Camino de Santiago - Relatos Eróticos (Aventuras en Locales Swinger) El primer sello
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El primer sello

Al llegar, arrastrando los pies, el sol de la tarde se filtraba entre los edificios de piedra de Saint-Jean-Pied-de-Port.

Había hecho un viaje en tren más largo de lo necesario.

La mochila, aunque bien ajustada, me pesaba en los hombros como si llevara dentro todas las excusas que me había repetido durante los últimos meses: «No es el momento», «Estás demasiado frágil», «¿Y si no sirves para esto?

». Pero ahí estaba, plantada en medio de una plaza bulliciosa, con el olor a pan recién horneado mezclándose con el sudor de decenas de cuerpos que, como el mío, estaban a punto de emprender algo que ignoraban si podrían terminar.

Me ajusté la coleta —el cabello castaño oscuro y rebelde se me escapaba en mechones sudorosos pegados a la nuca— y respiré hondo.

El aire olía a hierba fresca y a algo más, algo indescriptible, como el primer sorbo de un vino que sabes que te va a embriagar.

A mi alrededor, grupos de peregrinos revisaban sus mochilas, se abrazaban entre risas o miraban al horizonte con esa mezcla de miedo y emoción que aparece cuando estás a punto de lanzarte al vacío.

Algunos llevaban bastones de trekking relucientes y nuevos; otros, como yo, llevábamos las botas ya gastadas por otros caminos, como si el cuerpo recordara lo que la mente aún no terminaba de aceptar.

—Bonsoir, ¿busca algo? —La voz me llegó desde un mostrador de madera oscura y pulida por siglos de manos nerviosas.

Una mujer mayor, con el pelo canoso recogido en un moño desordenado y unas gafas que le colgaban del cuello, me observaba con una sonrisa que parecía decir «otra más».

Delante de ella, un cartel anunciaba en varios idiomas: «Credencial del peregrino. Bienvenidos al Camino».

—Hola —respondí en español, porque se me atascaba el francés en la garganta—. —Sí, necesito la credencial.

Ella asintió y deslizó un folio entre mis dedos con un gesto practicado.

Mientras lo rellenaba —Elena Martínez, Valencia, España—, no pude evitar mirar alrededor.

El local era pequeño, pero las paredes estaban cubiertas de sellos, postales y mensajes garabateados en servilletas: «Buen camino, peregrino», «Aquí empezó todo», «Si yo pude, tú también».

Había algo obsceno en tanta esperanza acumulada, como si el simple hecho de firmar ese papel me obligara a creer en algo más grande que yo.

—¿Es la primera vez? —preguntó la mujer, estampando el primer sello con un clack seco. El tinte morado se extendió sobre el papel como una promesa.

—Primera y última, probablemente —mentí. No sabía por qué lo había dicho. Quizá porque admitir que llevaba meses obsesionada con este viaje, que había marcado la ruta en el calendario y que había soñado con el crujido de las hojas bajo mis botas me hacía sentir demasiado expuesta.

Ella rió, un sonido ronco y cálido.

—Todos dicen eso al principio. —Se inclinó sobre el mostrador, bajando la voz como si fuera a confiarme un secreto—. Pero el Camino no te suelta tan fácil.

No respondí. En lugar de eso, pagué los diez euros, guardé la credencial en la riñonera y salí a la calle, donde el sol ya empezaba a teñirse de naranja.

El albergue estaba a dos calles, según el mapa que me habían dado, pero me detuve un momento junto a la fuente central, donde un grupo de coreanos se estaba haciendo fotos con sus bastones.

El agua caía en un fino chorro, casi hipnótico.

Me mojé los dedos y me los pasé por las sienes, sintiendo cómo la frescura se mezclaba con el sudor.

Las pecas de mi nariz, que siempre se marcaban más con el sol, ya empezaban a oscurecerse.

Fue entonces cuando lo vi.

Estaba apoyado contra la pared de una panadería, con una mochila negra que parecía más pequeña que la mía —¿cómo coño lo hace?

— y un bastón de madera oscura que sostenía con una mano como si fuera una extensión de su brazo.

Llevaba una camiseta blanca pegada al torso que marcaba los músculos de los hombros y la espalda, y unos pantalones de trekking que dejaban poco a la imaginación.

Pero no era eso lo que me llamó la atención.

Era su postura: relajada, pero con una tensión contenida, como la de un animal que sabe que va a tener que correr pronto.

Y su mirada. Mientras los demás hablaban, reían o revisaban sus móviles, él observaba.

No algo en concreto, sino el conjunto: las calles, los peregrinos, el cielo que se oscurecía.

Como si estuviera memorizando cada detalle por si después lo necesitaba.

—¿Vas al albergue municipal? La voz de una chica alemana a mi lado me sacó del trance. Asentí con una sonrisa automática que utilizaba cuando no quería que nadie notara que me había distraído.

—Sí, creo que es el más económico.

—Entonces vamos juntas. Se llena rápido.

Sin esperar respuesta, echó a andar, arrastrándome con ella.

El albergue olía a desinfectante y a pies sudados, ese perfume universal de los lugares donde la gente duerme amontonada.

