Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Iban perdiendo 4-1 en la tercera parte. Scott no había dormido más que unas pocas horas en días. Era un polvorín y el número catorce de Detroit había estado jugando con cerillas durante toda la noche.

Lo que al final encendió a Scott fue la palabra que había sabido bloquear tan bien desde que era adolescente.

Y Scott perdió la cabeza por completo. La palabra que se repetía tan a menudo, tanto en la pista como en el vestuario, que en realidad no significaba nada, de pronto lo significó todo.

Y, cuando los puños de Scott dieron contra la cara de ese imbécil, quiso decírselo.

Quería que supiera exactamente quién era el que le estaba rompiendo la cara.

Un chupapollas. Un maricón. «Sí, un puto maricón está a punto de romperte la puta mandíbula».

Pero ahora que todo había terminado, ahora que Scott había intercambiado golpes delante del público y las cámaras de televisión hasta que le había propinado al tipo un puñetazo que lo había derribado sobre la pista y luego había seguido dándole golpes y golpes…

«Joder. Me cago en dios».

Menudo puto ejemplo que seguir.

Scott cogió una botella de agua y se roció la cara, limpiándose la sangre y el sudor. Se echó un poco en la boca y la escupió. Se miró las manos. Tenía algunos cortes, pero nada grave, aunque seguro que se le hincharían un poco los nudillos. Flexionó los dedos. No tenía nada roto.

Se sentía mal. Se sentía humillado, sentado en la caja de castigo durante los siguientes cinco minutos, con todo el público como testigo de cómo había perdido por completo los nervios.

Estaba perdiendo la cabeza. Estaba desorientado. Necesitaba encontrar un punto de apoyo.

Por ahora, solo podía sentarse en la puta caja de castigo y ver cómo su equipo perdía. Otra vez.

En un intento por sentirse un poco menos desgraciado, después del trabajo, Kip se arrastró hasta la librería Barnes ahora estoy haciendo un máster en Arte antiguo y Arqueología. En Columbia.

Kip quedó impresionado.

—¡Qué pasada! No tenía ni idea.

Kyle sonrió.

—Bueno, nunca hemos hablado mucho más allá de pedir bebidas y flirtear.

Kip bajó la mirada, avergonzado.

—Siento mucho haberte dado falsas esperanzas la otra noche —murmuró mirando las botas (muy bonitas) de Kyle.

—Olvídalo. Me alegro de que llegaras bien a casa. O al menos a algún lugar seguro. Estaba preocupado.

—¿Ah, sí?

—Pareces sorprendido.

Kip se puso un poco rojo. Sintió como que a lo mejor estaba actuando como un idiota. Quizá no debería hablar con nadie.

—Lo siento. Ahora mismo soy un desastre.

Kyle pareció pensar qué iba a decir durante un momento.

—¿Quieres echar un café?

—Eh, mmm. No estoy… O sea, te diría que sí, pero…

—Tranquilo. Es solo que parece que necesitas un amigo. Quizá podamos hablar de lo que te preocupa. O de la universidad.

Kip no estaba seguro de poder hablar de sus problemas con ese casi desconocido, pero tampoco tenía nada mejor que hacer.

—Vale. Claro. Gracias.

Fueron al Starbucks que había en la tienda y se llevaron sus cafés con leche a una mesa junto a la pared.

—No sabía que llevaras gafas —dijo Kip.

—Es solo una de las muchas cosas fascinantes sobre mí.

—¡Y que te especializaste en Historia!

Kyle retiró con cuidado la tapa de su vaso y sopló sobre la espuma.

—Historia y Latín, en realidad. Era doble titulación. Pero basta ya de hablar de mí. ¿Qué te tiene tan triste, Kip?

—Es que… —No perdía nada por intentarlo. Quizá un desconocido que fuera imparcial era justo lo que necesitaba—. Estoy saliendo con alguien. Desde hace unos meses. Y… le quiero. Estamos enamorados. O lo estábamos. Ahora ya no lo sé.

—Háblame de él.

—Es… —Kip sonrió un poco—. Es guapísimo. O sea, mucho. Es superatractivo. Y es inteligente, cariñoso, generoso y… maravilloso.

—Y está, déjame adivinar…, ¿casado?

Kip negó con la cabeza.

—No. Pero no ha salido del armario.

Kyle lo miró con complicidad.

—Un consejo, basado en mi propia experiencia personal: no te líes con los que no han salido del armario.

—¿Sabes qué pasa? Antes habría estado completamente de acuerdo contigo. Pero él merece la pena. Creo.

—¿Por qué sigue metido en el armario?

—Su trabajo es… —Kip suspiró—. Cree que perjudicaría su carrera . No lo sé. Lo más seguro es que sí, supongo.

