Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Kip corrió como el rayo. Y sí, en efecto, allí estaba Scott, llenando el umbral de su modesta casita de Bay Ridge.

—¿Scott? —dijo Kip.

—Hola —respondió Scott con timidez.

Su madre miró a uno y a otro.

—Bueno. Supongo que será mejor que entres, ¿no?

—Gracias —dijo Scott.

Se metió en el vestíbulo y la madre de Kip cerró la puerta.

—¿Scott? —repitió Kip.

—Sí, perdona que me presente así —dijo Scott—. Elena me ha dado tu dirección. He pensado que… que podríamos ir a dar un paseo o algo así.

—¿Un paseo?

—Sí.

Se quedaron mirándose el uno al otro como unos pánfilos hasta que la madre de Kip dijo:

—¡Venga, ponte los zapatos! ¡De verdad, Kip!

Scott sonrió de oreja a oreja, lo cual hizo que Kip también sonriera.

Su padre apareció en escena.

—Hola. —Le tendió la mano—. George Grady. Me alegro de conocerte.

—Scott —dijo el jugador mientras le daba un apretón de manos.

—Sí —dijo el padre.

—Scott, esta es mi madre, Margaret.

—Hola —dijo su madre, maravillada.

—Scott es mi… amigo —dijo Kip—, por si os preguntabais qué hace aquí.

—En realidad —rectificó Scott—, soy su novio.

Kip estaba alucinando, pero sonrió a Scott.

—Sí —confirmó—. Estamos, eh…, juntos.

—¡Ay, dios mío! —exclamó su madre, y se tapó la boca con las manos—. ¡Ay, Scott, qué bien has elegido!

Todos se rieron y Scott sonrió con afecto a Kip.

—Ya lo sé, señora.

—¡Señora! —exclamó la madre de Kip—. ¡Ay, me encanta este chico!

—Lo siento —dijo Scott—, ¿estabais cenando? Debería haber llamado antes. Aunque huele riquísimo.

—No pasa nada —dijo Kip, todavía estupefacto.

—¿Has comido ya, Scott? —preguntó la madre—. No es más que un pastel de carne, pero puedes unirte a nosotros si quieres.

Scott miró a Kip.

—Si no es molestia…

—¡Qué va a ser molestia! Pasa, pasa —dijo la madre de Kip.

Le apretó el brazo a Kip muy emocionada cuando pasó por delante de él.

—Eh —dijo Kip—, quizá deberíamos… hablar. Antes. Un momento. ¿Subimos?

—Sí —dijo Scott—, claro.

—Enseguida bajamos, mamá —le dijo Kip—. Scott y yo tenemos que hablar un minuto.

Se sentía mareado y extrañamente nervioso. Le indicó a Scott con un gesto que le acompañara y subieron la estrecha escalera que llevaba al piso superior.

Cuando entraron en la habitación de Kip, este cerró la puerta y se dio la vuelta, listo para oír la razón que fuera que había llevado a Scott allí.

—¿Qué…?

Eso fue todo lo que pudo pronunciar Kip antes de que Scott se abalanzara sobre él, lo apretujara contra la puerta y lo besara con ansia.

Kip se agarró de donde pudo —la camiseta de Scott, el cuello, los brazos, el pelo— y le correspondió con otro beso.

Le encantaba notar la barba suave de Scott contra la cara.

Scott lo levantó en volandas, de modo que las piernas de Kip quedaron a horcajadas sobre su cintura.

Lo llevó hasta el escritorio de madera que llevaba en el cuarto de Kip desde que tenía seis años y lo sentó encima.

Separó las piernas y lo besó con más pasión aún, con lo que aplastó la espalda de Kip contra la estantería de libros.

Kip notó calor por todo el cuerpo. No se cansaba de la boca ni de las manos de Scott. Y sí, puede que se estuviera poniendo demasiado cachondo, teniendo en cuenta que estaban en la habitación de su infancia, pero era excitante de la hostia estar así.

—Joder, Scott —consiguió decir cuando por fin se separaron—. ¿Qué está pasando?

—No puedo perderte —dijo Scott y volvió a besarlo—. No puedo.

—Vale.

Se besaron un rato más y Scott deslizó los pulgares por la parte interna de los muslos de Kip. Este decidió hacerse el responsable.

—No podemos —dijo jadeando—. Tenemos que parar. Hostia puta. Mis padres nos esperan. Joder.

—Ya lo sé.

Scott soltó el aire y dio un paso atrás. Ambos tenían erecciones bastante evidentes, y sería raro bajar así a la mesa del comedor.

—Vamos a sentarnos un momento —dijo Kip—. Solo… habla conmigo y ya.

Se sentaron juntos en la cama de Kip y Scott dijo:

—Me gusta tu habitación.

Kip echó un vistazo a la decoración de su dormitorio, tan familiar (y bochornosamente juvenil).

Aún tenía los diplomas de competiciones escolare s y títulos académicos en una estantería por encima del escritorio.

Y le daba tanta vergüenza que no quería que su novio, la superestrella de la NHL , viera esas cosas.

—Es muy glamuroso, sí —bromeó.

—Es muy… tú. Me gusta. —Scott cogió de la mano a Kip. Apoyaron las manos entrelazadas en la cama, entre uno y otro—. Se lo he contado a algunos compañeros de equipo.

—¿En serio?

—Sí. Se lo he contado a mis tres amigos más cercanos del equipo.

­—¿Y qué les has contado precisamente?

—Que soy gay. Que estoy saliendo con alguien. Que ese alguien se llama Kip. Que es maravilloso.

Kip se ruborizó y sonrió.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Y qué te han dicho?

—Se han portado genial. Puede que se sorprendieran un poco. Pero fue genial. Me animaron mucho.

