Capítulo 19
—Siento mucho lo del trabajo —dijo Shawn nada más sentarse en la mesa—. Si quieres, no volveré a pisar ese museo nunca más.
Kip se rio.
—No pasa nada. No estaba cualificado para el puesto. Ya te lo dije.
—No es cierto y ellos se lo pierden —dijo Shawn.
—Exacto —dijo Elena levantando su pinta de cerveza.
El bar estaba lleno para ser lunes por la noche.
Kip miró a sus amigos alrededor de la mesa: Elena, Shawn y Maria, además de Jimmy y Chuck, que se habían tomado unas vacaciones expresamente para venir a Nueva York.
Era la primera vez que todos veían a Maria, excepto Elena.
Kip no salía mucho con ella fuera del trabajo, lo cual era una pena.
Pero ahora estaba ahí, y Kip estaba rodeado de un grupo maravilloso de personas que tenía la suerte de tener en su vida.
Solo lamentaba que Scott no estuviera ahí también.
Trató de no darle más vueltas. Ninguno de sus amigos se había traído pareja tampoco. No tenían pareja estable, que él supiera.
—Ahora que estamos todos aquí —dijo Chuck, con voz alegre y resonante—, propongo un brindis. ¡Por Kip! Un tipo al que querrías odiar de lo guapo que es, pero que no puedes porque es un puto encanto.
—¡Por Kip! —dijeron todos.
—¡Eso! ¡Por mí! —exclamó Kip levantando su vaso.
El camarero era el mismo que había coqueteado con Kip la última vez que había estado allí con Shawn: Kyle. Seguía siendo muy mono y seguía flirteando con Kip, que no pudo evitar seguirle el rollo un poco.
—¿Ya te lo has tirado? —preguntó Shawn después de que Kyle se fuera a por otra ronda.
—No —respondió Kip.
—Una lástima —dijo Jimmy—. Si no lo haces tú, lo haré yo.
Chuck se rio.
—Como si tuvieras posibilidades, Jim. Con lo mucho que destaca Grady, ni siquiera te ha visto.
—Kip —dijo Maria—, no me habías comentado que todos tus amigos guapos eran gais. ¿Qué pinto yo aquí?
—Te lo dije y, si quieres, más tarde podemos ir al Olive Garden o a cualquier otro sitio al que vayan heteros.
Le lanzó una aceituna de los nachos que estaban compartiendo de aperitivo.
Todos bebieron y charlaron animados durante un rato. Kip empezó a sentirse bien, despreocupado; se reía con facilidad y bromeaba con sus amigos.
—Muy bien —dijo Chuck mientras colocaba las manos sobre la mesa para enfatizar—, la próxima ronda la pagará quien lleve más tiempo sin follar.
—Eso está feo —dijo Elena—. Debería ser la última persona que haya follado.
—Joder, Elena —dijo Kip—, de verdad quieres pagar la siguiente ronda, ¿eh?
—No estoy segura de que sea yo —dijo ella mirándolo fijamente.
Kip se calló.
—No, son mis reglas —dijo Chuck—. Así que, venga, todo el mundo a hablar. Yo llevo dos semanas.
—¿Qué consideramos follar? —preguntó Jimmy.
—Correrse con la colaboración de otra persona —dijo Chuck con autoridad.
—Ah. Entonces hace como tres días —dijo Jimmy.
—Espera —dijo Chuck—, ¿fue el contable ese…?
Jimmy asintió.
—Genial. Bueno, ¿quién supera las dos semanas?
Elena negó con la cabeza.
—Anoche.
—Yo iguaaal —canturreó Shawn.
Maria echó la cabeza hacia atrás y gimió.
—¡Joooooodeeeeeer! —dijo—. Un mes. Más de un mes. Uuuf.
—Ups —dijo Chuck—. ¿Y tú, cumpleañero?
—Pues… —dijo Kip. «Hace unas horas».
