Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Kip estaba borracho.

Scott estaba en Detroit y Kip, borracho.

Había visto un trozo del partido que jugaban fuera los Admirals antes de salir de casa de sus padres y coger el tren hacia Village. Había pensado en enviarle un mensaje a Shawn para ver qué estaba haciendo, pero en realidad no quería hablar con nadie.

Estaba sentado en uno de los taburetes del Kingfisher. Y el guapo, maravilloso y coqueto de Kyle se había pasado toda la noche sirviéndole pintas de cerveza.

Era tarde. Y Kip se dio cuenta, con cierta sorpresa, de que ya no quedaba mucha gente en el bar.

—Última ronda, guapo —dijo Kyle con voz arrastrada. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa sugerente que hipnotizó a Kip.

Kyle era rubio, como Scott. Tenía los ojos azules, pero no como los de Scott. Los de Kyle eran de un azul grisáceo descolorido. La verdad es que eran muy bonitos. El flequillo le caía sobre ellos. A Kip le entraban ganas de estirar la mano y apartarle el pelo.

Iba demasiado borracho.

—Vaaale —dijo con una sonrisa coqueta—. Si, total, ya me piro.

—¿Y luego tienes planes? —preguntó Kyle.

—No sé. Ir a casa, supongo.

Kyle sonrió y se inclinó hacia delante con los codos apoyados en la barra. De pronto, su cara estaba muy cerca.

—¿Y en qué dirección está?

—Hacia Brooklyn.

—Pues entonces parece que vamos a ir en la misma. ¿Quieres que te acompañe hasta el metro?

Y Kip debería haberle parado los pies en ese instante. Era mala idea en todos los sentidos.

Pero, joder, qué bien sentaba tontear así. Ver a alguien tan abierto y sincero sobre quién era y qué quería. Kip se sentía como su yo de antes.

—Acabo en unos veinte minutos. Y luego me aseguraré de que llegas a casa sano y salvo, ¿vale?

Kip estaba dispuesto a rechazar su oferta de forma educada, pero en lugar de eso se oyó responder:

—Vale.

Kyle sonrió y le acercó un vaso de agua.

—Bebe esto, anda. Enseguida estoy contigo.

El agua estaba fría y Kip ni siquiera se había dado cuenta de lo mucho que su cuerpo la necesitaba. Fue un detalle por parte de Kyle pensar en dársela. Kyle parecía simpático.

Dios, Kip quería sentir cualquier cosa que no fuera la desesperación que lo consumía desde que había salido del apartamento de Scott. No debería haberse ido. Debería haberse quedado. Debería haberse quedado y haber hablado con Scott. Ahora era consciente de ello.

Pero era demasiado tarde. Era evidente que era demasiado tarde. A estas alturas, Scott ya se habría dado cuenta seguro de que Kip no merecía la pena.

Por lo menos estaba Kyle. Kyle, con sus vaqueros desteñidos y su camiseta ajustada con cuello en V.

Kyle, con ese flequillo lacio, esos ojos invernales y esa sonrisa coqueta.

Kyle no juzgaría a Kip por haber jodido por completo lo mejor que le había pasado nunca, lo mejor que le pasaría jamás.

Kyle iba a acompañarlo a la estación de metro porque era majo y buena persona. Y mono, pero eso daba igual.

De pronto, Kyle se puso la cazadora. Ya no estaba detrás de la barra. Estaba de pie junto al taburete de Kip.

—Vamos, borracho.

Kip se bajó del taburete y siguió a Kyle a la calle. Caminaron juntos un poco por la manzana y Kip disfrutó del aire fresco de la noche. Kyle no hablaba mucho, lo cual estaba bien porque Kip tenía sueño y no creía que pudiera mantener una conversación en ese momento.

Kyle le rodeó el bíceps con la mano mientras caminaban.

—Hola, señor musculitos —bromeó—. Tienes unos brazos muy lindos, ¿sabías? Los he estado mirando antes.

—¿Ah, sí? —Sonrió Kip torpe.

Era cierto; tenía brazos bonitos, joder, y le gustaba que alguien se hubiera dado cuenta.

—Mmm. Y una sonrisa preciosa. ¡Mira esos hoyuelos!

Kip sonrió aún más, mostrando un poco los hoyuelos. Le encantaban los cumplidos.

Kyle se paró.

—Me gustaría mucho besarte —dijo—. ¿Puedo?

Ah.

No.

—Mmm…

Kyle frunció el ceño.

—¿No es eso lo que quieres? Pensaba que estábamos…

«Mierda».

La cara de Kyle estaba tan cerca que los ojos de Kip se posaron sin querer en sus labios. Eso era malo, ¿verdad? Kip estaba con Scott. ¿Estaba con Scott?

Kyle debió de interpretar lo que estaba pasando por la cara de Kip como una invitación, porque se inclinó y juntó los labios con los de él. Y, por un segundo, Kip se sintió tan aturdido, confundido y borracho que no pudo hacer nada salvo devolverle el beso.

Kyle era bueno besando.

Pero, hostia puta, ¡que no!

Kip lo empujó y tropezó hacia delante.

—Oye, ¿qué cojones te pasa? —dijo Kyle mientras recuperaba el equilibrio antes de caerse de culo.

—Joder —murmuró Kip—. Eso era… No puedo hacer eso. No quería… Lo siento.

—¿Estás bien?

—¡Sí! Es solo que… tengo que irme. ¿Dónde está…? Joder. ¿Dónde está el metro?