Las literas estaban alineadas como en un cuartel y el espacio se llenaba del ruido de cremalleras, risas y conversaciones en idiomas que no reconocía.

La alemana —se llamaba Klara— eligió una cama cerca de la ventana y yo tomé la de enfrente.

Colgué la mochila del gancho metálico con un suspiro.

Mientras sacaba el saco de dormir, noté que los dedos me temblaban un poco.

No era el cansancio. Era algo más profundo, como el primer escalofrío que sientes cuando te das cuenta de que estás realmente sola.

—Oye, ¿tienes algo para las ampollas? —preguntó una voz masculina desde la litera de abajo. Era un chico español, joven, con acné y una sonrisa torpe.

—En el botiquín comunitario hay —respondí, señalando un armario de madera con una cruz roja pintada.

—Pero, si es urgente, tengo tiritas en mi mochila.

Él asintió agradecido y se alejó. Mientras me cambiaba —pantalones cortos, camiseta limpia y calcetines que aún no olían mal—, volví a sentir esa sensación de ser observada.

No era paranoia. Cuando levanté la vista, él estaba allí.

El hombre de la panadería. Apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una botella de agua en la mano.

Nuestras miradas se cruzaron y esta vez no aparté la vista.

Tenía los ojos de un verde oscuro, casi negro, y unas pestañas tan largas que parecían postizas.

Y su boca... joder, su boca. Tenía los labios gruesos, la mandíbula marcada y una cicatriz apenas visible en el labio superior, como si en algún momento le hubieran partido la cara y no le hubieran dado bien los puntos.

—¿Necesitas algo? —pregunté. Mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

Él negó con la cabeza, pero no se movió.

—Solo pasaba.

—Pues sigue pasando —repliqué, y esta vez sí aparté la mirada, aunque no sin antes ver cómo se dibujaba en su rostro una sonrisa lenta y perezosa.

—¿Te molesta?

Debería haber dicho que sí. Debería haberle soltado un «sí, me molesta que me mires como si fuera un puto espectáculo», pero en lugar de eso me encogí de hombros.

—Depende de lo que estés buscando.

Él rió, un sonido bajo y ronco que me recorrió la espalda como un dedo invisible.

—No busco nada. Solo observo.

—Bueno, pues observa desde más lejos.

Pero no se fue. Y yo, en lugar de insistir, me quedé allí, con el corazón golpeando contra las costillas como si quisiera salir, mientras terminaba de doblar la ropa limpia con unas manos que, de repente, me resultaron ajenas.

La cena en el albergue fue divertida: largas mesas de madera, pan, sopa de verduras, vino tinto que sabía a cartón, pero que todos bebíamos como si fuera el mejor Rioja.

Klara charlaba animadamente con un grupo de italianos, y yo escuchaba a medias, más pendiente de los movimientos a mi alrededor que de la conversación.

Él estaba en la mesa de enfrente, rodeado de un grupo de franceses que reían a carcajadas por algo que había dicho.

No parecía prestarme atención, pero cada vez que levantaba la vista, sus ojos verdes oscuros se posaban en mí durante un segundo demasiado largo.

—¿No comes? —Klara me empujó el plato de sopa, que seguía intacto.

—Tengo el estómago cerrado —mentí. En realidad, el hambre me carcomía las entrañas, pero noté algo en el ambiente, algo eléctrico, que me impedía tragar.

—¿Nervios?

—Algo así.

Ella asintió, como si lo entendiera.

—Mañana será peor. El ascenso a Roncesvalles no perdona.

Lo sabía. Lo había leído en foros y visto en documentales: ocho horas de subida constante, más de mil metros de desnivel, un camino que separaba a los que iban de paseo de los que buscaban algo más. Pero asentí de todos modos, como si admitir el miedo pudiera conjurarlo.

—Ya veremos.

Después de la cena, mientras los demás se duchaban o revisaban sus mochilas, me escapé al pequeño jardín trasero del albergue.

El cielo estaba despejado y lleno de estrellas que nunca veía en la ciudad, y el aire olía a tierra mojada y a hierba recién cortada.

Me senté en un banco de piedra, con las piernas estiradas y los brazos apoyados en el respaldo, y cerré los ojos.

Por primera vez en meses, el silencio no me oprimía.

Era... diferente. Era como si el mundo hubiera dejado de girar solo para mí.

—¿Este sitio está ocupado?

Abrí los ojos de golpe. Él estaba allí, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que empezaba a odiar porque me hacía sentir cosas que no quería sentir.

—No es un banco muy grande —dije, señalando el espacio a mi lado.

Aun así, se sentó, dejando entre los dos un hueco lo suficientemente pequeño como para que nuestros hombros casi se rozaran.

—Llevo todo el día preguntándome qué haces aquí.

—¿Aquí? ¿En este banco?

—No, aquí no. —Aquí. —Hizo un gesto vago con la mano, abarcando el albergue, el pueblo, el Camino. —En medio de la puta nada.

—¿Y tú? —repliqué—, ¿qué haces tú aquí?

—Huir.

La palabra cayó entre nosotros como una piedra en un estanque.