Un pastor en el Camino de Santiago #2
Me pasó la botella otra vez. Sentía el calor del alcohol en el estómago y me imaginé que, si a mí me daba ese calor después de cenar, a ella le sucedería lo mismo en ayunas. Bebí, pero antes metí el cuello de la botella dentro de mi boca.
La chica pareció tomarlo como un reto: estuvo lamiendo un momento el cuello de la botella y luego se metió toda la parte estrecha en la boca, subió la botella y tragó.
Cerró los ojos, me acercó su cara con la boca cerrada y, cuando estaba a poca distancia, salieron chorritos de orujo de sus labios. Me estaba invitando a beber de su boca.
Me acerqué a ella, pegó sus labios a los míos y maldije la barba de varios días que llevaba y mi olor a oveja, pero a ella no pareció importarle mucho.
Entre sus labios y los míos no se escapó ni una gota de orujo; pasó todo lo que llevaba en su boca a la mía.
Después, me metió la lengua y reclamó su parte.
Le devolví parte del orujo y lo tragamos sin separarnos.
La chica puso sus piernas sobre las mías, de lado, y se arrimó a mí. La sostuve con el brazo. Mi perro levantó las orejas, pero volvió a dormirse junto al fuego.
Estaba preocupado por la diferencia de edad, mi educación, mi higiene y mi falta de aseo, pero todo eso se me olvidó cuando la chica me abrió la camisa y pasó la mano por mi pecho.
Noté cómo enredaba sus dedos en mis abundantes pelos, ya canosos, y los recorría todos: mi pecho, mis tetillas, mi estómago, mi vientre...
Se entretenía peinándome el vello en cualquier sitio; quizá estaría más acostumbrada a ver hombres depilados y con la piel llena de cremas.
Me besó en el cuello con un leve roce de sus labios que me erizó hasta el vello de las piernas. Lo notó, cogió mi mano libre, bajó la cremallera del chándal, metió mi mano, sacó la suya y, desde fuera, presionó mi mano contra su pecho.
No esperaba encontrar nada así; supuse que llevaría un suéter grueso o una camiseta de abrigo y, por supuesto, un sujetador adecuado para ir cómoda, pero estaba claro que ese no era mi día de aciertos: me encontré con un pecho desnudo, duro, caliente y puntiagudo que llenaba mi mano y más, que le nacía desde debajo de la axila hasta casi juntarse con el otro pecho.
Pasé la mano por debajo y no encontré ningún pliegue: lo que había estaba levantado y terso.
Al tacto de mi mano callosa, se estremeció; su pezón se puso tan áspero como mis dedos y noté cómo cogía volumen y se mezclaba entre ellos.
Se separó de mí lo suficiente para que pudiera llegar a la otra teta, que ya estaba tan dura como la primera, aunque su pezón no se endureció hasta que lo acaricié.
Se levantó, acabó de bajar la cremallera, se sentó a caballo sobre mis rodillas, volvió a coger la botella de orujo, la puso en su boca, levantó la botella, abrió los labios y el líquido se escurrió por su garganta y su pecho, mojando sus pechos y dejándolos brillantes.
Se levantó, se colocó entre mis rodillas, se acercó a mí y puso sus dos pechos a la altura de mi boca.
Me las comí, o mejor dicho, me las bebí, hasta dejarlas limpias de todo orujo. Mi lengua ardía por el licor, pero sus pezones también lo habían notado: el alcohol de alta graduación había enrojecido e hinchado las areolas.
Mientras le chupaba los últimos restos de orujo que había debajo de los pechos, buscando cualquier gota perdida, la chica se quitó la chaqueta del chándal.
Con la tenue luz del fuego pude ver el par de pechos de la caminante; el color rojizo del fuego los hacía aún más deseables y las sombras que proyectaban las llamas los hacían saltarines.
La peregrina se sentó en el banco de madera, se fue tumbando sobre él y, después, levantó las piernas en el aire y se sacó los pantalones por los pies.
Cuando las bajó, las dejó una a cada lado del banco.
Con los brazos colgando a los lados, sus tetas se separaban aún más, con los pezones grandes y rojos, listos para mis mordiscos y el orujo.
Entre sus piernas, un triángulo de vello cuidadosamente recortado y perfilado, como si lo hubieran hecho con un cartabón.
Bajé la cabeza, avergonzado; aquel manjar no era para mí. Hacía tiempo que no se me ponía dura, solo cuando me acordaba de Jenara y de su coño mofletudo. Entonces me hacía una paja y, si había alguna oveja cerca, se la metía y me corría en ella. Esa era toda mi vida sexual.
La chica me comprendió; solo me dijo con voz suave y arrastrando cada una de sus palabras: «Mientras hay lengua, hay amor».
La miré y ella se metió sensualmente un dedo en la boca y lo chupó, como Jenara me había hecho una vez.
Me quité la zamarra de pana y me acerqué a ella. Con las manos, me guió la cabeza hasta su vagina, abrió las piernas y se separó los labios, dejando el clítoris indefenso ante mi boca.
Por los labios de su vagina supuraba un líquido espeso y blanco.
Lo lamí antes de meterle la lengua. Sabía a mujer ardiente.
