Capítulo 25
—Hostia puta —murmuró Maria—. Ha vuelto.
Kip se volvió desde donde estaba reponiendo los plátanos y vio…
—¡Scott!
Ahí estaba, con su ropa de salir a correr, la cara empapada en sudor, igual que la primera vez que había entrado en el local. Excepto que ahora tenía más barba.
Kip no había querido decir su nombre así. Sorprendido. «Familiar». Es solo que se había quedado confundido. Esperaba que Maria lo achacara a su supuesto fanatismo por Scott Hunter.
—Hola —dijo Scott con voz suave e insegura.
—Eeeh, ¿en qué te puedo ayudar?
—Sí —dijo Scott sonriendo con timidez—. Estaba pensando en que quizá podría… volver a los orígenes.
—Ah. —¿Qué quería decir con eso?—. Pues… ¿un smoothie azul, entonces?
—Por favor.
Kip le preparó el smoothie y Maria le soltó una sonrisilla. Él la ignoró.
Le dio la bebida a Scott, quien miró un momento a Maria y luego volvió la vista a Kip. Casi podía ver el «a tomar por culo» pasarle por la mente a Scott.
—Yo, es que… Quería verte.
—Uy.
Kip se atrevió a mirar a Maria. Que estaba ahí, con cara de pilla.
—El partido es esta noche, y me gustaría…
—Ah. —Kip se desanimó—. ¿Necesitas tu amuleto de la suerte o algo así?
—¡No! No, no es eso… —Los ojos de Scott se posaron de nuevo en Maria. Bajó la voz, aunque no le importara. Era evidente que Maria estaba pendiente de cada palabra—. Quiero hablar contigo. A solas. Por favor, Kip.
Kip vio la angustia en los ojos de Scott y una chispa de esperanza se encendió en su interior. ¿Quizá Scott quisiera arreglar las cosas tanto como Kip?
—De acuerdo —dijo Kip.
—¿Podemos vernos en algún sitio? ¿Cuando salgas de aquí?
—La verdad es que tengo que ir a un sitio esta tarde.
Scott parecía devastado.
—No, es en serio —dijo Kip rápido—. No te estoy diciendo que no quiera verte. Quiero hablar contigo. De verdad. Mucho. Tipo… muchísimo.
—Vale. Tengo el partido esta noche y eso, así que… quizá… ¿Podrías venir al partido? ¿Qué te parece?
—Vale —dijo Kip—. Claro. Iré al partido de esta noche.
Scott asintió.
—Bien. Vale. Y quizá luego podamos… ir juntos. ¿A algún sitio?
—Claro. Me encantaría.
La cara de Scott se iluminó.
—¿Sí? Vale… —Se inclinó, solo un poco, y a Kip se le cortó la respiración. Pero entonces dio un paso atrás rápido y dijo—: Pues nos vemos entonces.
—Vale.
Scott se marchó y Kip esperó todo lo que pudo antes de volverse hacia Maria.
—¿Qué. Cojones. Me. Estás. Contando? —dijo Maria.
—Vale, es posible que eso haya parecido…
—O sea ¿que vosotros dos estáis…?
—Más o menos. No lo sé. Solo, por favor, no se lo cuentes a nadie.
—¡Hostia puta!
—¡En serio! Ni se te ocurra decir nada. Prométemelo, ¿vale?
—¡Lo prometo! ¡Claro! Pero por lo menos me tienes que contar algo. ¡Necesito algún detalle!
—Uno.
—¿Uno?
—Solo uno.
Puso cara de estar pensando muy bien qué quería preguntar, luego sacó un pepino de la nevera y lo dejó sobre la encimera. Cogió un cuchillo y lo colocó cerca del centro del pepino.
—Vale, avísame cuando haya alcanzado el largo aproximado.
—No.
Movió un poco el cuchillo.
—Venga ya. No voy a hacer esto.
Lo movió otro poco y levantó una ceja.
Kip la miró con rabia, luego puso los ojos en blanco y dijo:
—Un poco más.
Maria gritó:
—¡Ay, dios mío! ¡Lo sabía! ¡Zorra con suerte!
—Vale. Ya está. En serio. No se lo digas a nadie, ¿vale?
—Sí. Sí. Te lo prometo —dijo ella mientras se reía.
Kip se rio un poco; se sintió aliviado de que alguien más supiera lo de su relación.
Una relación que iba a asegurarse de arreglar esa noche.
Scott se sentía bien.
Tenía las manos vendadas dentro de los guantes por la pelea de la otra noche, pero se encontraba bien. Centrado. Concentrado. Iban a ganar esa noche. No tenía la menor duda.
Había hecho oídos sordos a los titulares y los comentarios de los programas deportivos. Aunque él supiera que estaban ahí. «¿Qué le pasa exactamente a Scott Hunter?».
Pasaba de todo. Nada de eso le importaba. Cada partido era un nuevo comienzo. Habían perdido dos partidos, pero iban a ganar los cuatro siguientes. No pasaba nada.
Sus compañeros de equipo también parecían percibir el cambio en él.
No lo miraban con preocupación, sino que buscaban fortaleza en él.
Le devolvían el gesto con la cabeza, comunicándole en silencio: «Tú puedes.
Estamos contigo. Hasta el final». Kip estaba ahí, en el partido.
Verlo en su asiento llenó a Scott de fuerza y confianza. No era superstición, era amor.
Esta noche arreglaría las cosas con Kip. Iba a asegurarse de ello.
—Hostia, no veas —dijo Elena—. ¡Parece que Scott ha recuperado el ritmo!
Estaban de pie y aplaudiendo con entusiasmo junto con el resto del público. Scott había marcado su segundo gol del partido, poniendo el marcador a 5-2 a favor de los Admirals para el final del segundo tiempo.
