El primer sello #2
—¿De qué?
—De mí mismo, supongo.
Asentí, porque eso era algo que entendía mejor que nada. Durante un rato, ninguno dijo nada. Solo escuchábamos el rumor del viento entre los árboles y el lejano murmullo de las conversaciones que llegaban desde el interior del albergue.
—¿Y tú? —preguntó al fin.
—Lo mismo —admití—. —Pero también vengo a buscar.
—¿Qué?
—No lo sé aún.
Él rió y, esta vez, el sonido no me erizó la piel. Me la quemó.
—Eso es lo más honesto que he oído en semanas.
—¿Y qué has oído en semanas?
—Mentiras. Excusas. «Voy a cambiar mi vida», «voy a encontrarme a mí mismo», «voy a sanar». Como si el Camino fuera una pócima mágica.
—¿Y no lo es?
Él se encogió de hombros.
—Depende de lo roto que estés.
El silencio se alargó, espeso. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina tela de mi camiseta y oler el sudor limpio de su piel, mezclado con un toque de colonia barata y algo más: un olor a hombre. A piel. A sexo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó de repente.
—Elena.
—Yo soy Daniel.
—Daniel. Un nombre común, pero en su boca sonaba como algo prohibido.
—Bueno, Elena —dijo, levantándose—, mañana va a ser un día largo. Descansa.
Lo vi alejarse con esa caminata segura y casi arrogante que hacía que cada paso pareciera un desafío. Entonces, sin pensarlo, lo llamé.
—Daniel.
Se detuvo, pero no se giró.
—¿Sí?
—No me mires tanto mañana.
Esta vez sí se volvió y la sonrisa que me dedicó fue tan sucia, tan llena de promesas no dichas, que sentí cómo el calor se me acumulaba entre las piernas.
—No prometo nada —respondió. Y se fue.
Esa noche, en la litera, con el sonido de los ronquidos y los susurros de otros peregrinos que no podían dormir, me quedé mirando el techo preguntándome qué demonios estaba haciendo.
No se trataba solo del Camino. Era él. Era la forma en que me había mirado, como si pudiera ver a través de la armadura que llevaba puesta desde hacía meses.
Como si supiera exactamente qué botones tocar para desarmarme.
Y lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba.
Me llevé una mano al estómago, donde el hambre y algo más —algo más oscuro y urgente— me retorcían las entrañas.
Cerré los ojos e intenté dormir, pero solo podía ver su sonrisa.
Sus labios. Imaginaba sus manos grandes y callosas recorriendo mi cuerpo, desabrochando el pantalón, deslizándose entre mis muslos...
Joder.
Me giré en la litera, apretando las piernas una contra otra, como si eso pudiera aliviar la presión que crecía entre ellas.
No funcionó. El calor se extendía lento pero implacable desde el vientre hasta el pecho, haciendo que los pezones se me endurecieran contra la camiseta.
Respiré hondo, intentando calmarme, pero el olor a sudor y a cuero de las mochilas solo hacía que el deseo se volviera más intenso y sucio.
No. No ahora. No aquí.
Pero ya había deslizado la mano bajo el elástico de los pantalones cortos, con los dedos rozando el vello rizado y húmedo.
Me mordí el labio para no gemir cuando encontré el clítoris, hinchado y sensible, y empecé a mover los dedos en círculos lentos, imaginando que eran los suyos.
Imaginé que era su boca la que me lamía y su lengua la que trazaba figuras obscenas sobre mi piel.
Imaginé que era él quien me susurraba al oído todo lo que me haría si estuviéramos solos.
—Te abriría las piernas y te lamería hasta que suplicaras. Hasta que no pudieras recordar ni tu propio nombre.
El orgasmo llegó rápido, silencioso, sacudiéndome en olas que me dejaron sin aliento. Me quedé allí, temblando, con los dedos aún entre las piernas y el sabor de su nombre en la boca.
Daniel.
Y supe, en ese momento, que el Camino ya había empezado a cambiarme. Porque, por primera vez en meses, volví a desear. Volví a sentir. Y eso, más que cualquier kilómetro recorrido, era el verdadero comienzo.
A las cinco de la mañana sonó la alarma del móvil de alguien, un pitido estridente que cortó la niebla del sueño como un cuchillo.
Me incorporé en la litera con los músculos agarrotados y la boca seca; el eco del orgasmo de la noche anterior aún latía bajo mi piel como una corriente subterránea.
El albergue olía a desinfectante y a ropa húmeda.
Las sombras de los demás peregrinos se movían entre las camas, recogiendo calcetines, atando cordones y murmurando en idiomas que no entendía.
Me vestí de espaldas a la habitación, consciente de cada centímetro de mi cuerpo, de cómo la tela de las bragas se deslizaba sobre la piel todavía sensible.
Klara me esperaba en la puerta con dos tazas de café aguado.
La niebla de Saint-Jean-Pied-de-Port era tan espesa que apenas distinguía las casas al otro lado de la calle.
