Capítulo 20
—Bueno, ¿y quién es este tío? —preguntó Scott—. ¿Cuál es su historia?
—¡No lo sé! —dijo Kip riéndose—. ¡No lo sé todo! —Se inclinó para leer la descripción que habían puesto desde el museo sobre la ornamentada armadura de plata—. Italiano. Siglo xvi . Un tío sin más. Un caballero.
—Así que solo es un caballero cualquiera, ¿eh? Un caballero bastante bajito.
—Todo el mundo era más bajito en aquella época. Me pregunto si llevaría puesto eso cuando murió.
—Dios, ¿te puedes hacer una idea de lo que tardaron en construir esa armadura? ¿Y tenían ejércitos enteros con tíos así?
—Lo más seguro es que las reutilizaran. Había mucha rotación de personal.
Scott se rio del chiste de humor negro de Kip.
Iba vestido de incógnito: una gorra de los Yankees puesta lo más baja posible sin que le tapara la visión, una sudadera gris oscuro con cremallera y unos vaqueros.
Kip no las tenía todas consigo de que ese disfraz fuera a funcionar; seguía siendo el tío más buenorro de todas las salas.
No cabía duda de que iba a llamar la atención.
Scott llevaba los hombros encorvados y no paraba de meter las manos en los bolsillos de la sudadera, como si intentara evitar tocar a Kip.
—Cuando era pequeño, mi padre me traía mucho aquí —dijo Kip—. Era profesor de Historia y de Lengua en el instituto.
—¿Así que lo has heredado de él?
—Sin duda —dijo Kip—. A mi hermana, Megan, es a la que le han interesado más las novelas, pero a mí siempre me ha interesado la historia.
—¿Y qué es lo que te gusta?
Kip no sabía muy bien cómo responder a esa pregunta.
—Es… O sea, es una larga historia. Una muy muy larga.
Y ha habido millones de personas a lo largo de miles de años que han ayudado a contarla.
Para registrar una pequeña parte de ella, o para intentar llenar los vacíos o corregir las partes de lo que sucedió antes.
Tipo, algunas personas intentan narrar su historia de una manera que las haga quedar mejor o que haga quedar peor a otras personas.
Pero luego los historiadores trabajan para corregir eso.
Y eso es lo que yo quiero hacer: trabajar para asegurarme de que se cuentan las historias correctas.
—Guau —dijo Scott—. Qué guay. Me gusta.
Kip se encogió de hombros, un poco avergonzado por las divagaciones que acababa de soltar.
—Es solo que me resulta interesante.
—Entonces ¿los caballeros italianos del siglo xvi no son tu especialidad? —preguntó Scott.
Kip negó con la cabeza y sonrió.
—No, la verdad es que no. Me interesan más los campesinos. Aunque los soldados me interesan también, claro.
—Cuéntame —dijo Scott—. Quiero saber qué te interesa.
—Ah. Lo que más me interesa es la gente.
No tanto los grandes nombres de la historia, sino más bien cómo vivían en las diferentes épocas.
En distintos lugares. Quiénes eran los soldados en las guerras.
Quiénes eran los trabajadores. Esas cosas.
Sobre todo, los grupos marginados. La gente cuya historia no se ha contado.
Scott asintió pensativo.
—¿Como la gente queer ? —supuso.
—Claro, eso es. De hecho, escribí mi trabajo de final de carrera sobre los grupos marginados que eran reclutados para las guerras. —Kip examinó los detalles de una guja del siglo xvi y esperó a que Scott cambiara de tema.
Al cabo de un minuto, Scott sorprendió a Kip al preguntarle:
—¿Y por casualidad tienes una copia? Me gustaría leerlo.
Kip lo miró parpadeando.
—¿Quieres leer mi trabajo?
—Claro. Si lo has escrito tú, quiero leerlo.
Dios, qué tierno. A Kip le dieron muchas ganas de abrazarlo. ¿Se enfadaría con él si lo abrazaba?