—¿Así que antepone su carrera?

—Bueno, es… Ya sabes.

—¿Complicado?

—Mucho. —Kip se pasó la mano por el pelo, agitado—. Es que… Hay una gran diferencia entre nosotros. Es como si yo no fuera lo bastante bueno para él. Para nada.

—¿Él te ha dicho eso?

—¡No! No. Nunca. Pero es la verdad. Él tiene éxito. Es rico. Impresionante.

—Y no ha salido del armario.

—Sí.

—¿Es mayor?

—No mucho. Un par de años.

—Dios. ¿Y es rico y tiene éxito?

Kip se retorció. ¿Estaría dando demasiada información? Kyle no estaría tratando de adivinar quién era su hombre misterioso, ¿no?

—Su dinero y esas cosas… no me importan.

Y él dice que no le importa que yo no tenga nada.

Pero eso hace que la relación sea como desequilibrada, ¿sabes?

Siempre me siento incómodo cuando él paga cualquier cosa.

Y además de eso, desde que estamos juntos, siento que me han vuelto a meter en el armario en lugar de yo sacarlo a él.

—E imagino que esto lo has hablado con él.

Kip se mordió el labio.

—Más o menos. Tuvimos una discusión. La semana pasada. Y… me fui.

—Uuuf.

—Ha sido nuestra primera discusión fuerte.

—¿Fue vuestra primera discusión y te fuiste?

—Sí.

Kip cada vez se sentía más estúpido.

—¿Y has intentado hablar con él de nuevo?

—No.

Kyle negó con la cabeza y sonrió con pena.

—Ay, Kip.

—¿Crees que debería hacerlo?

—¿De verdad estás enamorado de él?

—Sí.

—Pues entonces deberías intentarlo.

Kip jugueteó con su vaso.

—Pero ¿y si nunca está listo para salir del armario? Acabas de decir que sabes por experiencia propia que debería mantenerme alejado de los chicos que no han salido del armario.

—Sí, bueno. Mi experiencia fue una absoluta mierda, pero yo no estaba enamorado de ese chico.

Kip asintió.

—Hablare con él. Tienes razón. Tengo que intentarlo.

—Muy bien. Y, por cierto, ¿a qué universidad vas a ir?

—Ah, aún no lo sé. He enviado solicitud a un par, pero espero que me cojan en la NYU. Allí estudié la carrera.

—Qué mal. Creía que nos llevábamos bien —bromeó Kyle.

Kip sonrió.

—La verdad es que no tengo ni idea de cómo lo voy a pagar, pero me las apañaré. Está claro que necesito un trabajo mejor.

Kyle lo miró con curiosidad.

—¿Tienes experiencia en el sector de la hostelería?

Kip se rio.

—Sí. Esa es la única que tengo.

—En el Kingfisher están buscando camarero.

—¿En serio? —Kip lo pensó. Seguiría siendo hostelería, pero podría estar bien trabajar en su pub favorito.

—Ajá. Y pronto habrá aún más horas porque me voy a un programa de verano a Italia.

—¡Guau!

—Las propinas, te lo seguro, son fantásticas. Sobre todo cuando eres guapo y encantador. —Se pasó la mano juguetona por la cara—. ¿Por qué no te pasas mañana, a última hora de la tarde, con tu currículum? El jefe estará allí. Te lo puedo presentar y hablar bien de ti.

—Ni siquiera sabes si soy buen trabajador —señaló Kip.

—¿Eres mal trabajador?

—No.

—Bueno, no creo que seas un mentiroso, así que me fío.

—Vale. Gracias. Estaré ahí mañana. Te lo agradezco de verdad.

—Bien. Ahora ve y llama a tu novio guapo y con éxito.

Kip no llamó a Scott. Había sacado el móvil varias veces con la intención de hacerlo, o de mandarle un mensaje, pero tenía miedo. ¿Y si le mandaba un mensaje y lo ignoraba? ¿Y si Scott le había bloqueado el número? ¿Y si Kip llamaba y Scott contestaba y le decía que no volviera a llamarlo?

Por lo menos ahora, aunque se sintiera deprimido, tenía esperanza.

Estaba sentado en la cama de su casa y las palabras que Kyle le había dicho ese mismo día le rondaban por la cabeza.

«Tienes que intentarlo».

Debería escribir a Scott. Solo un mensaje.

Escribió:

Kip: ¿Podemos hablar?

Se lo quedó mirando.

¿Y si Scott le respondía «no»?

Quizá debería dejar que él diera el primer paso.

Scott era el que tenía todo el estrés y la responsabilidad sobre sus hombros en ese momento.