Absorbí todo lo que salía y lo que quedaba dentro, hasta donde pude meter la lengua.
Ella movía las caderas buscando mi boca.
Al chuparle el clítoris con los labios sujetos con los dedos, gimió.
Fue un gemido lánguido que le salía del alma.
El banco no era muy ancho y la chica se agarró las piernas por debajo de las rodillas.
Me senté en el espacio libre del banco y seguí lamiéndola y mordiéndola hasta que, de repente, soltó las manos y las piernas cayeron a mi alrededor mientras se corría.
Me cogió de la cabeza y me apartó lentamente.
Cuando pasé por sus tetas, dejó de estirar para disfrutar de mi lengua.
Cuando ya los tenía tan duros como antes, siguió tirando de mí.
Al llegar a su altura, me estaba esperando con la boca entreabierta.
Me acerqué y me mordió el labio suavemente, como nadie lo había hecho hasta entonces.
Me abrió la camisa y los ojales, desgastados por el paso del tiempo, cedieron de un tirón, arrancándome literalmente las mangas. Me abrazó y yo me sujetaba como podía para no aplastarla. Ella me bajó los pantalones con los pies. Buscó mi pene y lo encontró colgando flácido.
—Lo siento, soy muy mayor y poco hombre para ti, te mereces un joven que te folle como te mereces.
—No me conoces aún, soy más cabezota que tu polla, déjame levantarme.
Me aparté y ella se levantó. Se fue al dormitorio y creí que mi suerte se había acabado; seguramente iría a buscar a su marido y este se encargaría de recoger la cosecha que yo había dejado sin segar.
Pero volvió al momento. Al verla llegar desnuda, pude apreciar el cuerpo tan bello que tenía: de cadera estrecha y con unas caderas como un cántaro. En las manos traía dos rollos de colores. No sabía lo que eran, pero, apartando el banco, los extendió en el suelo. Me miró con incredulidad.
—Son colchonetas para acampar. Tírate en ellas.
Me tendí como me dijo; estaban frescas, pero blandas.
Al lado del fuego pronto se caldearon. La chica me bajó los calzoncillos y me los quitó.
Mi polla, flácida, caía de lado sobre mi muslo.
La cogió con mucho cuidado, la levantó y, lentamente, me fue descubriendo el glande.
Aunque todavía estaba blanda, pareció gustarle por la cara que puso.
Me acordé de que a Jenara le gustaba metérsela en la boca y esperar a que se pusiera dura dentro de ella, pero ahora no era posible.
—Me gusta mucho su polla, incluso blanda es enorme, créame, y no pienso rendirme.
Se arrodilló a mi lado con toda delicadeza, apartó el pelo de todo el tronco y dejó al descubierto los testículos.
Lentamente, fue besándome la punta con la lengua, abriéndome la boquita de pez.
Intentaba meterme un poco de lengua y, cuando rodeaba el frenillo, aspiraba con los labios.
Mi polla seguía mansa, pero de vez en cuando daba algún signo de sensibilidad.
Sin avisarme, lamía todo el tronco hasta llegar a los huevos.
Con los puños cerrados a su alrededor, la mantenía derecha.
Yo admiraba ensimismado el cuerpo lozano de la chica que estaba a mi lado: sus pechos, rígidos y apenas balanceándose, sus caderas redondas y sus nalgas partidas en dos; la piel se oscurecía entre ellas.
Quizá fue eso lo que me llevó a acariciarla con la mano.
Al notar mi contacto, separó las piernas.
Ahora ya podía recorrer sus labios hasta su vello púbico.
Estuve haciendo círculos con el dedo alrededor de su clítoris hasta hincharlo.
Envidaba la dureza que le conseguí para mi polla.
Le pasé los dedos por los labios y le metí dos en la vagina.
Ella echó el culo hacia atrás para que llegara mejor, pero no podía meterle más de dos falanges.
No fue con intención, pero un dedo llegó hasta el agujero rugoso de su culo. Se encogió un momento, pero le mojé el dedo con saliva y seguí rodeándolo. Notaba cómo se iba relajando y ya era ella la que seguía mis movimientos. Se volvió hacia mí.
—Por favor, méteme el dedo en el culo.
Solo tuve que buscar el centro y presionar. Nunca había sentido curiosidad por meter un dedo en el culo de nadie, pero me gustó: la suavidad del recto contrastaba con la aspereza de mi dedo. La chica se acercó más a mí para facilitar mi caricia, hasta que pasó una pierna por encima de mi cabeza.
Así pude meterle el dedo hasta el fondo.
Como no pareció hacerle daño, probé con otro dedo.
Lo mojé en su vagina, que ahora estaba sobre mi cara, y entró sin ninguna dificultad.
Salía completamente mojado con flujo. Junto con el otro dedo, entró en el ano de la mujer.
Sentí cómo me apretaba la entrada, pero en seguida se relajaba y se deslizaban hacia dentro.
Si no hubiera estado tan pendiente de mis dedos en su culo, habría notado los progresos que la chica conseguía con mi polla: ya se sostenía de pie, aunque no con la dureza necesaria para penetrarla; pero ya era mucho.