—Tiene como unas noventa páginas —dijo, en lugar de abalanzarse sobre su grandioso y adorable novio—. Y seguro que te parece un tostón.
—Puedo leer noventa páginas —dijo Scott mientras soltaba una sonrisita—. Soy deportista, no idiota.
Kip puso los ojos en blanco.
—Ya sé que no eres tonto, Scott.
Scott sonrió y luego miró rápido alrededor de la habitación por enésima vez. Parecía estar esforzándose por pasarlo bien, pero era evidente que se sentía incómodo. Y eso a Kip le molestaba.
Le puso una mano en el brazo a Scott, pero la retiró al momento cuando este se estremeció.
Kip hizo lo posible por no cabrearse. Quería decirle a Scott que se relajara, pero en lugar de eso se dio la vuelta y lo llevó hacia otra armadura.
—Oye, ¿has visto esta alguna vez? Siempre ha sido una de mis cosas favoritas del museo. Esta la llevaba Enrique VIII .
—¡Yo he oído hablar de ese tipo!
—¿Ves? ¡No tienes ni un pelo de tonto!
Scott frunció el ceño al mirar la armadura dorada.
—Creía que era gordo. ¿No era un tipo grande y gordo con barba? Esta armadura parece muy pequeña.
—Esta era su armadura de cuando era joven —dijo Kip—. Por aquí… —Le indicó a Scott que le siguiera—. Aquí vemos otra de sus armaduras, que usó unos veinte años después. Hay una gran diferencia.
—Supongo que se pasó esos veinte años comiendo.
—Y follando. Y matando a sus mujeres.
—Bueno, le estaba comprando el plan hasta que has mencionado lo último.
Kip se rio. Scott le sonrió.
—Deberías trabajar aquí —le dijo—. ¡Se te daría genial!
—Sí. Sería fantástico —murmuró Kip.
Ni se había molestado en contarle a Scott lo de la entrevista de trabajo fallida en el otro museo. No tenía por qué ridiculizarse aún más.
—¿Qué necesitas para trabajar en un sitio como este? Si ya tienes tu carrera en Historia.
—Ah, pues no lo sé. Lo más probable es que, por lo menos, un máster. Depende del trabajo.
—¿Y no quieres estudiar un máster?
—No lo sé —dijo Kip mientras fingía estar interesado en un guante del siglo xv—. O sea, sí. Me gustaría. Pero no puedo… —Se calló justo ahí.
—¿Permitírtelo? —terminó Scott por él.
—No empieces —le advirtió Kip.
—¡No he empezado nada! Pero si lo único que te lo impide es el dinero…
—No es cierto. Para empezar, tendrían que aceptarme en algún sitio.
—¿Has enviado alguna solicitud?
A Kip no se le ocurrió ningún motivo por el que mentir.
—Envié unas cuantas solicitudes hace un par de semanas.
A Scott se le abrieron los ojos de la sorpresa y sonrió.
—¡Qué bien! —Después, su cara se puso seria—. Eeeh… ¿Dónde?
—Ah, por aquí —respondió Kip rápido. Bajó la voz y sonrió—. ¿Te pensabas que te iba a dejar?
Scott lo miró serio.
—Te echaría muchísimo de menos si te fueras a estudiar fuera, pero lo entendería.
Kip tenía unas ganas inmensas de besarlo o, por lo menos, de estrecharle la mano. Menuda mierda.
—Gracias —le dijo—. Pero seré más feliz si me quedo aquí. Y, además, puede que no me admitan en ninguna de ellas.
—Lo harán.
Las cosas cambiaron al rato, cuando estaban en la galería de esculturas europeas.
Bajo la fuerte iluminación y en los amplios espacios abiertos, la gente comenzó a darse cuenta de la presencia de un famoso entre ellos.
De pronto, los visitantes del museo parecían mucho menos interesados en las estatuas de los dioses griegos y comenzaron a hacer fotos a escondidas del Adonis moderno que caminaba entre ellos.
Kip se inclinó hacia Scott y le dijo:
—Oye, son…
—Lo sé —le respondió Scott con voz tensa—. Ya lo veo.
