Capítulo 21 #2
No era raro que no le escribiera. Al menos, últimamente.
Los play-offs y todo lo que los precedía lo habían consumido, como era comprensible.
Se había disculpado con Kip por adelantado por el poco tiempo que le iba a poder dedicar, cosa que no tenía sentido.
Eran los play-offs de la Copa Stanley y Scott era la mayor estrella de la liga, por el amor de dios.
Además, había que tener en cuenta que, aunque Scott hubiera conseguido muchos logros, nunca había ganado la Copa Stanley.
Sí, era importante que Kip se lo tomara con calma.
Cuando Scott llegó a casa por la noche parecía agotado.
—Hola —dijo Kip y le dio un beso rápido—. ¿Qué has hecho hoy?
—Eeeh, pues… La ESPN nos pidió a un par más y a mí que grabáramos algunos anuncios para la segunda ronda de los play-offs . Ha llevado más tiempo del que pensaba.
—Ah.
—Me voy a… —Scott señaló hacia la habitación—. Ha sido un día largo. Y mañana tengo que levantarme temprano.
—Claro. Sí.
«Mi día ha sido una mierda, gracias por preguntar».
Scott desapareció en su cuarto y Kip se dejó caer en el sofá. Sabía que lo más seguro era que estuviera exagerando porque ya estaba de mal humor desde hacía rato, pero en ese momento se sintió como la puta mascota de Scott.
Y entonces empezó a cabrearse consigo mismo porque ¿por qué coño había estado esperando a que Scott llegara a casa?
¿Por qué su vida giraba en torno a él? Antes se pasaba todo el rato en el Kingfisher, iba mínimo una vez a la semana.
Y salía a discotecas. Y a cenar con amigos.
Y a comer con amigos. Y a tomar brunch con amigos.
Ahora lo único que hacía era salir del trabajo, ir al apartamento de Scott y esperar a que él volviera a casa.
Y, si Scott no estaba, iba al apartamento y veía la televisión solo hasta que se quedaba dormido.
Amaba a Scott. Sin duda. Pero esa no podía ser su vida a largo plazo. ¡Que tenía veintiséis años!
Durante las últimas semanas, Kip se había estado preparando para el momento inevitable en que Scott se diera cuenta de que era demasiado bueno para él.
O, al menos, que no merecía arriesgar su carrera por Kip.
Pero es que quizá no hiciera falta esperar a que llegara ese momento.
Quizá él debía iniciar la conversación. Porque la dolorosa verdad era que, si Scott no tenía intención de cambiar las cosas, Kip no iba a poder seguir en esa relación.
Kip estaba por entrar en la habitación en ese mismo instante y preguntarle a Scott sin rodeos: «¿Vas a salir del armario alguna vez? ¿Te merezco la pena?», pero no era el momento. Era evidente que Scott estaba agotado.
¿Y cuál era la respuesta que Kip esperaba oír? «Sí. Por supuesto. Mañana saldré del armario. ¿Me dejas ir a por el móvil para convocar una rueda de prensa?».
Así que Kip no dijo nada. Se dedicó a ver la televisión un rato y luego se metió en la cama junto al cuerpo dormido de Scott. Se quedó mirando la oscuridad durante horas, preocupado.
Scott envolvió la pala del stick con cinta negra de hockey utilizando el mismo método que había perfeccionado cuando era adolescente. Faltaban dos horas para el inicio del partido en Boston.
—Oye —dijo Carter mientras comprobaba con el pulgar el filo de las cuchillas de sus patines—, ¿has oído lo que ha dicho tu novio?
A Scott casi se le cayó el stick .
—¿Qué?
—Rozanov. Ha vuelto a hablar de más.
—Ah.
Se relajó y luego se sintió idiota.
—Ha dicho que se sentirá fatal por quitarte tu primera Copa Stanley.
Puso los ojos en blanco.
—Pues muy bien.
—También ha dicho que sería bueno y te daría uno de sus anillos.
—Qué generoso.
—No sé tú —dijo Carter—, pero me muero de ganas de callarle la boca.
Scott arrancó la cinta del rollo con los dientes.
—Desde luego.
Además de por querer ganar a Rozanov, la segunda ronda era justo donde los Admirals habían sido eliminados de los play-offs el año anterior, por lo que para Scott era importante que llegaran a la tercera ronda.
Huff entró en el vestuario mientras se comía una manzana. Se sentó y sacó el móvil.
—¿Quién quiere ver una foto preciosa de mis hijos?
—¿Acaso tenemos opción? —preguntó Carter.
—¡No! ¡Miradla! —Huff le pasó el móvil a Carter, quien le echó un vistazo y se lo pasó a Scott.
—Qué monos —dijo Scott mirando las caras sonrientes del hijo y la hija de Huff, con la boca manchada de chocolate—. ¡Cómo crecen!
—Lo sé. Los echo de menos —suspiró Huff—. Creo que por lo menos me queda otra temporada más después de esta, pero entonces supongo que tendré que pensar seriamente en comprarle a Laura ese rancho que siempre ha querido. —Sonrió—. Puedes sacar a la chica de Alberta, pero no a Alberta de la chica.
—Bueno, primero vamos a conseguirte otro anillo de la Copa Stanley —afirmó Scott—. Y luego ya podrás pensar en retirarte.
—¿Cuántos serían ya? —preguntó Carter—. ¿Cuatro?
Huff hizo un gesto con la mano.
—¿Quién cojones lleva la cuenta?
Carter se rio entre dientes.
—Que te den, vejestorio.
Scott sabía a ciencia cierta que Huff ya había ganado cuatro Copas Stanley con tres equipos diferentes. Ninguna con Nueva York. Eran cuatro más que Carter o Scott.
Scott se sentó y sacó el móvil. Miró un par de fotos recientes de Kip que había sacado. Quizá era un riesgo llevarlas en el móvil, pero tenía que darse algún puto capricho.
Se permitió mirar la sonrisa sexy de Kip durante un minuto mientras disfrutaba de la calidez que lo inundaba cada vez que lo veía. Luego guardó el móvil en el bolsillo y volvió a fingir que esa parte de su vida no existía.