Cambiar el juego (Game Changers 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

La sirena señaló el final de la prórroga. El partido había sido agotador y había terminado en empate a tres, por lo que ahora irían a penaltis.

Scott patinó hasta el banquillo. Cuando llegó, dio un codazo a Bennett.

—¿Estás preparado?

—No se me escapará ni uno, Hunter.

—No lo dudo —dijo Scott y golpeó con la frente, protegida con el casco, la parte delantera de la máscara de Bennett.

—Venga —dijo Murdock—. Empieza Vaughan, luego Huff y después Hunter. Estoy seguro de que alguno de vosotros, millonetis, puede zanjar este asunto.

—Por supuesto, entrenador —dijo Huff.

Bennett patinó hacia su portería. El portero de Toronto hizo lo mismo. Toronto era el equipo local y eligió tirar en segundo lugar, por lo que Carter patinó hasta la línea central. Sonó el silbato y Carter salió disparado.

—Bien —murmuró Scott entre dientes mientras Carter regateaba y se desviaba hacia la portería con su habilidad manejando el stick con elegancia.

Por desgracia, no funcionó y el portero bloqueó el lanzamiento. Carter volvió patinando, negando con la cabeza.

—Mierda. Creía que lo tenía.

—Buena jugada, Carter. A la próxima —dijo Scott.

Bennet detuvo al tirador de Toronto y el banquillo de los Admirals dio un suspiro colectivo de alivio.

El banquillo se animó cuando Huff patinó hacia el centro de la pista.

—Vamos, Huff.

—Tú puedes.

Huff hizo lo que mejor sabía hacer. Hizo un lanzamiento rápido a la esquina superior de la portería que el portero no tuvo oportunidad de parar.

Todos los Admirals golpearon sus sticks contra las vallas y chocaron los guantes con él mientras patinaba por la línea.

Si el tirador de Toronto fallaba, el partido habría terminado.

El tirador de Toronto no falló, sino que se la coló a Bennett por abajo. Scott estaba listo.

Kip se tapó la boca con las manos. Estaba sentado en un borde del sofá de Elena.

—Vamos, Scott —murmuró.

Era surrealista ver a Scott en esa situación. En el televisor, en ese momento crucial, mientras observaba fijamente al portero con una mirada tan decidida. Tan intimidante.

—Es suyo —dijo Elena con calma—. Ya verás.

Ambos vieron cómo Scott salía disparado como un rayo hacia la portería. Kip aguantó la respiración. Todo se ralentizó cuando Scott tiró.

El puck flotó por encima del hombro del portero de un modo impresionante.

—¡Sí! —exclamó Kip y saltó del sofá—. ¿Has visto eso?

—¡Impresionante!

Señaló con ilusión al televisor.

—¡Y este chico me quiere! ¡A mí!

Se dejó caer en el sofá y apoyó la cabeza en el hombro de Elena.

—Ese es mi novio.

—Claro que sí, amore .

Kip se rio.

—Suena como muy loco cuando lo digo, ¿verdad? Es muy raro.

—Es rarísimo.

—Scott es genial.

—Sí, bueno, quizá quieras ver si el jugador de Toronto marca, porque el partido aún no ha acabado.

—Ay.

—Sí, superfán.

Vieron al jugador de Toronto patinar por el hielo y…

—¡Ha fallado! —exclamó Kip—. ¡Ha fallado! ¡Ha fallado! ¡Ha fallado!

—Sí.

—¡Han ganado! ¡Scott ha ganado!

—Ya llevan tres victorias de tres en estos partidos, ¿no?

—¡Sí! ¡Estoy muy orgulloso de él!

Vio a los compañeros de Scott abrazarse entre sí. Scott sonreía con alegría, y Kip quería saltar al televisor y llenarle la cara de besos.

—Me preguntó cómo será el Jalo ese —reflexionó Elena.

—Ah, sí. Si puedes, tú tira. ¿Quieres que se lo pregunte a Scott?

—Nop, ya lo descubro por mi cuenta.

Media hora más tarde, de camino a casa de Scott, Kip le envió un mensaje.