Miró a Elena en busca de ayuda. Ella solo enarcó una ceja con cara de interés.
—Llevaré como un par de meses o así —dijo al final.
Elena era la única que sabía que eso era mentira.
—Joder, qué mal, lo siento, Grady —dijo Chuck—. Parece que te va a tocar pagar la ronda en tu propio cumpleaños.
—No pasa nada —dijo Kip.
Porque no pasaba nada. Estaba fingiendo estar a dos velas cuando, en realidad, estaba en la mejor relación de su vida. Había problemas peores. Se levantó para pedir. Se tambaleó un poco mientras se dirigía a la barra. Kyle estaba allí, guapísimo con una camiseta blanca ajustada.
—Mi cliente favorito —soltó Kyle—. ¿Qué te pongo?
Kip sonrió y apoyó un brazo en la barra.
—Pues una ronda para toda la mesa.
Ahí es cuando Kip hubiera dicho algo como «de momento» o habría sido más directo y le habría dicho que lo buscara cuando terminara su turno. Pero…
—Eso —dijo Kip mientras retrocedió un poco—. Y ya.
Kyle pareció sorprendido, pero controló rápido sus gestos.
—Lo que me pidas —respondió él, sin dejar de sonreír y recorriendo con la mirada el cuerpo de Kip.
Kip volvió a la mesa. Era agradable saber que aún llamaba la atención, aunque ahora esa atención se la reservara a un determinado deportista superestrella.
Al final de la noche, todos estaban bastante borrachos. Mientras esperaban fuera a los taxis, Maria abrazó a Kip con todo su cuerpo.
—Gracias por invitarme, Kip. Me caes bien. Tus amigos son geniales. Y tú también.
—Gracias por venir —le dijo Kip al oído—. Deberíamos salir más.
—¡Sí! ¡Sí, claro! Kip… Sí.
Lo señaló con el dedo mientras retrocedía hacia el taxi que la esperaba.
Jimmy, Chuck y Shawn se abalanzaron sobre Kip para darle un abrazo grupal.
—Gracias, chicos —dijo Kip—. Os quiero, cabrones. Lo sabéis, ¿verdad?
—Y nosotros a ti, Kip —dijo Shawn.
Los tres se subieron al taxi juntos y Kip se quedó solo con Elena.
—Ya está de camino. —Ella siempre estaba como muy serena y coherente, incluso cuando iba borracha.
—¿Qué?
—Scott. Le he escrito. Viene para llevarte a casa.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿De dónde has sacado su número?
Elena lo miró como si fuera muy idiota.
—Das miedo, ¿lo sabías? —dijo Kip.
—Lo bueno es que estoy de tu parte.
—Cierto. Lo estás. Te quiero, Elena.
La abrazó. Al principio ella se resistió, pero luego acabó cediendo.
—No tenías que haberle mandado ningún mensaje —dijo Kip.
—Bueno. Tú estás borracho y yo he quedado —dijo mientras escribía en su móvil.
—¿Otro actor famoso? —sonrió Kip.
—Bah, tan solo es un chico de mi gimnasio —dijo Elena—, que también es bailarín suplente de Rihanna.
—¡Dilo, reina! —dijo Kip y levantó la mano para chocar los cinco.
Ella lo ignoró.
—Parece que tu transporte ya está aquí. —Señaló con la cabeza un bonito todoterreno que acababa de llegar.
—Gracias, Elena. ¡Eres la mejor! —dijo él, completamente en serio.
Abrió la puerta trasera del todoterreno y se sorprendió al ver que Scott no estaba allí.
—Oye, aquí —dijo la voz de Scott.
Kip se volvió y vio a Scott sentado al volante.
Cerró la puerta trasera y se sentó en el asiento del copiloto. Le dedicó una sonrisa descuidada a Scott.
—No sabía que supieras conducir —balbuceó.
