Capítulo 18
Kip esperaba justo dentro de la puerta principal del apartamento, con el móvil en la mano. Scott le había estado escribiendo durante toda la mañana con actualizaciones de cómo iba.
Scott: De camino al aeropuerto.
Scott: Despegamos pronto.
Scott: Aterrizado.
Scott: Ya en el coche.
Scott: Cruzando el puente. Hay atasco.
Scott: ¡Llegando!
Kip miró el móvil, esperando a que le escribiera. ¿Le diría algo más o Scott ya entraría por la puerta?
Puso los ojos en blanco. Menuda tontería. Ya eran hombres adultos y tan solo habían estado separados nueve días.
Le llegó otro mensaje.
Scott: Acabo de llegar. ¡Te veo enseguida!
Kip se pasó la mano por el pelo, dejó el móvil sobre la mesa de centro y fue hacia la puerta. Llevaba vaqueros y una camiseta Henley verde oscuro que se había comprado el día anterior, como autorregalo de cumpleaños.
La puerta se abrió con un clic y Kip solo tuvo una fracción de segundo para ver la cara sonriente de Scott antes de que se le abalanzara. Kip quedó aplastado contra la pared mientras Scott lo besaba con fuerza y ansia y le sujetaba los brazos con sus manos enormes.
—Feliz cumpleaños —dijo Scott cuando por fin se separaron para respirar.
—Gracias. Te echaba de menos.
Scott sonrió y lo volvió a besar.
Kip se sintió abrumado de la felicidad. Era fantástico tener el cuerpo enorme y compacto de Scott rodeándolo.
—Lo has conseguido —dijo cuando se separaron—. ¡Has ganado los seis partidos!
—Estaba motivado. —Scott acunó la cara de Kip entre sus manos mientras le acariciaba el pómulo con el pulgar—. ¿Dijiste algo de una recompensa?
—Nunca hablé de recompensas. Dije que te daría lo que necesitaras —le corrigió Kip.
Scott lo besó una vez más.
—Siempre lo haces. Pero hoy no soy el protagonista. ¡Lo eres tú!
—¿Eso significa que te puedo desenvolver?
—Sí, por favor.
—¡Me muero de hambre! —dijo Scott.
Se estaba secando con una toalla después de la ducha que se habían dado juntos (justo después del sexo que habían disfrutado juntos).
—Menos mal —dijo Kip—. Yo también. —Frunció el ceño—. Eeeh, puede que no te quede mucha comida aquí.
—Ah. Ya, bueno, estaba pensando…
—¿En pedir a domicilio?
—La verdad —dijo Scott— es que estaba pensando que quizá… ¿podríamos ir a algún sitio?
La cara de Kip se iluminó.
—¿En serio?
—Sí, a ver… Una comida no creo que sea demasiado sospechoso, ¿no?
—Claro —dijo Kip con un poco menos de entusiasmo. ¿Qué esperaba?
—¿Adónde quieres ir? ¡Yo invito!
Kip puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—No sé. No tiene por qué ser nada elegante. Tú sabrás mejor dónde no nos molestarán.
—Pues vístete —dijo—. ¡Que salimos!
El tiempo de marzo era frío, húmedo y horrible, pero Kip estaba muy contento de salir del apartamento de Scott. No se cogían de la mano ni hacían nada que sugiriera que eran novios, pero el simple hecho de estar fuera con él le parecía surrealista y maravilloso.
Scott los llevó a un local que había a unas manzanas de su apartamento. Se sentaron a una mesa y se sonrieron el uno al otro mientras miraban la carta.
—¿Qué te vas a pedir? —dijo Scott.
—Es mi cumpleaños —dijo Kip—. ¡Me voy a pedir un maldito sándwich con hamburguesa!
—Di que sí.
—Y un batido.
—Qué rico. ¿De qué?
—De vainilla, por supuesto. ¿Por qué iba a fastidiar la combinación perfecta?
