Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Los Admirals ganaron al equipo de Detroit en el sexto partido, con lo que los eliminaron de los play-offs . Nueva York había pasado a la final de la Copa Stanley contra los campeones de la Conferencia Oeste, el equipo de Los Ángeles. La serie empezaría en Nueva York al cabo de tres días.

Hoy Scott pensaba hablar con el entrenador Murdock. Antes de la reunión del equipo para repasar los vídeos, le había pedido al entrenador si podía hablar con él a solas después.

—Si son malas noticias, la verdad es que prefiero no oírlas —dijo Murdoch en cuanto Scott entró en su despacho. Lo dijo en tono totalmente serio, pero era mucho más amable de lo que parecía. Siempre escucharía todo lo que Scott tuviera que decirle.

—No es nada malo —le aseguró Scott, y se sentó en una de las dos sillas que había al otro lado del escritorio de Murdock—. O, al menos, no debería serlo.

—Tienes veinte minutos. Dispara.

Scott suspiró y empezó el discurso que se había preparado.

—Hay algo que quiero contarte. Es personal, pero lo más probable es que pronto pase a ser de dominio público. Sé que el momento no es el ideal, pero de verdad creo que es lo mejor para el equipo y para mí mismo y…

—Santo dios, Hunter —dijo Murdock—. ¿Puedes ir al grano, por favor?

—Soy gay.

Murdock se quedó helado y miró a Scott como si acabara de decirle que era un mago.

«Por favor, no me grites. No me eches la bronca por esto».

—Eres gay.

—Sí.

Murdock se puso las manos delante de la cara y se reclinó en la silla. Cuando bajó las manos, estaba sonriendo.

—¿Cuántas veces has dicho esas palabras en voz alta?

Scott sonrió también con timidez, aliviado. Todo iría bien.

—¿Hasta ahora? Dos. La primera vez se lo conté a mi agente. La segunda, a Carter, Huff y Bennett.

Murdock asintió con la cabeza.

—Buena jugada, lo de contárselo antes.

—Eso pensé.

—Y me lo estás contando porque…

—No quería que te enterases por otra persona. Quiero hacerlo público. Pronto.

Murdock volvió a poner cara seria.

—¿Cuándo exactamente?

—Después de los play-offs —­se apresuró a decir Scott—. Te lo prometo. No tengo por qué contárselo ya al resto del equipo. No busco distraer a nadie.

Murdock sopesó lo que le había dicho.

—¿Por qué ahora?

—Porque no quiero seguir viviendo una mentira. Y… estoy con alguien. No es justo para él.

—Ah. Te has enamorado. Eso tiene sentido. El amor hace que los hombres hagan toda clase de tonterías.

Scott esbozó una sonrisa.

—En realidad, creo que quizá sea la cosa más inteligente que he hecho.

—Sabes lo que pasará, ¿verdad? Me refiero a cuando esto se sepa. ¿Tienes algún plan para eso?

—Más o menos.

Murdock soltó un taco en voz baja. Scott se preguntó si la conversación había terminado. Entonces Murdock le dijo:

—En mis tiempos, yo era uno de los dos jugadores no blancos que había en la liga.

Scott no dijo nada.

—Mi camino hasta la NHL fue… un reto, por decirlo de alguna manera. Dudo que hubiera un solo partido en el que no oyera a algún jugador, o a un fan o a un padre o, joder, incluso a un árbitro, opinar sobre que un hombre negro jugara al hockey.

—Fuiste pionero —dijo Scott.

—Claro. Visto en retrospectiva, puede. Pero entonces no me sentía así. Solo quería jugar al hockey. No pensaba mucho en el legado que dejaría, más allá de ser el mejor centro que hubiera visto el mundo del hockey.

Scott se echó a reír.

—Lo gracioso es que de lo único que quería hablar la prensa era del color de mi piel. De lo revolucionario que era yo. De cómo estaba transformando el deporte. De cuántos obstáculos había superado. Para mí entonces era todo ruido.

—¿Y ahora?

—Ahora echo la vista atrás y puedo entender por qué todo ese ruido era importante. Y sé que era importante porque jugadores como Vaughan me dicen que yo les inspiré. Les hice sentir un poco más seguros de que este deporte que tanto amamos todos también es para ellos.

Scott asintió.

—Sé que va a haber un montón de… ruido. Estoy preparado para aguantarlo.

Me concentraré en mi juego. En mi equipo.

En ganar. Pero si con esto puedo lograr que por lo menos un chaval se sienta más a gusto con cómo es o darle un poco más de valentía para vivir su vida sin vergüenza…

No voy a huir de eso. Lo acepto y lo deseo.

—Entonces ¿cuál es el plan?

—No lo sé. Pensaba en ofrecer la historia al Sports Illustrated en lugar de dar una rueda de prensa. Ser discreto, ¿sabes?

Murdock soltó un suspiro.

—No te envidio (algo que nunca pensé que diría, la verdad), pero, joder, te prometo que te respeto una barbaridad, Hunter. Te defenderé si alguien se mete contigo.

—Gracias, entrenador.

Se dieron la mano y Murdock dijo:

—No es Rozanov, ¿verdad?

—¡No, por dios! ¿Por qué todo el mundo…?

—Mejor. No necesito semejante circo.

Scott se rio y salió del despacho. Se topó con Carter en el pasillo.

