Cambiar el juego (Game Changers 1) Epílogo
98%

Epílogo

Scott notó que la mano de Kip le apretaba la suya. Le devolvió el gesto para tranquilizarlo.

«Estoy bien. Lo tengo controlado».

Estaban sentados juntos entre el público de los Premios NHL en Las Vegas.

Desde el escenario acababan de anunciar los nombres de los nominados para el último premio de la noche, el MVP de la liga, el nombre de Scott entre ellos.

Ganar sería genial, pero eso no le importaba tanto como la esperanza de tener una oportunidad de hablar.

­—¡Y el Trofeo Hart es para… —dijo el presentador— Scott Hunter!

Scott soltó el aire y se levantó. «Allá vamos».

Kip le liberó la mano y le sonrió, y Scott encontró fuerza en esa sonrisa.

Hizo oídos sordos al revoloteo que sintió en el estómago cuando se dio la vuelta y se dirigió al escenario.

Recogió el trofeo de manos del presentador y lo mostró en alto un momento antes de dejarlo con cuidado en el suelo, junto al podio.

—Hola —dijo una vez que cesaron los aplausos.

Se oyeron algunas risas desperdigadas.

—En primer lugar, gracias por este premio. Todos los demás nominados se lo merecen tanto como yo. Incluso Rozanov.

Hubo más risas.

Bajó la mirada un momento para ordenar sus pensamientos. Habría sido mejor llevar algo por escrito, pero esa clase de planificación nunca había sido su estilo.

—Hace unas semanas —empezó—, conseguí el sueño de mi vida: ganar la Copa Stanley.

Quienes ya lo habéis experimentado sabéis lo que se siente.

No tengo palabras para describirlo, de verdad.

Pero… esa noche ocurrió otra cosa. Algo que, supongo que os habréis enterado, llamó mucho más la atención que el hecho de que los Admirals ganáramos la Copa.

En ese momento el público se quedó muy callado. Se notaba la tensión en la sala. «¿En serio iba a hablar de eso? ¿Allí?».

—Ha sido un mes interesante —continuó—. Por si os lo habéis perdido, salí del armario ante el mundo como gay de una forma de lo más atrevida.

No me arrepiento, y nunca lo haré. Sé que fue un shock para la mayoría de la gente.

Y, por desgracia, ha sido una decepción para algunos.

Sé de gente que ha quemado sus jerséis con el nombre de Scott Hunter, algo que, por cierto, no es muy buena idea.

Son de poliéster y están llenos de productos químicos.

La multitud se rio. Parecían aliviados.

—Eh, hace un par de semanas me abrí una cuenta en Twitter —dijo Scott—.

Siempre he sido una persona muy reservada.

O, por lo menos, tan reservada como se puede en este mundillo.

Me encanta reunirme con la afición, pero nunca compartía mi vida de forma pública.

Lo que he visto estas últimas semanas es que quizá es importante que lo haga, por lo menos un poco.

He recibido un montón de mensajes, muchos aficionados jóvenes me dicen cuánto ha significado para ellos que saliera del armario.

Scott no mencionó que también había recibido emails y llamadas telefónicas de unos cuantos jugadores de la NHL para decirle cosas similares. No estaba ahí para difundir rumores ni especulaciones.

—Me apasiona el hockey. Me apasiona poder vivir haciendo esto. Pero sé lo que se siente cuando no encajas.

»De adolescente, cuando empezó a existir la posibilidad real de dedicarme al hockey, sucedieron dos cosas.

Una fue que mi madre murió. La otra fue que me di cuenta de que tal vez fuera esa “cosa” que les encantaba gritar a todos los jugadores de hockey a modo de insulto.

El tipo de expresiones que oía en la pista y en el vestuario a diario eran un recordatorio constante de que yo era distinto.

Tal vez eso me convirtiese en mejor jugador.

Tal vez me diera otro motivo para demostrar mi valía.

Pero también hizo que temiera con toda mi alma que alguien averiguase mi secreto.

La sala permaneció en silencio.

—Cuando tienes un secreto que te esfuerzas tanto en proteger como yo con este —añadió Scott—, es agotador. Intentar ocultarlo es un esfuerzo continuo, y el miedo a que la gente se entere te consume. También provoca que te sientas solo.

Hizo una pausa. Probablemente se estuviera excediendo del tiempo reservado para los discursos, pero todavía no había acabado.

—He tenido una suerte inmensa. Tengo muchas cosas y doy gracias por ello. Pero siempre me faltaba algo que era muy importante para mi vida. Y, este año, lo encontré.

La mirada de Scott aterrizó en Kip y advirtió que tenía los labios apretados y los ojos humedecidos.

—He asistido a muchas bodas de compañeros de equipo a lo largo de los años y he escuchado muchos discursos dedicados al amor o a celebrar el haber encontrado a esa persona que ha cambiado su vida por completo.

Sin embargo, nunca acababa de entenderlo.

Daba por hecho que nunca lo entendería. Que eso no era para mí.

Pero este año… conocí a alguien. Conocí a esa persona especial.

La persona que lo cambia todo. Y me dio la confianza y la fuerza y la necesidad de ser sincero sobre quién soy.