—Exacto —dijo Scott mientras cerraba la carta—. Pues yo voy a coger exactamente lo mismo.
Pidieron y entonces Scott dijo:
—Pues… Estaba pensando en que quizá podríamos ir a algún sitio en verano.
Kip levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí… O sea, ya te conté que suelo ir a sitios donde no puedan reconocerme. Así no tendríamos que preocuparnos tanto —dijo Scott en voz baja mientras se inclinaba hacia él— de que la gente nos viera juntos.
—Ya —dijo Kip mientras fruncía el ceño mirando a la mesa—. Sí.
Scott empezó a hablar con entusiasmo sobre una ciudad en la costa de España o Italia en la que había estado y no pareció darse cuenta de que Kip estaba empezando a entrar en un bucle.
«No quiero seguir ocultando nuestra relación».
«¿Seguirá queriéndome cuando llegue el verano?».
«¿Cuánto puedo mantener una relación con alguien en secreto?».
El camarero trajo la comida y Kip se alegró de la distracción.
—Uuuf, joder, hacía muchísimo tiempo que no me comía una hamburguesa en pan de sándwich —dijo Scott. Estaba muy contento.
—Está rica —dijo Kip y forzó una sonrisa—. Gracias.
Kip no iba a permitir que Scott se lo llevara de vacaciones de lujo.
Entre las entradas para el hockey, el traje y el tiempo que pasaba en el ático, Kip ya había aceptado demasiadas cosas de él.
¿Qué podría darle Kip a cambio? Un viaje a gastos pagados a algún resort gay de cinco estrellas en la playa solo aumentaría la deuda que Kip había acumulado.
«Prefiero que me lleve a cenar otra vez. Y dividimos la cuenta».
—¿Y adónde vas a ir esta noche? —preguntó Scott antes de dar un largo sorbo a su batido de vainilla.
—Hay un pub, por la zona de Village…, el Kingfisher. Antes solía ir mucho, aunque ya no salgo tanto. Pero, siempre que quedo con mis amigos, solemos ir ahí.
—Es como… ¿un bar gay? —preguntó Scott en voz baja.
Kip se rio un poco.
—Sí. Es un bar gay. Pero es tranquilo. Es solo un pub con camareros monos.
—¿Y has dicho que vas a quedar con unos amigos ahí?
—Sí, con Elena. He invitado a Maria, del trabajo. Y algunos amigos de la universidad. —Se inclinó con una sonrisa pícara y susurró—: Algunos amigos gais.
Scott puso los ojos en blanco.
—Vale. Ríete de mí.
Kip volvió a reírse y le dio una patada a Scott debajo de la mesa.
Pero dejó de reírse cuando se dio cuenta de que la vida secreta de Scott no tenía nada de gracioso.
Era triste que le pusiera nervioso ir a un bar gay.
Que nunca hubiera salido con un grupo de amigos que le apoyaran o disfrutado flirteando con un camarero mono.
Decidió intentar algo, aunque sabía que no funcionaría.
—Sé cuáles son todas las razones por las que me dirás que no —dijo—, pero quizá podrías salir con nosotros esta noche.
—Ah. No, es que…
—Ya lo sé. Pero ir a un bar gay no significa que seas gay. Solo seremos un grupo de amigos en un bar. No es gran cosa. No es como si fuéramos a estar restregándonos en la pista de baile ni nada por el estilo.
Parecía que Scott se lo estaba pensando, pero luego negó con la cabeza.
—Tus amigos se preguntarían qué hago ahí. O sea, Elena lo sabe, pero…
Kip se desanimó un poco. Scott tenía razón. Una cosa era Elena, pero los demás…
Scott causaría un revuelo en el Kingfisher, aunque todos creyeran que era un hetero que salía con su amigo gay. Aunque nadie supiera quién era, llamaría mucho la atención. Destacaba bastante.