Al cabo de poco rato, dos chicas se acercaron a ellos y les preguntaron si podían hacerse un selfi con Scott. Kip se dio cuenta de que él quería rechazar la petición con educación, pero, en lugar de eso, esbozó una sonrisa forzada y dijo:
—¡Claro!
Kip podía oír los murmullos que rebotaban en el tranquilo claustro de mármol. «¿Has visto que Scott Hunter está ahí?». «¿De verdad es Scott Hunter?». «¿Quién crees que será el que va con él?».
Más gente se acercó a Scott y se hizo fotos con él. Scott firmó algunas guías del museo, lo que a Kip le pareció una petición absurda.
Después de que una familia de cuatro miembros se hiciera fotos con él, Scott se volvió hacia Kip y le dijo firme:
—Deberíamos irnos. Lo siento, pero esto solo va a empeorar.
Se fueron rápido. Habían planeado comer cerca, pero, mientras atravesaban el vestíbulo del museo, Scott ya estaba llamando a su servicio de transporte.
—Bueno, imagino que cancelamos el plan de comida —dijo Kip manteniendo un tono lo más tranquilo posible.
—Sip.
El tono de Scott no era tan tranquilo; estaba tenso y enfadado. Kip quería ponerle una mano encima para tranquilizarlo, pero no se atrevió.
«Otra vez al apartamento. A escondernos».
Bueno, habían sido un par de horas agradables fingiendo que tenía una relación normal.
Por la noche, las cuentas de los fans de Scott Hunter estaban repletas de fotos hechas con móviles, la mayoría sin permiso, de Scott y Kip en el museo.
Incluso había un par de sitios web de cotilleos sobre famosos que las estaban publicando.
Kip solo se enteró porque, poco después de las ocho de la tarde, recibió un mensaje de Shawn.
Shawn: ¡Kip! ¡Qué cojones! ¿¿¿¡¡¡Ese eres tú!!!???
Era una foto de Scott mirando (quizá con demasiado cariño) a Kip mientras él contemplaba una estatua de Perseo. La escena era sin duda romántica, y el pene de mármol de la estatua que se alzaba entre sus rostros no ayudaba a suavizar las cosas.
La mayoría de la gente no se daría de cuenta de eso, ¿no?
Kip: Sí.
Shawn: ¿Puedes explicarme cómo es que tenías una cita con Scott Hunter?
Kip: ¡No era una cita!
Mentira cochina.
Shawn: Pues explícate.
Kip: Lo conocí en el trabajo. Somos amigos. No es nada.
Shawn le respondió con un gif de una concursante de RuPaul: reinas del drag poniendo una cara de «a ver, marica…».
Kip: ¡Que no es nada! ¡De verdad! Como si Scott Hunter quisiera salir conmigo. ¡Sí, hombre!
Shawn: Mmm…
Kip: ¿Acaso te parece gay? ¿De verdad?
Odiaba cada palabra que estaba escribiendo. No quería mentir a sus amigos.
Shawn: Mmm…
Kip: No es nada…
Shawn: Bueno, pues la próxima vez que tú y tu amigo hetero Scott quedéis para no hacer «nada», deberíais invitarme. Y quizá ir a la playa o algo así. O a la piscina. O a una sauna.
Kip puso los ojos en blanco, y entonces le envió el emoji de los ojos en blanco.
Shawn: Parece que te quiera comer vivo. No digo nada más.
Kip: Que no…
(Aunque en realidad sí).
Decidió no contarle nada a Scott sobre el tema de las fotos en internet. Scott ni siquiera tenía cuentas oficiales en redes sociales. Había probabilidades de sobra de que nunca se enterara de su existencia.
Al fin y al cabo, no era para tanto. Toda la atención se centraba en que se había visto en público a Scott Hunter. Nadie mencionó a Kip, salvo para hablar de él como el «amigo desconocido».
No había motivos para contárselo a Scott. Solo lo estresaría.
