El primer sello #3
La palabra resonó en mi oído como un latigazo. Mis rodillas flaquearon. Apreté los puños y seguí caminando por el sendero ascendente, con los pulmones ardiendo y el coño tan mojado que podía sentir la humedad deslizándose entre los pliegues.
—Te embestiría con fuerza —continuó Daniel, su voz ahora un ronroneo oscuro que vibraba contra mi nuca—. Sin pausa. Sin ternura. Te clavaría mi polla tan hondo que sentirías que te parto en dos.
Un gemido se formó en mi garganta y lo tragué.
Klara se detuvo un momento más adelante para beber agua de su botella y yo aproveché para detenerme también, jadeando, con la mochila aplastándome contra la pendiente.
Daniel no se apartó. Su erección seguía allí, dura como una piedra, presionando contra mí, y sus manos permanecían en mis caderas, los dedos marcando posesión sobre la tela.
—¿No dices nada? —preguntó, y pude escuchar la sonrisa en su voz, esa arrogancia que me irritaba y me excitaba por igual. Anoche me pediste que no te mirara tanto. —Pero no me pediste que no te tocara.
—Cállate —logré decir con la voz rota y el aliento entrecortado.
Él soltó una risa suave, un sonido que me recorrió la columna como una descarga eléctrica.
—No quieres que me calle —susurró—. Quieres que te folle. Quieres que te agarre del pelo, que te empuje contra ese árbol y que te haga gritar hasta que los peregrinos de todo el valle te oigan.
Cerré los ojos. Las imágenes me asaltaban: sus manos en mis caderas, sus dedos dejando marcas moradas en mi piel, su polla entrando de una sola embestida, llenándome, estirándome, poseyéndome.
El coño me latía con cada latido del corazón, tan sensible que el roce de las bragas contra el clítoris me hacía estremecer.
—Mírame —dijo Daniel, y una de sus manos subió desde mi cadera hasta mi barbilla, girando mi rostro hacia él.
Sus ojos verde oscuro me atravesaron, casi negros bajo la luz filtrada de la niebla. La cicatriz de su labio superior se curvó en una sonrisa depredadora. Sus labios estaban tan cerca de los míos que podía saborear su aliento: café y algo dulce, un olor que me hizo abrir la boca instintivamente.
—Estás temblando —murmuró, y su pulgar trazó la línea de mi mandíbula—. No es por el frío.
Klara reanudó la marcha. Me separé de Daniel con un movimiento brusco, el corazón desbocado y las piernas temblorosas, y seguí caminando.
Pero él no se apartó. Se quedó justo detrás de mí, con su erección presionando contra mi trasero con cada paso y sus manos volviendo a mis caderas, como si tuviera derecho a estar allí.
—Te pondría a cuatro patas —susurró cuando el sendero se estrechó aún más, obligándonos a caminar más cerca—. Contra el musgo, contra las hojas. Te levantaría el culo y te lo ofrecería, y tú lo harías, porque eres una buena chica que quiere ser una puta para mí.
Sus palabras me golpearon como puñetazos de placer.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.
El sendero serpenteaba entre robles centenarios, cuyas ramas estaban cubiertas de musgo y cintas deshilachadas que los peregrinos habían dejado como ofrendas.
El Roble de los Deseos, pensé, y la ironía me quemó por dentro.
Deseos. Allí estaba yo, empapada, deseando que se hicieran realidad cada una de las palabras sucias que salían de los labios de Daniel.
—Te agarraría las caderas —dijo, y sus manos apretaron con fuerza, deteniéndome en seco. Así. Y te empujaría hacia atrás, contra mi polla, y te haría sentir cada centímetro.
Me empujó medio paso hacia atrás y su erección se hundió entre mis nalgas con una presión deliberada y obscena. El gemido escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo, un sonido gutural que la niebla absorbió de inmediato. Daniel soltó una risa satisfecha.
—Eso es —murmuró—. Déjame oírte. Quiero saber cómo suenas cuando estás mojada y frustrada y no puedes hacer nada al respecto.