—Bueno —dijo Kip—. Si cambias de opinión, te puedo mandar la dirección del bar.
Scott parecía estar a punto de decir algo, pero los interrumpieron dos hombres que se habían acercado a la mesa con pinta de estar muy emocionados.
—¡Hola! ¡Scott Hunter!
—¿Hola? —preguntó Scott.
—¡Hostia puta! Eres tú, ¿verdad?
Uno de los hombres le tendió la mano. Scott esbozó una pequeña sonrisa y se la estrechó.
—Soy un gran fan tuyo —continuó el hombre—. ¿Y sabes qué creo? Que este año nos traerás la copa. ¡No me cabe duda!
—Yo también lo creo —dijo Scott y le sonrió con educación.
El otro hombre dijo:
—¿Podemos hacernos una foto?
—Claro —dijo Scott levantándose—. Por supuesto.
Le lanzó una mirada de disculpa a Kip, pero él le respondió con un gesto con la mano. En realidad, estaba disfrutando de la situación.
—¿Podrías…? —dijo uno de los hombres, que le dio el móvil a Kip.
—Ay, sí. Claro.
Kip se levantó para sacarles una foto. Scott los rodeó con un brazo a cada uno y los tres sonrieron hacia Kip.
—¡Gracias, Scott! —dijo uno de ellos—. Eres de primera, tío. Esperamos verte levantar esa copa por nosotros. Disfruta de la comida, ¿vale?
—Gracias —dijo Scott.
Los hombres se fueron y Kip sonrió a Scott.
—Ha estado bien.
—Han sido majos —dijo Scott—. No siempre lo son. —Sus ojos recorrieron con rapidez todo el restaurante—. Es probable que nos tengamos que ir ya. Siempre empieza con uno y acaban viniendo un montón.
No hablaron durante el camino de vuelta a casa de Scott. Él tenía la mandíbula apretada, como siempre que algo le preocupaba, y Kip sabía exactamente qué le molestaba.
«Odia que la gente nos haya visto juntos».
Kip se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y caminó rápido para seguir el ritmo de las largas zancadas de Scott.
Scott estaba nervioso. Estaban sentados en el sofá, Kip se había tumbado en el extremo opuesto con los pies en el regazo de Scott. Estaba respondiendo a unos mensajes de felicitación de su hermana. Scott esperó hasta que hubiera terminado.
—Bueno, eeeh —comenzó Scott—, pues, es que…, tengo un regalo de cumpleaños para ti.
—¿Ah, sí? —dijo Kip.
—Sí.
Scott sacó un sobre ligeramente doblado del bolsillo trasero del vaquero. Se lo dio a Kip, que se incorporó un poco y quitó los pies del regazo de Scott. Echó un vistazo al sobre con recelo mientras miraba a Scott por encima de sus rodillas dobladas.
Scott lo observó abrir el sobre y repasó el discurso que se había preparado. Podía imaginar cómo iba a reaccionar Kip.
—¿No estarás…? ¿No? —dijo Kip, alucinando. Había abierto la tarjetita y estaba sujetando un papel que había sacado de dentro—. No, Scott. Por favor.
—No estoy seguro de haber calculado bien la cantidad —dijo Scott con calma—. Pero quiero pagarte el préstamo de la universidad.
—¡Esto es un cheque de cincuenta mil dólares, Scott!
—Lo sé. Lo he extendido yo.
—No —repitió Kip sacudiendo la cabeza—. Es una locura. No puedes coger y darme cincuenta mil dólares por mi cumpleaños.
—Sabía que dirías eso —dijo Scott—, pero la cuestión es que… me lo puedo permitir. No es un problema. Y lo sabes.
Kip seguía mirando el cheque, alucinando.
—Es muchísimo —dijo en voz baja—. Es demasiado.
—¿Quieres decir que tu préstamo es menos dinero que eso?
—Bueno, sí. Eso también. ¡Pero es que esto es una barbaridad!