Capítulo 16 #2
—Pues ya puedes tocarte cuando quieras —dijo Scott—, pero ve diciéndome qué haces.
—Gracias a dios. Vale, Me estoy… ¡Uy! Mmm. Por fin. Solo me la he agarrado. Estoy pasando el pulgar por la punta y… Joder. Estoy mojadísimo.
Scott gimió. Aquello era una puta tortura.
—Busca un ritmo. Imagina que te estoy follando yo.
—Voy a correrme rápido, Scott.
—Ya lo sé. No pasa nada. Déjame oírte.
—Joder… Estoy intentando hacer las dos cosas a la vez, pero me apetece seguir solo follándome. Es casi tan bueno como tenerte dentro de mí.
Scott dejó que su imaginación le proporcionara las imágenes.
Podía imaginar cómo Kip se estiraba alrededor de su juguete, con los músculos de los brazos tensos mientras lo movía hacia dentro y hacia fuera.
Podía ver el pulgar de Kip acariciando la punta resbaladiza de su polla, y cómo seguramente tenía la boca abierta, con la cara relajada y eufórica.
—Qué bonito, Kip. Estoy seguro de que estás precioso ahora mismo.
Kip ya no decía nada. Solo emitía sonidos maravillosos de deseo, y Scott los atesoraba.
—Vamos, amor. Córrete. Hazlo como prefieras. Quiero oírte.
—Vale, joder. Ojalá pudiera oírte yo a ti también. Ojalá pudiera… Ay. Estoy a punto. Estoy a…
Scott estaba cachondísimo, mucho. Si se rozaba un poco la polla, iba a estallar.
—Córrete para mí. Va. Te quiero mucho.
Oyó a Kip empezar a responder «Te qui…», pero se cortó con un grito ahogado.
Scott abrió la boca, sorprendido. El alivio lo invadió como si, de algún modo, estuviera compartiendo el orgasmo de Kip.
—Uuuf. Joder —jadeó Kip después de recuperar el aliento—. Eso ha sido… Hostia puta. No esperaba algo así.
Scott se rio.
—Yo tampoco. Pensaba que solo íbamos a tener una agradable charla.
—Estoy hecho un desastre.
—Ajá. Me apuesto a que estás increíble.
—Pero debes de estar fatal. ¿Seguro que no puedes…?
—Ya me las apañaré solo. Luego. En cuanto puto pueda.
—Ojalá pudiera ayudarte.
—Ya lo has hecho. Pensaré en ti, no te preocupes.
Kip exhaló fuerte.
—Te quiero.
—Yo también te quiero. No me puedo creer las cosas que me haces hacer.
Soltó una risita.
—Ahora me ha dado sueño.
—Ve a limpiarte y acuéstate —dijo Scott—. De todos modos, debería salir de esta sala.
—¿Podrás volver a tu habitación? ¿Sin sacarle un ojo a alguien?
—Estaré bien —dijo Scott seco—. Ve a dormir.
—De acuerdo —bostezó Kip—. Bueno, gracias por la llamada.
Ambos se rieron.
—Buenas noches.
Scott colgó y se esforzó en disimular la erección que no bajaba ni de broma antes de dirigirse a la habitación de hotel. Saludó a su compañero con un rápido movimiento de cabeza y se metió directo en el baño.
Solo le hizo falta acariciarse un poco con la mano apoyada en la pared de la ducha y recordar los gemidos de Kip, que le llenaban los oídos.
Apartó la mano de la pared y se mordió el puño mientras se corría con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio, a la vez que jadeaba con dificultad y el semen se deslizaba por el desagüe.
«Dios mío, Kip. ¿Qué me estás haciendo?».
Al día siguiente, Kip revisó su correo electrónico cuando volvió a casa de Scott después del trabajo. Había uno del Museo de la Ciudad de Nueva York.
«¡Ahí está!».
Pero al leer las primeras líneas del correo, se le encogió el corazón.
Muchas gracias por su interés en el puesto de asistente educativo. Ha sido un placer recibir su solicitud. Lamentablemente, hemos decidido…
Kip profirió alguna palabrota y cerró el portátil.
—Pues claro —soltó.
«Joder».
Llamó a Elena al trabajo. No la habría llamado de normal, pero esto era una emergencia.
—No he conseguido el trabajo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Han elegido a alguien que tenía un máster.
—Lo siento. Qué mierda —dijo—. Deberías sacarte el máster.