El miedo es algo poderoso, pero este año encontré la única cosa que es más fuerte.

Entonces la gente empezó a mirar a Kip. Lo más probable era que también lo enfocara una cámara, para la transmisión en directo.

—Así pues, comparto este honor con mis compañeros de equipo y mis entrenadores —dijo Scott, que necesitaba recapitular—, pero también lo comparto contigo, Kip. Me has hecho mejor, en todos los sentidos. Te amo.

Kip lo miró y dijo con los labios «Yo también te amo».

—Y, por cierto, uno de los locales gais de Las Vegas va a dar una fiesta con temática de Scott Hunter esta noche, conque ahí estaré más tarde, por si alguien quiere ir a bailar.

Se oyeron algunas risas sueltas y un «Oeee» inconfundible que Scott estaba seguro de que había pronunciado Carter. Sonrió.

—Gracias.

Entonces cogió el trofeo y se bajó del escenario arropado por un aplauso ensordecedor.

Scott daba golpecitos con los dedos encima de la rodilla, en teoría para seguir el ritmo marcado de la música de la discoteca. Pero, en la práctica, probablemente para seguir el ritmo interno de su corazón acelerado.

Estaba en una discoteca. ¡Una discoteca gay! Que estaba abarrotada de gente que celebraba de forma exagerada que él estuviera allí.

Pero lo llevaba bastante bien. Por supuesto.

Le ayudaba el estar rodeado de sus amigos. Más que eso. No tenía palabras para describir cuánto significaba para él que la gente que más quería estuviera allí con él esa noche.

Carter y Gloria estaban sentados en el sofá frente a él, en la cómoda zona vip. Junto a ellos estaba Huff, mientras que Bennett se relajaba solo en una silla. Matti Jalo se quedó de pie junto a la barandilla, observando la pista de baile que había bajo ellos.

La invitación de Scott había sido sincera; le hubiera encantado ver a cualquiera del público de los Premios NHL en la discoteca esa noche. La verdad era que no esperaba que apareciera nadie excepto Carter, Huff y Bennett. Incluso Jalo había sido una sorpresa.

—Elena ha dicho que le ha encantado el discurso y que le hubiera gustado estar aquí —dijo Kip mientras dejaba el móvil sobre la mesa frente a ellos.

Se acercó un poco más a Scott, juntando sus cuerpos en el sofá y dándole una palmada tranquilizadora en la rodilla.

—¿Cómo estás?

—Bien —respondió Scott—. De verdad. Estoy feliz.

Y era cierto. Era extraño ser famoso por un motivo diferente. Tan solo por ser quien era. Ahora tenía fans que ni siquiera veían el hockey.

Iba a ser un verano interesante.

Scott iba a dar muchas entrevistas ese verano, incluida una para la revista Sports Illustrated . Esta vez, la atención se centraría casi en exclusiva en su orientación sexual y su vida privada. Era estresante, pero entendía por qué era importante.

Kip se había opuesto a las vacaciones por Europa; estaba decidido a trabajar todos los turnos que pudiera en el Kingfisher antes de empezar las clases.

Scott sabía que era mejor no llevarle la contraria con eso, pero Kip había mejorado en cuanto a dejar que Scott pagara las cosas.

Cosas como ese viaje a Las Vegas, que había sido la primera vez que Kip se subía a un avión.

Scott estaba feliz de haber estado ahí para eso, y esperaba vivir muchas más primeras veces con Kip.

También disfrutaba mucho yendo a ver a Kip al trabajo. El Kingfisher ahora tenía una bebida que llevaba el nombre de Scott. Y solo Kip y Scott sabían por qué llevaba zumo de arándanos.

—Estás espectacular esta noche —dijo Scott en voz baja rozando con los labios la oreja de Kip—. ¿Te lo había dicho ya?

La verdad era que estaba espectacular. Para Scott siempre había sido perfecto, pero era la primera vez que lo veía arreglado para salir.

Tenía un aire sexy y sensual, algo que Scott sabía seguro que él jamás podría conseguir.

Llevaba una camiseta negra con cuello en V y unos vaqueros de color gris oscuro tan ajustados que Scott se preguntó cómo se los había puesto y, con cierta preocupación, cómo se los quitaría después.

Llevaba el pelo despeinado de tal modo que parecía meticuloso y descuidado a la vez.

Pero lo que le estaba haciendo perder la cabeza de verdad a Scott esa noche era el detalle de delineador que se había puesto en los ojos Kip.

Había algo en eso que lo excitaba, como si estuviera subiendo de nivel.

Estaba desafiando de forma oficial y provocadora los estereotipos homófobos que se difundían en los vestuarios y diciendo: «Sí, Scott Hunter, capitán de los New York Admirals y modelo de ruda masculinidad, iba a ir a una discoteca gay con su guapísimo novio maquillado».

Scott entrelazó los dedos con los de Kip y lo apretó con fuerza. Que el mundo no se equivocara: Kip Grady era suyo.

—Esto es divertido, ¿no? —La voz de Jalo resonó, incluso por encima de la música atronadora—. ¡Noche temática en honor de Scott Hunter!

—Esperaba más —se quejó Carter—. ¿Dónde está lo temático?

Kip se rio.