Capítulo 27 #2
—Joder, te quiero muchísimo, Kip —farfulló—. No podía… No podía dejar de pensar en ti. Tenía tanto miedo de perderte… Te necesito. Te necesito. ¡Joder!
Kip se había tragado casi toda la polla y movía la cabeza, todavía despacio, pero con eso fue suficiente.
Fue más que de sobra. Scott estaba al rojo vivo, por todas partes.
Se aferró al colchón y observó la maravillosa boca de Kip, que cogía su polla, admirado de cuánto se esforzaba su novio por hacer que sintiera cosas increíbles.
Había tantas cosas que Scott deseara… Quería correrse y quería que Kip se abriera, listo para cuando Scott fuera capaz de volver a la carga. Quería follar a Kip y que se corriera y luego quería abrazarlo con todas sus fuerzas.
Pero antes…
—Me encanta, Kip. Qué pasada, lo juro. Mierda…, voy a…
Scott sintió el orgasmo por todo el cuerpo y se corrió en la garganta de Kip. Este se lo tragó todo y después murmuró para dar su aprobación. Scott lo miró, estupefacto, mientras Kip deslizaba los labios para soltarle la polla. «No puedo perderlo. Jamás».
—No vas a perderme —dijo Kip.
Mierda, seguro que Scott lo había dicho en voz alta.
Kip, que aún estaba de rodillas, se levantó y se subió en su regazo, cosa que hizo que Scott se tumbara hacia atrás. Kip fue trepando por su cuerpo mientras lo besaba.
—No puedo creer que se lo hayas contado a los del equipo. ¿Y les has hablado de mí?
—Sip. Hasta les he enseñado una foto.
—Mierda. ¿En serio?
—Ajá. Quería ponerlos celosos.
Kip se rio y se le arrugó la nariz, era tan mono… Scott le dio un beso.
Rodó por la cama y dio la vuelta a los dos, de modo que Kip quedó bocarriba. Fue besándolo por todo el cuerpo y se recreó en sus lugares favoritos.
Kip lo observaba sonriendo, con las manos detrás de la cabeza.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó juguetón.
—Voy a follarte —dijo Scott, como si tal cosa.
—¿Tan pronto?
—Mmm… Dame un segundo.
Besó la barriga de Kip y este soltó una risita.
—La barba me hace cosquillas —comentó—. Aunque me gusta. Es sexy.
—¿Parezco un leñador buenorro?
—¿Aún te acuerdas de eso? —Kip se echó a reír—. Tío, intentaba ser sutil. No pensaba que tuviera posibilidades de liarme contigo, la verdad, pero por lo menos tenía que dejarte caer que podías interesarme.
—Funcionó —dijo Scott, que volvió a subir por la cama para llegar a los labios de Kip—. En cuanto dijiste eso, ya no pude dejar de pensar en ti.
—Pues me alegro de haberlo dicho.
Se dieron un beso tierno y dulce.
—Creo que te toca a ti —murmuró Scott.
—Mmm. Sí, por favor.
Scott cogió el lubricante que guardaba en la mesilla y se deslizó por la cama. Con la mano resbaladiza agarró la polla de Kip y se la meneó mientras miraba cómo le iba cambiando poco a poco la cara. Su sonrisilla pícara se fundió en una expresión fabulosa y Kip abrió la boca.
—Te deseé desde el momento en que te vi, ¿lo sabías? —dijo Scott con melancolía.
—¿De verdad? ¿No estaba dormido o algo así?
—Pensaba que habías dicho que no dormías, ¿eh? Que solo estabas descansando la vista.
—No dormía. Solo, eh, cerré los ojos un segundo. Pero, cuando los abrí, no reconocí quién eras. Lo único que pensé fue que estabas buenísimo.
—Y, cuando averiguaste quién era, ¿qué pensaste?
—Que iba a ser imposible liarme contigo.
Scott se puso lubricante en los dedos y empezó a abrir con cuidado a Kip. Este jadeó en cuanto notó el contacto de los dedos de Scott en el agujero.
—Cuando volví la segunda vez —dijo Scott—, pensé que quizá… Me pareció que te había pillado mirándome.
—Sí que me pillaste, de lleno…
—Y la tercera vez —continuó Scott metiéndole un dedo despacio—, cuando estabas solo… Se me ocurrió una excusa boba para quedarme en el Straw+Berry. Ni me acuerdo por qué. Solo quería mirarte.
—Dios —dijo Kip retorciendo el cuerpo en el colchón—. En ese momento debería haberme sentado encima de ti y haberte besado.
A Scott le dio un vuelco el estómago al imaginárselo.
—¿Qué habrías hecho si me hubiera lanzado? —le preguntó Kip.
—No lo sé. Me habría quedado… de piedra. Dudo que me hubiera sentido muy cómodo. Pero…
—¿Pero…?
—Apuesto a que también te habría besado. Por lo menos un segundo. No habría podido evitarlo.
—¿Y luego?
—Luego probablemente me habría largado pitando.
Kip cerró los ojos y suspiró mientras Scott añadía otro dedo.
—Pero habrías vuelto.
—Sí —dijo Scott en voz baja—. Habría vuelto.
—Me invitaste a ese partido. Aun entonces me resistía a reconocer que tenía posibilidades contigo.
—Me encantó verte entre la gente.
—Me pasé un par de semanas puto obsesionado contigo —le confesó Kip—. Y, eh…, me hice unas cuantas pajas. Pensando en ti.
