Capítulo 29 #2
—Me alegro de que vayas a estar en buenas manos cuando me vaya.
—Yo también. Pero te voy a echar muchísimo de menos, joder.
—Lo sé.
—Y…
No podía verle los ojos, pero estaba seguro de que los había puesto en blanco.
—Y yo también te echaré de menos —dijo ella—. No quiero ponerme sentimental, pero que conste que me caes bien.
Kip se rio y le dio un codazo.
—Gracias, colega.
La tercera parte fue un sufrimiento total.
Scott podía sentir toda la tensión que irradiaba la multitud. Sin duda, la sentía tanto en el banquillo como en su propio estómago.
El tiempo había comenzado con un gol rápido de Los Ángeles que había puesto el 2-1 en el marcador. A diez minutos del final, Huff había marcado tras una asistencia de Scott para empatar a dos. La multitud había rugido mientras los Admirals respiraban aliviados.
Entonces llegó lo que era emocionante de verdad.
Primero, penalizaron a Nueva York, por lo que se quedaron con un jugador menos durante dos minutos. Pareció que en vez de dos fueran veinte, pero consiguieron aguantar sin que les marcaran ningún gol. Quedaban cinco minutos en el reloj.
Pasó otro minuto y Los Ángeles estuvo a punto de marcar, pero Bennett realizó un paradón que mantuvo a Nueva York en el partido.
Entonces, cuando quedaban dos minutos, Scott había conseguido el puck y nunca recordaría cómo sucedió exactamente, pero de golpe se encontró él solo contra el portero.
Corrió hacia la portería completamente centrado en su objetivo y envió el puck justo por encima de la pierna derecha del portero de Los Ángeles.
Scott estaba detrás del banquillo con el resto de sus compañeros de equipo y veía cómo el reloj marcaba los últimos segundos del partido.
Ocho… Siete… Seis…
«Hostia puta».
«Lo hemos conseguido. Vamos a ganar la Copa Stanley».
Cinco… Cuatro…
El rugido de la multitud era ensordecedor, dieciocho mil personas en pie, animando a su equipo local. Era todo lo que Scott había soñado que sería ese momento.
Dos… Uno…
Y se acabó. Scott saltó encima de las vallas, casi chocando con dos de sus compañeros de equipo, mientras todo el equipo se tiraba sobre el hielo.
Sticks , guantes y cascos volaban en todas las direcciones mientras los jugadores se dirigían en línea recta hacia donde Bennett estaba de pie frente a su portería con los brazos levantados en señal de victoria.
En cuestión de segundos, todos los Admirals se habían amontonado sobre el portero en un alegre y caótico revoltijo de jugadores de hockey extasiados.
Los jugadores se abrazaban y se daban palmadas en la espalda por turnos.
Scott podía oír a Carter gritar: «¡Tooomaaaaaa!
» detrás de él, y, cuando se volvió para abrazar a su amigo, casi lo tiró de la fuerza con la que Carter saltó a sus brazos.
Envolvió sus piernas alrededor de la cintura de Scott, obligándolo a aguantarlo por un segundo.
—¡Lo hemos puto conseguido, Scotty!
—Joder, sí, lo hemos conseguido.
Carter lo soltó y volvió a caer sobre el hielo.
—Mierda, quizá deberíamos ir a ponernos en fila, ¿no?
Scott miró hacia el centro de la pista, donde el desolado equipo de Los Ángeles esperaba haciendo piña para el tradicional apretón de manos.
—Cierto. Sí. Vamos.
Llamó a sus compañeros para que se alinearan y ellos, de forma rápida y respetuosa, estrecharon la mano a los jugadores de Los Ángeles. Muchos de los jugadores del otro equipo tenían lágrimas en los ojos. Scott lo entendía. Él había estado antes en su lugar.
Pero no esa noche. Esa noche había conseguido el sueño que había tenido desde que era niño.
Esperó con impaciencia mientras sacaban la Copa Stanley y el comisionado de la liga daba un aburrido discurso.
Anunciaron que Scott era el MVP de los play-offs , lo cual era un honor, pero no era el trofeo que quería tener entre sus manos.
Además, le parecía ridículo que lo destacaran cuando todo su equipo había trabajado tanto para llegar hasta ahí.
Scott no era un gran fan de los premios individuales.
Y por fin, después de todo, Scott, como capitán del equipo, recibió la Copa Stanley.
Cogió el gigantesco trofeo de plata y, en realidad, le resultó incómodo sujetarlo.
Pesaba mucho, pero es que además era difícil de agarrar.
Pero Scott no iba a permitir que se le escapara de las manos.
Besó la copa y luego la levantó victorioso por encima de su cabeza y empezó a girar para que todo el público pudiera verla.
Ahora pertenecía a Nueva York: al equipo y a los fans.
Y ahí fue cuando empezó a llorar. Scott dejó que ocurriera. Dejó que todo fluyera: todo lo relacionado con ese momento surrealista y abrumador y todos los demás pensamientos que se le pasaban por la cabeza.
Pero, sobre todo: «Ojalá mamá estuviera aquí para verlo».
Habría estado muy orgullosa de él. Y había sido ella, más que nadie, quien había hecho que Scott llegara hasta ahí.
Todas las escuelas de hockey, entrenadores y agentes del mundo no lo habrían llevado a la NHL si ella no hubiera sentado las bases con su apoyo y sus largas jornadas trabajando en el supermercado para poder permitirse comprar una equipación de hockey de segunda mano.
