Capítulo 28 #2
Estar solo en público solía dar pie a que los desconocidos se le acercasen.
La mayor parte del tiempo lo llevaba bien, pero esta noche era para Kip y para él, no para los demás.
Aunque el restaurante era muy exclusivo, y Carter no bromeaba con lo de lo oscuras y discretas que eran las mesas.
Era el sitio ideal para tantear un poco el terreno.
¿Se habría inventado Carter la historia de no poder aprovechar la reserva?
Tal vez hubiera reservado esa mesa con Scott y Kip en mente desde el principio.
Fuera como fuese, Scott valoraba mucho el gesto.
Bebió un sorbo de agua y volvió a mirar hacia la puerta del restaurante. Kip estaría a punto de llegar.
Scott había tardado una eternidad en prepararse, como si fuese una cita a ciegas en lugar de una cena con el hombre de quien estaba perdidamente enamorado. El hombre con quien llevaba compartiendo la vida desde hacía meses. El hombre con quien confiaba compartir la vida para siempre.
Por fin, en cuanto dieron las siete y media, el maître acompañó a Kip hasta la mesa.
Scott notó que el corazón le daba brincos en el pecho. Kip estaba guapísimo y superfeliz de verlo.
—Hola —dijo Scott, que se levantó para darle un abrazo rápido.
—Hola. ¡Te has puesto traje! Sabía que me había arreglado poco…
—Estás bien —dijo Scott y recorrió su cuerpo con la mirada—. Perfecto.
—Si tú lo dices —refunfuñó Kip y se coló en el cubículo semicircular.
Los muslos de los dos se rozaron, pero Scott se contuvo para no apartarse.
—Qué sitio tan bonito —comentó Kip.
—Sí, bueno. Carter me dijo que era… romántico.
Kip le sonrió y Scott se sonrojó.
—Soy feliz de poder ir a algún sitio contigo —dijo Kip—. Me daría igual dónde. Pero es bonito. Gracias.
—Me preocupaba un poco que a Carter se le ocurriera presentarse aquí —comentó Scott—. Me parece que tiene muchas ganas de conocerte.
—Pero es tierno, ¿no?
—Sí, claro. Quiero presentarte a todo el mundo, pero esta noche no.
Kip dio un golpecito con el pie en el de Scott.
—Esta noche no.
—Eh, ¿quieres vino? ¿O una copa de algo? A partir de mañana voy a abstenerme del alcohol hasta que terminen los play-offs , así que…
—¿Esa norma es tuya o del entrenador?
—Del entrenador. Pero, de todos modos, yo habría puesto la misma norma.
—Estricto pero justo.
—Oye, algunos entrenadores hacen que sus jugadores se abstengan del sexo.
—Mierda. ¿Alguna vez has tenido un entrenador así?
—Sí. Una vez. —Scott se inclinó hacia delante—. Lo que más me costó fue fingir que era difícil cumplirlo.
Kip se echó a reír, aunque el comentario sonó un poco triste. Scott tocó las rodillas juntas de los dos por debajo de la mesa y vio un ardor en la mirada de Kip que lo excitó automáticamente. Quería besarlo.
—¿Alguna pregunta sobre la carta de vinos? —dijo el sommelier interrumpiendo el momento.
Scott se apartó hacia atrás y al instante se sintió mal por su reacción.
Con torpeza pidió el vino con la ayuda del sommelier , que estaba encantado de ayudarle. La gente esperaba que Scott supiera de cosas como el vino, o por lo menos que mostrara interés, porque tenía dinero. En realidad, le resbalaba.
Pidió una botella de «El primero que ha dicho. Ese. Suena bien», y el hombre se marchó.
—Perdón —dijo Scott en cuanto se hubo ido—. Sé que acabo de… apartarme.
—No pasa nada.
—No…, es que…, no era mi intención. Supongo que no estoy acostumbrado a la idea de…
—No esperaba que de pronto te sintieras cómodo con todo esto —dijo Kip—. Iremos paso a paso.
Scott le sonrió agradecido. De forma impulsiva, puso la mano sobre la de Kip, encima de la mesa, a la vista de todo el mundo. Kip sonrió y giró la mano para ponerla bocarriba y entrelazar los dedos de los dos. Se sintió bien. Era emocionante, pero no le daba miedo.