Reanudamos la marcha. La pendiente se hizo más pronunciada y cada paso requería más esfuerzo y concentración, pero no podía concentrarme en nada más que en su polla contra mi culo, sus manos en mis caderas y su voz en mi oído, describiéndome todo lo que me haría si tuviéramos tiempo, privacidad y yo se lo permitiera.
—Te follaría contra ese roble —dijo, señalando un árbol enorme a la derecha, con las ramas cargadas de cintas de colores. Te levantaría una pierna y te entraría despacio, muy despacio, sintiendo cómo tu coño me aprieta, cómo me exprime la polla porque me necesitas dentro.
Mis dedos se clavaron en las correas de la mochila.
El sudor me escurría por la espalda, mezclándose con el frío de la niebla.
Cada una de sus palabras era una caricia invisible entre mis piernas, un roce fantasma sobre mi clítoris hinchado, una promesa que me hacía apretar los muslos con desesperación.
—Y cuando estuvieras a punto de correrte —susurró Daniel, con los labios rozando el nacimiento de mi cabello, donde se había deshecho parcialmente la coleta—, te sacaría la polla y te dejaría vacía, rogándome; y entonces te volvería a entrar de golpe, hasta el fondo, y te haría correrte gritando mi nombre.
Un escalofrío me recorrió entera. El sendero se ensanchó ligeramente, permitiendo que otros peregrinos nos adelantaran.
Un hombre mayor nos saludó con la cabeza, ajeno a la tormenta que se desataba entre mis piernas, a la humedad que empapaba mis bragas, a la erección de Daniel que seguía presionando contra mí con una insistencia que me volvía loca.
—Dime que no lo quieres —retó él, su voz un susurro que solo yo podía oír—. Dime que quieres que me aleje y lo haré. Pero tienes que decirlo con la boca, no con ese coño que no para de gotear por mí.
Me mordí el labio con tanta fuerza que casi me hice sangre.
No podía hablar. No podía decirle que sí, que lo quería, que quería que me arrastrara entre los árboles y me follara hasta que olvidara mi nombre, mi pasado, mi ruptura...
todo. No podía admitirlo porque entonces perdería el control y el control era lo único que me mantenía en pie.
—No —dije finalmente, la palabra saliendo entrecortada, casi inaudible.
—¿No qué? —preguntó él, y sus manos bajaron desde mis caderas hasta el borde del pantalón, los pulgares deslizándose bajo la cinturilla y rozando la piel desnuda del bajo vientre.
—No te alejes, no pares.
El roce de sus dedos sobre mi piel me hizo jadear. Cerré los ojos durante un segundo y, en ese instante, lo vi todo: el árbol, el musgo, sus manos agarrando mis caderas, su polla entrando en mí con fuerza, embistiéndome sin piedad y haciéndome suya.
—Los dos —susurré, y odié lo rota que sonaba mi voz, lo desesperada que estaba. —Los dos.
Daniel soltó una risa baja y satisfecha y retiró las manos de mi cinturilla con una lentitud deliberada, dejándome un vacío que me hizo tambalearme.
Seguimos caminando, él detrás de mí, su erección acompañándome como una promesa incumplida.
Estaba empapada, furiosa; necesitaba algo que no podía tener, no allí, no entonces, con peregrinos alrededor, con kilómetros por delante y una vergüenza que me quemaba las mejillas.
La niebla se abrió un momento y vi el valle de Roncesvalles abajo: las casas de piedra con techos de pizarra y la silueta de la colegiata recortándose contra el cielo gris. Casi habíamos llegado. Y yo estaba tan mojada, tan vacía, tan jodidamente frustrada que podría haber llorado.
—Esta noche —susurró Daniel, como si leyera mis pensamientos—. En el albergue. Cuando todos duerman. Te voy a hacer todo lo que te he descrito y más.
Después, se apartó y su presencia se desvaneció como la niebla, dejándome sola con el eco de sus palabras y el latido desbocado entre mis piernas.