Capítulo 23
—Buenas noches, Ilya —dijo Scott. Estaba frente a Rozanov en el círculo de saque neutral, listo para el primer saque del partido.
—No te preocupes, anciano —dijo Rozanov mientras sonreía—, sé que debes de estar cansado. Me voy a asegurar de que pierdas para que puedas empezar tus vacaciones de verano.
—Mis únicos planes para el verano incluyen un desfile de la Copa Stanley.
Se inclinaron para el primer saque y Scott le guiñó un ojo.
Scott ganó el saque.
Tenía dos buenas razones para ganar ese partido.
Era obvio que quería ganar la serie y pasar a la siguiente ronda de los play-offs , pero ganar esa noche también le daría un par de días libres en Nueva York.
Y quería aprovechar parte de ese tiempo para arreglar lo que fuera que estuviera pasando entre Kip y él.
Podía ver a Kip sentado en su asiento de siempre.
Eso le reconfortaba. Scott no estaba seguro de cómo le habría afectado psicológicamente ver ese asiento vacío.
Ya le estaba costando mucho mantenerse concentrado.
Ganaría el partido. Hablaría con Kip. Pasaría a la siguiente ronda con la mente despejada.
Ganaría esa ronda y la siguiente, y luego, por fin, levantaría esa copa por encima de su cabeza.
Cuando Scott llegó a casa después del partido, Kip no estaba. Era la segunda noche consecutiva. Estaba claro que algo iba mal.
Le mandó un mensaje a Kip.
Scott: ¿Te veo esta noche?
Tardó unos minutos en recibir respuesta.
Kip: No. Lo siento. Estoy bastante cansado.
Joder.
Scott: Creo que estás enfadado conmigo.
Contempló los tres puntitos parpadear en su pantalla durante lo que pareció una eternidad.
Kip: ¿Podemos hablar? ¿Mañana?
Scott: Claro. Pásate por aquí en cuanto puedas. ¿Vale?
Kip: Vale.
Scott se sentó derrotado en la cama. Se sentía mal. Y un poco enfadado. ¿Qué coño había hecho para merecer ese trato tan frío?
Imaginó que lo averiguaría al día siguiente.
Kip respiró hondo antes de abrir la puerta del apartamento de Scott.
—¿Hola? —saludó.
Scott apareció de inmediato. Llevaba una sudadera cómoda. Ahora tenía la barba larga, lo que le daba un aspecto rudo y atractivo. Kip dejó en el suelo la mochila que había traído consigo con optimismo.
—Hola —dijo Scott con timidez.
—Hola. Enhorabuena. Menudo partidazo. —Kip sonaba tan incómodo como en realidad se sentía.
—Gracias. Me alegro de que estuvieras allí.
Kip asintió, sin saber muy bien qué hacer o decir.
Scott se acercó.
—¿Puedo besarte? —preguntó—. Siento como que ahora tengo que preguntártelo, y no sé por qué, pero… ¿puedo?
Kip exhaló mientras trataba de relajar los nervios.
—Sí. Claro.
Scott sonrió y acortó la distancia que había entre ellos. Sujetó la cara de Kip un momento, mirándolo con ojos tristes, antes de rozar sus labios contra los de Kip. La barba le hacía cosquillas a Kip, quien suspiró y lo besó con más intensidad. Le encantaba besarlo.
Cuando se separaron, Scott dijo:
—Supongo que deberíamos hablar.
—Sí. Creo que deberíamos hacerlo.
Ambos fueron al sofá y Kip se sentó y se quedó mirando sus manos entrelazadas.
—Siento como que he hecho algo mal —empezó Scott—. Yo nunca he estado con nadie antes y estoy bastante seguro de que la estoy cagando. Pero no consigo averiguar qué he hecho mal, así que esperaba que tú pudieras decírmelo.
Kip se volvió rápido y lo miró.
—No has hecho nada —dijo con sinceridad—. Ni siquiera sé por qué he estado tan… molesto. Es solo que…
—Por favor —dijo Scott—. Dime algo.
—Vale… —dijo Kip despacio—. No me gusta mentir a mis amigos y familiares ni ocultar mi relación contigo. Esto… —Hizo un gesto entre ellos con las manos—. Nosotros. Es lo más importante de mi vida. Es… lo mejor que me ha pasado nunca. Y tengo que mantenerlo en secreto.
—Lo sé. Y te he dicho…
Kip levantó una mano. Scott se calló.
—Las relaciones no deberían funcionar así. Así es como funcionan… las infidelidades. Los secretos sucios. Yo no me avergüenzo de ti. En absoluto. Y tampoco me avergüenzo de mí. Nunca me he avergonzado de mí mismo, y estoy fuera del armario desde que tengo dieciocho años.
Scott se mordió el labio.
—He sido sincero contigo todo este tiempo. Quería asegurarme de que supieras en lo que te estabas metiendo.
—Y lo sabía. Lo sé. Pero también sé que no es así como quiero que sea esta relación. No quiero ser tu secreto. Pero… me preocupa que, si te presiono, si te obligo a salir del armario y ser sincero sobre nosotros, o al menos sobre ti, te des cuenta de que no merezco la pena.
Scott sintió como si Kip le hubiera dado un puñetazo en el estómago.