Kip le apretó la mano y luego apartó la suya para coger la carta.
—Bueno, entonces ¿qué me recomiendas?
—No tengo ni idea —contestó Scott—. Antes de que llegaras he echado un vistazo a la carta. Apenas entiendo la mitad de lo que pone.
—Solo lo diré una vez, porque sé que suena como si fuera un rata, pero este sitio es caro de cojones.
—¿Sabes qué? Todavía me alucina cuando veo precios así —dijo Scott—. Aunque me los puedo permitir sin problemas, sin querer voy siempre a mirar lo más barato de la carta.
—En esta carta no hay nada barato.
—Pide lo que quieras —le animó Scott—, por supuesto. Creo que yo me pediré el lenguado, porque por lo menos sé lo que es.
—Dios mío. ¿Está relleno de billetes de cien dólares?
En estas llegó el vino, y se notó que Kip estaba intentando no reírse al ver a Scott hacer toda la pantomima de probarlo y fingir que sabía si era bueno.
Asintió ante el encantado sommelier y este llenó las copas.
En cuanto se marchó, se acercó el camarero que tenían asignado y pidieron, y luego por fin los dejaron a solas de nuevo.
—Venga —dijo Kip en voz baja levantando la copa—. Por lo que venga.
—Por lo que venga.
Cenaron a gusto. Bebieron vino y comieron platos sofisticados con comida rara que sabía fantástica. Hablaron e hicieron planes para el futuro. El vino creó una placentera nebulosa e hizo que Kip pareciera resplandecer con la romántica luz del restaurante.
Entre el plato principal y el postre, Scott se inclinó hacia delante y dijo:
—Me encanta estar aquí contigo.
Esa sonrisa lenta y sexy que volvía loco a Scott se desplegó en el rostro de Kip.
—A mí también, mi amor.
—Quiero llevarte a todas partes. Lo que dijiste sobre salir a bailar. A una discoteca…
—Lo haremos. Siempre que quieras.
—Seguro que estás muy atractivo cuando bailas.
Kip se acercó aún más a él. A Scott le llegaba el olor de la loción de afeitado. Quería enterrar la cara en el cuello de Kip.
—Montaría un buen espectáculo —dijo zalamero Kip—. Todos nos mirarían. Pero lo haría solo para ti. Para nadie más.
Scott se removió en la silla. Notó cómo le subía el calor.
—Maldita sea, sí —gruñó.
Kip abrió mucho los ojos. Scott pensó por un momento que cualquiera que los viera en el restaurante sabría a ciencia cierta que eran dos hombres que se atraían sexualmente.
Es más, que estaban obsesionados sexualmente el uno con el otro.
¿Todavía le importaba? Dios, cuánto deseaba besar a Kip.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Kip.
Scott entró en el juego.
—Digamos que te haría una mamada por debajo de la mesa.
Kip sonrió y se mordió el labio. Era lo más sexy que Scott había visto en su vida.
—Bueno, eso llamaría la atención de todo el mundo —dijo Kip con un brillo travieso en la mirada.
«¿Dónde coño estaba ese puñetero postre que habían pedido?».
—Eres una mala influencia, Grady.
—Ajá. Corrompo al chico perfecto de Nueva York.
—Yo era muy dulce e inocente hasta que te conocí —dijo Scott sonriendo.
—Si la gente supiera las guarradas que salen de esos preciosos labios cuando estás…
El camarero se acercó con el postre. Scott se sonrojó y se sentó con la espalda erguida. Le dio las gracias de un modo un tanto forzado cuando dejó el plato en la mesa.
Después de que se fuera el camarero, Kip sonrió y Scott negó con la cabeza y soltó una risa temblorosa.
—Ese es el problema de llevarte a sitios —dijo Scott.
—No sé de qué me hablas.
—Hablo de que tienes tres minutos justos para comerte ese postre, porque voy a llevarte de vuelta a mi casa en cuanto pueda, te lo juro.
—Vaya, ¿y el café?
—Ya te haré el puto café por la mañana.