—¿Cómo ha ido esa mierda? —le preguntó Carter.

—La verdad es que bien. Ojalá todo el mundo se tomara la noticia tan bien como vosotros.

­—Sí, bueno…

Carter se metió las manos en el bolsillo delantero de la sudadera y miró hacia el suelo. Scott sabía que le había costado un poco aceptar la sexualidad de Scott. Había estado… más callado que de costumbre.

—Oye —dijo Carter—, quiero que sepas que si me he comportado un poco raro o lo que sea no es porque seas… Ya sabes. Gay y eso.

—No pasa nada.

—No, lo digo en serio. No tengo problemas con eso. Pero creo que sí me preocupa que pensaras que no me lo podías contar antes.

Scott bajó la cabeza.

—Ya… Debería habértelo contado. Quería hacerlo. Pero me daba miedo.

—Es solo que me da rabia pensar que igual te has sentido, tipo, solo. Todo el tiempo.

Scott alzó la mirada hacia su amigo.

«Dios, qué imbécil he sido».

Le puso la mano en el hombro a Carter y este dio un paso adelante y lo abrazó.

—Gracias, Carter.

Entonces Carter le dio unas palmaditas en la espalda y se separaron.

—Oye —dijo su amigo—. Esto…, tenía una reserva para esta noche. Es un restaurante muy discreto. Oscuro, con reservados, caro que te cagas. Bueno, total, que Gloria tiene que trabajar hasta tarde, y estaba pensando… ¿Te apetecería llevar a tu chico?

Scott se quedó boquiabierto.

—Eh…, no lo sé. O sea, no hemos…

—Invita a salir de una vez a tu novio, Scott. Además, ¿no ibas a contárselo a todo el mundo? Pues ve allanando un poco el terreno. Como te decía, es un sitio superdiscreto y a la vez la hostia de romántico. Y delicioso. Mierda, oye, ¿puedo ir contigo?

Scott se echó a reír.

—Le preguntaré si le apetece ir.

No le cabía duda de que Kip querría salir a algún sitio con él. De lo que ya no estaba tan seguro era de si Kip querría ir a un restaurante «caro que te cagas». Pero agradeció el gesto de Carter por lo que implicaba.

—Gracias, tío. Significa mucho para mí. De verdad.

Carter le dio un puñetazo en el brazo.

—Anda, disfruta, capullo.

—¿Ese sitio es muy pijo? —le preguntó Kip a Scott por teléfono—. Creo que no tengo nada lo bastante arreglado para…

—No te preocupes por eso —le tranquilizó Scott—. No quiero sonar arrogante, pero vas conmigo. Puedes llevar la ropa que quieras.

—Quiero ponerme guapo para ti.

Kip añadió una camisa azul marino a la pila de «quizá» que había encima de la cama.

—Siempre estás guapo. ¿Has apuntado la dirección que te mandé?

—Sí. Entré en la web del restaurante. Parece muy sofisticado…

—Es solo un restaurante. Lo eligió Carter, así que seguro que es bueno. Sabe de comida.

—Vale, sí.

Puso una mueca al ver un agujerito en la manga de un jersey negro que se había planteado llevar.

Habían acordado que se verían ya en el restaurante, porque si quedaban en casa de Scott había muchas probabilidades de que no llegaran a la cena.

—El coche te recogerá a las siete —dijo Scott—. ¿Te va bien?

—Claro. Pero no hace falta que me mandes un coche. Puedo ir en tren.

Echó un jersey gris a la pila.

—Sí voy a hacerlo. ¡Es una noche especial!

Kip sonrió.

—De acuerdo.

—Pues nos vemos dentro de unas horas.

—Sí. Me muero de ganas.

—Yo también.

Colgaron y Kip suspiró. Volvió a fruncir el ceño al ver su triste ropero.

Le había costado mucho creérselo cuando Scott le había preguntado si quería salir a cenar aquella noche.

Scott había dicho que pensaba relajarse con su relación y que al final saldría del armario a lo bestia, pero Kip no esperaba que fueran a tener citas de verdad tan pronto.

Estaba emocionado, aunque a la vez increíblemente inseguro por ir a un sitio tan pijo.

La única ropa elegante de verdad que había tenido en su vida era el traje que le había dado Scott, pero supuso que estaba otra vez en el piso de su novio.

Digamos que Kip había perdido la pista del traje después de que Scott se lo hubiera arrancado del cuerpo.

Además, tanto si el restaurante era muy puesto como si no, seguramente ir de traje sería un poco excesivo.

Al final se decidió por un look compuesto por sus vaqueros más oscuros, una camisa de vestir, una corbata oscura y un jersey de cuello en V en un color ciruela intenso. Se hizo una foto rápida una vez arreglado y se la mandó a Elena.

Kip: ¿Qué te parece el look?

Elena: ¿Para qué?

Kip: ¡Salir a cenar con Scott!

Elena: ¿Adónde vais?

Le dijo el nombre del restaurante.

Elena: Ah, sí. Vas bien.

Kip asintió mirando el móvil, aliviado. Elena le mandó otro mensaje:

Elena: Estás guapísimo, por cierto.

Sonrió.

Iba a ser la mejor primera cita de su vida.

Scott se sentó a solas en la cómoda mesa para dos que había en un rincón oscuro del restaurante e intentó que no le importara si la gente lo miraba.