Capítulo 17 #2
—¿Qué echas de menos? —Kip deslizó una mano por el interior de su muslo y los ojos de Scott la siguieron.
—Pues… Echo de menos tus labios. Tu boca. La manera en que me besas. Cómo sabes. Echo de menos tu olor.
—¿Cómo huelo? —Se rio Kip.
—No sé… Bien. ¿Un poco picante? Como la loción que usas después de afeitarte, supongo.
—No es nada especial, te lo aseguro.
—Echo de menos tu sonrisa —continuó Scott, y, al decir eso, Kip le sonrió—. Echo de menos tus pequitas en los hombros. Echo de menos tus pezones perfectos y tu ombligo.
Kip se rio.
—Eres raro. Sigue…
—Echo de menos tu culo. Tío, de verdad lo extraño. ¿Te he dicho cuantísimo me gusta? Es increíble.
—No me molesta volver a oírlo —dijo Kip.
—Echo de menos tus muslos. Echo de menos estar entre ellos.
—Me encanta tenerte ahí.
Kip llevó la mano a su polla y empezó a acariciarla poco a poco por encima de los vaqueros. Contempló a Scott mirarlo.
—¿Cómo vas? —preguntó.
—Bien… —respondió Scott con voz ronca y tranquila.
—¿Por qué no te unes?
Scott le dedicó una tierna sonrisa y se llevó la mano a los pantalones de chándal. Se masajeó la polla con la manaza a través de la tela.
—Sí —dijo Kip—, eso es.
Se desabrochó el botón de la bragueta mientras observaba cómo el placer se apoderaba de su novio. Era tan bonito, y a Kip le encantaba ayudarle a liberarse del estrés y las responsabilidades del trabajo y que se dejara llevar. Siempre.
Kip se bajó la cremallera y se echó hacia atrás el vaquero y lo dejó abierto. Se apretó la polla a través de los calzoncillos y luego cruzó los brazos detrás de la cabeza mientras se acomodaba para ver el espectáculo.
Scott levantó las caderas y se quitó los pantalones. Todavía llevaba puestos los calzoncillos grises. A Kip le gustó. De momento.
—Dios —dijo Kip mientras asentía mirando el sólido bulto en los calzoncillos de Scott—. No te ha costado mucho.
Scott sonrió un poco y volvió a frotarse. Kip vio cómo su mano bajaba para acariciarse los huevos a través de la tela, agarrándolos y tirando de ellos un poco.
—¿Te vas a quedar mirando? —preguntó Scott, que arrastraba las palabras.
—De momento.
Scott deslizó la mano dentro de la cintura de los calzoncillos y se agarró la polla. Kip vio la forma de su mano bajo el algodón mientras Scott se la agarraba.
—¿Haces mucho esto —preguntó Kip— cuando estás de viaje?
—Sobre todo en la ducha. Ahora siempre pienso en ti.
En la tela gris de los calzoncillos de Scott se estaba creando una mancha húmeda. Ahora sí.
—¿Y qué tal si te abres el telón? —le sugirió Kip—. Quiero verlo.
—Tú todavía llevas los vaqueros puestos —señaló Scott, con la mano aún moviéndose dentro de los calzoncillos.
—Vale —dijo Kip exagerando un suspiro.
Se quitó los vaqueros y los calzoncillos a la vez, luego dobló la rodilla más alejada del portátil. Volvió a colocar las manos detrás de la cabeza.
—Uuuf, joder.
Scott se quitó rápidamente los calzoncillos y entonces Kip tuvo una vista espectacular del cuerpo de Scott desnudo, desde la cabeza hasta la mitad de los muslos.
—Dios, mírate —dijo Kip—. Joder, echo de menos tu preciosa polla. Enséñamela.
Scott se la meneó con la mano, dejando que su pulgar arrastrara el líquido preseminal que se había acumulado en la punta y lo untara por toda la cabeza.
—¿Tienes lubricante, Hunter? —preguntó Kip.
—Sí, he traído un poco. Está justo… —Scott desapareció un segundo del encuadre—. Aquí.
Cogió el bote y se echó directamente en la polla. La de Kip se estremeció.
Scott comenzó a meneársela con entusiasmo, el líquido resbaladizo le permitía coger buen ritmo. Se miró mientras se pajeaba y luego miró a Kip con los ojos entrecerrados.
—Tú también tienes que… Kip, tócate tú también. Por favor. Hazlo conmigo, ¿vale? Quiero verte.
—Mmm, quiero hacerlo. Estás tan sexy , Scott, joder.
—Hazlo. Dios, estás durísimo. Tan precioso. Es justo en lo que pienso cuando estoy solo.
Eso fue suficiente para que Kip cogiera el lubricante de la mesilla y se pusiera manos a la obra. Enroscó los dedos alrededor de su dolorida polla y le dio unos cuantos meneos lentos.
—Jooo-deeer. —Kip se estremeció de alivio. Sonrió y cerró los ojos un segundo mientras echaba la cabeza atrás. Cuando volvió a abrirlos, Scott le sonreía.