—Sé hacerlo —dijo Scott—. Tío, estás hecho un cuadro.
—’toy bien. ¿Tienes coche?
Scott se rio.
—Sí. No lo uso muy a menudo, pero lo tengo. Es más fácil tener chófer. No tener que preocuparse por dónde aparcar y esas cosas.
—Mmm —respondió Kip somnoliento. El aparcamiento o tener un coche no eran cosas de las que se hubiera preocupado nunca.
Condujeron en silencio durante un minuto y luego Scott dijo:
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí. Sí. Mis amigos son geniales.
—Guay. Siento no haber podido ir.
—’tá bien.
—No, es que… —Suspiró—. Da igual. Podemos hablar de eso cuando no estés…
—¿Hablar de qué?
—De nada.
Kip advirtió que Scott apretaba la mandíbula, incluso a través de su visión borrosa.
—Te quiero —le dijo.
Scott se relajó un poco.
—Y yo a ti. Incluso cuando vas pedo.
—No estoy pedo. Estoy contentillo.
—Ajá.
—Gracias —dijo Kip concentrándose mucho para que sus palabras fueran lo más claras posibles— por venir a recogerme. No tenías por qué…
—Pues claro —dijo Scott—. Me he alegrado de que Elena me escribiera. Aunque no tengo muy claro cómo ha conseguido mi número…
Kip hizo un gesto con la mano.
—Ni puta idea. Siempre se entera de todo.
—Bueno, pero me alegro de que me escribiera. Me ha hecho sentir que… lo que tenemos…
Kip se estaba perdiendo.
Scott paró en un semáforo en rojo y lo miró.
—Ya sé que mantener las cosas en secreto es una puta mierda. Para mí también es una mierda. Esta noche ha sido dura para mí.
—Scott…
El semáforo se puso en verde.
—En fin —dijo Scott volviendo a centrar su atención en la carretera—, me ha hecho ilusión que Elena me escribiera. Es como que todo parece más real.
Kip puso una mano en el muslo de Scott.
—Es que lo es.
Scott esbozó una sonrisa.
—Sí —dijo—. Ahora vamos a llevarte a la cama.
—Buenos días —dijo una mancha borrosa con forma de Scott—. Me alegra verte con vida.
Kip parpadeó y se frotó los ojos. Estaba sediento.
—Toma —dijo el Scott borroso mientras le ofrecía un vaso de agua.
Kip se lo bebió de un trago.
—Gracias —dijo mientras le devolvía el vaso.
—¿Cómo te encuentras?
—Estupendo —respondió Kip con voz ronca. Se dejó caer sobre la almohada.
—Anoche estuviste muy mono —dijo Scott—. Muy cariñoso. Hasta que te quedaste frito encima de mí.
—Lo siento —dijo Kip.
—No te preocupes. Me alegro de que te lo pasaras bien.
Scott le acarició el pelo con los dedos y Kip cerró los ojos y suspiró feliz.
—¿Huele a beicon? —murmuró.
—¡Sí! He hecho tostadas francesas y beicon.
—Dios mío. Eres el mejor.
—Estará listo para cuando tú quieras. El café también. Tengo que irme pronto.
Kip se incorporó.
—¡Es verdad! Lo siento, se me había olvidado tu entrenamiento. Voy a darme una ducha rápida.
Se quedó bajo la ducha el tiempo justo para lavarse el pelo con champú y enjabonarse el cuerpo. Se sintió mucho mejor al salir.
Entró en la cocina en pantalones de chándal, camiseta y con el pelo mojado. Scott le dio una taza de café y Kip a él un beso.
—De verdad —dijo Kip—. Eres el mejor novio del mundo.
Se sentaron en la encimera de la cocina y comieron unas (riquísimas) tostadas francesas, y él le contó a Scott un poco sobre cómo había ido la noche.
—Anoche —dijo—, en el coche, ¿me dijiste que habías estado mal?