Scott no era creyente, pero levantó la vista hacia las vigas y dijo en voz baja:
—Esto va por ti, mamá.
Le entregó la copa a Carter, quien la besó, tipo, unas cinco veces antes de levantarla en alto. Scott encontró a Kip entre la multitud, al otro lado de la pista, de pie y animando con todos los demás. Scott le hizo un pequeño gesto con la mano. No estaba seguro de si Kip lo había visto.
Más tarde, cuando la pista empezó a llenarse de las esposas, novias e hijos de sus compañeros de equipo, Scott lo vio claro.
Dentro de toda la felicidad que estaba sintiendo, había una inquietante sensación que le decía que algo no estaba bien.
Vio a sus compañeros besar a sus parejas y levantar a sus hijos, y Scott también quería poder compartir ese momento con su novio. Con el chico que él amaba.
¿Y qué tenía de malo que Kip bajara a la pista? Si todo eso ya parecía un zoo: repleto de jugadores de hockey y el personal, los periodistas, los fotógrafos y las familias. ¿Quién iba a darse cuenta de que su novio estaba entre ellos?
Una vez que se había decidido, patinó hasta el cristal que había cerca de Kip.
Le hizo un gesto con las manos, de lo que mucha gente se dio cuenta, pero que Kip no.
Entonces vio que Elena le daba un codazo, le decía algo y entonces lo señalaba a él.
Kip miró y sonrió. El corazón de Scott se aceleró. Dios, lo quería mucho.
Scott señaló hacia la caja de castigo. Kip puso una cara rara tipo «¿qué?» y Scott volvió a señalarlo. Vio a Elena, de nuevo, decirle algo a Kip y entonces Kip asintió y señaló hacia la caja. Scott asintió también y se dirigió hacia allí para ir con él.
Desde la caja, Scott vio a Kip abrirse paso entre la multitud. La gente parecía estar observando con gran interés ese pequeño espectáculo que estaban montando.
«Todo muy discreto».
Cuando Kip llegó al cristal que separaba las gradas de la caja, estaba sonriendo rojo como un tomate y se veía adorable.
Y Scott supo que no iba a poder evitar hacer algo muy estúpido en ese momento.
Pero…
—¡Salta por encima del cristal! —gritó Scott—. Yo te cojo.
—¡Vale!
Kip se subió a la repisa y pasó una pierna por encima del cristal. Scott le ayudó a pasar y Kip cayó en sus brazos.
—¡Lo has conseguido! —dijo Kip.
—Lo he conseguido —asintió Scott.
Se quedaron ahí un momento, abrazados y sonriendo, y quizá fue por la adrenalina que le recorría el cuerpo, o quizá fue que toda la noche había parecido un sueño maravilloso y solo le faltaba una cosa que pudiera hacerla perfecta, y esa cosa era…
Pudo ver la sorpresa en los ojos de Kip cuando Scott se inclinó y lo besó.
Scott pensó que solo sería un beso rápido, pero, en cuanto sus labios tocaron los de Kip, se lanzó.
Lo besó como si estuvieran solos y no se hubieran visto en meses.
Lo besó con las ganas de alguien que había conseguido todo lo que siempre había soñado.
Cuando se separaron, Kip lo miró boquiabierto:
—¡Hostia puta!
—Me da igual —dijo Scott—. Te quiero.
Y era cierto. Le daba igual. Bueno, le importaba que podía haber desviado un poco la atención de sus compañeros y de su logro. Sabía que iba a sentirse mal por eso, sobre todo cuando miró las pantallas gigantes del marcador y vio una imagen en directo de Kip y él, abrazados.
—Bueno —dijo Kip, feliz—. Pues ya se ha descubierto el pastel.
—Mmm. Pues, entonces, comámoslo a gusto.
Scott lo besó de nuevo y todo lo que les rodeaba desapareció. Solo estaban el hombre que él amaba y él besándose en la caja de castigo.
Y, de pronto, la realidad se impuso. Que también estaba muy bien en ese momento.
—Creo que la prensa querrá hablar conmigo —dijo Scott mirando hacia la pista. Había un montón de caras atónitas mirándolos.
—Ve —dijo Kip—. Estoy muy orgulloso de ti.
—Vale, pero presta atención: dentro de unos minutos iré al vestuario con mi equipo y podremos llevar a familiares y amigos. Ve a hablar con Laura, la mujer de Huff. Ella te dirá dónde ir. Ya lo ha hecho varias veces.
—Scott. ¡Vete! No me jodas, no te preocupes por mí. ¡Que has ganado la puta Copa Stanley!
Scott sonrió.
—¡Acabo de ganar la Copa Stanley!
—Sí. ¡Sal ahí y sé un héroe, Hunter!
Pero Scott se negó a dejarlo atrás. Aún no. Aquello era un caos y tenía que asegurarse de que alguien cuidara de Kip. Lo agarró de la mano y lo llevó consigo a la pista. Kip resbaló un poco cuando las zapatillas tocaron el suelo y Scott lo sujetó con un brazo alrededor de la cintura.
Casi de inmediato, a Scott ya le habían puesto un micrófono delante de la cara. Soltó a Kip y señaló a Huff, que se acercó patinando.
—Tú debes de ser Kip —dijo Huff.
—Sí, soy yo.
—Algo sospechaba. El beso me ha dado una pista.