Quizá fuera la ventaja de jugar en casa, o quizá Scott había conseguido concentrarse. O quizá al final los smoothies sí eran mágicos. En cualquier caso, Kip estaba aliviado y feliz.
Y superorgulloso de él, joder.
Kip recibió un mensaje de Scott al poco tiempo de terminar el partido.
Scott: ¿Te parece bien si quedamos en mi casa?
Kip esperaba que se lo sugiriera.
Kip: Claro. ¿Quieres que vaya ya?
Scott: Sí. Iré en cuanto pueda.
Elena lo abrazó y le deseó suerte. Habían tenido una larga conversación antes del partido. Elena le dijo que creía que los dos eran idiotas.
Era raro cómo el lujoso edificio de apartamentos en el que estaba el ático de Scott ahora le hacía sentir como en casa. Tuvo que recordarse a sí mismo, mientras entraba en el enorme salón, que esa no era su casa. Pero era reconfortante estar de nuevo en su espacio familiar.
Sin embargo, la espera se le hacía agónica. Sabía que Scott tardaría un rato, pero le parecía una eternidad. Kip se sentó en el sofá, en la encimera de la cocina y luego empezó a dar vueltas por el salón. Cuando la puerta se abrió por fin, él estaba de pie junto a las ventanas.
Por un instante, Scott se lo quedó mirando como si no acabase de creerse que estaba ahí. Entonces dijo con voz suave:
—Kip.
—Hola.
Vestía uno de los trajes a medida que se le exigía ponerse para salir de la pista de hielo. Llevaba la barba poblada y el pelo más largo de lo habitual. Estaba guapísimo, joder.
Scott cruzó el salón hasta ponerse a un brazo de distancia.
—Enhorabuena por la victoria —dijo Kip con torpeza.
—Gracias. —Las manos de Scott, con los dedos vendados, se flexionaron a los lados. Miró a Kip como si hubiera vuelto de entre los muertos—. Te he echado de menos.
La voz de Scott se quebró al pronunciar la última palabra. Kip hizo lo único que se le ocurrió, lo único que quería hacer: abrió los brazos. Y Scott se dejó caer en ellos.
—Lo siento mucho —susurró Scott a la oreja de Kip—. No quería que te fueras. Por favor, dame una oportunidad para arreglarlo.
—Ssssssh. —Kip besó la coronilla de Scott.
Estuvieron así un rato, abrazados e inspirando el olor del otro.
—Sentémonos —dijo Kip mientras le cogía la mano a Scott.
La aguantó con delicadeza, acariciando el pulgar con los vendajes mientras lo llevaba al sofá.
—He estado pensando mucho —dijo Scott.
—Yo también.
—He estado muy triste.
—Y yo.
—Te mentiría si te dijera que la idea de salir del armario no me sigue aterrorizando.
—Lo sé —dijo Kip—. Sé que te estoy presionando mucho, sobre todo ahora. Así que quizá pueda dar un paso atrás y ser más paciente.
—Tenías razón, Kip. En todo. No deberías tener que esconderte. No deberías ser mi secreto. Mereces mucho más que eso.
—Tú también mereces mucho más, Scott.
—Lo sé. Lo que pasa es que… tengo miedo.
—¿Puedo preguntarte —dijo Kip con cuidado— a qué le tienes miedo exactamente? No paras de decir que a perder tu carrera o tu privacidad, pero sé que la NHL tiene las «Noches del Orgullo» y cosas así.
Scott se frotó la cara con la mano. Parecía estar agotado.
—Lo siento —dijo Kip al momento—. Es solo que… creo que hay algo que no entiendo.
—Tienes razón —dijo Scott—, con respecto a la liga.
Lo están intentando. Y se supone que los equipos tienen una política de tolerancia cero con la homofobia, pero…
—Suspiró—. Cuando era pequeño, el hockey lo significaba todo para mí.
Y, en ese mundo, ser gay era el peor insulto.
Lo peor que podías llegar a ser. Ni siquiera te puedo decir cuántas veces tuve que oír…
, bueno, todos los comentarios homófobos que te puedas imaginar. Era con bastante frecuencia.
—¿Te lo decían a ti?
—A mí, a todos. Era lo que decías si querías molestar a alguien. O si estabas enfadado. Y todo el mundo lo aceptaba. Pero cuando empecé a darme cuenta de que yo podía ser esa cosa que todos mis compañeros de equipo consideraban tan repulsiva…
Kip le cogió la mano. Scott tragó saliva y continuó:
—Debes tener en cuenta que fui a un internado, uno especializado en hockey, así que no tenía escapatoria.
Y me escondí. Escondí mi secreto lo más profundo que pude porque no podía ocultar el resto de mí.
Yo era el mejor jugador que había en la escuela, y los cazatalentos de la NHL venían a ver mis partidos incluso entonces.
Y sabía, bueno, sospechaba, pero seguro que estaba en lo cierto, que, si me pillaban con otro chico, si alguien pensaba siquiera que me gustaba otro chico, todo se irá al garete.
—¿Había algún chico? —le preguntó Kip en voz baja.
Scott sonrió con tristeza.
—Hubo un chico. Más tarde. Cuando estaba en la liga júnior. Mi compañero de equipo, Jacob.
—¿Y os…?
—No. No sé si él era… Pero creo, quizá, puede. Puede que él también estuviera al tanto. Pero ninguno de los dos habría hecho nada al respecto. El riesgo era demasiado alto.
—Pero tú querías estar con él.
—Sin duda. —Scott se rio con amargura—. Creía que estaba enamorado de él.
—Dios. Debiste de pasarlo muy mal.
Scott se encogió de hombros.
—Me obligué a no hacer caso. A centrarme en lo importante. A llegar a la NHL .
—¿Y en la NHL no fue mejor?