—¿Te gusta? —preguntó Scott sin aliento.
—Sí. Es una pasada, joder. Voy a ir más lento para poder mirarte. No me quiero perder nada.
Kip se mordió el labio inferior y lo mordisqueó un poco.
—Me… Me muero de ganas de volver y estar contigo. Lo único en lo que pienso es en cuánto quiero tener esa polla dentro de mí.
—¿Ah, sí? Pensaba que me ibas a follar contra la pared.
—No puedo decidirme. Joder. Quiero hacerlo todo. Te quiero.
Kip jadeó y sin querer aceleró el movimiento de su mano.
—Yo también, Scott. Joder, te quiero mucho. Dios, es que eres tan sexy . Me has puesto cachondísimo.
Scott movía la mano con fuerza y rapidez. Los músculos de sus brazos se tensaban y flexionaban mientras se acercaba al límite.
—Te daré todo lo que quieras cuando entres por esa puerta —dijo Kip—. Me pondré de rodillas. Joder, me encantaría. Justo ahí, en el pasillo.
Scott gimió y siguió moviendo la mano.
—Estoy a punto, Kip…
Estaba emitiendo esos jadeos tan monos y desesperados que siempre hacía cuando estaba a punto de correrse. Kip podía ver cómo se le había sonrojado el pecho y le temblaban los muslos.
Todo iba genial para Kip. Notó como su propio clímax comenzaba a apoderarse de él, retorciéndose y tensando todo el cuerpo.
—Vamos —dijo—. Estás tan precioso cuando te corres. Déjame verlo. Enséñamelo.
Su corrida salió en chorros largos y calientes contra el pecho y el estómago. Kip lo vio, asegurándose de mirar a la cara eufórica de Scott mientras cabalgaba las olas del placer.
—Ay, amor. Es increíble —ronroneó Kip.
Scott soltó un ruido entre jadeo y risa y se recostó contra las almohadas, cerrando los ojos, sin dejar de acariciarse despacio mientras el orgasmo remitía.
—Kip —gimió—. Ha sido increíble. La puta hostia.
—¿Sí? Eso me ha parecido.
Scott se soltó la polla y abrió los ojos.
—Quiero verte. Estás a punto, ¿verdad? Tienes cara de estar a punto.
—Sí, casi. Estoy en una nube.
—Genial.
—Me encanta verte así —dijo Kip—. Agotado y contento. Parece que vas borracho.
—Siento que voy un poco borracho. Quiero que tú también te sientas así.
—Me voy a… Aaayyy… —Kip movió la mano más rápido y utilizó la otra para tirarse de los huevos—. Joder, dios…
Estaba a punto. Ya casi estaba. Sus huevos se tensaron y la sangre le subió a los oídos, casi ahogando los susurros de ánimo de Scott.
—Venga, Kip. Vamos. Estás precioso.
Kip miró la pantalla, vio la cara embriagada de sexo de Scott y su polla gruesa y blanda descansando sobre su muslo.
Vio el desastre brillante blanco que había manchado su musculoso torso.
Y entonces se derrumbó y gritó en el dormitorio de Scott mientras se corría.
El semen le cubrió el puño y goteó sobre su muslo.
Kip se hundió en las almohadas, con los brazos abiertos sobre la cama.
—Joder —jadeó.
—¿Te ha gustado?
—Ha sido una puta pasada.
Los dos se rieron un poco.
—¿Cuántos días faltan para que vuelvas a casa? —preguntó Kip, aunque ya sabía la respuesta.
—Cuatro y medio —dijo Scott.
—Demasiados, joder.
—Lo sé. —Y, entonces, Scott resopló.
—¿Qué pasa? —preguntó Kip.
—Nada. Es que nunca me había corrido tan fuerte haciéndome una paja. Ha sido una pasada.
Kip sonrió.
—Me alegro de haberte ayudado.
—Cuando vuelva a casa, quiero pasarme una semana entera en el apartamento contigo.
Kip se rio, pero algo feo lo punzó por dentro.
«En el apartamento. Como siempre».
Su ansiedad debió de reflejarse en la cara, porque Scott le dijo con tono preocupado:
—¿Kip?
Kip parpadeó y forzó una sonrisa.
—Debería ir a limpiarme.
—Ay, claro. Yo también. Te llamo mañana, ¿vale?
—Sí. Te quiero.
—Y yo a ti.
Kip colgó la sesión de Skype y frunció el ceño mirando al techo.
«Que no cunda el pánico. Acabas de tener una sesión de sexo por videollamada con tu novio. No ha pasado nada malo».
Excepto que cambiaría cien sesiones de sexo por videollamada por un paseo por el parque con su novio.
O por poder llevar a su novio a casa para que lo conocieran sus padres.
O por decirle a la gente que tenía novio.
Se obligó a levantarse de la cama y fue a limpiarse al baño.
Quizá, cuando Scott llegara a casa, las cosas serían distintas.