Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

La multitud era ensordecedora, pero aun así Kip consiguió oír a Elena cuando se inclinó y le dijo al oído:

—Creo que esta noche alguien va a tener una sesión de sexo increíble.

Kip se puso rojo y sonrió aún más de lo que ya lo había hecho.

Los Admirals acababan de ganar su cuarto partido consecutivo en la primera ronda de los play-offs , eliminando de un plumazo a Pittsburgh, que estaba en el top de la clasificación, y pasando a la siguiente ronda.

Kip vio a Scott celebrar con sus compañeros de equipo sobre la pista. Estaba muy orgulloso de él.

Scott había tenido cada vez menos tiempo para él a medida que se habían acercado los play-offs .

Aunque Kip pasaba la mayoría de las noches en casa de Scott, él solo estaba en casa la mitad de los días.

Kip les había dicho a sus padres que se quedaba a dormir en casa de unos amigos en Manhattan. Algo había tenido que contarles.

Seguía siendo una relación muy reciente. En realidad, apenas llevaban dos meses saliendo. Kip se lo recordaba a sí mismo siempre que se sentía frustrado por ello. A veces se preguntaba si en algún momento Scott estaría listo para salir del armario. Para que fueran una pareja de verdad.

En cambio, en privado, cuando Scott tenía tiempo para él, las cosas eran fantásticas.

Los dos equipos se alinearon para darse la mano. Cada jugador del equipo de Pittsburgh parecía tomarse un momento para decirle algo a Scott cuando le tocaba su turno. Algunos incluso lo abrazaban rápido, en plan amigos. Eso dejaba en evidencia lo mucho que respetaban a Scott, incluso sus oponentes.

Kip lo quería. Y esperaba que tuvieran una sesión de sexo increíble esa noche.

Kip estaba cepillándose los dientes en el apartamento de Scott cuando recibió un mensaje suyo.

Scott: Voy a salir con los chicos. Es muy probable que llegue tarde.

Kip intentó no sentirse decepcionado. ¡Los Admirals acababan de eliminar a Pittsburgh de los play-offs ! Era obvio que Scott querría celebrarlo con su equipo.

Se sentó en el borde de la cama de Scott y le respondió:

Kip: Vale. Pásalo bien.

Suspiró. La verdad era que últimamente había pasado mucho tiempo solo. No es que no tuviera amigos, sino que, aparte de Elena, no tenía más amigos que supieran lo de Scott. Su familia tampoco lo sabía. Su familia con la que, en teoría, vivía.

Cada vez era más complicado.

Por muy bonito que fuera el ático de Scott, también era vacío y solitario. Además, ni siquiera era de Kip. Había llevado algo de ropa y algunas cosas básicas de aseo, y su portátil estaba casi siempre allí, pero él seguía siendo un invitado.

Cualquier posible emoción sexy de tener una relación secreta se había esfumado por completo.

Sin duda, la desastrosa salida al museo había acabado con lo que quedaba de ella.

Kip se había cansado de tener cuidado al hablar con sus amigos y familiares.

Estaba cansado de las mentiras y las verdades a medias.

Sobre todo, estaba cansado de evitar a todo el mundo porque no quería mentirles.

Siempre había sido un chico muy sociable. Todo eso no le gustaba.

Scott parecía estar mucho más cómodo que Kip con su extraña relación.

Era obvio que le encantaba volver a casa con Kip, a quien siempre recibía con una cálida sonrisa y un beso.

Incluso las actividades domésticas más simples, como preparar la comida o ver la televisión, parecían hacerle muy feliz.

A Kip también le hacían feliz, pero se sentía muy…

enclaustrado. Encajaba en la vida doméstica de Scott, y para Scott, sin duda, era muy importante que Kip fuera a ver los partidos, pero más allá de eso no había nada.

Kip no hablaba de Scott con sus amigos y, Scott, como era putísimo evidente, tampoco hablaba de Kip con los suyos.

No es que su relación fuera mal. Kip estaba enamorado.

Enamorado hasta las trancas. Y no le cabía duda de que Scott también lo estaba.

Además, su vida sexual seguía siendo una pasada.

Para ser un chico con poca experiencia previa, Scott siempre conseguía encontrar nuevas maneras de sorprender a Kip en la cama.

Sería ridículo que Kip dijera que se sentía como un «prisionero» en el apartamento de Scott.

No era eso. Lo que ocurría era que su relación solo existía como tal entre las paredes de casa de Scott.

Era lo más importante en la vida de Kip y no podía llevarlo más allá de la puerta principal.

Ahora que los play-offs habían empezado, Kip había perdido la esperanza de que Scott hiciera pública su relación pronto.

Y, cuando terminaran con los play-offs , el plan de Scott era escaparse a Europa con él.

¿Y luego qué? Pues luego comenzaría la siguiente temporada de hockey y Scott volvería a estar muy ocupado y Kip quizá empezaría a dar clases…

o, peor aún, quizá seguiría con su trabajo de mierda y fingiendo no estar saliendo con nadie.

Fingiendo que no compartía su vida con el hombre que amaba.

Dejando que sus padres pensaran que dormía entre sofás en Manhattan o que andaba acostándose con un sinfín de chicos desconocidos.