«Mierda». La polla de Scott empezó a hincharse otra vez.
—¿En qué pensabas?
—Imaginaba cómo sería el… —Dejó la frase a medias cuando Scott dobló los dedos para acariciarle la próstata—. Ah, joder. Qué pasada, Scott.
—¿Era esto lo que te imaginabas? —preguntó Scott, más descarado cuanto más se excitaba—. ¿O pensabas en lo que voy a hacer ahora? ¿En enterrarme dentro de ti, penetrarte hasta el fondo porque puedes aguantarlo?
—Sí —dijo Kip con voz aguda y desenfrenada—. Me imaginaba que me follabas contra una pared. O en el puto trabajo, por ejemplo. No sé. Solo quería notar lo fuerte que eres.
Scott ahogó un suspiro.
—Yo también pensaba en ti. De viaje, cuando ni siquiera te conocía casi. Quería meterme tu polla en la boca. Me imaginaba qué ruidos harías al correrte. Me imaginaba besándote esa preciosa boca. Lo deseaba tanto… Joder. Vale.
Abrió un condón y se preparó, luego agarró una pierna de Kip y se pasó el tobillo por el hombro y entró en él tan rápido como se atrevió a hacerlo.
Kip chilló, arqueó la espalda y levantó el cuerpo para acercarse más. Scott se inclinó hacia delante lo suficiente para que Kip pudiera tocarle la cara y los hombros. Luego se apartó y volvió a embestirlo.
—¡Sí! Ah, dios… —gimió Kip—. Sigue así, mi amor. Dale… Me encanta.
Scott lo folló rápido y fuerte, y Kip lo miró con un amor inmenso.
—Me encanta, Scott —repitió Kip—. Es una puta pasada. Te quiero muchísimo.
Las lágrimas asomaron a los ojos de Scott, lo cual era ridículo. Se sentía tan bien y Kip era tan maravilloso y él era tan feliz…
—Tócate —dijo bajando un poco el ritmo—. Demuéstrame lo que hacías entonces cuando pensabas en mí.
Kip sonrió y empezó a acariciarse.
—Aún lo hago, amor mío —dijo—. Ni te imaginas cuántas veces lo he hecho esta semana.
—Sí —jadeó Scott.
—Quiero correrme —dijo Kip, y apoyó la cabeza hacia atrás en la almohada—. Estoy a punto.
—Quiero verlo. Quiero follarte mientras te corres.
—Sí, ah, joder. Sí, Scott. Joder, voy a…
—Córrete para mí, baby. Vamos. Muéstramelo.
—¡Ah! Ah, joder… —gimió Kip, temblando y tensándose alrededor de la polla de Scott.
Frenó la mano al correrse. Los chorros blancos le cayeron en el estómago. Entonces Scott aceleró las embestidas, desesperado de pronto por correrse.
Kip continuaba apretándole y Scott estaba a punto, joder, a un paso. Bastaba con una arremetida más…
—Vamos, Hunter. Venga. Báñame entero.
Scott gruñó, quitó la polla y sacó el condón de un tirón, justo a tiempo de dejar que toda su corrida cayera sobre el cuerpo de Kip.
—Ay, dios —jadeó al ver lo pringoso que habían dejado el estómago de Kip entre los dos—. Me pones tantísimo, Kip. Te quiero.
—Te quiero. Eres alucinante. Ven aquí.
Kip tiró de él y lo besó.
Se limpiaron y Scott cumplió su promesa de abrazar a Kip con todas sus fuerzas.
Kip se acomodó en sus brazos y apoyó la cabeza en su pecho.
—Qué cómodo eres —murmuró Kip.
—Vente a vivir conmigo —soltó de repente Scott.
«Ay, dios». No tenía intención de decir eso, qué va. No tan pronto.
—¿Qué?
—Que te vengas a vivir conmigo —repitió—. Quiero que vivas aquí, no solo que te quedes a dormir. Quiero que sea nuestro hogar.
Kip levantó la cabeza.
—¿Hablas en serio?
—Sí.
Transcurrió un minuto en el que no dijo nada.
—Por favor —insistió Scott, preparándose por si Kip lo rechazaba.
—Vale —dijo Kip en voz baja.
Scott sonrió de oreja a oreja.
—¿Sí?
—Por mí sí. Aunque… ¿estás seguro?
—Estoy más que seguro. Quiero compartirlo todo contigo, Kip. Quiero que vayamos a por todas.
—Entonces, de acuerdo.
Scott estaba pletórico.
—¡Me muero de ganas! Adaptaré una de las habitaciones libres para que sea un despacho y así podrás estudiar y hacer tus trabajos allí. Montaré unas estanterías para libros. ¿Cuándo podrías mudarte?
Kip se echó a reír.
—No lo sé. Supongo que en cualquier momento. No es que tenga muchas cosas que recoger.
—Podemos decorar el piso. Juntos. Siempre ha estado un poco soso.
—Me encantaría.
Cuanto más lo pensaba Scott, más se emocionaba con la idea.
—Y podríamos invitar a gente —dijo en voz baja—. A amigos. Nunca… La verdad es que nunca lo hago.
—Sí, podríamos —coincidió Kip—. Sería chulo. —Cambió de postura para apoyarse en un codo y miró a Scott a los ojos—. ¿Seguro que te ves preparado para lo que vendrá a continuación?
—Sí —dijo Scott—. ¿Y tú?
—Por descontado —dijo Kip.