Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 26
83%

Capítulo 26

Scott durmió bien por primera vez en una semana.

Mientras se desperezaba, oyó un suspiro satisfecho junto a él.

Aún tumbado, se dio la vuelta y se encontró con el hombre a quien amaba durmiendo plácidamente.

La única sábana blanca que los tapaba se había resbalado hasta la curva de la parte inferior de la espalda desnuda de Kip.

El pelo castaño y suave le caía revuelto sobre los ojos y un par de ondas sueltas le rozaban la mejilla con barba de tres días.

Tenía la cara relajada y hermosa, los labios entreabiertos.

Scott se apoyó en un codo y se dedicó a contemplarlo un rato.

Lo observó dormir hasta que ya no pudo contenerse más sin pasar el dorso de los dedos por la mandíbula de Kip.

Dormido, se estremeció e hizo un ruido irritado y perezoso.

Scott sonrió y le besó el hombro que tenía más cerca.

Al ver que Kip no se removía ni protestaba, Scott siguió dándole besitos suaves por toda la espalda.

Le habría encantado quedarse en ese instante para siempre.

Pero también se sentía solo, así que movió la boca para darle un mordisquito en el costado a Kip, justo por encima de la cadera, donde Scott sabía que tenía cosquillas.

Dos arañazos con los dientes de Scott y Kip se apartó de él. Scott sonrió.

—Buenos días.

—Déjame en paz —murmuró Kip con la cara enterrada en la almohada.

—Lo siento —dijo Scott—. No he podido resistirme.

Volvió a la posición inicial y se tumbó junto a él.

Al final, Kip giró la cabeza y lo miró.

—Hola —dijo con voz cariñosa y feliz.

—Me gusta despertarme a tu lado.

—Mmm.

Kip rodó sobre la espalda y se desperezó. Scott se deleitó en cómo se tensaban los músculos de sus brazos y su pecho, y la fina sábana bajó todavía más por sus caderas.

—¿Qué hora es? —preguntó Kip.

—¿Eh? —preguntó a su vez Scott mientras seguía con la mirada el rastro de pelo oscuro que iba desde el ombligo de Kip hasta por debajo de la sábana—. No lo sé. ¿Las ocho, tal vez?

Kip cerró los ojos y soltó un gruñido.

—Mierda. Tengo que levantarme. Dije que entraría a trabajar a las nueve para ayudar a formar al nuevo empleado.

—¿Estás seguro? —preguntó Scott y se movió para poder besar el lateral del cuello de Kip.

—Cuanto antes empiece, antes acabaré —respondió Kip con voz algo tensa.

Scott movió la boca para besarlo en el punto donde se notaba el pulso y sintió cómo se le aceleraba el corazón a su novio.

—Vale —dijo Scott y se desplazó con la boca hasta la clavícula de Kip.

Besó el hueco que se formaba justo allí y Kip se estremeció.

—Eres una mala influencia —se quejó.

Como respuesta, Scott le puso la mano en la rodilla y la fue subiendo, dejando que sus dedos se arrastraran por la piel sensible de la cara interna del muslo.

—Tienes quince minutos —dijo Kip con una risa cortada.

Scott cubrió el cuerpo de Kip con el suyo y lo miró a los ojos.

—¿Es un reto?

—Sé que te encantan.

—Desde luego.

Scott lo besó en la boca y de inmediato quedó claro que Kip no tenía nada que objetar a los avances de Scott. Fue un beso intenso, caliente y apasionado, y notar la lengua de Kip enroscándose con la suya bastó para que Scott se muriera de deseo. Siempre le ocurría.

Kip desplazó las caderas para que las dos erecciones se frotaran. Scott gimió en la boca de Kip. Se pasaron un rato moviéndose así, hasta que Kip se apartó y dijo con una sonrisita juguetona:

—Diez minutos.

Scott aceptó el reto y se hundió en el cuerpo de Kip, llevándose la sábana por el camino. Se metió la polla en la boca y Kip subió las caderas mientras su jadeo se oía por toda la habitación.

Scott se esmeró. Puso en marcha todo el conocimiento que había adquirido sobre lo que hacía que Kip perdiera la cabeza por completo en la cama.

Atacó el punto sensible por debajo de la punta de la polla de Kip con unos lametazos rápidos a la par que tiraba de los huevos con la mano.

Luego relajó la garganta y se metió la polla de Kip hasta el fondo.

A Scott le apasionaba hacerle mamadas a Kip. Le volvía loco lo rápido que lograba reducirlo a gemidos y a un balbuceo sexy y fabuloso.

—Mmm, joder, amor. Me encanta. Dios, tu boca. Me encanta tu boca, Scott…

Al cabo de unos minutos, cuando Kip estaba a cien y temblando debajo de él, Scott se apartó y preguntó:

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Por dios. No me jodas, Scott. ¡Sigue!

—¡Solo quería asegurarme!

—Eres un capullo. Vuelve al trabajo…

Scott se rio e hizo lo que le mandaba. Consiguió que Kip se corriera enseguida y se desplomó a su lado.

Kip respiraba con dificultad y sonreía mirando hacia el techo.

—Bien hecho, campeón.

—Gracias, entrenador.

—Vamos —dijo Kip. Se sentó y sacó las piernas por el lateral de la cama—. Te lo recompensaré en la ducha.

—¿La ducha?

—¡Tengo que aprovechar el tiempo! ¡Ya llego tarde!

—Soy una distracción.

—Sí, pero de las mejores. Vamos.

En cuanto el avión despegó de Nueva York, la confianza de Scott se desplomó.