Kip no quería añadir aún más. Pero los Admirals jugaban la noche siguiente.

Sería su primer partido en casa desde la discusión entre Kip y Scott y no ir le parecía muy mal.

No podía seguir dándole vueltas. Tenía que darle espacio a Scott. En lugar de eso, Kip iría a trabajar por la mañana y luego se pasaría por el Kingfisher con su currículum. Aprovecharía ese rato siendo productivo.

Llamaron a la puerta de su habitación.

—¿Kip?

—Sí, papá. Pasa.

Se abrió la puerta y su padre entró con un sobre en la mano.

—Esto viene de la Universidad de Nueva York —dijo con una pequeña sonrisa—. No sabrás nada al respecto, ¿no?

—Pues seguro que me escriben para pedirme dinero —mintió Kip.

«Lo más seguro es que estén rechazando mi solicitud».

—Es del Departamento de Admisiones.

«Dios mío. Dios mío. Ahora mismo no puedo gestionar más malas noticias».

—Ay, dámelo.

La mano de Kip temblaba mientras cogía el sobre. Su padre cruzó los brazos y se recostó contra el marco de la puerta.

Kip se lo quedó mirando, pero, cuando vio que su padre no tenía intención de salir de la habitación, suspiró y abrió el sobre.

—Hostia puta —dijo en voz baja.

—¿Kip?

Kip se puso de pie de golpe.

—¡Me han admitido! ¡Voy a estudiar un máster!

Y, de golpe, el mundo le pareció menos horrible. Sonrió y le dio un abrazo a su padre.

—Estoy orgulloso de ti. Me das mucha envidia —dijo su padre.

Kip negó con la cabeza, desconcertado.

—No pensaba que fueran a admitirme.

—¿Por qué no? Tus notas eran excelentes. Escribes de maravilla y le has dedicado mucho trabajo. Cualquier universidad estaría encantada de tenerte.

—Es que… —A Kip se le llenaron los ojos de lágrimas—. Las cosas no están yendo muy bien, papá.

—Lo sé. —Su padre lo volvió a abrazar—. No quería entrometerme, pero… ¿os habéis enfadado, chicos?

—¿Chicos? ¿De quién…?

Su padre sonrió con complicidad y luego se puso serio.

—Imagino que debe de estar muy ocupado con los play-offs , pero parece que ha pasado algo más que solo eso.

«¿Qué cojones?».

—¿Qué quieres…?

—Scott Hunter —dijo su padre con calma—. Has estado saliendo con él.

—Papá, por favor. Es imposible que haya estado… O sea, Scott Hunter no es…

—No sé nada sobre Scott Hunter, pero sí sobre ti. Y me gusta pensar que soy capaz de darme cuenta cuando mi hijo está enamorado.

—No estoy… —«Dios. A la mierda. ¿Es que acaso importa ya?»—. ¿Cómo lo has sabido?

—¿Recuerdas cuando me rompí la muñeca al resbalar en el hielo de nuestra entrada?

—Claro. Sí… —Kip no tenía ni idea de adónde quería llegar con eso.

—La cara que puso tu madre era la misma que la tuya cuando Hunter se lesionó en aquel partido al que fuimos.

Kip se puso rojo.

—¿Quizá solo soy un gran fan?

—Puede. Pero no lo creo. Esa noche también saliste corriendo de casa después de hacer una llamada en la que mencionaste las palabras «rayos X» y «bolsa de hielo». Soy bueno captando pistas sutiles como esas.

Así que Kip quizá no había sido tan cuidadoso como creía.

—Él no es… Nadie lo sabe. Y puede que se quede en nada, así que, por favor…

—Claro.

Las propias palabras de Kip lo llenaron de una nueva oleada de desesperación.

«Puede que se quede en nada. Ay, dios. No puede haber terminado, ¿no?».

Se presionó la frente con la palma de la mano y apretó los ojos, tratando de evitar un colapso total.

—¿Mamá lo sabe?

—No, me lo he guardado para mí.

—Gracias. Quería contároslo. A los dos. Pero ahora las cosas están… No lo sé.

Sorbió por la nariz y levantó la vista hacia el techo. «Contrólate, Kip».

—¿Estáis distanciados?

—Sí. Ahora es un absoluto desastre. Tengo muchas ganas de arreglarlo.

Su padre sonrió y le dio una palmada en el brazo.

—Y lo harás.

Había que reconocer que Kip fue capaz de contenerse hasta que su padre salió de la habitación. En cuanto se cerró la puerta, se echó a llorar sobre la almohada como un adolescente. Dios, había entrado en la universidad y ni siquiera eso era suficiente para animarlo.

Tenía que arreglar las cosas con Scott. Al menos tenía que intentarlo.