Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Kip regresó dando brincos al apartamento de Scott (¿o ahora de ambos?) después de su último turno en el Straw+Berry. De camino, tiró su gorra con la fresa bordada a un cubo de basura.

Iba a hacer una parada rápida en casa para cambiarse, porque iba a salir a tomar algo con Maria y Elena para celebrarlo.

Pero primero quería ver a Scott, porque esa noche era el sexto partido de la final y había muchas posibilidades de que los play-offs terminaran con la victoria de los Admirals y obteniendo la copa.

Kip iría al partido más tarde, claro, pero esperaba poder pasar un rato tranquilo con Scott antes de lo que, sin duda, sería una noche agitada y emocionante.

Scott había tenido una reunión con el equipo esa mañana, pero dijo que estaría en casa por la tarde para echar una siesta y tratar de relajarse antes del gran partido. La jaqueca de los vuelos largos y las diferencias horarias entre Nueva York y Los Ángeles se habían sumado al estrés de la serie.

En el apartamento, Kip se topó con Scott en la cama.

—Hola —dijo Scott incorporándose con el codo. Tenía el pelo revuelto, la barba espesa y los músculos a la vista. Kip aún no acababa de creerse que fuera su novio—. ¿Cómo ha ido el último turno?

—Sin incidentes —dijo Kip—. Pero te he traído algo. Para que te dé suerte.

Le ofreció un smoothie azul. El último que tendría que preparar en su vida.

—Oooh —dijo Scott mientras cogía el vaso—. Espero que el nuevo personal sepa prepararlos tan bien como tú.

Kip fingió horrorizarse.

—¿Dejarías que otro tío te preparase un smoothie ?

Scott sonrió con la pajita en la boca.

—Pero pensaría en ti todo el rato. Te lo prometo.

Kip lo besó en el pelo.

—Tengo que irme en breve. He quedado con Maria y Elena en media hora.

Se quitó la camiseta sucia.

—Imagino que yo también tendré que irme pronto a la pista —suspiró Scott—. ¿Vais a hablar de mí?

—Obvio —dijo Kip mientras sacaba unos vaqueros limpios del armario—. Maria lo ha bautizado como «La sociedad que sabe lo de Scott y Kip». Espero que me haga por lo menos cien preguntas.

Scott se rio y negó con la cabeza.

—Supongo que pronto dejará de ser un secreto.

Kip se puso una camiseta limpia y se acercó a la cama. Levantó la cara de Scott y le dio un beso lento y adorable que le supo a arándanos.

—Cuando estés preparado —dijo con suavidad—. El hecho de que mis padres y algunos de mis amigos lo sepan ya me hace sentir mucho mejor. No hay prisa por contárselo al resto del mundo.

Se dio la vuelta para ir al baño, pero Scott lo agarró de la muñeca. Kip se volvió.

—Gracias —dijo Scott. Su rostro y su tono eran muy serios. Los ojos parecían querer decir algo más y Kip deseaba que lo hiciera, porque no tenía ni idea de por qué Scott le estaba dando las gracias.

—¿Por qué?

—Por todo. No sé qué pasará esta noche, si ganaremos o si cogeré un avión justo después del partido, pero quiero que sepas que, si no fuera por ti, ni siquiera estaría jugando hoy.

Kip frunció el ceño.

—Claro que lo estarías. ¿Qué tengo que ver yo con…?

Scott negó con la cabeza.

—Era infeliz, Kip. Sé que mi vida parece estupenda, y lo es en muchos sentidos, pero me sentía muy solo. Y cada año era más difícil. Esta temporada, antes de conocerte, era como…

Parecía buscar las palabras adecuadas. Kip le cogió la mano y se la apretó.

—Era como —continuó Scott— si hubiera perdido mi amor por el hockey. Como si… se hubiera apagado la llama, ¿sabes?

Kip se sentó en la cama a su lado.

—¿Y crees que se ha vuelto a encender… gracias a mí?

—Sí. Es que es así. Me odiaba por sentirme tan deprimido, porque había logrado mis sueños y tenía éxito y dinero, y vivo en la gran ciudad, pero…

O sea, han sido nueve temporadas de volver a casa de viaje para estar solo.

Veranos sin novio con el que viajar o sin familia a la que ir a visitar.

Nueve temporadas sin tener a nadie que me acompañara a los eventos del equipo o para los premios de la NHL .

Sin tener a nadie a quien querer entre el público en los partidos. Me pesaba mucho.

A Kip se le rompió el corazón. Odiaba pensar en cómo había estado Scott durante esos años.

—Ojalá nos hubiéramos conocido hace nueve años —dijo con una sonrisa triste.

Scott se rio en voz baja.

—Sí, bueno… Es probable que entonces no hubiera estado preparado.

—Si quieres jugar veinte temporadas más —dijo Kip—, te recibiré en casa después de cada viaje. Estaré entre el público en todos los partidos a los que pueda ir. Y seré tu acompañante en cualquier evento al que quieras llevarme.

Scott sonrió.

—¿Y los viajes en verano?

—Siempre y cuando pueda ayudar a pagarlos.

Scott puso los ojos en blanco.

—¿Sabes? Podrías trabajar tu tozudez a la hora de dejarme pagar las cosas.

Kip lo besó.

—Lo sé. Intentaré relajarme con eso. Lo prometo. He aceptado vivir contigo, ¿no? ¡Eso es un progreso!

Scott lo besó en la nariz.

—Lo es. Ahora ve a ver a tus amigas.

—Vale. Y tú ve a ganar la Copa Stanley.

—Trato hecho.

—Pues —dijo Maria en cuanto el camarero les sirvió las micheladas— ¿de qué deberíamos hablar? ¡Ah, ya sé! ¡Podemos hablar de cómo va a jugar tu novio esta noche en la final de la Copa Stanley!