Kip resopló.
—¿Cómo? Todavía estoy pagando esa carrera inútil.
—No es inútil, y puedes solucionarlo. La gente lo hace.
—Sí, ya lo sé. Le daré una vuelta —dijo Kip con tristeza.
Oyó a Elena suspirar.
—Lo siento, Kip. Tenía muchas esperanzas de que te saliera bien.
—Lo sé. Gracias.
Al colgar, Kip volvió a abrir el portátil. Solo por curiosidad, entró en la página web de la Universidad de Nueva York y miró la página de admisiones de posgrado.
«Podría presentar una solicitud. No pierdo nada por intentarlo».
Volvió a cerrar el portátil. Quizá.
Se dejó caer en el sofá y empezó a cambiar de canal en el televisor.
Estar solo en el apartamento de Scott estaba bien, pero también era bastante aburrido.
Su aburrimiento, junto con la sensación de decepción que le había dejado el correo electrónico, le provocaron una oleada de pánico.
¿Y si eso era todo? Era obvio que había dificultades peores que salir con un deportista superestrella, sobre todo uno del que estaba tan enamorado, pero ¿y si siempre fuera el secreto de Scott?
¿Y si eso era todo lo que iba a ser? ¿Y si nunca volvía a la universidad ni conseguía un trabajo mejor y se quedaba en el apartamento de su novio, escondido hasta que Scott tuviera tiempo para él?
«Scott no haría eso. Tan solo necesita tiempo».
¿No?
Sin duda, Kip no estaba pensando en una vida de asistir a eventos juntos, sino de llegar por separado y tener que fingir que no se conocían.
¿Acaso Scott iba a seguir dejando que el mundo creyera que él era un soltero empedernido?
O, peor aún, ¿iba a casarse con una mujer por las apariencias y mantenerlo a él de amante?
«No. Venga. ¿Qué mierda te haría pensar eso?».
¿Y si Kip solo era conveniente para Scott en ese momento?
¿Y si Scott pensaba que estaba enamorado porque era la primera vez que se permitía estar con un hombre más de una noche?
¿Y si solo necesitaba dar ese primer paso para luego sentirse libre de salir con otros tíos?
Mejores. Que estuvieran a su altura, o al menos cerca de ella. Kip no era nadie.
Scott se daría cuenta tarde o temprano, y, si Kip lo apostaba todo a esta carta, se quedaría sin nada.
De golpe, notó un nudo en la garganta. Eso era ridículo. ¿De dónde venían esos pensamientos?
Quería hablar con Scott, pero ni siquiera sabía dónde estaba justo en ese momento. No tenía partido esa noche. ¿En un avión? O quizá estaba en un entrenamiento.
No quería parecer necesitado. Y quizá tan solo estaba deprimido por ese puto correo electrónico. Y Elena tenía razón: al menos tenía que intentar sacarse el máster. Eso, o buscar un trabajo mejor de atención al público, y esa idea era más que deprimente.
Quizá podría estudiar Magisterio. Ser profesor, como sus padres. No estaría mal, ¿no? Era una carrera respetable.
Joder, ese apartamento era muy solitario.
Le envió un mensaje a Scott. Solo un simple «hola» para hacerle saber que pensaba en él.
Scott no respondió. Kip apagó el televisor y se dejó caer a un lado del sofá. Tenía ganas de emborracharse, pero era una idea terrible.
Quería mucho a Scott.
¿Cómo podría ser suficiente para él?
Se sentía muy deprimido. Y Scott no le respondía los mensajes. Y quizá Scott se estaba dando cuenta justo en ese momento de que podría estar saliendo con, tipo, una estrella del porno gay o algo así.
Llevaba casi una hora tumbado en el sofá cuando Scott le respondió:
Scott: ¡Hola! ¿Te puedo llamar?
Scott ni siquiera esperó a que le respondiera. Kip contestó la llamada.
—Hola.
—¡Kip! ¡Acabo de aterrizar en Toronto! Tengo que contarte algo gracioso que me ha ocurrido en el aeropuerto…
Kip sonrió y se incorporó. Escuchó la larga y animada historia de Scott y, al final, ambos acabaron riéndose y se sintió mucho mejor. Scott había estado en el avión esperando para llamar a Kip y contarle todo lo que había pasado ese día.
—¿Qué tal tu día? —preguntó Scott cuando terminó.
El corazón de Kip latía feliz en su pecho.
—Ahora mejor.