Acababan de ganar dos partidos en Nueva York, y la serie iba empatada a dos, pero no podía olvidarse de lo mal que había jugado en los dos primeros encuentros en Detroit.

Pero ahora Kip y él habían vuelto e iba a asegurarse de que siguiera siendo así. Y eso implicaba ser valiente y cumplir las promesas que había hecho al chico que amaba.

Esa noche, Scott se tumbó en la cama del hotel, preocupado por lo que podría pasar cuando saliera del armario. Era su secreto mejor guardado desde hacía tanto tiempo que le costaba imaginar la vida sin tener que cargar con ese peso.

Necesitaba aclararse las ideas, así que salió de la habitación y deambuló un poco por el hotel hasta acabar en la piscina. Como no había nadie, se tumbó de lado en una de las tumbonas y disfrutó del silencio.

Mientras contemplaba el agua tranquila de la piscina, se obligó a concentrarse en algo que no fuera el miedo.

Pensó en Kip. Kip, que tanta paciencia estaba teniendo con él.

Y Scott recordó que le había pedido a Kip que esperase hasta que acabaran los play-offs , pero de repente le pareció que faltaba mucho.

Scott no quería tener que dejar a un lado su relación durante los play-offs ; quería que su relación lo hiciera más fuerte. Lo ayudase a jugar mejor.

Pensó en formar un hogar con Kip, formar una vida con él.

Pensó en los adorables hoyuelos de Kip y en cómo se tapaba la boca con la mano cuando leía.

Pensó en despertarse junto a Kip todas las mañanas, cuando se hubiera retirado del deporte, y en recorrer el mundo juntos.

Ir a restaurantes y museos y dar paseos por el parque sin preocuparse de si la gente sabía que estaban juntos.

Es más, quizá deseando que la gente supiera que estaban juntos.

El deseo de todo eso ardía con tanta fuerza en su interior que le sobrecogió la necesidad de empezar a trabajar en esa dirección. Sabía qué tenía que hacer.

Ya era hora.

—Joder, Scott —se quejó su agente por teléfono—. ¡Pero si aquí es casi medianoche!

—Ya lo sé. Aquí también. Solo estoy en Detroit, ¿sabes?

—¿Pasa algo malo?

—No. No exactamente. Pensaba esperar hasta volver a la ciudad, pero no quiero retrasarlo más.

—¿Esperar para qué? Un momento… ¿Qué coño? ¿Después de todos estos años juntos vas a decirme que…?

—No —se apresuró a contestar Scott—. No voy a despedirte, Todd. Ni nada parecido. Por supuesto que no.

—Ah. ¿Y entonces?

Scott se sentó en el banco del vestuario vacío de la zona de fitness del hotel. No tenía la menor idea de cómo iba a expresarlo. Como de costumbre, su mente había tomado una decisión repentina y ahora tenía que apechugar.

—Estoy pensando en hacer un comunicado —dijo.

—¿Un comunicado? ¿Qué pasa? ¿Vas a retirarte? Scott, todavía te quedan años por delante…

—No, no es eso. Un… comunicado personal.

Todd suspiró.

—Mira, Scott. Es tarde. ¿Puedes ir al grano, por favor?

Scott repasó el vestuario con la mirada una vez más, por si acaso. Sí, estaba solo.

—Soy gay —dijo por primera vez en su vida.

Hubo un silencio.

—¿Todd?

—Te he oído. Pero dame un momento…

—Claro.

Más silencio. Después Todd soltó una exhalación.

—De acuerdo. Eres gay. Lo pillo. Ahora dime que no era eso lo que querías anunciar.

—Sí es eso.

—Scott —dijo con voz cansada Todd—. No. No puedes hacer eso.

—¿Por qué no?

Todd se rio con ganas.

—¡Ya sabes por qué no! Joder, ¿en serio te lo tengo que explicar?

¿Sabes cuántos jugadores están deseando quedarse con tus contratos de patrocinio?

¿Crees que no me estoy peleando con el agente del puto Matti Jalo por ese tema?

Últimamente solo eres el segundo ídolo del equipo, y la cosa no va a mejorar conforme envejezcas.

Ahora mismo, tienes que agarrar todo lo que puedas.

Estás en la cresta, pero eso no va a durar. Una lesión, otro patinazo…

—Ya lo sé. Te he entendido —dijo Scott con sequedad.

—Lo único que digo es que no hay por qué ahuyentar a los patrocinadores y a los fans. No cuando ya hay tantas otras formas de que ocurra que escapan a tu control.

—Que ya lo pillo —dijo Scott—, pero creo que algunas cosas importan más que eso.

—¿Importan más que aquello por lo que has estado luchando toda la vida?

—No lo sé. Quizá. —Scott ya no estaba tan seguro.

—Muy bien, deja que pruebe desde otro ángulo: ¿has pensado en lo que implicaría esto para tus compañeros de equipo?

—¿Qué va a implicar?

—¿No crees que sería raro para ellos? El saber que eres, o sea…

—¿Qué? ¿Crees que van a pensar que los miro en el vestuario? No lo hago.

—Es solo que, para algunos de esos tíos, es como el mayor miedo que tienen, ¿no?

Sé que no es racional. Yo soy abierto de mente, Scott.

Y lo sabes. Solo trato de ser realista. Al menos algunos de tus compañeros van a sentirse incómodos.

Y eso va a afectar a la dinámica del equipo y el rendimiento.

Joder, ¡eres el puto capitán! ¡Tienes que pensar en esas cosas!

—Vale —murmuró Scott—. Sí, ya lo sé.