Camino de Santiago - Relatos Eróticos (Aventuras en Locales Swinger) Un pastor en el Camino de Santiago
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Un pastor en el Camino de Santiago

Desde niño no he hecho otra cosa: madrugar, salir todos los días del año, sin fiestas ni vacaciones, de sol a sol, con frío o calor, siempre con el mismo atuendo: mi zamarra de pana, mi zurrón, mi garrote y mi perro, claro.

Ahora ya debería estar jubilado, pero sigo en la brecha hasta que pueda moverme.

En casa he estado poco tiempo; siempre estaba por esos prados o por el monte, no merecía la pena volver cada día. Con la ayuda de mi perro, encerraba el ganado en los corrales que encontraba y dormía lo justo en cualquier resguardo o caseta.

Por aquella zona del norte no solía haber nadie, pero había oído que más allá había una ruta por la que gente de varios países pasaba de camino a Santiago.

En algunas épocas del año iban en grupos, todo estaba bien organizado y señalizado, con albergues y servicios para cualquier necesidad, pero todo eso quedaba lejos de mis prados.

Lo había oído en el bar del pueblo cuando bajaba a esquilar las ovejas.

Aprovechaba para cortarme el pelo en casa de Mariano, afeitarme, bañarme en la charca y luego ir a jugar una partida a las cartas.

Esa ha sido mi vida. A veces me doy cuenta de que siempre he estado solo.

Nunca tuve la oportunidad de casarme, aunque sí que pretendí a alguna moza.

Pero cuando presentían la vida que les ofrecía, terminaban dejándome.

Con alguna llegué bastante lejos. Recuerdo a Maribel.

Era una chica guapa, de piel muy blanca.

Tenía algunos kilos de más, de hecho, muchos kilos de más.

A mí no me importaban, pero a la mayoría de los chicos sí.

El caso es que hasta habíamos hablado de casarnos.

A mí sus kilos me daban igual y, en más de una ocasión, se lo demostré.

Acompañaba a las ovejas a algún prado cercano mientras mi perro Viriato las cuidaba.

Jenara y yo retozábamos sobre la hierba; sus carnes se desparramaban libres y yo me hundía en ellas, disfrutando de su calor y su blandura.

Era feliz. A ella le gustaba mi piel bronceada por el sol y mi dureza, sobre todo la de mi polla.

Más de una vez me corrí dentro de ella, unas veces queriendo y otras no, pero, por suerte, nunca se quedó embarazada.

Aunque sí que nos llevamos algún susto con algún retraso en su regla.

Luego se marchó a la ciudad, se casó y no tuvieron hijos. Oí que no podía por sus kilos. De haberlo sabido, habríamos follado más.

Ahora estoy solo en una choza abandonada.

Solo tiene una cocina con una gran chimenea y una pequeña habitación con un jergón de paja.

Para mí me sobra. Cuando me acuesto, caigo rendido.

Ya no soy el que era. A mis años, las cuestas y los barrancos me pesan en las piernas, y eso que mi perro me ayuda mucho.

Hoy he tenido que volver pronto porque el tiempo ha cambiado de repente y el cielo amenazaba lluvia.

Ya lo conozco: cuando viene de poniente, no tarda en llover.

Pero hoy se ha pasado: llegué justo a tiempo de encerrar a mis ovejas antes de que cayera una manta de agua del cielo.

Pero soy feliz con la hoguera encendida, mi bota de vino, mi pedazo de pan y mi trozo de tocino.

Hasta he cogido unas manzanas para postre.

A mi ganado tampoco le falta de nada: está a cubierto y tiene hierba seca para comer, así que no necesita más.

La cabaña solo tiene una puerta y un hueco con un cristal sucio que hace de ventana; el rumor de la lluvia fuera hace de cortina. Por suerte, no hay goteras y se está caliente y seco.

Estaba recostado en la pared cuando mi perro levantó las orejas en alerta.

Lo tranquilicé porque no había nada que temer, pero se levantó y empezó a gruñir.

En ese momento, se asomaron dos caras por la ventana.

Me sobresalté porque no se podía ir a ninguna parte por allí y no tenía nada de valor, más que mis ovejas.

Metí la mano en el bolsillo, apretando la navaja por si acaso, pero, cuando llamaron a la puerta con los nudillos, pensé que serían gente de bien.

Abrí con recelo; mi perro estaba atento a mi orden de atacar, pero cuando vi a una persona con capucha, empapada hasta los huesos y con una mochila a la espalda, la dejé pasar. Cuando ya iba a cerrar, apareció otra figura igual desde la lluvia.

No me di cuenta de quiénes eran hasta que se quitaron la capucha y entraron. Eran una pareja de mediana edad, con el pelo chorreando agua. La mujer casi no se distinguía porque tenía la cara cubierta, y el hombre, medio calvo, parecía más agotado que ella.

Les hice pasar y mi perro se calmó. Después, les ayudé a descargar la mochila. Parecía que llevaban una casa entera a cuestas, pero les faltaba lo principal en aquellas tierras: calor y ropa seca.

El hombre se sentó pesadamente en el banco de madera que había contra la pared; estaba agotado y no tenía fuerzas ni para quitarse la ropa.