Kip tiró el móvil sobre el colchón. Estaba siendo egoísta. La ciudad entera estaba celebrando la victoria de los Admirals de esa noche. Lo que debería estar sintiendo era orgullo y gratitud por que Scott le diera todo lo que podía.

Scott lo amaba. Y él lo sabía. Pero le daba rabia que todo fuera tan complicado.

Kip oyó el inconfundible golpe de Scott al chocar contra la cómoda y a él maldiciendo entre dientes. Kip encendió la lámpara de la mesita.

—Hola —dijo con voz ronca.

—Hola —susurró Scott—. Siento haberte despertado. Vuelve a dormir. Solo me estoy quitando la ropa.

—Vas con el puntillo, ¿no? —preguntó Kip con una sonrisita.

—Un poco. No tanto. Puede.

Kip se incorporó y sonrió aún más.

—Nunca te había visto borracho.

—No voy tan borracho —murmuró Scott—. Solo… Me he divertido un poco.

—Mmm.

Scott se quitó la camisa y los pantalones y fue al baño a cepillarse los dientes. Kip miró hacia la puerta mientras lo esperaba.

—Vuelve a dormir —dijo Scott nada más volver—. Mañana tienes que trabajar.

Y era verdad. Kip tenía que levantarse muy temprano para ir a trabajar.

Scott se metió en la cama y le dio un beso rápido a Kip en la mejilla antes de apagar la luz.

Kip frunció el ceño en la oscuridad porque quería decir algo, pero no sabía el qué.

Y en mitad de la noche, cuando su novio estaba un pelín borracho y él tenía que ir a trabajar al cabo de un par de horas, quizá no fuera el mejor momento.

—Enhorabuena por la victoria —dijo al final—. Estoy muy orgulloso de ti.

Scott ya se había dormido.

No había ayudado que, un par de semanas antes, hubiera habido una cena del equipo a la que habían invitado a las mujeres y a las novias de los jugadores.

Una parte de Kip había sentido ganas de justificar que un evento privado como ese, en el que Scott estaría entre las personas que él consideraba su familia, podría ser una oportunidad perfecta para que lo presentara.

Quizá salir del armario tampoco tenía por qué ser algo tan dramático.

Quizá Scott podría simplemente… aparecer con Kip.

Dejar que sus compañeros sacaran sus propias conclusiones.

No se lo dijo a Scott, y este ni siquiera insinuó que lo fuera a llevar. Eso sí, lo que sí hizo fue pedirle disculpas cuando le habló de la cena. Le dijo que le gustaría llevarlo, pero no dijo nada más.

Desde esa situación, Kip había estado un poco deprimido.

Un cliente había dejado uno de los periódicos gratuitos que se reparten en las estaciones de metro sobre una mesa del local.

Una foto de Scott, exultante tras marcar uno de los goles de anoche, ocupaba la portada.

Cuando Kip la vio, se sintió culpable y emocionado a la vez.

Era un gilipollas. Su novio era un héroe, joder, y él era un puto desagradecido.

¿Qué esperaba, que Scott pusiera en peligro todo por lo que había trabajado a lo largo de su vida? ¿Por él?

Miró la cara eufórica de Scott en la portada del periódico y se sintió invadido por la desgarradora realidad de que era imposible que lo suyo con Scott durara. ¿Cómo iba a ser posible?

En ese pensamiento en bucle se encontraba Kip cuando Maria dijo:

—Bueno… Tengo que contarte algo.

—¿Ah, sí?

—He dimitido.

Kip tardó unos segundos en procesar la información.

—Hostia. ¿En serio?

—Sí. Es que han ascendido a mi colega y ahora se encargará de la cafetería. Es un Starbucks en la zona de Midtown, y como estaban buscando gente…

—Ah.

—Seguiré teniendo que levantarme a una hora de mierda, pero el sueldo es mejor y hay beneficios, ¿sabes? Tipo, seguro médico.

—Ya. No, claro. Eso es genial. Me alegro por ti.

Su entusiasmo era muy forzado.

—Ay, Kip. Lo siento. Debería habértelo dicho antes. Es que no quería decir nada hasta estar segura.

—No, tranquila. No pasa nada. ¡Está bien! Me alegro mucho por ti, de verdad.

—Pues —dijo ella con alegría—, si vuelven a buscar personal, puedo hablarles de ti. Si quieres.

—Claro. Sí. Quizá. Gracias.

—Lo más probable es que no aguante mucho allí —dijo Maria—. He estado pensando en… opositar para policía.

—¿En serio?

—Quizá sea una locura…

—¡No! Maria, ¡serías genial! Y nos vendrían bien más policías buenos, ¿sabes?

Kip trabajó el resto de su turno aturdido. No sabía qué era lo que en realidad le estaba molestando: saber que echaría de menos trabajar con Maria o que ella se fuera mientras él se quedaba allí atrapado.

«Tú también podrías dimitir, tonto».

Cuando volvió a casa de Scott después de trabajar, él no estaba. No le había escrito en todo el día.

Ya resignado a tener que soportar pasar otra noche solo, Kip se arrastró hasta la ducha y al salir se encontraba algo mejor. Se preguntó si Scott estaría en casa para la cena.