Kip: Estoy superorgulloso de ti, joder.

Una hora después, recibió una respuesta.

Scott: Tres partidos menos. Mañana te llamo.

Y luego:

Scott: Te quiero.

Kip no se iba a cansar nunca de oírlo.

—Pues —dijo Scott en cuanto Kip contestó al teléfono a la tarde siguiente— tengo buenas noticias.

—¿Ah, sí?

—Es que, eh, estoy en el hotel de Winnipeg y he conseguido una habitación para mí solo.

Kip se incorporó del sofá en el que estaba sentado.

—¿En serio? ¿Cómo lo has hecho?

—Bueno, es que Cameron acaba de recuperarse de una fractura en la muñeca y le han dado el alta para jugar, así que ha volado hasta aquí para reunirse con el equipo.

Y eso implica que seamos número impar, así que…

Le he mentido diciendo que necesitaba un poco de espacio para centrarme en el juego y así.

—Te daré algo en lo que centrarte, si eso te ayuda a sentirte menos mentiroso.

Scott se rio.

—No esperaba menos. ¿Estás en mi casa?

—Sí.

—¿Quieres…?

—Por supuesto. Sí. Déjame coger el portátil. Te llamo yo por Skype, ¿vale? Dame un segundo.

—Vale. Sí.

Colgaron y Kip corrió al dormitorio. Colocó el portátil en una esquina de la enorme cama, abrió Skype y jugó con la pantalla para intentar encontrar el ángulo perfecto.

Cogió el lubricante, emocionado; ¡por fin iba a ocurrir! Y es que, uuuf, lo necesitaba.

Dejó el bote en la mesita de noche y se tumbó en la cama de lado, con la cara apoyada en un codo cerca del ordenador. Sonrió de oreja a oreja cuando la cara de Scott llenó la pantalla.

—¡Holi! —dijo Scott devolviéndole la sonrisa con el mismo entusiasmo.

—Me alegro de verte.

—Joder, ya ves. Me alegro muchísimo de verte. Te echo mucho de menos.

Joder, Scott tenía la capacidad de derretir a Kip con tan solo soltar cuatro palabras tontas.

—Yo también.

Scott respiró hondo y exhaló, sin dejar de sonreír.

—Casi se me olvida lo guapo que eres.

Kip apoyó la barbilla en un puño y pestañeó haciéndose el coqueto.

—¿Quién, yo?

Scott se rio.

—Tengo que, eh, hablar bajito. Tengo una habitación para mí, pero tengo compañeros a los dos lados.

—Sí, no te preocupes. Podemos hablar un ratito. Pareces nervioso.

—¡No! —respondió Scott rápido—. O sea…, sí. Un poco.

—No hay nada que no haya visto antes, ¿eh? —bromeó Kip.

Scott puso los ojos en blanco.

—Ya lo sé. Es que nunca he…

—Yo te ayudo. No te preocupes. Te va a encantar, pero hablemos primero un poco.

—Vale. Gracias. Y ¿qué tal por Nueva York?

—Hace frío. ¿Cómo va por… Winnipeg, me habías dicho?

—Sí. Hace un frío de cojones. Y encima viento.

—¿Cómo está el equipo? ¿Qué tal va Jalo?

Scott se rio.

—Jalo está bien. Ha sido una gran adquisición. Era justo lo que necesitábamos en la línea azul.

—¿Y en el vestuario?

—Ya vale.

—Voy a cambiarme de posición. Espera —dijo Kip. Apiló todas las almohadas contra el cabecero y se recostó sobre ellas. Tiró una de las almohadas sobre la cama, cerca de sus rodillas estiradas, y colocó el portátil encima—. ¿Qué tal así? ¿Me ves bien?

—Sip. Holi.

—Holi.

Era evidente que Scott estaba aguantando el iPad con las manos y mirándolo fijamente.

—Deberías buscar un sitio donde dejar eso —le sugirió Kip—. Quiero verte más.

—Ay. Vale. Eeeh… ¡Ah! Tengo una idea.

