Un pastor en el Camino de Santiago #3
La chica se dio la vuelta, se sentó sobre ella, la rodeó con sus labios y se movió mientras rozaba mi clítoris con las venas, que ahora estaban casi llenas.
Al menos consiguió que no se me bajara. Con sus movimientos y el balanceo de sus tetas sobre mi cara, conseguí que se me pusiera semidura; el glande estaba rojo de excitación, aunque el tronco no estaba al 100%.
La chica no paraba y se deslizaba sobre mí; notaba cómo mi polla se iba mojando cada vez más con los jugos que salían de su vagina.
Cuando se tumbó totalmente sobre mi pecho, sus tetas se aplastaron contra mí, mis pelos se enredaron en sus pezones, me besó y buscó mi lengua, arqueó un poco su cintura, cogió mi glande y se lo puso a la entrada de su vagina.
Mientras me besaba, se hizo hacia atrás y mi tronco, tumbado, fue entrando en su coño.
Lo sostuvo por si se me doblaba, pero la combinación de sus mordiscos en mis labios, sus pezones en mis tetillas y mi glande entrando como un tren en un túnel mantuvieron derecha la polla hasta que entró toda.
Se incorporó y me miró con cara triunfal.
—Ya está dentro. Bienvenido. Me encanta recibirte. Por cierto, me llamo Marta.
—Mucho gusto, yo soy Antonio y estoy muy feliz de estar dentro de ti.
A partir de entonces todo fue mucho más rápido: tras las presentaciones, Marta se fue deslizando sobre mí hasta que consideró que tenía una erección aceptable. Entonces se fue irguiendo hasta ponerse vertical; sus tetas saltaban con ella y mi polla alcanzó su máxima dureza. Ella se corrió.
Yo no me acordaba de lo que era un orgasmo; desde que Jenara se corría, no había visto ninguno, al menos real; alguna vez, alguno fingido de alguna chica del puticlub del pueblo de al lado, pero nada comparado con el que estaba gozando Marta: literalmente, se estaba derritiendo sobre mí, me marcaba las uñas en el pecho y saltaba sin consideración por mi edad.
Yo pude mantenerme duro hasta que se calmó.
Ella no quiso arriesgarse y, en cuanto se relajó, se levantó, se metió mi pene en la boca y, con la mano, me masturbó a toda velocidad hasta que notó que la leche corría por ella.
Yo hubiera preferido correrme en su coño o sobre sus tetas, pero eso ya lo había hecho con Jenara. Lo de tragarse mi semen era una novedad para mí y lo agradecí.
Al calor de la hoguera, Marta se abrazó a mí. En la otra parte de la hoguera, nuestro perro nos miraba de vez en cuando y seguía durmiendo. En la habitación de al lado, el marido de Marta seguía durmiendo en la misma postura en la que lo habíamos dejado.
Para mí era como estar en el cielo: la visión de la chica plácidamente dormida, el rumor del agua que seguía cayendo, el olor a leña quemada, el sabor de la piel de Marta y el tacto de sus tetas eran lo que más me acercaba a la gloria.
Al rato, tuvimos que taparnos porque el fuego había bajado y la humedad nos ponía la carne de gallina; fuera seguía lloviendo intensamente.
Marta se había quedado dormida nada más correrse y tragarse mi semen. La abracé para darle calor y ella lo agradeció pegándose a mí.
Me desperté temprano; mi perro fue el encargado de devolverme a la realidad. Salí de debajo de la manta, dejando a Marta sola. Me vestí y comprobé cómo estaba el marido de la chica: estaba un poco destapado, así que lo abrigué. Luego salí a ver al ganado.
Ya había dejado de llover. Las ovejas estaban nerviosas, así que les abrí la puerta y salieron en manada. Mi perro pronto puso orden y bajamos la cuesta; la niebla todavía bajaba y hacía una luz triste.
El macho del rebaño llevaba un cencerro y guiaba al resto. Dejé que las ovejas comieran hierba fresca; mi perro se encargaba de que ninguna se extraviara, y lo hacía bien.
Me senté bajo un árbol. La niebla se había levantado y lucía un sol radiante; la tormenta había desaparecido.
A lo lejos, oí que me llamaban: era Marta. El cencerro del cordero la había orientado hasta mí. Cuando llegó a mi altura, me abrazó.
—Buenos días, Antonio. ¿Cómo estás?
—Buenos días, Marta. Casi mejor que tú. Ha sido una noche muy bonita. Gracias.
—Nada de eso, la agradecida soy yo. Me has follado como lo haría un hombre de verdad y has hecho que me corra como hacía mucho.
—No seas modesta, has sido tú quien me ha follado a mí y, sin ti, no se me habría puesto dura. Nunca olvidaré esta noche.
—¿Y qué vas a hacer con tu vida? ¿Seguir igual que siempre?
—No tengo más remedio, me queda Blanca.
—Ah, eso está mejor. Vive en el pueblo, ¿verdad?
—No, siempre está conmigo y es muy complaciente.
—Me alegro mucho, me encantaría conocerla.
—¿De verdad? Te la puedo presentar.
—¿No has dicho que está en el pueblo?