—Por ahí. ¿Quieres que te…?

Pero Kip ya se había ido corriendo.

—¿Estás bien, tío?

Scott volvió la cabeza y se encontró con la mirada preocupada de Carter.

—Sí. Estoy bien. ¿Por?

—Se nota bastante que no lo estás, Scotty.

Scott miró hacia la parte delantera del autocar. Su equipo se dirigía desde el hotel al estadio de Detroit para comenzar la siguiente ronda de los play-offs , y no era el momento de pensar en sus problemas personales.

—Estoy bien.

—¿Seguro que no te estás poniendo enfermo o algo? Pareces cansado.

—Déjalo —soltó Scott.

En realidad, estaba agotado. Llevaba días sin dormir bien.

Y ahora encima estaba pensando en sus problemas personales. «Puto Carter».

Aún no estaba seguro de qué narices había salido mal, si estaba enfadado con Kip, consigo mismo o con nadie.

Se sentía abatido. Sentía como si tuviera un dolor físico real, pero no como un moratón o una lesión; eso podía aguantarlo.

Esto le quemaba por dentro de golpe. Tenía ganas de gritar, llorar o golpear algo.

O de esconderse donde nadie pudiera verlo.

Por desgracia, tenía un equipo al que llevar a la victoria.

«Maldita sea, Kip».

¿Había sido Kip injusto? ¿Se había equivocado?

Sin duda, en algunas cosas. Tipo, ¿cómo iba Scott a pensar que Kip no merecía la pena? Si alguien le preguntara a Scott qué estaría dispuesto a sacrificar por Kip, su respuesta intuitiva sería «Todo».

Pero, cuando lo pensaba con detenimiento, se daba cuenta de que eso no era verdad. Y, cuando lo pensaba aún más, se daba cuenta de que nadie le estaba pidiendo que sacrificara todo.

Además, Kip ya había sacrificado un montón. Se había distanciado de sus amigos, de su familia. Había adaptado su vida para acomodarse a Scott. ¿Qué había adaptado Scott?

Nada. Solo había intentado encajar a Kip donde fuera que cupiera en su ridícula vida de élite.

No creía haber sido poco racional al pedirle a Kip que tuviera paciencia con él mientras pensaba en un plan. Kip no podía esperar que hablara sobre su orientación sexual al mundo sin más. Solo llevaban saliendo unos meses.

Pero, fueran pocos meses o no, Scott estaba enamorado.

Antes de ese primer glorioso beso, se había resignado a no tener una vida romántica.

Nunca había imaginado que nada de eso pudiera sucederle.

Había puesto su mundo patas arriba. Y ahora quería tanto a Kip que apenas podía recordar los años de soledad que había vivido antes.

En solo unas semanas, había sabido que quería compartir el resto de su vida con Kip. Era increíble.

Lo había querido, pero ahora Kip se había ido.

Y Scott no tenía ni idea de cómo recuperarlo porque no tenía experiencia en ese tipo de cosas.

Y quizá no era justo para Kip irle detrás.

¿Qué podía prometerle Scott que fuera diferente?

Estaba en medio de los putos play-offs ; no podía salir del armario ni de coña antes de que terminaran. Y después de eso…

Es que no tenía ni idea. Cuando intentaba imaginar su salida del armario, se sentía invadido por el pánico.

Por un lado, si lo hacía, siempre sería «el jugador de hockey gay».

Aunque sus compañeros de equipo, la afición, la prensa y los patrocinadores lo aceptaran, sus logros sobre la pista siempre quedarían relegados a un segundo plano frente a su orientación sexual.

Scott era una persona tan reservada como podía serlo, dadas las circunstancias.

No tenía cuentas en redes sociales. No salía a discotecas, ni siquiera a restaurantes, con mucha frecuencia.

No intentaba hacerse ver por ahí (para gran desgracia de su agente).

No concedía entrevistas personales indiscretas y, en general, no hablaba mucho de sí mismo.

Había logrado mantener cierta privacidad porque había convencido al mundo de que no había nada interesante en él. Era bueno en hockey, intentaba ser una buena persona, y eso era todo.

Ser gay sería, sin duda, algo que al mundo le interesaría.

Ahora no podía permitirse pensar en nada de eso. Tenía que centrarse. Su equipo, su ciudad, dependían de él.

—¡Basta, Hunter! ¡Basta!

El árbitro apartó bruscamente a Scott del hombre que estaba tirado en la pista. Scott se resistió, pero un juez de línea lo agarró por el otro brazo y lo ayudó a alejarse del jugador de Detroit, cubierto de sangre.

Scott miró el rostro magullado del tío y sus propios nudillos destrozados. La adrenalina comenzó a desaparecer, y se dio cuenta de lo que acababa de hacer.

—Mierda —dijo.

Una pelea en los play-offs era algo malo. Era una idiotez, una imprudencia, y podía salirle caro. Scott no solía ser el tipo de jugador que se metía en peleas reales en la pista. Era demasiado valioso como para eso.

Su oponente se levantó poco a poco. Scott se sintió aliviado cuando lo vio de pie. Estaría bien.

A Scott le dolía la cara. Escupió sangre sobre el hielo y le invadió otra oleada de arrepentimiento.

Dejó que los árbitros lo llevaran a la caja de castigo. Huff se acercó patinando con los guantes, el casco y el stick de Scott, que había recogido en la pista. No le dijo nada. Scott le hizo un gesto con la cabeza y apartó la mirada.

«Joder».