Scott dejó el iPad y Kip se quedó mirando al techo de la habitación de hotel de Scott. Oyó un ruido y, al momento, el iPad se movió y se colocó sobre algo.

—He acercado la silla de oficina aquí —explicó Scott—, junto a la cama. Puedo poner el iPad en ella con el pequeño soporte y debería quedar en un buen ángulo. Creo.

Se tumbó en la cama y entonces Kip ya podía verlo desde la cabeza hasta los muslos.

—Así mejor —dijo Kip—. Dios, eres enorme.

—Bueno, tampoco soy Matti Jalo…

—Eres perfecto. Me excitó tanto verte acertar ese tiro del último partido. No te haces a la idea.

—¿Ah, sí?

—Ajá. He estado pensando mucho en lo de la otra noche… por teléfono.

—Yo también. La verdad, he pensado muchísimo. No me puedo creer que dijera alguna de esas cosas.

—Estuviste increíble. Supersexy .

Scott sonrió y es posible que también se sonrojara. Era difícil saberlo.

—¿El hotel está bien? —preguntó Kip.

—No está mal.

—No estás ni un poco cachondo ahora, ¿verdad?

—¡Estoy nervioso! ¡Ya te lo he dicho!

—Vale —suspiró Kip, y luego sonrió—. Eres muy mono, ¿lo sabías?

Scott sonrió y negó con la cabeza.

—Va en serio —dijo Kip—. La gente se piensa que eres un tipo duro, pero, mírate, que te has puesto rojo y nervioso por un poco de acción ante una cámara.

—Oye, Grady…

—No me puedo creer que este sea el mismo chico que me daba órdenes por teléfono el otro día. ¿Dónde se ha metido?

—¡Está aquí! Está aquí. Es solo que… —Scott cerró los ojos y exhaló un largo suspiro—. Tan solo háblame.

—Vale. ¿Te has puesto los calcetines azules?

—Sí, todos los días. Los voy lavando a mano.

Kip se rio y sintió un cosquilleo en el estómago.

—Ay… —dijo.

—Es que te echo mucho de menos —dijo Scott en voz baja.

—¿A qué hora vuelves el lunes? —preguntó Kip.

—Pues debería llegar antes del mediodía —dijo Scott recostándose sobre las almohadas—. Espero. Quiero que te lo pases bien en tu cumpleaños.

—¿Tienes planes?

—Quizá.

—¿Quieres que te espere aquí? ¿En tu casa?

—Sí… Sí, eso estaría genial… Me gustaría.

—Vale. Pues te espero. Podría hacerlo en tu cama. Incluso podría prepararme para ti. Abrirme…

La expresión de Scott cambió. Fue sutil, pero tal y como se le oscurecieron los ojos y por la forma en que tragó saliva, Kip se percató de que estaba consiguiendo que Scott llegara a donde él quería.

Soltó una sonrisita.

—¿Te va bien así, grandullón?

—Sí, funciona. Sigue hablándome.

—Claro. ¿Por qué no te quitas la camiseta?

Scott, muy obediente, se la quitó.

—Solo es justo si tú… —dijo señalando la cámara/a Kip.

—Sí, sí.

Kip se quitó su camiseta y le guiñó un ojo a Scott.

—Ay —dijo Scott—. Ese chupetón sigue ahí, ¿eh?

—Aquí sigue —confirmó Kip mientras se pasaba los dedos por él—. Aunque puede que pronto necesite otro.

—Yo te lo hago.

Kip se pasó los dedos por el pecho para jugar con uno de sus pezones.

—Quizá podría esperarte junto a la puerta cuando llegues a casa. Besarte como llevo días pensando en hacerlo.

—Mmm. ¿Seguirías desnudo en ese caso? —preguntó Scott, con una sonrisa torcida. Echó un brazo enorme por encima de la cabeza; parecía más relajado.

—Sería un poco raro, pero si te apetece…

—De cualquier manera, lo más probable es que acabara follándote contra la pared del pasillo.

«Joder».

—Joder, Scott.

—Como he dicho —dijo Scott hablando un poco más bajo—, te echo de menos.