—Dios —dijo con voz baja—. No, Kip. No, ¡yo nunca pensaría eso!
—Estar contigo ha sido increíble, pero también es… solitario. Y… —Kip tragó saliva. Tenía que soltar lo que estaba a punto de decir—. No sé cuánto tiempo más podré seguir así.
Scott le suplicó con la mirada.
—Sé que estoy siendo egoísta al pedirte que mantengas este secreto. Lo siento mucho. Pero también te estoy protegiendo a ti. Creo que no eres consciente de lo mucho que cambiaría tu vida si esto sale a la luz.
—Mi vida ya ha cambiado. Y no solo para bien, Scott. Siento como si me hubieran vuelto a meter en el armario. No es que seas famoso ni nada por el estilo lo que me está haciendo esto tan difícil. Nunca he estado con alguien que se avergüence de quién es.
—¡Yo no me avergüenzo! —protestó Scott.
Kip cruzó los brazos y lo miró fijamente.
—¡De verdad que no! —dijo Scott—. No creo que haya nada malo en mí. En ser… gay. Desde luego, no creo que haya nada malo en estar enamorado de ti. Pero mi vida tiene muy poco que ver con lo que yo pienso. Hay mucha responsabilidad sobre mis hombros. Represento algo importante para mucha gente.
—¿Y no puedes hacer eso y además ser gay?
—Según la mayoría de ellos, no.
—¡Pues demuéstrales que se equivocan! —dijo Kip gritando. Su voz rebotó en las paredes del apartamento de Scott.
Pensó que Scott le gritaría, pero en cambio pareció desanimarse.
—Es que no… El tiempo que hemos pasado juntos ha sido alejado de todo eso. Ha sido… bueno.
—¿Te refieres a que he sido una vía de escape?
—¡No! Ya te he dicho que no es eso… Tú eres parte de mi vida. No una distracción de ella. Nunca lo has sido, Kip. Te lo prometo.
—Pero estoy separado del resto de tu vida —argumentó Kip—, y, lo que es peor, estás ocultando quién eres.
—No me queda otra.
—¿Ah, sí? —insistió Kip—. ¿Estás seguro? ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—¡No puedo! Ahora no. Con los play-offs …
Kip respiró hondo.
—No te estoy diciendo que lo hagas ahora mismo, pero tienes que empezar a pensar en serio en salir del armario. O, por lo menos, en no esconderte. No tienes por qué hacer una gran declaración.
Scott se puso tenso.
—¿Tienes idea del circo mediático que se montaría si saliera del armario? ¿Si la gente supiera que estoy saliendo contigo?
Kip se encogió de hombros.
—¿Así que tu plan es mantener esto en secreto para siempre?
—No.
—¿O hasta que te des cuenta de que estás muy por encima de mi nivel y sigas con tu vida?
—Kip…
—¿Esperas que me esconda en tu apartamento hasta que me necesites?
—¡No! —exclamó Scott. Se había enfadado. Se levantó—. ¡No me puedo creer que estés sugiriendo cosas así! ¿Te he tratado mal? ¿O acaso no te he demostrado lo importante que eres para mí?
—No puedo ser tan importante. Es evidente que te da vergüenza salir conmigo.
Kip supo que no debería haber dicho eso en cuanto las palabras salieron de su boca. Pero, en lugar de echarse atrás o pedir disculpas, miró a Scott con ira, cruzó los brazos y esperó.
—¿De verdad piensas eso? —preguntó Scott. Su voz estaba tranquila, pero había rabia y dolor en ella—. ¿Que me da vergüenza que me vean contigo? Sabes que eso no es verdad.
—¡No sé nada, Scott! Solo espero aquí. En tu ático. —Hizo un gesto con la mano por todo el espacioso salón para dar énfasis—. ¡Me encierro aquí solo e imagino cómo sería poder tener citas normales contigo o, no sé, contarles a mis padres que tengo novio!
—¡Pues cuéntaselo! —gritó Scott. Levantó las manos—. ¡Cuéntaselo al mundo entero, joder, Kip! ¡Supongo que tú sabes qué es lo mejor!
—¡Sé que esto no es lo que soy!
—¿Sabes acaso qué soy yo? No puedo ser solo Scott, de Rochester, ¿entiendes? He sido un puto producto desde que era adolescente. He sido una marca durante casi todo ese tiempo. No tengo el lujo de ser solo yo. No puedo tomar decisiones sobre mi vida de forma independiente. ¡La gente depende de mí!
—Claro. No quieres que tu marca se vea afectada. No vaya a ser que la manches con tu mariconería.
Scott resopló.
—No tienes ni puta idea, Kip. Ni puta idea.
—Supongo que no —dijo Kip con voz tensa.
—Son los play-offs . No sé si entiendes lo importante que es eso. Tengo un equipo, una ciudad, que depende de mí. Lo es todo para mí, ¿entiendes?
Al final, las lágrimas brotaron de los ojos de Kip. Asintió y apretó la mandíbula. «Todo».
—Me voy —consiguió decir.
Scott extendió la mano como si fuera a detenerlo, pero en lugar de eso bajó el brazo, asintió y dijo:
—Vale.
Kip cogió su mochila y se fue.