Me quemé la garganta con el café, me ajusté las correas de la mochila sobre los hombros y salimos hacia la montaña.
El primer tramo era una cuesta suave que serpenteaba entre casas de piedra con las persianas cerradas.
El aire frío me cortaba las mejillas. Mis botas crujían sobre el asfalto mojado.
A mi alrededor, otros peregrinos caminaban en silencio, cada uno sumido en su propia burbuja de cansancio y expectativa.
Lo vi en la primera parada, junto a un poste de madera que indicaba la dirección hacia Roncesvalles.
Daniel hablaba con un hombre mayor mientras ajustaba el bastón de madera oscura.
Llevaba la misma camiseta blanca ajustada que la noche anterior y los mismos pantalones de trekking que marcaban los muslos.
No me miró. O eso creí. Continué caminando, acelerando el paso para dejar atrás el pueblo y adentrarme en el sendero que ascendía entre prados verdes y bosques de hayas.
La niebla se espesaba conforme ganábamos altitud.
El sonido del río Urrobi llegaba amortiguado desde algún punto invisible del valle.
El sendero se estrechó y tuvimos que caminar en fila india.
Klara iba delante de mí; su mochila roja se balanceaba con cada zancada.
Yo mantenía el ritmo, contando los pasos, concentrado en la respiración y en el dolor sordo que empezaba a instalarse en los gemelos.
Entonces lo sentí. Una presencia detrás de mí.
No necesitaba girarme para saber quién era.
El aliento de Daniel rozó mi nuca. Cálido, deliberado, desafiando el frío de la mañana.
Me quedé quieta un instante, con el corazón disparado y los dedos apretando las correas de la mochila.
Él no dijo nada. Solo se quedó allí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a través de las capas de ropa.
El sendero obligaba a seguir adelante y, cuando reanudé la marcha, él caminó justo detrás de mí.
Cada paso que daba, cada oscilación de mis caderas bajo la mochila, eran observados, medidos y seguidos.
Lo noté en la primera pendiente fuerte. Noté su erección presionando contra mi trasero a través de las capas de tela.
Un roce firme e intencionado que duró lo suficiente para que mi cerebro registrara la forma dura de su pene contra el pliegue de mis nalgas.
Tragué saliva. Mis muslos se tensaron. Seguí caminando como si nada, como si no sintiera esa presión insidiosa deslizándose entre mis glúteos con cada paso que daba en la cuesta.
—Te costó dormir —susurró él, tan cerca que sus labios casi rozaron el lóbulo de mi oreja.
No respondí.
Klara iba tres metros por delante, ajena a todo, concentrada en el sendero. Otros peregrinos habían tomado un ritmo diferente, algunos más rápidos y otros más lentos, y ahora estábamos solos en ese tramo del bosque donde la niebla convertía los árboles en fantasmas grises.
—Yo tampoco dormí —continuó Daniel, cuya voz era como un roce de terciopelo y arena—. Estuve pensando en ti toda la noche. En cómo te tocaste.
El calor me subió por el cuello. Apreté los dientes. Seguí caminando, un paso, otro, con las botas hundidas en las hojas mojadas, su erección acompañándome como una sombra carnal.
—Imagino que te mojaste los dedos —dijo, y su voz descendió un registro, volviéndose más grave, más sucia. Imagino cómo sonabas. Húmeda. Blanda. Deseando que fuera mi mano en lugar de la tuya.
Me mordí el labio inferior con fuerza. El dolor me ayudó a mantener la compostura, a no girarme y gritarle que se callara, a no gemir de pura frustración.
Porque tenía razón. Me había mojado los dedos.
Había deseado que fuera su mano. Y ahora, con su polla dura presionando contra mí con cada paso, sentía cómo se me humedecían de nuevo las bragas y cómo me palpitaba el coño con una necesidad que me hacía apretar los muslos.
—Si estuviéramos solos —susurró, y esta vez su mano se posó en mi cadera, hundiendo los dedos en la carne a través de la tela del pantalón—, te llevaría hasta esos árboles.
Señaló con la mirada un grupo de hayas a la derecha del sendero, cuyos troncos plateados desaparecían en la niebla.
—Te empujaría contra uno de ellos —dijo, y su mano apretó más fuerte, arrastrándome medio paso hacia atrás contra él, contra su erección que ahora se hundía en la hendidura de mi culo—. Te bajaría los pantalones hasta las rodillas. Te haría separar las piernas.
El aire se volvió denso, imposible de respirar.
Seguí caminando por pura inercia, con los pies moviéndose mecánicamente mientras mi mente se llenaba de las imágenes que sus palabras creaban.
Él detrás de mí. Mis manos contra la rugosa corteza del árbol.
El frío del bosque en mis muslos desnudos y el calor de su cuerpo cubriéndome por detrás.
—Agarraría tus caderas así —dijo, y bajó las manos desde mi cintura hasta agarrarme las caderas con firmeza, con los pulgares presionando justo encima de las crestas ilíacas y abriéndome las nalgas contra su polla—, y te embestiría.