—Ah. —Scott miró su plato y se puso rojo—. No es nada. Anoche estaba un poco raro. No te preocupes por eso.
—No, por fa. Cuéntamelo.
Scott dejó el tenedor.
—Creo que quizá fue la primera vez que me sentí muy… O sea, lo de la gala fue duro, pero anoche saliste con tus amigos porque era tu cumpleaños…
Kip se acercó y le puso una mano en el antebrazo.
—Debería haber estado allí —dijo Scott—. Eso es lo que me rondaba durante toda la noche. Ojalá pudiera… —Suspiró—. Da igual. No tiene sentido que lloriquee por cosas que no puedo tener. Debería estar agradecido de lo que tengo.
Kip estuvo a punto de preguntarle a Scott si estaba seguro de que no podía tener esas cosas. Si sería tan malo que saliera del armario públicamente. Pero se había prometido a sí mismo que no insistiría en ese tema. Scott entendía mucho mejor que Kip lo que estaba en juego.
En lugar de eso, dijo:
—Tienes que estar preparado.
Scott tenía una expresión de tristeza en el rostro.
—Quiero estar preparado.
—Lo estarás. Muy pronto —dijo Kip mientras le apretaba el brazo.
Scott asintió y le sonrió un poco.
—Lo siento. Como te decía, fue una noche rara y solitaria. La imaginación me jugó una mala pasada.
—Yo también he pasado por eso. Te entiendo.
Kip lo besó y Scott le devolvió el beso con más pasión aún, le colocó una mano en la cara y se deslizó del taburete para poder ponerse de pie frente a él. Kip estiró el cuello para quedar a su altura mientras Scott exploraba su boca con la lengua.
—Se te da bien —susurró Kip cuando se separaron.
—Debe de ser por todos estos años de práctica —dijo Scott un poco seco.
—Anda ya. —Kip le dio un golpecito en el pecho—. ¿A qué hora te tienes que ir?
Scott miró el reloj.
—Pues ya, básicamente. El coche llegará en un par de minutos.
—Vaya mierda —dijo Kip—. Hoy trabajo hasta las dos. Estarás ocupado esta tarde, ¿no?
—Sí. Sports Illustrated .
—Ay, sí.
—Y también lo estaré las próximas tardes.
—Bueno… Ya se nos ocurrirá algo. ¿Quieres que me quede aquí esta noche?
—Sí —dijo Scott—. ¿Puedes?
—Te prepararé la cena.
—¿Sí? Puede que llegue un poco tarde.
—No pasa nada —dijo Kip mientras le sonreía—. Que vaya muy bien en la entrevista.
—Gracias. No me gustan nada.
—¿Te harán una sesión de fotos?
—Sí. Hoy no, pero sí. Pronto. Será la portada.
—¡Pero bueno!
Scott hizo una mueca.
—Ya.
Se puso una cazadora de cuero y besó a Kip junto a la puerta.
—¡Ah! ¡Se me ha ocurrido algo! Para tu regalo de cumpleaños —dijo emocionado—. ¿Qué te parece si el sábado vamos juntos al Met?
—¿El Met? ¿Tipo… el museo?
—Sí —dijo Scott—. He pensado que igual te haría ilusión…
«Hostia puta».
—Me encantaría.
¿Había adivinado Scott lo que Kip no se había atrevido a decir: que lo único que Kip quería para su cumpleaños era ir a un lugar que le encantase con su novio?
—Pues es oficial —dijo Scott sonriendo—. Tenemos una cita.
—¿En serio?
—A ver, es evidente que tendremos que ser… discretos.
—Ah. Claro. No, ya lo sé. —Kip se desanimó un poco.
—Te traeré de vuelta aquí después y te lo compensaré, ¿vale?
Kip asintió y trató de mantener una expresión alegre cuando dijo:
—Suena genial. —Lo besó—. Ve a ser una superestrella. Estaré aquí para cuando vuelvas.