—¡Bien! ¡Es fabuloso, Scott!

—Sí, sí. Y voy a hacerlo público después de los play-offs . En cuanto me sea posible.

—Guau. Es… alucinante.

—Ya no quiero esperar más —dijo Scott y se volvió ligeramente hacia Kip para rozarle la mejilla con los dedos—. Haría el comunicado ahora mismo si no fuera a distraer al equipo. Quiero estar contigo del modo en que te mereces. Del modo en que ambos nos merecemos.

Y entonces Kip se emocionó mucho.

—Yo también.

Se besaron, con más ternura y delicadeza que antes.

­—¿Vendrás a mi casa esta noche? —preguntó Scott.

—Sí —jadeó Kip.

No había nada en el mundo que deseara más.

Se reunieron con los padres de Kip unos minutos después; si habían oído a los dos chicos dándose el lote arriba, no dieron muestra. Habían puesto cubierto para Scott, con un plato rebosante de comida. Daba la sensación de que también habían rellenado un poco el plato de Kip.

—Gracias por acogerme —dijo Scott—. Me alegro de conocerlos por fin.

—Es un honor tenerte en casa. —Saltaba a la vista que la madre de Kip estaba pletórica y llena de orgullo—. Somos muy aficionados, ¿sabes?

—Ah, gracias.

—Soy fan de los Scouts —dijo el padre de Kip—, pero puedo hacer una excepción.

Scott sonrió.

—De niño yo era fan de Buffalo. Aunque ahora mismo me considero fan de los Admirals.

Todos se rieron y Kip sonrió ilusionado. Era emocionante y surrealista tener a Scott sentado ahí en la mesa con su familia. Ver cómo sus padres se reían de su humor irónico. El mismo humor irónico que tanto le gustaba a Kip.

—Está delicioso —dijo Scott—. Ya veo de dónde ha sacado Kip las dotes para la cocina.

—­¿Te ha preparado algún plato? —preguntó la madre de Kip, encantada—. Me alegro de saberlo. Entonces ¿cuánto hace que salís, eh?

—Desde, eh… —Kip no estaba seguro de cómo responder a eso.

—Nos conocimos en enero —dijo Scott—. De hecho, lo conocí en su trabajo. Quería un smoothie y bueno…

—¡Enero! ¡Pero Christopher Grady! ¿Esto empezó en enero y no nos lo habías contado?

—Había que mantenerlo en secreto —protestó Kip—. Scott no… Ya sabéis.

—Yo, eh… —empezó a decir Scott—, he decidido salir del armario. En público. Pronto.

—Ah —dijo la madre de Kip—. Madre mía.

—Se armará un buen revuelo —dijo el padre.

Scott asintió.

—Lo sé, lo sé, créanme. Y no quería… No quiero que Kip se vea arrastrado a nada para lo que no esté preparado, pero…

—Estoy preparado —dijo Kip—. Pase lo que pase, estoy preparado.

Scott le dedicó una sonrisilla agradecida.

—Estoy enamorado de su hijo, señora. Ya no me importa quién lo sepa.

Kip se ruborizó, porque uuuf.

Su madre se puso a llorar.

—Ay, cariño. ¡Me alegro tanto por vosotros! Por los dos.

Kip sonrió a Scott.

—Yo también.

Scott ni siquiera esperó a que entraran en su apartamento. En cuanto se metieron en el ascensor, empezó a comerle la boca a Kip. Todas las células de su cuerpo gritaban con un ansia cruda y violenta. Deseaba a ese hombre en todo momento, y ya no le apetecía ocultarlo más.

En el instante en que pisaron el apartamento, se arrancaron las cazadoras y las camisas y las arrojaron al suelo de cualquier manera.

Scott intentó caminar hasta el dormitorio, pero Kip tiró de él para abrazarlo y comenzaron a besarse apasionadamente contra la pared.

Cuando Scott dio un paso atrás para proponer que salieran del recibidor, Kip empezó a desabrocharle el cinturón.

—Por dios, Kip.

A Scott le encantaba que Kip estuviera tan cachondo como él. Le ayudó a que se desnudara y se quedara en ropa interior.

—Vamos al dormitorio —logró decir al final—. Por favor. Quiero hacerlo bien. Llevo días pensando en esto.

Kip asintió, con la boca húmeda, magullada y algo dormida, y, joder, Scott quería notar esos labios alrededor de la polla. Lo quería todo.

Kip se quitó las zapatillas de deporte empujando con los dedos y siguió a Scott a su habitación. Si de Scott dependía, pronto sería la habitación de los dos.

Una vez en el dormitorio, Kip le metió una mano en el calzoncillo a Scott y le agarró el culo. Con la otra mano jugueteó con uno de los pezones de Scott mientras le besaba el cuello.

Scott cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás. Alargó el brazo y se agarró al culo de Kip, para juntar más los dos cuerpos y que Kip notara la polla dura que se le clavaba.

Kip murmuró y movió la mano para coger a Scott por los huevos por debajo de los calzoncillos. La mano de Kip entró en contacto con la polla de Scott y este gimió de un modo que denotaba un deseo tan evidente que le dio vergüenza.

Kip le metió mano un rato aún a través de la tela, hasta que pasó los pulgares por la goma de la cinturilla y le bajó la ropa interior. Sentó a Scott a los pies de la cama y se puso de rodillas en el suelo.

—Joder —susurró Scott—. Sí.

Kip se mojó los labios y no dejó de mirar a los ojos a Scott mientras le pasaba la lengua por la punta de la polla hinchada. Lamió la raja y chupó el líquido preseminal que ya empezaba a gotear. Lo hizo de una forma tan lenta y deliberada que destrozó a Scott en el mejor sentido.