Capítulo 22
Kip esperaba que Elena asistiera con él a los siguientes partidos en casa, pero, cuando se lo mencionó, ella le respondió:
Elena: No puedo. No estoy en Nueva York.
Kip: ¿Dónde estás?
Elena: Los Ángeles.
Kip frunció el ceño y le envió un signo de interrogación.
Elena: Por trabajo. Ya te contaré cuando vuelva.
Eso no eran buenas noticias. Elena era, literalmente, la única persona a la que podía llevar al partido sin tener que responder a un montón de preguntas sobre cómo había conseguido dos entradas tan buenas para un partido con todo agotado.
Los Admirals habían ganado el primer partido contra Boston. Boston había ganado el segundo. Mañana por la noche jugarían el tercer partido en Nueva York.
Scott llegaría a casa temprano.
Kip cogió la revista Sports Illustrated de la mesita de Scott. La glamurosa foto de Scott lo estaba mirando. A Scott le daba vergüenza la portada, pero parecía haberle cogido un poco de cariño cuando había visto lo mucho que le gustaba a Kip.
En la portada aparecía Scott, sin camiseta y con pantalones de hockey, sosteniendo un stick sobre los hombros y el cuello. Miraba fijamente a la cámara, frío, desafiante y muy sexy. La iluminación tan dramática hacía que resaltara cada músculo del torso y los brazos.
El texto de la portada decía «EL REGRESO» en grandes letras en blanco.
Kip había leído el artículo varias veces.
Mencionaba que Scott no estaba casado y que no tenía familiares vivos.
Era solo una breve frase o dos, casi de pasada, pero daba al lector la impresión de que Scott podía sentirse muy solo.
Kip se planteó si el entrevistador le habría preguntado a Scott si estaba saliendo con alguien.
¿Qué habría respondido Scott? ¿Un simple «no»?
¿O se habría sonrojado un poco, se habría puesto nervioso y habría murmurado «No voy a hacer declaraciones»?
¿O habría dicho que tenía una relación satisfactoria, pero que había decidido mantenerla en privado?
A partir de esa línea de pensamiento, la imaginación de Kip saltó a un posible futuro escenario en el que Scott salía del armario y su relación se hacía pública. ¿Cómo serían entonces los artículos sobre Scott? Sin duda, su vida amorosa ocuparía mucho más espacio que un par de frases.
Kip cerró la revista. La semilla del terror que parecía habitar en su estómago había empezado a crecer.
Toda la vida de Scott podría arruinarse por su culpa. O podría sentirse por fin feliz y completo. O podría sentirse feliz y completo con alguien…
Kip se frotó las manos por la cara. Odiaba pensar en esas cosas.
Unos cuarenta minutos más tarde, Scott entró por la puerta. Sonrió con cansancio a Kip, que se le acercó y lo besó. La barba de Scott había crecido bastante.
—Vi el partido de anoche —dijo Kip.
—Ojalá pudiera borrar ese partido.
—Ganarás los demás —le aseguró Kip.
—Vendrás mañana por la noche, ¿verdad?
—Sí. Aunque iré solo. Elena está en Los Ángeles.
—Ay, qué pena —dijo Scott medio ausente. Seguramente porque él era una persona importante con problemas de verdad. No necesitaba que las preocupaciones nimias de Kip se sumaran a las suyas.
—¿Rozanov te está molestando? —preguntó Kip.
—Sí —suspiró Scott—. Es un puto grano en el culo.
—¿Quieres que nos demos un baño y hablar de tus problemas conmigo?
Scott le sonrió en agradecimiento.
—Sí. Vale.
Kip escuchó a Scott desahogarse durante toda la noche. Y guardó sus preocupaciones para sí mismo.
—Por aquí todo está demasiado tranquilo —dijo Rozanov mientras fingía estar confundido—. ¿Por qué de pronto hay tanto silencio? ¡Si está repleto de gente! Tenéis que hacer más ruido, ¿sí?
—Cállate, Rozanov. —Scott se agachó para enfrentarse a él en el saque neutral.
—Antes había mucho ruido. Pero, desde que hemos marcado el cuarto gol, todo está muy tranquilo. Es raro, creo.
Scott apretó los dientes y se aseguró de ganar el puto saque.
Rozanov no se equivocaba. El Madison Square Garden se había quedado sin energía.
Era comprensible que el público local estuviera desanimado con la ventaja de 4-1 que Boston tenía sobre los Admirals.
Sería el segundo partido consecutivo que Boston ganaba en la serie, a menos que, por algún milagro, Nueva York marcara tres goles en los siguientes siete minutos.
Scott y Carter cargaron hacia la portería, con Huff un poco más atrás. Ejecutaron la jugada que habían perfeccionado en los entrenamientos: Scott se la pasó a Carter, Carter enseguida se la devolvió a Huff, quien disparó y…
El portero de Boston lo paró.
—Lo siento, Scott —dijo Huff—. Joder.
—¡Qué jugada tan mona! —exclamó Rozanov mientras patinaba junto a Scott—. ¡Me encanta el hockey de los veteranos, joder!
Le dio un codazo a Scott, lo que provocó que Scott lo empujara. Fuerte.
Rozanov tropezó hacia atrás y luego se movió como si fuera a empujar a Scott. El árbitro, Hal Coleman, intervino.
—Vamos, chicos. Rozanov, deja de ser un capullo. Hunter, no hagas caso a Rozanov.
—¿Cuántos minutos me pitaríais si me lo cargo? —refunfuñó Scott mientras veía a Rozanov alejarse patinando.