—No, te he dicho que está conmigo. ¿Ves aquella oveja negra de allí? Solo hay una.
—Si la veo entre las otras blancas, ¿es Blanca? —Sí, es negra.
—Pero es única, ya verás... —¡Blanca!
La oveja levantó la cabeza, vino trotando hasta donde estábamos y se le oía balar desde lejos. Cuando estuvo a mi lado, Blanca me acarició la pierna, me olió la bragueta, se dio la vuelta, se puso de culo y levantó la cola.
Marta no podía creer lo que veía. Yo seguí la rutina: me saqué la polla, me la meneé hasta ponerla semidura y me acerqué a la oveja. Ella se puso preparada para recibirme.
La reacción de Marta me encantó: me cogió la polla antes de que se la metiera a la oveja y le dijo a Blanca: —Lo siento, Blanca, pero ahora Antonio es mío y su polla también, ¿entiendes?
La oveja baló; seguro que lo había entendido.
Marta no me dejó guardar la polla, se quitó el pantalón del chándal (todavía no llevaba bragas) y se puso al lado de Blanca.
No había discusión posible: se la metí en el coño a Marta.
A mitad de su vagina ya la tenía completamente dura; su coño era un túnel de placer: cuanto más entraba, más se ponía de piedra.
Cuando le empujé el útero, ya estaba como un garrote.
Por debajo de la chaqueta del chándal le agarré las tetas; estaban duras y, colgando, parecían el doble de su tamaño.
La chica se apoyó en el tronco del árbol para no caerse hacia delante.
Se corrió apretándome la polla con su vagina.
Seguí hundido en ella hasta sentir que iba a eyacular.
Le solté las tetas para salirme, pero ella me sujetó las manos y volvió a colocarlas donde estaban.
No me dejó salirme y me corrí dentro de ella.
A nuestro lado, Blanca lloraba otra vez, posiblemente de envidia.
No me dejó salir hasta que mi pene bajó y se escurrió fuera; por el coño de Marta se escurría mi semen.
Nos tumbamos bajo el árbol y me contó que su marido se había despertado y la había llamado; la inflamación de los pies le había bajado, pero no había podido levantarse, así que le había preparado el desayuno con lo que llevaban en las mochilas y se había vuelto a acostar.
Blanca, decepcionada, había vuelto con sus compañeras. Marta se me acercó y me dijo al oído, aunque no había nadie a la vista: —Antonio, me he quedado con ganas de follar contigo otra vez.
—¿Sabes lo que has dicho? —Si todo esto ha sido un milagro.
—Yo puedo hacer milagros contigo, Antonio, te lo mereces.
Me besó otra vez como la noche anterior, me pasó la mano por el pecho peludo y, esta vez, me buscó la polla. Ya sabía dónde estaba y qué hacer con ella: me bajó los pantalones, sacó mi pene y se sentó sobre él.
Jamás lo habría creído: el roce de su coño en mi polla y la visión de su chaqueta abierta, con sus tetas moviéndose dentro, acabaron por resucitar lo que parecía imposible.
El glande fue lo primero que recibió la inyección de sangre y se puso duro; después, el resto fue engordando y creciendo de arriba abajo.
Cuando la hinchazón llegó a los huevos, Marta se sentó sobre ellos y se dejó caer sobre mí (estaba recostado sobre el árbol y solo le sujetaba las tetas).
Se me ocurrió acariciarle el clítoris con una mano. Ella cerró los ojos y se concentró; se notaba que quería más, así que se levantó un poco y me dijo: —Méteme los dedos en el coño, Antonio.
Le metí dos dedos, como pedía, mientras seguía masajeando el botón duro con el pulgar.
Marta se movió apenas y se volvió a sentar; esta vez se había metido mi polla en el culo.
Debía de estar lubricado con los jugos de su vagina, porque no noté mucha resistencia; tenía buen control sobre su esfínter.
Con una mano en su coño y otra en su teta derecha, se corrió y me inundó la polla de espuma blanca. Sin embargo, siguió cabalgándome. Cuando noté que me iba a correr, me dio la vuelta, se tumbó debajo de mí y me dijo: —Córrete en mis tetas, Antonio. Creo que te han gustado.
—Córrete en mis tetas, Antonio. —Creo que te han gustado.
—Me encantan, te las voy a regar de leche.
Le llené de goterones de semen, que ella repartió sobre sus pezones; luego, me cogió la polla y la relamió hasta dejarla brillante.
Descansamos hasta el mediodía. De vuelta a la cabaña, recogí unas hierbas con poder cicatrizante y se las llevé a su marido.
—Gracias, Antonio. Has hecho muchas cosas por mí y ahora por mi marido. Supongo que lo curarás pronto y tendremos que seguir hacia Santiago. Me gustaría dejar mi vida en la ciudad y venirme contigo. Te prometo que follaríamos todos los días en cualquier lugar.
—A mí también me gustaría, pero no es posible. Ya soy viejo y no te puedo ofrecer nada, debes seguir tu vida.
—¿Y hacer lo que no me gusta: follar cuando no me apetece y con quien no quiero? Esa será mi vida.
—Lo siento, Marta.
—Y yo, Antonio.