A las nueve y media, Scott dijo:
—¿Hay fotos nuestras en internet? ¿En el museo?
—Eeeh… No lo sé —Kip mintió—. ¿Por qué?
—Carter me acaba de escribir.
Joder. Kip sacó el móvil y fingió abrir Twitter, como si no lo hubiera estado revisando todo el día.
—Ay. Pues sí, hay algunas. Nada… O sea, la mayoría están bastante borrosas. No sé por qué la gente se molesta en publicarlas.
Esperó a que Scott respondiera y deseó que no se diera cuenta de que se había puesto rojo.
Ya le había mentido a Shawn sobre esas putas fotos; y ahora le estaba mintiendo a Scott.
En realidad, Kip solo quería verlas y sentirse un poco orgulloso de ellas.
Nunca había visto ninguna foto de los dos juntos.
—¿Por qué Carter te ha mandado una?
—Pues… para reírse de mí o lo que sea. Sabe que detesto ese tipo de cosas.
—Así que entonces no cree…
—¡No lo sé! ¡Joder! —Scott tiró su móvil sobre el sofá y empezó a dar vueltas—. ¡No deberíamos haber ido! Qué idiota. Yo solo quería… Joder. ¿En qué estaba pensando?
—Oye —dijo Kip tratando de sonar tranquilizador—. No es para tanto. No es nada. No es como si nos estuviéramos enrollando en las fotos.
—¿Y si hubiera sido así? No me refiero a enrollarnos. Pero ¿y si te hubiera tocado de alguna manera obvia sin querer? ¿O si te hubiera… mirado como sé que te miro siempre?
Kip estaba suplicándole a Dios que Scott nunca viera la foto que Shawn le había enviado.
—Es demasiado puto difícil estar en todo —dijo Scott—. No debería de haber…
—Ya —dijo Kip, seco.
Qué puto ridículo, joder. Su cita no podía haber sido más casta, y ahí estaba Scott, derrumbándose por el hecho de que los hubieran visto juntos en un lugar público.
Por primera vez, Kip se planteó en serio la posibilidad de irse a casa esa noche. Estaba mucho más que molesto con Scott. Su habitual miedo de que eso que había entre ellos no fuera a funcionar a largo plazo se apoderaba de él.
Quería mucho a Scott y habría hecho casi cualquier cosa por quedarse con él. Pero no podía mentir sobre quién era. Y no quería mentir sobre lo que Scott significaba para él.
—Creo que… me voy a ir a mi casa, ¿vale?
—¿Qué? —Scott parecía haberse sorprendido al oír eso—. ¿Por qué?
—Es que… —Kip se mordió el labio. No quería discutir por nada de eso, pero, si se quedaba, acabarían peleándose porque Kip no podía fingir que no estaba molesto—. Tengo cosas que hacer en casa.
Sonaba tan falso como lo era.
—Por favor, no te vayas —dijo Scott.
Kip iba a insistirle en que necesitaba irse, pero entonces Scott le dijo:
—Lo siento.
Kip suspiró.
—No tienes que disculparte, Scott.
—Bueno…, siento que tengo que hacerlo, ¿vale?
Y ojalá pudiera prometerte que las cosas mejorarán, pero la verdad es que…
—Se frotó la cara con la mano y dijo palabrotas en voz baja—.
Lo estoy intentando. Te lo prometo, lo intento.
Y quizá no lo parezca, pero cada pasito que damos para mí es un salto inmenso.
—Lo sé —dijo Kip.
Y lo sabía. El simple hecho de que Scott intentara salir en público con él había sido algo muy importante. Solo llevaban juntos unas semanas, ¿cuánto más le podía pedir?
—Las cosas se van a complicar más cuando empiecen los play-offs —dijo Scott—. Solo quiero saber que estamos bien.
Kip asintió.
—Estamos bien.
—Por favor, quédate —dijo Scott—. Te quiero mucho, Kip. Te necesito. Por favor, ten paciencia conmigo.
¿Y cómo iba Kip a resistirse a eso?
—Me quedo.