Kip negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.

—Supongo que eso resulta interesante —dijo con modestia.

—Te va bien con él, ¿verdad? ¿Seguís todavía los dos enamorados? ¡No puedes joderlo, Kip!

—¡Nos va bien! Estamos enamorados, sí. Y no voy a joder nada. De nuevo.

Maria entrecerró los ojos y le apuntó amenazándole con una tortilla.

—Más te vale que no. Estoy viviendo la fantasía de mi vida a través de ti.

—Ay, dios. No digas eso.

Kip miró el móvil. Elena le había mandado un mensaje veinte minutos antes para decirle que llegaría un poco tarde. No tenía más remedio que quedarse allí sentado y enfrentarse al bombardeo de preguntas de Maria.

—¿Cómo es su casa? ¿Es enorme? ¿Tiene, tipo, doce baños?

—Es un ático y tiene tres.

Ella gimió.

—Qué suerte tienes. ¿Cuándo te mudas?

—Bueno, pues ahora, imagino. O sea, todavía tengo un par de cajas con cosas sueltas en casa de mis padres que tengo que llevar, pero ahora estoy viviendo con Scott.

Ella sacudió la cabeza, apabullada.

—Dices «Scott» y no me puedo creer que te refieras a… —Miró a su alrededor y susurró—: Scott Hunter. ¡Le llamas Scott, como si fuera una persona normal!

—Es que es una persona normal. Lo único es que se le da muy bien jugar al hockey.

—Y resulta que también es guapísimo.

—Sí. Eso también.

—¿Es bueno besando? Ay, dime que es bueno besando.

Kip puso los ojos en blanco.

—Ay, dios mío. ¿Dónde está Elena?

—¿Alguien más lo sabe? —preguntó Maria—. ¿Se lo has contado a Shawn?

—No. —Removió distraído la salsa con una tortilla. Se sentía mal por mentirle a Shawn, pero…—. Shawn es un cotilla y si tuviera que guardar este secreto se moriría. Es mejor no contárselo.

Al menos, ese era el argumento que se daba Kip a sí mismo. Esperaba que Shawn no lo odiara cuando se enterara.

—Vale, entonces, en una escala del uno al diez…

—No.

—Uno es el peor besando del mundo, también conocido como mi acompañante para el baile de graduación…

—No.

—Y luego diez es, tipo, el beso de Brokeback Mountain en el que Heath Ledger casi le rompió la nariz a Jack Gyllenhaal de besarlo tan fuerte.

—¿¡Qué!? ¿Eso es un buen beso?

—Sí. Entonces ¿dónde queda tu chico en esa escala?

—Eeeh, ¿en mejor posición que un beso en el que me rompen la nariz?

—¿Entonces un once? Joder, lo sabía.

Kip se rio.

—Es bueno besando, ¿vale? Deja de ser una rarita.

—¿Quién es bueno besando?

Elena apareció por fin.

—El novio perfecto de Kip —refunfuñó Maria.

—Ah, no es perfecto —le respondió Elena tan alegre mientras ocupaba el asiento vacío—. Tiene la mandíbula demasiado marcada.

—Mmm —dijo Kip—. Y es demasiado alto.

—Y robusto —añadió Elena.

—Y sus muslos son demasiado gruesos —señaló Kip.

—Horrible —coincidió Elena.

—Qué gilipollas sois —dijo Maria—. Avísame si alguno de sus compañeros busca a una latina adorable a la que cuidar.

Kip resopló.

—¿Adorable?

—Tú diles adorable. Para cuando se den cuenta de que soy una gruñona, ya se habrán enamorado de mí y será demasiado tarde.

Los tres se rieron.

Pasaron unas horas comiendo comida mexicana y bebiendo (pero no demasiado, porque Kip no quería estar borracho para el partido).

Hablaron de la mudanza de Elena a California, del nuevo trabajo de Maria, del nuevo trabajo de Kip y de que Kip volviera a estudiar.

Estuvo bien. Por primera vez en años, se sentía seguro de su futuro.

Su vida iba más o menos por buen camino, incluso sin el novio perfecto de sus sueños.

Pero es que él sí tenía el novio perfecto de sus sueños. Y más que eso: estaba enamorado y, sin importar cómo imaginara su futuro ahora, siempre incluía a Scott.

—Deberíamos irnos —dijo Elena dándole un golpecito en el brazo—. Tenemos que ir a ver jugar al hockey al hombre con el que obviamente estás soñando despierto.

—No estaba… Vale. Sí, lo estaba. —Se volvió hacia Maria—. Siento no haber podido conseguir una tercera entrada, pero es que para este partido estaba todo agotado.

—Sí, menos broma. Las entradas se están vendiendo, tipo, por cinco mil dólares en internet —dijo Maria.

—Te enviaré un selfi desde el partido, ¿vale?

—Ay, que te den.

Cuando salieron a la calle, Maria lo abrazó.

—Me alegro por ti, Kip. Actúo un poco como una zorra, pero eres una de las mejores personas que conozco y te mereces a ese hombre de ensueño.

Él le besó la mejilla.

—Gracias. Quizá la próxima vez que salgamos, Scott se anime a venir.

—Dile que deje la camiseta en casa. ¡Y que se traiga a algún compañero de equipo!

Kip se rio.

—Se lo diré.

Maria se dirigió al metro y Kip y Elena se fueron en dirección contraria.

—Pasada esta noche, puede que salgas con un campeón de la Copa Stanley —dijo Elena.

—¡Por fin una razón para que me impresione!

Ella lo cogió del brazo e inclinó la cabeza sobre su hombro.