaba a punto de tener otro orgasmo.
—No pares, cabrón, no pares, no pares, no pares...
Solté sus muñecas y la besé en la boca. Julie temblaba bajo mi peso. La apreté contra mí, besando su cuello y sus hombros, y me quedé dormido.
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