—Por lo menos diez —dijo Hal seco—. No vale la pena en los play-offs .
Scott patinó hasta el banquillo.
—Buen esfuerzo, Hunter —le dijo alguien y otros le comentaron cosas similares en señal de estar de acuerdo.
Scott se sentó con fuerza y se resistió al impulso de golpear la valla con el stick . Ese partido estaba siendo una puta vergüenza y eso le enfurecía.
Miró al otro lado de la pista, donde estaba sentado Kip.
Era fácil verlo porque estaba al lado de uno de los pocos asientos vacíos del edificio.
Estaba sentado encorvado hacia delante, con las manos juntas delante de la boca.
Era solo una de las miles de personas ansiosas y decepcionadas que había ahí esa noche.
Al día siguiente el equipo haría un repaso, entrenaría y se reorganizaría. En dos noches harían rugir a ese público.
Kip salió de la estación de metro cerca del apartamento de Elena y caminó con dificultad bajo la fría llovizna de abril.
Elena había vuelto de California y había invitado a Kip a ver el quinto partido de la serie entre Nueva York y Boston.
Se moría de ganas de verla. Se moría de ganas de ver a cualquiera.
Los Admirals se habían recuperado y habían ganado el segundo partido en casa contra Boston, habían empatado la serie con dos victorias cada uno. Las series de play-offs de la NHL eran al mejor de siete, por lo que la serie duraría al menos seis partidos.
Scott había estado muy distante los últimos días. Apenas hablaba y no parecía escuchar cuando Kip le decía algo. Además de los partidos, tenía reuniones, entrenamientos y sesiones de gimnasio. Estaba centrado en ganar a Boston, cosa que Kip entendía a la perfección.
Y por eso las cosas estaban un poco frías entre ellos. Ese era el único motivo. Y Kip se lo repetía una y otra vez.
Scott se había ido a Boston el día anterior mientras Kip estaba en el trabajo. Ni siquiera se había despedido.
Kip se alegraba de que Elena hubiera vuelto.
—Ay, estás helado y empapado —dijo ella nada más abrir la puerta—. Pasa. He pedido pizza. Tengo cerveza.
—Te quiero.
Se esperó hasta el primer intermedio para soltarle la bomba.
—Tengo noticias —dijo—. Equinox va a abrir una sede en la Costa Oeste.
—¿Ah, sí?
—Sí. Y… quieren que dirija el equipo de ciberseguridad allí.
Kip tardó en reaccionar.
—¿Te mudas? —le preguntó.
—Me temo que sí.
—¿Cuándo? O sea… ¿Qué? ¿Te vas?
—El mes que viene.
—¿El mes que viene?
Elena puso la mano encima de la de él.
—Sí —dijo—. Siento soltártelo así.
—Joder. Menuda mierda. O sea, enhorabuena, pero…
—Gracias.
—No, de verdad. Estoy orgulloso de ti. Es solo que… Joder.
—Lo sé. Yo también te voy a echar de menos.
—Eso ni se acerca a lo que siento —dijo Kip con tristeza.
—Ay, amore . Podrás venir de visita. Tanto tú como Scott, ¿vale?
—Sí…
¿Llegaría algún día en que Scott y él pudieran viajar juntos como pareja por Norteamérica?
—Mierda, no me puedo creer que te vayas a ir. Será como… perder un brazo o algo así.
Ella le apretó la mano.
—Es mucho peor que eso —dijo Elena con ironía.
—Hola, ¿qué pasa? —respondió Scott.
A Kip le pareció que había pillado a Scott en un mal momento. Pero había esperado hasta la mañana siguiente del quinto partido en Boston (en que habían ganado los Admirals) para llamar.
—Lo siento. ¿Estás…? ¿Te puedo llamar luego?
—No pasa nada. ¿Qué ocurre?
Kip se quedó un poco desconcertado. Scott nunca le preguntaba por qué le llamaba. Tan solo… lo hacían.
—Es solo que… ayer tuve un día de mierda.
—Ah. Vale. ¿Qué ha pasado?
—Elena se muda a California. La han ascendido y Equinox abrirá una nueva división allí.
—¡Me alegro mucho por ella!
—Sí. Ya. Pero… para mí es una mierda.
—Claro. Sí.
—Sí.
—Perdona —dijo Scott—. Supongo que estoy acostumbrado a que mis amigos se marchen. Que los traspasen y esas cosas.
—Ah.
La conversación era bastante tensa. A Kip no le gustaba eso.
—¿Y eso es todo? —dijo Scott.
—¿Todo de qué?
—Que Elena se mude. ¿Es ese el único motivo por el que tu día ha sido una mierda?
Ahora Kip se estaba mosqueando.
—Es una razón bastante razonable.
—Lo sé… Es solo que… Tengo que irme. Nos vamos al aeropuerto…
—Claro. Sí. Perdona.
—No te preocupes —suspiró Scott—. Te llamo más tarde, ¿vale?
—Vale.
Colgaron y Kip salió cabizbajo de la sala de personal del trabajo. Enseguida se puso a revisar las neveras para ver qué había que reponer. No le apetecía tratar con clientes en ese momento.
¿Por qué cojones estaba enfadado? ¿Porque su mierda de vida estaba cambiando?
¿Porque a la gente que le rodeaba le estaba yendo mejor?
No era como si él quisiera vivir así para siempre.
Hasta hacía poco, había puesto sus esperanzas en ese trabajo en el museo.
Incluso ahora estaba esperando respuesta para la admisión en el máster.
No podía estar enfadado con sus amigos por avanzar.