Su mujer le ayudó, pero tiritaba de frío. Lo acercamos al fuego y luego se quitó las botas. Me dio frío cuando le vi los pies: llevaba los calcetines rotos y manchados de sangre. Su mujer se los quitó con cuidado y vimos que los cubrían unas llagas tremendas.

No teníamos nada para curarlas; yo siempre me apañaba con un chorro de vino si me cortaba con alguna rama, pero aquello necesitaba muchos cuidados.

La mujer le lavó las heridas con agua oxigenada, le puso una crema y le hizo unos vendajes con mucho cuidado.

Tenía un botiquín que muchos pueblos habrían envidiado.

Cuando el marido se tranquilizó, se dejó caer hasta quedar tumbado en el banco.

Le dije a la mujer que en la otra habitación había un jergón de paja; siempre estaría más cómodo que en el banco, pero se negó, sabía que era la única cama que tenía y no me la iba a quitar.

Le insistí tanto y con tantas razones que al final consintió. Entre los dos llevamos a su marido a la cama; creo que ni se enteró.

Cuando volví al fuego, ella lo estaba arropando.

Cuando salió, parecía otra persona: se había cambiado de ropa y de peinado. Calculé que tendría unos cuarenta años. Llevaba un chándal grueso y una toalla en la cabeza. Se sentó en el banco y me dio las gracias por haberlos acogido.

Me contó que iban de peregrinos a Santiago, pero que se habían despistado en un cruce; cada uno creía que iba por el sitio correcto, y cuando se dieron cuenta ya no veían a nadie, así que confiaron en su olfato para encontrar la ruta, pero se fueron alejando cada vez más hasta perderse.

Le dije que estaban bastante lejos y que con esos pies su marido no llegaría muy lejos.

Me contó que se había empeñado en ir; se había juntado con unas amigas para hacer el camino, se habían entrenado haciendo caminatas con botas adecuadas, pero él quiso venir a última hora y, además, solos.

La fatiga y el calzado inadecuado pasaron factura, y ahora estaba tendido sobre la paja, con los pies sangrando y roncando de agotamiento.

Estuvimos hablando de todo y, sin proponérmelo, le conté mi vida: la monotonía de mi trabajo y lo aislado que estaba de la sociedad.

Ella, en cambio, trabajaba en un banco y era una persona importante que tomaba decisiones que afectaban a mucha gente.

Su marido trabajaba de camarero en un bar; había perdido un buen empleo, pero no había encontrado nada mejor.

Se quitó las botas y los calcetines, los acercó al fuego y movió los dedos como si tocara el piano.

Me gustó ver unos pies de mujer, tan diferentes a los míos: llenos de callos y escuálidos.

Cuando se subió los camales hasta las rodillas, vi que tenía unas piernas bonitas.

Aunque me quedé cortado al darme cuenta de lo indiscreto que había sido, no pude evitar decírselo.

Ella comprendió que no estaba acostumbrado a tratar con gente y, en parte, lo agradeció; mi sinceridad contrastaba con la falsedad en la que se movía continuamente y me dijo que era el único piropo sincero que había recibido en mucho tiempo.

Le dije que no sabía hacer piropos, que simplemente decía lo que veía: que era muy guapa y que tenía muy buen tipo, incluso con el chándal holgado que llevaba.

Ella se rió. Tenía una risa sincera. Se sentía feliz y liberada al dejar atrás las argucias del banco y el estrés al que estaba sometida. Allí solo le importaban el fuego, la lluvia que caía fuera y el silencio que reinaba en la cabaña.

Se levantó y, descalza, se fue a la habitación. Pensé que estaría tan agotada como su marido y que se acostaría con él, aunque lo dudaba, pues la cama no era muy grande.

Me equivoqué: cuando volvió, traía una botella de orujo. La habían comprado en un albergue que habían dejado el día anterior; su marido la había reconocido por su calidad y se había empeñado en comprar dos botellas.

Cuando se sentó en el banco, lo hizo a mi lado.

Llevaba puestos unos calcetines gruesos de lana.

Me miró, sonrió, se los quitó enseguida y movió los dedos, como antes lo había hecho.

Descorchó la botella y miró a su alrededor en busca de algún vaso.

Le señalé mi bota de vino; no tenía nada más.

Me ofreció la botella, pero le dije que bebiera primero.

Esperaba que diera un pequeño sorbo, pero dio un gran trago que dejó la botella con dos dedos menos de líquido. Cuando la separó de sus labios, tenía los ojos rojos y llorosos; la garganta le ardía, pero aguantó sin decir nada.

Yo ya conocía el orujo; un amigo lo destilaba en el pueblo y me daba alguna botella en invierno, pero lo que más me atraía era beber de la misma botella que había tocado los labios de la chica.

Pasé la lengua por el cuello de la botella antes de beber; ella lo interpretó como si la hubiera besado. No era tonta la chica, había acertado de pleno.

Cuando le devolví la botella, tenía unas manchas rojas en las mejillas, posiblemente por el calor del fuego o del orujo. Me miró a los ojos, lamió la botella como lo había hecho yo y luego se dio un largo trago.